Las cosas a lar­go pla­zo – Anto­nio Alva­rez Solís

El prin­ci­pal pro­ble­ma his­tó­ri­co con que se enfren­ta reite­ra­da­men­te Espa­ña con­sis­te en estar regi­da por Gobier­nos que, sean del color que sean, siem­pre refie­ren su acción polí­ti­ca a un futu­ro prós­pe­ro en tan­to que los ciu­da­da­nos pier­den inde­fec­ti­ble­men­te el pre­sen­te. Dos repú­bli­cas tra­ta­ron de cons­truir una ciu­da­da­nía con con­cien­cia de lo inme­dia­to, pero fue inú­til. Zapa­te­ro ha vuel­to a reite­rar ese sin­gu­lar modo de con­tem­plar la vida como un estric­to futu­ro. «Hoy no la vemos (se refie­re a la supues­ta sali­da pro­gre­sis­ta de esa cri­sis) por­que es muy pron­to; tar­da­re­mos años en ver­la». Pese a sus pro­tes­tas lai­cis­tas, el pre­si­den­te del actual Gobierno de Madrid sigue la más ran­cia tra­di­ción teo­lo­gal espa­ño­la: la sal­va­ción acon­te­ce tras la muer­te. Es decir, la sal­va­ción no tie­ne nada que ver con la satis­fac­ción coti­dia­na, con el hecho viven­cial del indi­vi­duo. Insis­tir en este aspec­to es muy impor­tan­te para cla­ri­fi­car las radi­ca­les dife­ren­cias exis­ten­cia­les de Eus­ka­di y Cata­lun­ya con Espa­ña.

Los vas­cos y los cata­la­nes viven siem­pre en el pre­sen­te. Como nacio­nes sien­ten en la car­ne su pro­fun­da raíz his­tó­ri­ca, su geo­lo­gía calien­te, pero como pue­blos ‑que se apli­can a la can­te­ría del pre­sen­te- apre­mian a la hora y le exi­gen la jus­ti­cia y el bien­es­tar. Espa­ña es indu­da­ble­men­te una nación tam­bién, inclu­so una nación hiper­bó­li­ca, pero no ha podi­do jamás ser un pue­blo. Nun­ca ha podi­do edi­fi­car un pre­sen­te admi­si­ble como tal. Lo nie­ga de modo tan­gi­ble su exis­ten­cia coti­dia­na, aco­da­da en una per­pe­tua y agó­ni­ca espe­ra de tiem­pos mejo­res, con nece­si­da­des ter­cas y resig­na­das, con la fal­ta de liber­ta­des aquí y aho­ra…

La vida espa­ño­la está per­pe­tua­men­te más allá de la vida. Por el con­tra­rio, los vas­cos y los cata­la­nes no acep­tan este futu­ris­mo de orden celes­tial, que antes de que Espa­ña fue­ra Espa­ña lo pro­ta­go­ni­zó el rei­no de León y lo inocu­ló en la nacien­te Cas­ti­lla. León, Cas­ti­lla, Zapa­te­ro aho­ra… Siem­pre el más allá como esce­na­rio ansia­do. El opio del pue­blo espa­ñol es la espe­ra.

Se cuen­ta de lord Key­nes que, ante la obje­ción de un cola­bo­ra­dor suyo de que sus reco­men­da­cio­nes anti­cri­sis pro­du­ci­rían malos resul­ta­dos a lar­go pla­zo, le dijo sim­ple­men­te: «Mire usted, ami­go mío, a lar­go pla­zo esta­re­mos todos muer­tos». Ver­da­de­ra­men­te no se pue­de creer en polí­ti­cos que se dedi­can a edi­fi­car el futu­ro sin poner una sola pie­dra en el pre­sen­te. Entre otras cosas por­que se tra­ta de evi­tar los muer­tos ‑muer­tos físi­cos y muer­tos psi­co­ló­gi­cos- pro­du­ci­dos por una espe­ra ago­ta­do­ra.

