D. Ernes­to Erco­re­ca y Régil (1866−1957) el alcal­de repu­bli­cano del Botxo – Mikel Ari­za­le­ta

Al hilo del exce­len­te artícu­lo del his­to­ria­dor e inves­ti­ga­dor Iña­ki Ega­ña “Udal­bil­tza: atra­pa­dos en el bucle de la his­to­ria” invo­co el recuer­do del vie­jo alcal­de de Bil­bao por aque­llas fechas, la figu­ra pre­cla­ra de D. Ernes­to Erco­re­ca, alcal­de que, como otros más tar­de y por pare­ci­das cau­sas –ejem­plo níti­do José Luis Elko­ro y, como nos rela­ta Ega­ña, los repre­sen­tan­tes hoy de Udalbiltza‑, fue­ron y son hechos pri­sio­ne­ros en nues­tros días.

De pie ante el retra­to de Ernes­to Erco­re­ca, pin­ta­do al óleo por su ami­go Párra­ga, res­ca­ta­do del sótano del Rei­na Sofía y col­ga­do en la pared del Ayun­ta­mien­to del Botxo, trai­go a la memo­ria del lec­tor tres momen­tos difí­ci­les de su vida de repu­bli­cano.

1.- Monu­men­to al Sagra­do Cora­zón

El actual monu­men­to al Sagra­do Cora­zón en Bil­bao se inau­gu­ró el 26 de junio de 1927, a las 11 de la maña­na, con gran boa­to y solem­ni­dad. La colo­ca­ción de la pri­me­ra pie­dra data del 29 de junio de 1924. La jun­ta del Apos­to­la­do de la Ora­ción, pro­mo­to­ra de la idea, había abier­to en 1922 un con­cur­so inter­na­cio­nal entre arqui­tec­tos y escul­to­res. Se pre­sen­ta­ron 110 tra­ba­jos, al final el jura­do pre­mió y selec­cio­nó el pro­yec­to de monu­men­to pre­sen­ta­do por el arqui­tec­to Pedro Mugu­ru­za y el escul­tor Loren­zo Coullaut Vale­ra. La erec­ción de un monu­men­to al Sagra­do Cora­zón en nues­tra Villa estu­vo pla­ga­da de sin­sa­bo­res y dispu­tas. En las actas del pleno del 9 de noviem­bre de 1923 se reco­gen las amar­gas pala­bras del alcal­de, Jus­to Die­go de Somon­te e Itu­rrioz: «En la visi­ta hecha a los asi­los he vis­to muchas cala­mi­da­des». Esti­ma que la can­ti­dad de 800.000 pese­tas, que se des­ti­na al monu­men­to, hon­ra­ría más al Sagra­do Cora­zón si fue­ra inver­ti­da en un refu­gio para niños. Ya ante­rior­men­te, en 1922, al tra­tar­se este tema en pleno, el edil Lai­se­ca había sos­te­ni­do que «es una ver­güen­za para Bil­bao la colo­ca­ción de ese monu­men­to». Acu­só a los jesui­tas de «visi­tar a los con­ce­ja­les y fami­lias, lle­gán­do­les a poner un dogal en el cue­llo, obli­gán­do­les a votar el pro­yec­to. La erec­ción del monu­men­to iba a ser una bofe­ta­da a los ele­men­tos que pro­fe­san otras ideas reli­gio­sas o no tie­nen nin­gu­na». La pro­pues­ta siguió ade­lan­te por esca­so mar­gen.

Y es en el pleno del 4 de enero de 1933 cuan­do sien­do alcal­de Ernes­to y a pro­pues­ta del edil Aznar ‑de la mino­ría socia­lis­ta– se acuer­da la des­apa­ri­ción del monu­men­to. «Ha trans­cu­rri­do cer­ca de dos años de Repú­bli­ca, se ha lle­ga­do a la prác­ti­ca secu­la­ri­za­ción de los cemen­te­rios, de las escue­las, es hora de que de la vía públi­ca des­apa­rez­can todas aque­llas cosas que pue­den repre­sen­tar una reli­gión que sig­ni­fi­que la ido­la­tría que pue­de sen­tir una par­te de la pobla­ción hacia una reli­gión deter­mi­na­da. Eso es lo que repre­sen­ta este monu­men­to que, en tiem­pos de la dic­ta­du­ra y por muy esca­sos votos, se per­mi­tió su erec­ción». Tras ten­so deba­te sale ade­lan­te el des­man­te­la­mien­to del monu­men­to al Sagra­do Cora­zón. Des­man­te­la­mien­to que, como se ve, no sólo no se lle­vó a cabo sino que el 11 de enero de 1941 otro pleno acor­dó «gra­bar en la par­te zague­ra del basa­men­to de la esta­tua la ins­crip­ción: este monu­men­to fue eri­gi­do por el apos­to­la­do de la ora­ción con la cola­bo­ra­ción de los viz­caí­nos. El Ayun­ta­mien­to de la vic­to­ria en home­na­je al Sagra­do Cora­zón de Jesús acor­dó gra­bar en él los nom­bres de los que murie­ron por Dios y por Espa­ña».

