La «gue­rra» bra­si­le­ña – Resu­men lati­no­ame­ri­cano

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Los mili­ta­res y poli­cías bra­si­le­ños han toma­do las Fave­las por asal­to y las con­se­cuen­cias son dece­nas de muer­tos.

Tan­to el lla­ma­do «Coman­do Ber­melho», como sus pares del «Coman­do Ami­gos de los Ami­gos» y el «Coman­do Pri­me­ro de la Capi­tal», sub­sis­ten y se han movi­do como el pez en el agua, por­que la mayo­ría de la cla­se polí­ti­ca y las altas ins­tan­cias de los pode­res públi­cos de la Ciu­dad les ha dado alien­to de mane­ra direc­ta o indi­rec­ta.

Pre­ten­der cor­tar de raíz la situa­ción, envian­do a las Fave­las tro­pas arma­das has­ta los dien­tes, para­cai­dis­tas e inclu­so dan­do vía libre a la Mari­na y la Aero­naú­ti­ca (¿que pre­ten­den? ¿bom­bar­dear a la pobla­ción civil?) sue­na des­ca­be­lla­do, pero sin embar­go, la esca­la­da repre­si­va actual va en ese camino.

Los mili­ta­res bra­si­le­ños se jac­tan de que muchos de los sol­da­dos de eli­te que están inter­vi­nien­do en estos ata­ques «están foguea­dos en Hai­tí, don­de han paci­fi­ca­do a los dís­co­los en el mar­co de las tro­pas de las Nacio­nes Uni­das». Escu­char y leer tales afir­ma­cio­nes de los man­dos encar­ga­dos del asal­to a las Fave­las, era lo que fal­ta­ba para cues­tio­nar la reso­lu­ción de poner las tro­pas en la calle, ya que pre­ci­sa­men­te en Hai­tí los uni­for­ma­dos bra­si­le­ños y el res­to de efec­ti­vos de la MINUTASH, han vio­la­do, tor­tu­ra­do y ase­si­na­do a pobla­do­res de ese país, por el sólo hecho de ser pobres y pro­tes­tar con­tra esa mise­ria. Las tro­pas de Nacio­nes Uni­das, lo dicen los pro­pios hai­tia­nos «son fuer­zas de ocu­pa­ción y vio­lan nues­tra sobe­ra­nía». Y se mani­fies­tan a dia­rio exi­gien­do pre­ci­sa­men­te «que se vayan y nos dejen en paz».

Por todo ello, no extra­ña que aho­ra en su actua­ción con­tra sus pro­pios com­pa­trio­tas, y en aras de «ter­mi­nar con las ban­das del nar­co», el resul­ta­do no pue­de ser peor para los dere­chos huma­nos de la pobla­ción de las Fave­las. Miles de per­so­nas obser­van cómo se alla­nan sus casas, muchos de ellos han caí­do víc­ti­mas del fue­go cru­za­do de mili­ta­res y las ban­das. Son nume­ro­sas las denun­cias de orga­nis­mos de DDHH que lla­man la aten­ción sobre lo que está sig­ni­fi­can­do esta «gue­rra» en que la pobla­ción ino­cen­te apa­re­ce como rehén. Otra vez son los pobres de toda pobre­za los que pagan las con­se­cuen­cias de situa­cio­nes que el poder polí­ti­co no supo o no qui­so corre­gir. La pobre­za se ter­mi­na con medi­das socia­les de emer­gen­cia y otras de mediano y lar­go pla­zo, el nar­co se des­ar­ma cor­tan­do los víncu­los que des­de el poder lo ali­men­ta. Pen­sar en «solu­cio­nes fina­les» basa­das en el pode­río mili­tar, como ocu­rre tam­bién en Méxi­co, sólo abre el camino a los nos­tál­gi­cos del tota­li­ta­ris­mo.

El pre­si­den­te Lula y la pre­si­den­ta elec­ta Dil­ma Rous­seff, gozan de un gra­do de popu­la­ri­dad inmen­so. Son ellos pre­ci­sa­men­te quie­nes deben tener en cuen­ta que abo­gar por la mili­ta­ri­za­ción del terri­to­rio sig­ni­fi­ca dar un paso que tar­de o tem­prano pue­de gol­pear­les como un boo­me­rang y gene­rar más dolor aún en quie­nes los desig­na­ron como sus repre­sen­tan­tes para cons­truir un país dife­ren­te.

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