Los nues­tros- Iña­ki Ega­ña

Pasan por la pan­ta­lla de mi vida recuer­dos agol­pa­dos de esce­nas y situa­cio­nes que se recrean en ellas mis­mas, sor­bos dul­ces de aque­llas y aque­llos que deja­ron entre mis esca­sas per­te­nen­cias la hue­lla de su exis­ten­cia. Corren, como caba­llos al galo­pe, las figu­ras difu­mi­na­das de sus som­bras sin des­tino final, a lo mejor, como decía la can­ción, hacia el paraí­so de los hijos de la liber­tad. Cie­rro la ven­ta­na de mi cuar­to para refu­giar­me en la melan­co­lía y recos­tar­me con las ilu­sio­nes de los míos, a los que jamás cono­cí pero los sien­to en mis entra­ñas como par­te de algo que a duras penas logro expli­car.

Me abra­sa su ausen­cia. La vida es ape­nas un sus­pi­ro, qui­zás sue­ño como nos dejó gra­ba­do aquel barro­co escri­tor. Que el vivir sólo es soñar. Tam­bién impul­so, entu­sias­mo. Hace poco le leí a Pun­set en una fra­se redon­da: «si la vida fue­ra eter­na, no pon­dría­mos en ella la mis­ma inten­si­dad». Siem­pre he pen­sa­do, como Baro­ja, a quien ten­go por res­pal­do en estos pri­me­ros días oto­ña­les cuan­do los vien­tos ati­zan las hojas más ave­za­das, que la vida es una lucha o qui­zás, al revés, qué más da, que la lucha es por la vida.

He naci­do en una tie­rra que me ha sedu­ci­do sin casi per­ci­bir­lo, a la que sien­to res­pi­rar des­de las pri­me­ras horas de la maña­na, bien es cier­to que en oca­sio­nes con difi­cul­tad. Una tie­rra roji­za y ver­de, páli­da y negra, mar­ti­llea­da por los emba­tes mari­nos antes de que las cuen­tas exis­tie­ran, corroí­da por vien­tos géli­dos, ero­sio­na­da por la hue­lla intan­gi­ble de las abar­cas de mis ante­pa­sa­dos, las herra­du­ras de los caba­llos, las rue­das tra­que­te­an­tes de los carrua­jes de los mer­ca­de­res y, tam­bién, por las oru­gas de los carros de com­ba­te y las trin­che­ras.

Una tie­rra que ha aco­gi­do a miles de hom­bres y muje­res a los que no veré jamás. Ni siquie­ra a tra­vés de la leve melo­día que pro­vie­ne del eco de sus tra­ve­sías. Más lejos que­da­rán aún aque­llos que no lle­ga­ron a mi gene­ra­ción. Niños, ancia­nos, ado­les­cen­tes, adul­tos a los que, a pesar del abis­mo, me une ese cer­ti­fi­ca­do exten­di­do y a la vez com­pri­mi­do que ensan­chan los rin­co­nes y las sen­das de mi país.

Me emo­cio­na sen­tir su cáli­da pre­sen­cia a mi alre­de­dor, des­bro­zan­do mis dudas y com­par­tien­do ese barran­co que se esti­ra cada maña­na. Me emo­cio­na diri­gir­me a mis hijos y hacer­les par­tí­ci­pes de esos mis­mos hijos e hijas de la liber­tad que eli­gie­ron la lucha, al modo que la can­ta­ba Mer­ce­des Sosa. Sin más com­pli­ca­cio­nes que el com­pro­mi­so de un camino lleno de pena­li­da­des. La vida mis­ma. Y sien­to, con angus­tia, que aque­llo que valió tan­to la pena depen­de de esa trans­mi­sión. De que noso­tros y quie­nes nos pre­ce­den siga­mos lle­nan­do el cuen­co del des­tino.