Como es cono­ci­do, D. Ernes­to Erco­re­ca y Régil fue ele­gi­do pro­vi­sio­nal­men­te alcal­de del Botxo el 14 de abril de 1931 a las 19´15 de la tar­de por una­ni­mi­dad (un voto en blan­co, posi­ble­men­te el suyo). Su ser repu­bli­cano lo mani­fies­ta ya en el pri­mer dis­cur­so, tras acce­der a la alcal­día: «¡Pue­blo repu­bli­cano!… Noso­tros veni­mos a esta casa, por­que nos ha traí­do el pue­blo, para defen­der la cau­sa de la Repú­bli­ca, y la defen­de­re­mos con ver­da­de­ro entu­sias­mo. Yo sé que el día de hoy es de júbi­lo para todos los libe­ra­les espa­ño­les… Mi pri­me­ra medi­da en esta casa va a ir enca­mi­na­da a que des­apa­rez­can todos los atri­bu­tos monár­qui­cos y sean cam­bia­dos por los repu­bli­ca­nos».

Y se acuer­da por una­ni­mi­dad en el pri­mer pleno: sus­ti­tuir y cam­biar el nom­bre de la pla­za de pri­mo de Rive­ra por el de pla­za de Galán y Gar­cía Her­nán­dez. Tras la pro­pues­ta de demo­li­ción del monu­men­to al Sagra­do Cora­zón yacía la idea de una ciu­dad lai­ca, sin intro­mi­sión de la Igle­sia en calles y pla­zas, res­pe­tan­do sus sím­bo­los en Igle­sias y hoga­res. Fue un ateo, que acom­pa­ñó y des­pi­dió a sus muchos ami­gos cató­li­cos a la puer­ta de la igle­sia.

2.- Cár­cel por recla­mar el esta­tu­to de auto­no­mía

Tenía 91 años cuan­do murió el vie­jo y que­ri­do alcal­de de Bil­bao, D. Ernes­to Erco­re­ca y Régil. Nació en la Villa en 1866, murió el 22 de diciem­bre de 1957, hace 53 años, lue­go de una vida aza­ro­sa. Fue ele­gi­do alcal­de de Bil­bao el 14 de abril de 1931 y el 12 de agos­to de 1934 fue des­ti­tui­do con todos sus com­pa­ñe­ros edi­les –a excep­ción de los tres monár­qui­cos- por defen­der el Con­cier­to Eco­nó­mi­co y la Auto­no­mía muni­ci­pal. Antes el gober­na­dor civil de turno, Ángel Velar­de, había toma­do este Ayun­ta­mien­to por las armas tra­tan­do de impe­dir que el pleno del Ayun­ta­mien­to eli­gie­ra a los repre­sen­tan­tes que iban a for­mar par­te de la comi­sión que repre­sen­ta­ra a los ayun­ta­mien­tos vas­cos en la defen­sa del Con­cier­to Eco­nó­mi­co y de la Auto­no­mía Muni­ci­pal. El 16 de sep­tiem­bre él y 31 con­ce­ja­les son ence­rra­dos en la cár­cel de Bur­gos y, más tar­de, tras­la­da­dos a la cár­cel de Larrí­na­ga en Bil­bao. Ter­mi­na­rían sien­do repues­tos, de nue­vo, al fren­te del pue­blo de Bil­bao el 23 de febre­ro de 1936.

