Vein­te años des­pués, el pro­ble­ma ruso con Che­che­nia se extien­de des­de el Cas­pio has­ta el mar Negro» – Gara

Hotel Hil­ton de Lon­dres, 14.30. Ahmed Zaka­yev entra en la recep­ción al paso vigo­ro­so que le per­mi­te su atlé­ti­ca cons­ti­tu­ción, aun­que hace ya algún tiem­po que su bar­ba y su cabe­llo deja­ron de ser rojos. Nos sen­ta­mos en una mesa estra­té­gi­ca­men­te apar­ta­da y se sir­ve su té, ajeno a las mira­das del res­to de los comen­sa­les. Impo­si­ble no acor­dar­se aque­lla taza enve­ne­na­da con polo­nio que mató a su com­pa­ñe­ro Ale­xan­der Lit­vi­nen­ko, no muy lejos de aquí. De él tam­bién que­re­mos hablar, y de Putin, de los «ára­bes», y de todas esas pie­zas que com­po­nen, o más bien des­com­po­nen, el com­ple­jo puzz­le que es la Che­che­nia de los últi­mos 20 años.

Zaka­yev habla un inglés más que correc­to pero para la entre­vis­ta pre­fie­re el ruso. Tra­du­ce Masha, naci­da en Lenin­gra­do. La impo­nen­te ciu­dad del nor­te ruso cam­bió pací­fi­ca­men­te su nom­bre por el de San Petes­bur­go cuan­do se des­mo­ro­nó el Impe­rio. Mucho más al sur, la peque­ña repú­bli­ca del Cáu­ca­so se sumía en el horror de un con­flic­to que pare­ce no tener final, pero que Zaka­yev cono­ce des­de su raíz. Lo cuen­ta para GARA.

Se cum­plen 20 años des­de la caí­da del muro y 10 del comien­zo de la segun­da gue­rra che­che­na. ¿Habría cam­bia­do algo el que Gor­ba­chov hubie­ra con­se­gui­do intro­du­cir la Peres­troi­ka al com­ple­to?

Sin duda. La catás­tro­fe en Che­che­nia empe­zó con el colap­so de la URSS. Yel­tsin reco­no­ció a las repú­bli­cas que se inde­pen­di­za­ban (Ucra­nia, Geor­gia, Uzbe­kis­tán…), pero decre­tó que la Repú­bli­ca de Che­che­nia-Ingushe­tia per­ma­ne­ce­ría bajo con­trol de Mos­cú. Si Gor­ba­chov hubie­ra con­se­gui­do intro­du­cir del todo las refor­mas, tan­to eco­nó­mi­cas como polí­ti­cas, la URSS sería hoy una enti­dad pare­ci­da a la UE.

Fue usted minis­tro de Cul­tu­ra en el Eje­cu­ti­vo de Djokhar Duda­yev has­ta su muer­te en 1996 ¿Qué cla­se de líder era?

Se han dicho muchas men­ti­ras sobre él. Se le ha lla­ma­do «faná­ti­co», «ban­di­do», «intran­si­gen­te»… Pero Duda­yev era una per­so­na inte­li­gen­te y dia­lo­gan­te, nada que ver con la ima­gen que se inten­tó «ven­der» de él des­de Mos­cú. En noviem­bre de 1994, me ase­gu­ró que haría todo lo posi­ble por evi­tar la gue­rra y en diciem­bre reci­bió un tele­gra­ma des­de el Krem­lin con­vo­cán­do­le a una ron­da de nego­cia­cio­nes en Vla­di­kav­kaz (Ose­tia del Nor­te). A pesar de que muchos en su Gabi­ne­te se posi­cio­na­ron en con­tra de toda nego­cia­ción, Duda­yev con­fir­mó su asis­ten­cia. Pero Mos­cú can­ce­ló la reu­nión y la gue­rra comen­zó poco des­pués.

No obs­tan­te, uste­des gana­ron la pri­me­ra gue­rra che­che­na (1994−96) y goza­ron des­pués de una suer­te de auto­go­bierno has­ta el ini­cio de la segun­da, en 1999. ¿Cómo fue aquel perio­do?

Creo que debe­ría usted refor­mu­lar su pre­gun­ta. ¿Quién le ha dicho que gana­mos la gue­rra? El 80% de Groz­ni que­dó total­men­te des­trui­do pero yo no vi ni una sola ven­ta­na rota en Mos­cú. Aque­llos tres años fue­ron uno de los epi­so­dios más oscu­ros en la his­to­ria de Che­che­nia. Murie­ron más de 100.000 per­so­nas y otras tan­tas que­da­ron sin hogar. La Repú­bli­ca que­dó com­ple­ta­men­te en rui­nas. La gen­te vivía al bor­de de la deses­pe­ra­ción por­que la sola super­vi­ven­cia cons­ti­tuía todo un reto. Con el acuer­do de paz se acor­da­ron las indem­ni­za­cio­nes que Mos­cú había de pagar a los che­che­nos, pero nin­gu­na se cum­plió. Éra­mos las autén­ti­cas víc­ti­mas de aque­lla gue­rra y aún así se nos decía que había­mos gana­do.

