Para “ser” gue­rri­lle­ro y terro­ris­ta- Her­nan­do Cal­vo Ospi­na

¿Quie­re usted “ser” de las FARC o del ELN, las gue­rri­llas colom­bia­nas? ¿Quie­re “per­te­ne­cer” a ellas sin pedir mili­tan­cia, y sin que nin­gún man­do de ellas lo sepa? No debe­rá tra­tar de “com­pa­ñe­ro” o “cama­ra­da” a nadie, ni asis­tir a reunio­nes polí­ti­cas. No es nece­sa­rio saber uti­li­zar ni un cuchi­llo, menos una esco­pe­ta de caza, tam­po­co mar­char por sel­vas reple­tas de mos­qui­tos y ser­pien­tes. Le ase­gu­ro que es faci­lí­si­mo “ser” reco­no­ci­do como gue­rri­lle­ro, y según la moti­va­ción que pon­ga pue­de col­gar­se el títu­lo de “terro­ris­ta”. No nece­si­ta ni vivir en Colom­bia: qué­de­se en Washing­ton o Tokio.

Doy fe de que “ser” gue­rri­lle­ro colom­biano es sim­ple. La cla­ve: por algún medio infor­ma­ti­vo expré­se­se obje­ti­va­men­te sobre el gobierno o algún otro ente esta­tal. Demues­tre que los ser­vi­cios de segu­ri­dad, fuer­zas arma­das y sus para­mi­li­ta­res tor­tu­ran, ase­si­nan y hacen des­apa­re­cer a inde­fen­sos ciu­da­da­nos por miles, hacién­do­los pasar por gue­rri­lle­ros. Insis­ta en mos­trar las tan­tí­si­mas prue­bas que hacen de muchí­si­mos repre­sen­tan­tes de ese Esta­do hono­ra­bles nar­cos para­mi­li­ta­res. Tam­bién sir­ve que expre­se sus deseos de una paz con dig­ni­dad para todos los colom­bia­nos, o la nece­si­dad de un diá­lo­go con la gue­rri­lla. Ya con esto es más que sufi­cien­te. Aun­que no será tan reco­no­ci­do públi­ca­men­te, tam­bién sir­ve que haga esos comen­ta­rios ante un gru­po de ami­gos del gobierno.

Usted sabrá cuán­do “ingre­só” a la gue­rri­lla, por­que sin que lo per­ci­ba empe­za­rá a ema­nar un inso­por­ta­ble olor que has­ta los zorri­llos cru­za­rán la calle para no salu­dar­lo. Muchos que se decían ami­gos ya no le con­tes­ta­rán la lla­ma­da, y su direc­ción mail la cla­si­fi­ca­rán como “spam”, o sea correo basu­ra. ¡Vaya y los pon­gan en la lis­ta de sos­pe­cho­sos! Lo bueno de ello es que ya serán menos los que le pidan dine­ro pres­ta­do o lle­guen a su casa a bus­car un tra­go o cena. Esa espe­cie de sole­dad o tran­qui­li­dad, según como tome la situa­ción, pue­de suce­der­le vivien­do en Lon­dres o en Síd­ney.

Otra “prue­ba” de “su” mili­tan­cia son los insul­tos que se empie­zan a reci­bir en las pági­nas web don­de escri­be. Ahí la aga­rra­rán con­tra la dig­ni­dad de su mamá, su papá, su mujer, sus hijos, sin que fal­ten el perro y el gato. Nun­ca tra­ta­rán de dis­cu­tir, de expo­ner sus pun­tos de vis­ta. No, por­que no pue­den defen­der lo inde­fen­di­ble. Por­que su nivel de edu­ca­ción, coefi­cien­te inte­lec­tual y de sen­si­bi­li­dad huma­na están por deba­jo del piso. Para ellos usted es la peor cala­ña de la tie­rra por­que sí, por­que usted no está de acuer­do con el gobierno y sus crí­me­nes. Por­que “eso” que escri­be “sólo” sir­ve al refor­za­mien­to de las gue­rri­llas, le dicen. Cuan­do usted com­pa­ra los 20 o 160 men­sa­jes insul­tan­tes se da cuen­ta de algo curio­so: casi todos dicen las mis­mas bar­ba­ri­da­des, así sea en 33 pági­nas web dife­ren­tes. Pare­cen una compu­tado­ra que sólo sabe sinó­ni­mos de impro­pe­rios, inju­rias, epí­te­tos. (Ah, pero le acon­se­jo: pida que no publi­quen los comen­ta­rios a sus tex­tos, y se dará cuen­ta que los insul­tos casi des­apa­re­ce­rán. Es que si sus baje­zas no ven la luz no logran el orgas­mo. O no les pagan).

Las ema­na­cio­nes que usted va expul­san­do con olor a gue­rri­lle­ro o terro­ris­ta, o ambas, pues des­de el año 2002 en Washing­ton se deci­dió que era lo mis­mo, es lo deli­ca­do del asun­to. Todos aqué­llos que per­ci­ben sus eflu­vios saben que des­de ese momen­to se ha gana­do el “dere­cho” a que le pase cual­quier cosa, pero nin­gu­na bue­na.

Y entre los dere­chos gana­dos está el que un día cual­quie­ra se ente­re por la pren­sa de que en una, dos o tres compu­tado­ras cap­tu­ra­das a la gue­rri­lla des­pués de vio­len­tos bom­bar­deos, se dice que usted man­tie­ne estre­chas rela­cio­nes con la diri­gen­cia de las FARC o el ELN, con las cua­les acor­dó maca­bros pla­nes cri­mi­na­les. Tam­bién se ente­ra­rá de que un juez anti­te­rro­ris­ta le dic­tó orden de deten­ción inter­na­cio­nal, por­que, ade­más, en una, dos o tres memo­rias USB cap­tu­ra­das a cual­quier coman­dan­te “terro­ris­ta” de la gue­rri­lla su nom­bre, con tres o cua­tro alias, apa­re­ce liga­do al trá­fi­co de armas o cocaí­na.

Usted podrá pata­lear, gri­tar, jurar por todos los dio­ses que quie­ra, pero los jue­ces dicen que esos compu­tado­res y las memo­rias no mien­ten. Y para que no exis­tan dudas, los ser­vi­cios de segu­ri­dad, en par­ti­cu­lar el DAS, lo cer­ti­fi­can.

Enton­ces la cár­cel es uno de los pri­me­ros “dere­chos” que usted gana, con la gran posi­bi­li­dad de que pase un buen tiem­po ence­rra­do mien­tras se com­prue­ba que ese no era usted. Otro, el peor, y sien­do colom­biano sabe que es así, pue­de ser ase­si­na­do en cual­quier esqui­na, andén o cama por “des­co­no­ci­dos”.

Esos dos “dere­chos” se los gana des­pués de que lo aprue­ben como terro­ris­ta y gue­rri­lle­ro, y sin que las FARC o el ELN lo rei­vin­di­quen. Por­que usted no es gue­rri­lle­ro de armas, pero tam­po­co de tri­bu­na u ofi­ci­na y ni de papel. Por­que qui­zás nun­ca ha que­ri­do ser­lo, así entien­da sus luchas. O lo que es el col­mo: así esté en con­tra de ellas. Sólo por­que usted cree en la demo­cra­cia, pero no en esa que han arma­do los que deci­den quie­nes “somos” gue­rri­lle­ros o terro­ris­tas.

El autor es perio­dis­ta y escri­tor colom­biano resi­den­te en Fran­cia. Cola­bo­ra­dor de Le Mon­de Diplo­ma­ti­que.

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