El nom­bra­mien­to- Ezker Aber­tza­lea

Éra­se una vez un dipu­tado gene­ral cuyas deci­sio­nes dis­gus­ta­ron a muchos. Eran deci­sio­nes sobre enor­mes y anchas carre­te­ras, con­ce­sio­nes, adju­di­ca­cio­nes… Deci­sio­nes que tuvie­ron con el tiem­po gran tras­cen­den­cia –sobre todo para mal- en las cos­tum­bres de las gen­tes, los via­jes y el aire lim­pio. Deci­sio­nes que des­tro­za­ron mon­tes, valles… y pra­de­ras, tam­bién pra­de­ras. Pasa­ron los años y ade­más de pre­si­den­te de un club de rugby, aquel hom­bre de fir­mes valo­res fue nom­bra­do pre­si­den­te de una gran empre­sa de auto­pis­tas. Y lo fue por su valía.

Éra­se una vez un con­se­je­ro de indus­tria de un gran gobierno. Aquel gran hom­bre fue tam­bién pre­si­den­te de un pode­ro­so par­ti­do polí­ti­co. Pese a eco­lo­gis­tas que denun­cia­ban, a veci­nos que pro­tes­ta­ban, tomó deci­sio­nes y dejó de tomar otras. Ello per­mi­tió a la empre­sa más sucia de aquel país poder fun­cio­nar sin licen­cias duran­te muchos años, pese a que echa­ba humo como nin­gu­na. Tras des­pe­dir­se cual insig­ne ber­tso­la­ri, pasa­ron los años – qui­zá fue­ran tan sólo meses- y aquel gran hom­bre fue nom­bra­do direc­tor de aque­lla gran empre­sa. Lo fue por su valía, y por­que bue­na quí­mi­ca, vaya si la había.

Éra­se una vez una con­se­je­ra de trans­por­tes de un gran gobierno. Des­aten­dien­do las nece­si­da­des de peque­ños tre­nes que para­ran en los pue­blos, aten­dió las peti­cio­nes de los ricos de aquel país. Que­rían el tren más rápi­do, el más caro. Ella, valien­te, deci­dió que aquel tren-avión valía la pena y el esfuer­zo. Al fin y al cabo, aque­llos para­jes a des­tro­zar tam­po­co valían tan­to. Pasa­ron los años –qui­zá fue­ran tan sólo meses- y aque­llos ricos deci­die­ron que aque­lla mujer iba a ser de los suyos, y la pusie­ron en cabe­za. Por su valía, por supues­to. Aun­que tam­bién por su empe­ñu.

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