El enton­ces Gobierno che­cheno, en el que me inclu­yo, pecó de una acti­tud muy rela­ja­da. Así las cosas, resul­ta­ba muy fácil para Mos­cú mani­pu­lar a sus miem­bros. La situa­ción me recor­da­ba a la de un adul­to que mane­ja a su anto­jo a los niños en una guar­de­ría, diri­gién­do­les, hacién­do­les dis­cu­tir…

Ser­gey Pri­ma­kov, el enton­ces minis­tro de Exte­rio­res ruso, anun­ció que rom­pe­ría rela­cio­nes diplo­má­ti­cas con cual­quier país que reco­no­cie­ra la inde­pen­den­cia de Che­che­nia. Nadie reco­no­ció nues­tra inde­pen­den­cia, ni hubo una sola orga­ni­za­ción euro­pea que man­da­ra un solo rublo a Che­che­nia.

¿Pue­de des­cri­bir con más deta­lle esa inje­ren­cia des­de Mos­cú?

Des­de que se fir­mó el alto el fue­go entre Groz­ni y Mos­cú en setiem­bre de 1996, Rusia empe­zó a pre­pa­rar­se para la siguien­te gue­rra. No fue el final de un con­flic­to sino el comien­zo de los pre­pa­ra­ti­vos para otro. Los ser­vi­cios secre­tos rusos pusie­ron en mar­cha una cam­pa­ña enca­mi­na­da a divi­dir a la socie­dad che­che­na y pre­pa­rar el terreno para una segun­da gue­rra.

Ense­gui­da com­pren­die­ron que la for­ma más efi­caz de divi­dir a la socie­dad era a tra­vés de la reli­gión. Fue enton­ces cuan­do empe­za­ron a lle­gar los ára­bes a Che­che­nia. Todos traían dine­ro, que no iba para el líder de la repú­bli­ca, que era Mas­ja­dov, sino que aca­ba­ba en los bol­si­llos de todo aquel capaz de reu­nir un gru­po dis­pues­to a com­ba­tir. La mayo­ría per­te­ne­cía a la opo­si­ción al Gobierno.

El segun­do cam­po de actua­ción era sobre los medios de infor­ma­ción. Duran­te la pri­me­ra gue­rra che­che­na los perio­dis­tas inter­na­cio­na­les tuvie­ron acce­so a la Repú­bli­ca y con­ta­ron la ver­dad de lo que allí suce­dió. Mos­cú que­ría evi­tar algo así a toda cos­ta, por lo que se mul­ti­pli­ca­ron los ase­si­na­tos y los secues­tros de perio­dis­tas para asus­tar­los. Lue­go les lle­gó el turno a las ONG, empe­zan­do por la Cruz Roja.

Por últi­mo, había que eli­mi­nar a aque­llos que que­rían inver­tir en Che­che­nia sin pasar antes por Mos­cú. Recuer­do a aque­llos inge­nie­ros de Bri­tish Tele­com que lle­ga­ron a la Repú­bli­ca para rees­ta­ble­cer las líneas tele­fó­ni­cas. Fue­ron secues­tra­dos y deca­pi­ta­dos.

Lo úni­co que con­se­gui­mos duran­te aquel perio­do fue evi­tar la gue­rra civil entre che­che­nos, algo que Mos­cú esta­ba inten­tan­do pro­vo­car por los medios habi­tua­les.

Usted ha denun­cia­do a menu­do la supues­ta «estre­cha cola­bo­ra­ción» entre ára­bes y rusos. ¿En qué se basa?

Duran­te los años de la URSS había más extran­je­ros pro­ce­den­tes de Orien­te Medio que de cual­quier otra par­te del mun­do. Los che­che­nos somos tra­di­cio­nal­men­te musul­ma­nes sufíes, mien­tras que el waha­bis­mo es una corrien­te impor­ta­da recien­te­men­te por los ára­bes y los rusos, des­mar­ca­da del Islam autén­ti­co. Si todo el dine­ro que traían los ára­bes hubie­ra lle­ga­do direc­ta­men­te des­de Mos­cú, los che­che­nos nun­ca lo habrían acep­ta­do por­que eso impli­ca­ría que esta­ban tra­ba­jan­do direc­ta­men­te para Rusia. Había alre­de­dor de 1.500 ára­bes regis­tra­dos en Che­che­nia y todos tenían un visa­do estam­pa­do en Mos­cú. Nin­guno de ellos entra­ba en la Repú­bli­ca clan­des­ti­na­men­te, como se decía. El Krem­lin sabía muy bien quién y para qué iba a Che­che­nia.

