Eter­na­men­te Bego­ña – Jesús Valen­cia

Oí hablar de ella (¡mal­di­ta fata­li­dad!) cuan­do lle­gó la noti­cia de su ase­si­na­to. Era un 10 de setiem­bre de 1990. Hubo que espe­rar varios días has­ta que las pre­sio­nes fami­lia­res con­si­guie­ran res­ca­tar su cadá­ver y tras­la­dar­lo a Gares. La ana­to­mía foren­se de Iru­ñea evi­den­ció el cri­men y la soli­da­ri­dad popu­lar vas­ca le orga­ni­zó una emo­ti­va des­pe­di­da. En aquel ínte­rin amar­go, habla­mos y escri­bi­mos. Así supe que Bego­ña Gar­cía Aran­di­go­yen, una vez egre- sada de la facul­tad de medi­ci­na, se había enca­mi­na­do hacia la revo­lu­cio­na­ria y fas­ci­nan­te Cen­troa­mé­ri­ca de aque­llos años, que con­ce­bía el ejer­ci­cio médi­co como un ser­vi­cio a la huma­ni­dad y que había que­ri­do poner­lo a dis­po­si­ción de los cen­tro­ame­ri­ca­nos más pobres y cora­ju­dos.

Hace unos meses, y al impul­so de la edi­to­rial Txa­la­par­ta, se pro­du­jo un hecho biblio­grá­fi­co sor­pren­den­te. Iña­ki Gon­za­lo, Kitxu, ‑pre­so polí­ti­co vas­co a par­tir de 1994- habia recrea­do des­de su cel­da el per­fil de la joven inter­na­cio­na­lis­ta. Una tupi­da red de apo­yos, que el autor reco­no­ce en su obra, había hecho posi­ble el tra­ba­jo. «¡Cómo no que­rer­te, Alba!» es el títu­lo de este libri­to que pro­yec­ta, con admi­ra­ble belle­za y ter­nu­ra, el encuen­tro de dos vidas inten­sas: la de la inter­na­cio­na­lis­ta y la del guda­ri. Des­de su obser­va­to­rio de hor­mi­gón ras­trea Kitxu la vida de Bego­ña y encuen­tra en sus ances­tros nume­ro­sos ves­ti­gios rojos y repu­bli­ca­nos; siem­bra de jus­ti­cias que, nece­sa­ria­men­te, tenía que fruc­ti­fi­car en cose­cha de gene­ro­si­da­des. Bego­ña renun­ció a ser la doc­to­ra joven y mona en un cen­tro médi­co al uso. La clí­ni­ca del FMLN en Mana­gua fue su bau­tis­mo de dolor. A tra­vés de sus mal­tre­chos pacien­tes cono­ció algo que no expli­can las cla­sis­tas facul­ta­des de medi­ci­na: el alto cupo de sufri­mien­to que sue­len pagar las gen­tes revo­lu­cio­na­rias. Entre dolo­res y amo­res, el cora­zón de nues­tra pai­sa­na se ensan­chó. Supo que en la pri­me­ra línea de fue­go, los heri­dos sal­va- dore­ños eran muchos, y los médi­cos, esca­sos. Tras lar­gas cavi­la­cio­nes, tomó la deci­sión que mar­ca­ría su vida y le aca­rrea­ría la muer­te.

Con 24 años asom­bro­sa­men­te madu­ros, Bego­ña (con­ver­ti­da en Alba) fue superan­do las incon­ta­bles difi­cul­ta­des que se cru­za­ron en su mar­cha: cami­na­tas noc­tur­nas ‑a cie­gas y en silen­cio- para irse aden­tran­do en el fren­te; la pro­xi­mi­dad de patru­llas enemi­gas; la desa­zón del amor trai­cio­na­do; la des­con­fian­za de los gue­rri­lle­ros que no la creían cur­ti­da; los retos pro­fe­sio­na­les que supe­ra­ban, con cre­ces, las res­pon­sa­bi­li­da­des de una recién egre­sa­da; la nece­si­dad de aten­der a los heri­dos con cari­ño y cua­tro reme­dios esca­sos; la ame­na­za per­ma­nen­te de una muer­te ace­chan­do des­de los heli­cóp­te­ros o tras cual­quier mato­rral. Así lle­gó el 10 de setiem­bre de 1990. Muchos de nues­tros pue­blos se sumer- gían en fies­tas; el sub­sar­gen­to Tere­so de Jesús se apres­ta­ba a matar gue­rri­lle­ros; Bego­ña, emba­ra­za­da de meses, car­ga­ba el mate­rial médi­co con el que aten­der a los poten­cia­les gue­rri­lle­ros heri­dos. Tras el encon­tro­na­zo, la bala­ce­ra que dejó heri­da a la médi­ca vas­ca. El sub­sar­gen­to la tras­la­dó al des­ta­ca­men­to mili­tar don­de sería rema­ta­da, vacia­da del feto y sepul­ta­da.

Gra­cias, Bego­ña, por tu vida. Gra­cias Kitxu, por tu rela­to.

Fuen­te: Gara

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