Lo real­men­te extra­or­di­na­rio de esta situa­ción con­sun­ti­va es que una mayo­ría de espa­ño­les defien­den ardi­da­men­te a quie­nes les ofre­cen el nebu­lo­so por­ve­nir. La ciu­da­da­nía espa­ño­la se nie­ga reite­ra­da­men­te a abrir el far­do del que dicen que guar­da el maña­na lumi­no­so. Qui­zá tema que esté vacío. Ha de ser tre­men­do pen­sar que no tenien­do un pasa­do admi­si­ble y care­cien­do de un pre­sen­te satis­fac­to­rio tam­po­co exis­ta un futu­ro con­for­ta­ble. Un indi­vi­duo así cons­ti­tui­do per­vi­ve en la fe como últi­mo recur­so. Lo decía el cate­cis­mo del P. Aste­te: «Fe es creer lo que no vemos». Se tra­ta, por tan­to, no de una fe en noso­tros mis­mos, sino de una fe que se alo­ja en otros, en este caso en los gober­nan­tes, que aca­ban por ser divi­ni­za­dos.

Este tipo de fe vacía hace que la vida del ser humano se con­vier­ta en un ejer­ci­cio de fero­ci­da­des sobre cual­quier entorno adver­so, ya que defen­der lo inexis­ten­te deman­da una cóle­ra defen­si­va ate­rra­do­ra. Defen­der lo irra­zo­na­ble exi­ge un dra­má­ti­co aca­rreo para el pro­pio sacri­fi­cio.

El Sr. Zapa­te­ro, que es un ejem­plo bri­llan­te de la cate­quís­ti­ca del P. Aste­te, dice que la sali­da de la cri­sis «tar­da­re­mos años en ver­la». Bien; pero ¿cuán­tos años? ¿diez, vein­te, cien…? No creo que conoz­ca el pla­zo, siquie­ra apro­xi­ma­do, el Sr. Zapa­te­ro. A mí el diri­gen­te socia­lis­ta me recuer­da los prin­ci­pios de la infor­ma­ción meteo­ro­ló­gi­ca en la radio espa­ño­la, cuan­do un locu­tor con fama de dip­só­mano dijo, por no lle­gar­le a tiem­po el par­te ofi­cial, «que maña­na un tiem­po u otro hará». Apo­yán­do­se en esta inde­fi­ni­ción lo que no resul­ta de nin­gu­na mane­ra razo­na­ble es que a unos millo­nes de espa­ño­les se les pida el sacri­fi­cio de su exis­ten­cia para alum­brar un futu­ro que ade­más no va a ser suyo.

La mis­ma Igle­sia cató­li­ca, tan efec­ti­va en esto de rele­gar al más allá la vida del más acá, pro­fe­sa que no son exi­gi­bles las vir­tu­des heroi­cas. La gen­te empie­za a no resig­nar­se a la deses­pe­ra­ción, sobre todo pen­san­do que no ha ges­ta­do el catas­tró­fi­co pre­sen­te. Sos­pe­cha que se está sacri­fi­can­do en nom­bre de una dog­má­ti­ca exclu­yen­te de varian­tes o de inven­cio­nes. Ten­go cla­ro que al enfren­ta­mien­to a los pode­res se lla­ma terro­ris­mo y que apa­re­ja duras tor­tu­ras y pena­li­za­cio­nes, pero la vida hay que ges­tar­la des­de la dolo­ro­sa nada de poder con­tra el poder que no con­tie­ne nada.