Y el otro día, que home­na­jea­mos en Donos­tia a las muje­res que habían sufri­do la repre­sión fran­quis­ta, noté cómo, a pesar de la cos­tum­bre, se me entre­cor­ta­ba la voz al traer al esce­na­rio a una ado­les­cen­te de 16 años, Mertxe Mar­tín, que en un para­pe­to en Asti­ga­rra­ga, car­ga­da de un fusil que pesa­ba más que ella, per­dió su vida por una bala trai­cio­ne­ra cuan­do ese fas­cis­mo que no se ha ido aco­sa­ba las puer­tas de la capi­tal. La muer­te azul que can­ta­ba Fer­mín Valen­cia cuan­do nos traía el amar­go eco de la vio­la­ción y muer­te de Mara­vi­llas.

Un recuer­do me trae el siguien­te, el de aquel joven, qui­zás un año o dos mayor que Mertxe, atra­pa­do en el case­río Antsua­te­gi, en Elge­ta, con un lápiz como todo baga­je de más de 60 años de des­am­pa­ro, bajo tone­la­das de tie­rra. Un joven del que enton­ces ni hoy sabe­mos su nom­bre y cuya úni­ca tra­za en la vida fue la de ese lápiz que nos acer­ca a sus sue­ños des­tar­ta­la­dos. Y sien­to, a pesar de no tener más noción de su exis­ten­cia que la tex­tu­ra de su car­bon­ci­llo, que ese joven de Antsua­te­gi es uno más de mi fami­lia, de esa fami­lia cuyos lími­tes nun­ca he sabi­do mane­jar.

De otros, tam­bién, des­co­noz­co si sus cabe­llos eran del color del oro, ni siquie­ra del car­bón. La épi­ca úni­ca­men­te exis­te en los libros de colo­res. Anto­nio Ymaz, de Laz­kao, y Julián Iri­zar, de Ormaiz­te­gi, deja­ron sus últi­mos sus­pi­ros en las cer­ca­nías de Este­lla, defen­dien­do la cau­sa de un pre­ten­dien­te extra­ño, cuya pro­me­sa de no ven­der nues­tro país fue sufi­cien­te para seguir­lo. Como dirían Etxa­men­di y Larral­de, en su memo­ra­ble Otxa­ga­bia, sus flo­res ador­na­ron los cemen­te­rios del futu­ro.

El recuer­do se con­vier­te en pesa­di­lla en un ins­tan­te, cuan­do des­de el fon­do del hori­zon­te me lle­ga el rumor de una tona­di­lla que advier­to de inme­dia­to. «El Par­ti­sano», de Leo­nard Cohen. La his­to­ria de un gue­rri­lle­ro anó­ni­mo, ubi­ca­do por el autor cana­dien­se en la Fran­cia ocu­pa­da: «Cuan­do atra­ve­sa­ron la fron­te­ra me advir­tie­ron para que me rin­die­ra, pero no podía hacer­lo». Es la his­to­ria de Fran­cis­co Etxe­be­rria, el últi­mo de nues­tros maquis, natu­ral de Etxa­rri Ara­natz, que pre­fi­rió poner fin a su vida antes que caer en manos de la Guar­dia Civil que cer­ca­ba en Oiar­tzun el case­río que le ocul­ta­ba. «Tie­nen, por eso no llo­ran, de plo­mo las cala­ve­ras. Con el alma de cha­rol vie­nen por la carre­te­ra», escri­bió de los agen­tes Gar­cía Lor­ca.

Cohen can­ta­ba al gue­rri­lle­ro que deja­ba atrás a su mujer y a sus hijos, como Ken Zaz­pi a los opri­mi­dos y no deja de pro­du­cir­me una extra­ña sen­sa­ción de que la vida es un plus a algo que sigo sin enten­der. «Dime, laz­ta­na, que todo va a cam­biar y que maña­na esta­rás con­mi­go», escu­cho a Ken Zaz­pi y sien­to una terri­ble opre­sión con la evo­ca­ción de Enri­que Kor­ta, que no lle­gó a cono­cer a su hijo, o de Fer­nan­do Barrio, que lo cono­ció, o de Jus­to Eli­za­ran, a quien mata­ron unos mer­ce­na­rios paga­dos por los que sabe­mos y cuyos hijos, años des­pués, fue­ron encar­ce­la­dos tras esos mis­mos barro­tes que ate­na­zan nues­tro pasa­do y pre­sen­te.