D. Ernes­to con­vo­ca el pleno para las 12 del 12 de agos­to de 1934, se tra­ta de ele­gir a los repre­sen­tan­tes que van a for­mar par­te de la comi­sión que repre­sen­te a los ayun­ta­mien­tos vas­cos en la defen­sa del Con­cier­to Eco­nó­mi­co y de la Auto­no­mía Muni­ci­pal. El gobierno quie­re impe­dir el acto y man­da al gober­na­dor civil, Ángel Velar­de, a que lo des­ti­tu­ya como alcal­de por su pos­tu­ra de rebel­día fren­te al poder públi­co. Los pasi­llos del Ayun­ta­mien­to se con­vier­ten en «ver­da­de­ras mura­llas de guar­dias de asal­to». Por este moti­vo el alcal­de Erco­re­ca y otros con­ce­ja­les son ence­rra­dos en la cár­cel de Larrí­na­ga y Bur­gos. El 23 de febre­ro de 1936 el pleno del Ayun­ta­mien­to de Bil­bao se reúne de nue­vo bajo la pre­si­den­cia del alcal­de Erco­re­ca. Pun­to cen­tral de la sesión: «Inte­grar­se a sus car­gos los con­ce­ja­les de esta cor­po­ra­ción que en vir­tud de reso­lu­cio­nes judi­cia­les y guber­na­ti­vas habían sido pri­va­dos de sus car­gos». Y de nue­vo la vena auto­no­mis­ta del repu­bli­cano Erco­re­ca: «Al entrar nue­va­men­te en esta casa, des­pués de una ausen­cia de año y medio, sien­to una viva emo­ción vién­do­me entre mis que­ri­dos com­pa­ñe­ros… En el plei­to muni­ci­pa­lis­ta vas­co, que ha sido el ori­gen de tan­tas per­se­cu­cio­nes con­tra noso­tros nos guia­ron dos fines: pri­me­ro la defen­sa del con­cier­to eco­nó­mi­co, atro­pe­lla­do repe­ti­das veces por el poder cen­tral y, des­pués, la defen­sa entu­sias­ta de la auto­no­mía de los muni­ci­pios».

3.- Caja Muni­ci­pal

Ernes­to Erco­re­ca, por ser alcal­de, fue pre­si­den­te del con­se­jo de la Caja de Aho­rros Muni­ci­pal de Bil­bao y como tal asis­tió a una reu­nión de ban­ca con el con­se­je­ro de Hacien­da del Gobierno Vas­co, Helio­do­ro de la Torre, el 5 de mayo de 1937. A Erco­re­ca le acom­pa­ña­ba el direc­tor de la Caja Muni­ci­pal, Eli­seo Migo­ya. La orden del gobierno de Eus­ka­di fue la de tras­la­dar todos los valo­res a Fran­cia. El señor Migo­ya se encar­gó de emba­lar­los sin poner repa­ro legal alguno y super­vi­sar la car­ga en tres bar­cos dife­ren­tes. Pero a la lle­ga­da de Erco­re­ca a Ipa­rral­de se da cuen­ta que Migo­ya sir­ve aho­ra a otros seño­res; el alcal­de de la Villa des­de el 21 de junio del 37, a la 1 de la tar­de, es José María de Areil­za. Y lo que antes era poner a sal­vo aque­llos teso­ros, que estu­vie­ron en ries­go de ser des­trui­dos por los bom­bar­deos con­tra el edi­fi­cio cen­tral de la Caja el 25 de sep­tiem­bre de 1936 o de que caye­ran en manos de los insur­gen­tes se con­vir­tió en «la expo­lia­ción es de tal enver­ga­du­ra y mere­ce una tal repro­ba­ción que las pér­di­das dedu­ci­das han pro­vo­ca­do un movi­mien­to de indig­na­ción con­tra los indi­vi­duos que han cau­sa­do estos que­bran­tos… y del actual esta­do de des­po­jo en que han que­da­do los bie­nes que nos fue­ron con­fia­dos».

Mikel Cru­za­do ha estu­dia­do con bas­tan­te deta­lle este tema, que tar­dó años en solu­cio­nar­se mien­tras los bar­cos per­ma­ne­cían bajo arres­to en la Roche­lle y el puer­to holan­dés de Fles­sin­que. Todo este tema, la pos­tu­ra de su anti­guo cola­bo­ra­dor, Eli­seo Migo­ya, sus acu­sa­cio­nes… supu­sie­ron un tra­go amar­go para este repu­bli­cano, alcal­de del Botxo, que con su hom­bría de bien tuvo que diri­gir la Villa en años difí­ci­les.

Mikel Ari­za­le­ta, 17 827 048

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