Uno no pue­de ir tiran­do a base de pla­nes reno­ve. Hay que aspi­rar a algo sóli­do. Es más, lo úni­co que jus­ti­fi­ca la espe­ra en un por­ve­nir reti­cen­te es el empleo de la vida en abas­te­cer una volun­tad revo­lu­cio­na­ria. Sí, revo­lu­cio­na­ria. Sin mie­do a la pala­bra ni a la reali­dad que esa pala­bra entra­ña. Recuer­do la lata que me dio un taxis­ta que detu­vo el coche para expli­car­me las bar­ba­ri­da­des que hacía el Gobierno socia­lis­ta de aquel tiem­po. Le dije que esta­ba de acuer­do y que debía­mos pro­ce­der en con­se­cuen­cia. Al lle­gar a este pun­to, el taxis­ta me miró con fie­re­za y me recri­mi­nó que yo le esta­ba incli­nan­do al comu­nis­mo. Acla­ro que yo me refe­ría al comu­nis­mo que aún no había tri­tu­ra­do el Sr. Carri­llo y que se abri­ga­ba con el jer­sey del hon­ra­do Sr. Cama­cho. «No que­rrá usted que vote comu­nis­ta», me dijo enfu­re­ci­do el taxis­ta, que creía en la demo­cra­cia occi­den­tal como quien cree a macha­mar­ti­llo en su dudo­sa fami­lia. Le dije que sí y él, con áspe­ros moda­les, acla­ró que era un socia­lis­ta de Feli­pe Gon­zá­lez y que su voto iría siem­pre a esa urna. Me pare­ció que debía con­tes­tar­le con una obvie­dad: «Si usted va a seguir votan­do ese socia­lis­mo ahí lo tie­ne ya y no me maree con bana­les que­jas sobre la situa­ción». Ade­más le rogué que me cobra­se, ya que había­mos lle­ga­do al final del via­je y tenía el taxí­me­tro fun­cio­nan­do.

Esto es pre­ci­sa­men­te lo indig­nan­te en el Sr. Zapa­te­ro, que insis­te en con­fe­sar la dure­za de la cri­sis, pero pro­me­te el reme­dio ad kalen­das grae­cas mien­tras sigue tenien­do el taxí­me­tro en mar­cha.

Dada la situa­ción, gen­tes como yo nos con­for­ma­ría­mos con algu­nos reme­dios aun­que fue­ran modes­tos. Pero reme­dios ope­ran­tes, reme­dios actua­les. No me pare­ce decen­te que se nos hable de que el endu­re­ci­mien­to en las pen­sio­nes, la eli­mi­na­ción de ayu­das al paro, las res­tric­cio­nes cre­di­ti­cias al con­su­mo, las libe­ra­li­za­cio­nes del des­pi­do, la cares­tía de la exis­ten­cia, la bru­ta­li­dad de la jus­ti­cia y de la Poli­cía con­tra las ciu­da­da­nías rebel­des y otro cen­tón de cosas con­for­men la vía hacía la mejo­ra de un futu­ro que, ade­más, no sabe ni el pre­si­den­te del Gobierno cuan­do acae­ce­rá.

Una serie de millo­nes de indi­vi­duos sufren la igno­mi­nio­sa ten­sión de redu­cir su futu­ro visi­ble al día siguien­te. Futu­ro ade­más, que no por­ve­nir, que son dos con­cep­tos muy dis­tin­tos. El futu­ro bara­ja sus car­tas con el azar, el por­ve­nir tra­ba­ja con las pers­pec­ti­vas cier­tas. A mí, esto de hablar­me del día de maña­na me sue­na a ora­ción fune­ral y a paso por el fas­ti­dio­so pur­ga­to­rio. Y, como toda ora­ción fune­ral, tie­ne más de cere­mo­nia para entre­te­ner a los deu­dos que de reme­dio para el muer­to.

Si el Sr. Zapa­te­ro sabe la lon­gi­tud del túnel por el que tran­si­ta­mos que lo diga, pero temo que él nos ani­ma a espe­rar la luz mien­tras su Gobierno se ha apea­do en la esta­ción ante­rior. De la mis­ma mane­ra que no se ente­ró que empe­za­ba la tor­men­ta aho­ra igno­ra don­de ha deja­do el para­guas.

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