Las raí­ces de la buro­cra­cia – Isaac Deutscher

Somos tes­ti­gos de una cla­ra ten­den­cia al aumen­to de la buro­cra­ti­za­ción de las socie­da­des con­tem­po­rá­neas, inde­pen­dien­te­men­te de sus estruc­tu­ras socia­les y políticas.

Los teó­ri­cos y occi­den­te nos ase­gu­ran que el ímpe­tu de la buro­cra­ti­za­ción es tal, que vivi­mos ya bajo un sis­te­ma mana­ge­rial que ha lle­ga­do a reem­pla­zar casi imper­cep­ti­ble­men­te al capi­ta­lis­mo. Por otro lado, tene­mos el enor­me, asom­bro­so cre­ci­mien­to de la buro­cra­cia en las socie­da­des post-capi­ta­lis­tas del blo­que sovié­ti­co, y espe­cial­men­te en la Unión Sovié­ti­ca. Nos asis­te toda la razón al tra­tar de ela­bo­rar algu­na teo­ría de la buro­cra­cia que sea más com­ple­ta y satis­fac­to­ria que el cli­ché tan de moda como en gran medi­da sin sen­ti­do de «socie­dad mana­ge­rial». Sin embar­go, no es fácil abor­dar el pro­ble­ma de la buro­cra­cia; en esen­cia este pro­ble­ma es tan vie­jo como la civi­li­za­ción mis­ma, aun­que la inten­si­dad con que ha apa­re­ci­do a la vis­ta de los hom­bres ha varia­do gran­de­men­te según las épocas.

Si he deci­di­do hablar sobre las raí­ces de la buro­cra­cia, es por la razón de que, a mi enten­der hay que calar muy hon­do para hallar las cau­sas más pro­fun­das las cau­sas pri­me­ras de la buro­cra­cia, al obje­to de ver cómo y por qué esta lacra de civi­li­za­ción huma­na ha alcan­za­do pro­por­cio­nes tan ate­rra­do­ras. Den­tro del pro­ble­ma de la buro­cra­cia, del cual el pro­ble­ma del Esta­do cons­ti­tu­ye un para­le­lo apro­xi­ma­do, se con­cen­tra bue­na par­te de esa rela­ción entre indi­vi­duo y socie­dad, entre hom­bre y hom­bre, que aho­ra se ha con­ver­ti­do en moda cali­fi­car de “alie­na­ción”.

El tér­mino sugie­re el domi­nio del «bureau», del apa­ra­to, de algo imper­so­nal y hos­til que ha adqui­ri­do vida y poder sobre los seres huma­nos… En el len­gua­je dia­rio, tam­bién habla­mos de los buró­cra­tas sin alma refi­rién­do­nos a los hom­bres que inte­gran ese meca­nis­mo. Los seres huma­nos que gobier­nan el Esta­do pare­ce como si care­cie­ran de alma, como si fue­ran meros dien­tes del engra­na­je. En otras pala­bras, nos enfren­ta­mos aquí, de lleno y direc­ta­men­te, con la reifi­ca­ción de las rela­cio­nes entre seres huma­nos, con la apa­ri­ción de vida en meca­nis­mos, en cosas. Lo cual nos lle­va inme­dia­ta­men­te a la memo­ria, por supues­to, el gran com­ple­jo del feti­chis­mo: en todos los ámbi­tos de nues­tra eco­no­mía de mer­ca­do, el hom­bre pare­ce hallar­se a mer­ced de las cosas, de las mer­can­cías, inclu­so del dine­ro. Las rela­cio­nes huma­nas y socia­les se obje­ti­van, en tan­to que los obje­tos pare­cen adqui­rir la fuer­za y el poder de las cosas vivas. La seme­jan­za entre la alie­na­ción del hom­bre res­pec­to al Esta­do y a los repre­sen­tan­tes del Esta­do, la buro­cra­cia, y la alie­na­ción del hom­bre res­pec­to a los pro­duc­tos de su pro­pia eco­no­mía, es evi­den­te­men­te muy estre­cha, estan­do las dos cla­ses de alie­na­ción pare­ci­da­men­te interrelacionadas.

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