Jamás se me borra­rá de la memo­ria la son­ri­sa de Mad­di Heguy, como tam­po­co la de Luzia Uri­goi­tia, ambas des­apa­re­ci­das, a un lado y al otro de la muga, bajo cir­cuns­tan­cias tan extra­ñas que se hicie­ron ofi­cia­les dán­do­nos a aten­der de inme­dia­to que lo guber­na­ti­vo, por defi­ni­ción, aco­ge auto­má­ti­ca­men­te la duda y el des­cré­di­to. La tie­rra está sor­da, nos recor­da­ba hace poco Enri­que Villa­rreal, can­tan­te de Barri­ca­da.

Y en este reco­rri­do alte­ra­do por la tur­ba­ción de los recuer­dos, no pue­do por menos que estre­me­cer­me con aque­lla últi­ma refle­xión de un cha­val de Zala­mea de la Sere­na lle­ga­do a Zarautz en la ruta del ham­bre: «maña­na cuan­do yo mue­ra no me ven­gáis a llo­rar, nun­ca esta­ré bajo tie­rra, soy vien­to de liber­tad». Aquel joven de pelo ensor­ti­ja­do y pan­ta­lo­nes vaque­ros, con una cami­se­ta del Che Gue­va­ra. Ese Che uni­ver­sal que, en melo­día de Sil­vio Rodrí­guez, «mata­ba cana­llas con su cañón de futu­ro».

Tenía 17 años cuan­do lapi­da­ron a Txi­ki y a Otae­gi y no me olvi­da­ré jamás ni del lugar, ni de la hora ni de quién me trans­mi­tió la noti­cia. Des­gra­cia­da­men­te, me ha suce­di­do en dece­nas de oca­sio­nes, con otras tan­tas malas noti­cias. El otro día, baja­ba de Man­du­bia hacia Azpei­tia y, des­pués de Matxin­ben­ta, paré el coche en Nuar­be. No soy cris­tiano, pero sen­tí una lla­ma­da, como las que rela­ta­ba Jack Lon­don. La lla­ma­da de los míos, de los nues­tros. Y me acer­qué al cemen­te­rio a dejar­le a Ángel unas pocas flo­res que arran­qué de un pra­do cer­cano.

«Pue­do escri­bir los ver­sos más tris­tes esta noche», comen­zó en una oca­sión Pablo Neru­da. Y sé que pue­do hacer­lo por­que el des­aso­sie­go ahon­da entre la sole­dad y los reco­dos de la memo­ria. Cien­tos de nom­bres, de inquie­tu­des, de gol­pes de aire, ani­dan en los plie­gues más hon­dos de nues­tra piel. Pue­do hacer­lo pero no quie­ro.

La mochi­la de mi vida, esca­sa y con cua­tro tra­pos, un par de libros y miles de recuer­dos pro­pios y, sobre todo, aje­nos, está forra­da de rojo y, en su exte­rior, baña­da en el ver­de de la espe­ran­za. Lle­ga­mos a don­de esta­mos gra­cias al com­pro­mi­so de una ava­lan­cha de, a veces, anó­ni­mos ami­gos y, otras, cer­ca­nos cole­gas, que nos deja­ron en esa ave­ni­da de con­tien­das y luchas.

Una ave­ni­da por un mun­do mejor, no por la eter­ni­dad como entien­den los faná­ti­cos reli­gio­sos. Por un mun­do libre de tira­nos, de espe­cu­la­do­res, etc. La lis­ta sería tan lar­ga que más de uno de ésos, de los nues­tros, esbo­za­ría una son­ri­sa de com­pla­cen­cia. Sí, efec­ti­va­men­te, exis­ten tan­tos moti­vos que no mere­ce la pena enu­me­rar­los. Un día, pro­ba­ble­men­te, sere­mos libres. De cual­quie­ra de las mane­ras, habrá vali­do la pena.

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