¿Sigue usted man­te­nien­do que Putin mató a Lit­vi­nen­ko?

Para Mos­cú hay gen­te que, sim­ple­men­te, ha de ser eli­mi­na­da, se lla­me Aslan Mas­ja­dov, Ale­xan­der Lit­vi­nen­ko, Anna Polit­kovs­ka­ya… ¡Y el cíni­co de Putin ni siquie­ra inten­ta ocul­tar­lo! Mata­ron a Polit­kovs­ka­ya el 7 de octu­bre, el día del cum­plea­ños de Putin. La pren­sa habló mucho del «rega­lo» que le habían hecho al pre­si­den­te ruso. Putin esta­ba en el extran­je­ro, pero no tar­dó en hacer una decla­ra­ción en la que reco­no­cía su anti­pa­tía por la perio­dis­ta, a la vez que elu­día toda res­pon­sa­bi­li­dad en el ase­si­na­to.

Cuan­do murió Lit­vi­nen­ko hizo otra decla­ra­ción en la que lo des­cri­bía como un «don nadie trai­dor» y ase­gu­ra­ba que no había prue­bas que rela­cio­na­ran su cadá­ver con el FSB. Putin nun­ca pen­só que los bri­tá­ni­cos lle­ga­ran a des­cu­brir que el cau­san­te de su muer­te fue el polo­nio.

Todo el mun­do sabe quién es Putin. Todos sabe­mos que fue él quien orde­nó dis­pa­rar a los niños de Bes­lan, rociar con gas el tea­tro Dubrov­ka o volar aque­llos edi­fi­cios de apar­ta­men­tos que sir­vie­ron de casus belli para la segun­da gue­rra che­che­na en 1999. Lo más espe­luz­nan­te de todo es que Putin sigue sien­do una pie­za cla­ve en la polí­ti­ca inter­na­cio­nal al que muchos líde­res euro­peos tra­tan con res­pe­to. Che­che­nia fue la pri­me­ra, Geor­gia la segun­da, y le pue­do ase­gu­rar que la ter­ce­ra será Ucra­nia.

El pasa­do mes de febre­ro, el pre­si­den­te de la Che­che­nia pro­rru­sa, Ram­zan Kady­rov, le ofre­ció vol­ver a Groz­ni. ¿En qué pun­to se encuen­tran las nego­cia­cio­nes en estos momen­tos?

La pren­sa ha espe­cu­la­do mucho sobre las nego­cia­cio­nes en torno a mi supues­to regre­so a Che­che­nia. He esta­do en con­tac­to con repre­sen­tan­tes del Gobierno ruso de for­ma con­fi­den­cial pero cons­tan­te des­de 2001. Duran­te mis dos últi­mos encuen­tros en Oslo y Lon­dres con Abdu­raj­ma­nov, (el envia­do de Kady­rov), insis­tí en hacer públi­cas estas reunio­nes si real­men­te desea­mos encon­trar una solu­ción polí­ti­ca al con­flic­to. A día de hoy no se dan las con­di­cio­nes para mi regre­so a Che­che­nia. Hacer­lo sería con­ver­tir­se en cóm­pli­ce de un régi­men cuyas deci­sio­nes se toman en Mos­cú.

¿Cuál es la situa­ción actual de la insur­gen­cia, tan­to en Che­che­nia como en el res­to del Cáu­ca­so?

Doku Uma­rov (el auto­pro­cla­ma­do «Emir del Cáu­ca­so Nor­te») es otra víc­ti­ma más de las pro­vo­ca­cio­nes del FSB pero no por ello pue­do com­par­tir su ideo­lo­gía o su visión del con­flic­to. Los ata­ques sui­ci­das son algo total­men­te ajeno al pue­blo che­cheno. Duda­yev y Mas­ja­dov lo dije­ron en su día, y el res­to lo hemos esta­do repi­tien­do duran­te estos 20 años: a prin­ci­pios de los 90, Rusia tenía un pro­ble­ma con Che­che­nia. 20 años des­pués el pro­ble­ma se extien­de des­de el Cas­pio has­ta el mar Negro. Éste es el resul­ta­do de inten­tar solu­cio­nar un pro­ble­ma polí­ti­co a tra­vés de la fuer­za.

¿Sigue usted soñan­do con una Che­che­nia inde­pen­dien­te?

Yo no sue­ño, sé que suce­de­rá.

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