La gan­gre­na (II) – Jesús Valen­cia

Hace un mes, y en este mis­mo espa­cio, hice un ale­ga­to con­tra la tor­tu­ra. Tomé pres­ta­da la metá­fo­ra de la gan­gre­na por­que esta prác­ti­ca mal­va­da des­tru­ye todas las célu­las del teji­do social en el que se ins­ta­la.

La socie­dad civil espa­ño­la cono­ce la exis­ten­cia de esta bru­ta­li­dad y la con­sien­te. Su silen­cio es sinó­ni­mo de com­pli­ci­dad o, peor aún, de estí­mu­lo. Muchas veces, tras ese mutis­mo espe­so, se ocul­ta un ama­si­jo de sen­ti­mien­tos rui­nes: «bien mere­ci­do lo tie­nen, así escar­men­ta­rán»; sín­to­ma de que la ciu­da­da­nía ha renun­cia­do al con­trol de las fuer­zas poli­cia­les y a los valo­res éti­cos que tan ale­gre­men­te pre­go­na. Los medios de comu­ni­ca­ción tie­nen mucho que ver con este embru­te­ci­mien­to colec­ti­vo; hipo­te­ca­da su dig­ni­dad, uti­li­zan tecla­dos y micró­fo­nos para ocul­tar bajo el fel­pu­do la prác­ti­ca del tor­men­to. Cuan­do encu­bren la tor­tu­ra están basu­rean­do, al mis­mo tiem­po, los prin­ci­pios bási­cos de su pro­fe­sio­na­li­dad. No se libra de seme­jan­te degra­da­ción la Igle­sia, cie­ga, sor­da y muda ante este sal­va­je y reite­ra­do atro­pe­llo. Los obis­pos de Eus­kal Herria sue­len reci­bir por estas fechas un dos­sier sobre los casos de tor­tu­ra suce­di­dos duran­te el año. El últi­mo mere­ció un solo acu­se de reci­bo; a par­tir de ahí, el silen­cio. Uno tras otro, los infor­mes des­apa­re­cen en la insen­si­bi­li­dad de las curias epis­co­pa­les.

Es el Esta­do espa­ñol quien más sufre el efec­to de esta gan­gre­na. Derro­chó ingen­tes recur­sos para con­ven­cer al mun­do de que lo nues­tro es un pro­ble­ma de terro­ris­mo. El amo­ra­ta­do ros­tro de Unai Romano ha des­mon­ta­do las patra­ñas ofi­cia­les; millo­nes de per­so­nas cono­cen aho­ra el alcan­ce polí­ti­co de este con­flic­to. Los dife­ren­tes apa­ra­tos de un Esta­do habi­tua­do a la tor­tu­ra tam­bién se ven des­au­to­ri­za­dos por ésta. El Meca­nis­mo para la Pre­ven­ción de la Tor­tu­ra no está cum­plien­do la tarea para la que fue crea­do; prac­ti­ca visi­tas a los cen­tros de deten­ción pero nun­ca acu­de a los antros don­de se des­tro­za a las per­so­nas dete­ni­das e inco­mu­ni­ca­das.

Difí­cil lo tuvo la emba­ja­do­ra espa­ño­la en la Uni­ver­si­dad de Cork. Ya en la puer­ta, le espe­ra­ba un gru­po de estu­dian­tes irlan­de­ses que esce­ni­fi­ca­ban las tor­tu­ras que sufri­mos los vas­cos. En el salón de actos, los repro­ches con­tra los malos tra­tos de las nume­ro­sas poli­cías espa­ño­las fue­ron con­ti­nuos.

Tam­po­co se libran de la gan­gre­na con­tro­ver­ti­das figu­ras de la Magis­tra­tu­ra como Gar­zón. Aca­ba­ba de ser aplau­di­do en Argen­ti­na y fir­ma­ba autó­gra­fos a la puer­ta del audi­to­rium. Para faci­li­tar­le la tarea, una joven le ofre­ció un libro que le sir­vie­ra de sopor­te. El libro le que­mó en las manos al enva­ne­ci­do fir­man­te cuan­do se dio cuen­ta que alu­día a las tor­tu­ras que se prac­ti­can en el Esta­do espa­ñol. Inten­tó afeár­se­lo a la joven, que demos­tró estar bas­tan­te más docu­men­ta­da de lo que el juez ima­gi­na­ba. Gar­zón fue inter­pe­la­do por los Jóve­nes argen­ti­nos con­tra la Tor­tu­ra, amplia­men­te docu­men­ta­dos. El ser­vi­cio de segu­ri­dad hubo de res­ca­tar a la «estre­lla» furi­bun­da. Las tor­tu­ras que él con­sin­tió en la Audien­cia Nacio­nal des­au­to­ri­za­ban las pala­bras que aca­ba de pro­nun­ciar en su con­fe­ren­cia: «No com­pren­do cómo pue­de haber comi­sa­rías que se con­vier­ten en cen­tros de deten­ción».

Fuen­te: Gara

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