No está en los genes

En esta pri­me­ra apro­xi­ma­ción al aná­li­sis de la rela­ción entre cien­cia y polí­ti­ca, la ins­pi­ra­ción ha pro­ve­ni­do, en bue­na medi­da, de las apor­ta­cio­nes de cien­tí­fi­cos dia­léc­ti­cos y mar­xis­tas, que plas­ma­ron sus ideas a lo lar­go de las últi­mas déca­das del siglo XX en dis­tin­tas publi­ca­cio­nes y, espe­cial­men­te, en la obra No está en los genes. Racis­mo, gené­ti­ca e ideo­lo­gía. Sin olvi­dar, por supues­to, a los clá­si­cos –y moder­nos- teó­ri­cos del marxismo.

El com­pro­mi­so de con­se­guir y con­quis­tar una socie­dad socia­lis­ta más jus­ta impli­ca tra­ba­jar en muchos fren­tes de acción. Y actuar en cada uno de ellos lle­va implí­ci­to el desa­rro­llo, teó­ri­co y prác­ti­co, de crí­ti­cas a la socie­dad capi­ta­lis­ta actual y plan­tear alter­na­ti­vas a sus defi­cien­cias y con­tra­dic­cio­nes. Qué duda cabe que uno de los fren­tes fun­da­men­ta­les es el de la ideo­lo­gía, el de las ideas que pre­do­mi­nan en una socie­dad par­ti­cu­lar y en un momen­to deter­mi­na­do. Como decían Marx y Engels, «[…] la cla­se que cons­ti­tu­ye la fuer­za mate­rial domi­nan­te en la socie­dad es, al mis­mo tiem­po, su fuer­za inte­lec­tual domi­nan­te. La cla­se que tie­ne los medios de pro­duc­ción mate­rial a su dis­po­si­ción tie­ne al mis­mo tiem­po el con­trol de los medios de pro­duc­ción men­tal,[…]» (1, p. 27). Y esa pro­duc­ción men­tal o inte­lec­tual que abar­ca las dis­tin­tas áreas del cono­ci­mien­to cien­tí­fi­co es un aspec­to esen­cial de dicha ideo­lo­gía, no siem­pre sufi­cien­te­men­te reconocida.

Un sig­ni­fi­ca­do habi­tual que se le sue­le dar al tér­mino de «cien­cia» es el de un con­jun­to de hechos, leyes, teo­rías y rela­cio­nes obje­ti­vas de los fenó­me­nos del mun­do que las ins­ti­tu­cio­nes socia­les de la cien­cia esta­ble­cen como ver­da­de­ros. Sin embar­go, como nos seña­lan Lewon­tin, Rose y Kamin (2), una cosa es lo que dichas ins­ti­tu­cio­nes, uti­li­zan­do los méto­dos cien­tí­fi­cos, dicen sobre el mun­do de los fenó­me­nos, y otra cosa es el mun­do real de los fenó­me­nos en sí mis­mos. Pues no debe­mos olvi­dar que dichas ins­ti­tu­cio­nes socia­les a veces no han dicho cosas cier­tas sobre el mun­do (sin con­tar los casos evi­den­tes de frau­des- véa­se nota 1) y no otor­gar a la cien­cia, como ins­ti­tu­ción, una auto­ri­dad que en otra épo­ca corres­pon­dió a la Igle­sia. «Cuan­do la “cien­cia” habla –o, más bien, cuan­do sus por­ta­vo­ces (y gene­ral­men­te son hom­bres) hablan en nom­bre de la cien­cia- no se admi­te répli­ca. La «cien­cia» es el legi­ti­ma­dor últi­mo de la ideo­lo­gía bur­gue­sa» (2, p. 51).

Ade­más, se deben resal­tar dos aspec­tos nece­sa­rios para des­cri­bir y expli­car los acon­te­ci­mien­tos y pro­ce­sos que tie­nen lugar en el mun­do que nos rodea. Uno tie­ne que ver con la lógi­ca inter­na de dicho acon­te­ci­mien­to, es decir, refe­ri­do a su exac­ti­tud o vera­ci­dad a tra­vés de las secuen­cias clá­si­cas del méto­do cien­tí­fi­co de con­je­tu­ras y refu­ta­cio­nes ‑den­tro del ite­ra­ti­vo pro­ce­so de la deduc­ción e inducción‑, de teo­rías y demos­tra­cio­nes. Así, en el lla­ma­do ciclo del méto­do cien­tí­fi­co éste «comien­za» en un pro­ce­so deduc­ti­vo, de con­je­tu­ras, y en el plan­tea­mien­to de una hipó­te­sis expli­ca­ti­va, más o menos teó­ri­ca u ope­ra­ti­va, y «ter­mi­na» en su acep­ta­ción o recha­zo tras un pro­ce­so de inducción.

El otro aspec­to, de tan­ta impor­tan­cia como el ante­rior, es con­si­de­rar el entorno social en que la cien­cia está inser­ta. «La intui­ción sobre las teo­rías del desa­rro­llo cien­tí­fi­co esbo­za­da por Marx y Engels en el siglo XIX, desa­rro­lla­da por una gene­ra­ción de eru­di­tos mar­xis­tas en los años 30 (del siglo XX) y aho­ra refle­ja­da, refrac­ta­da y pla­gia­da por mul­ti­tud de soció­lo­gos, es que el desa­rro­llo cien­tí­fi­co no acae­ce en el vacío» (2, p. 53). El «tipo» de cien­cia que se hace, esto es, los tipos de pre­gun­tas –hipó­te­sis- que intere­san for­mu­lar y las expli­ca­cio­nes más acep­ta­das ‑finan­cia­das, publi­ca­das y difun­di­das- por las ins­ti­tu­cio­nes socia­les de la cien­cia, están con­di­cio­na­das por el momen­to his­tó­ri­co que vive esa socie­dad en par­ti­cu­lar y por los intere­ses de su cla­se dominante.

El pro­ble­ma está en que, en muchas oca­sio­nes, la cien­cia, y sus cien­tí­fi­cos e ins­ti­tu­cio­nes que la res­pal­dan, solo reco­no­cen el aspec­to de la lógi­ca inter­na en la adqui­si­ción del cono­ci­mien­to y la tra­tan como si ésta fun­cio­na­ra autó­no­ma­men­te. Inclu­so en la ver­sión de Kuhn con sus sacu­di­das por perio­dos de cien­cia «revo­lu­cio­na­ria» y sus cam­bios de «para­dig­mas», se plan­tea una cien­cia que da sal­tos en el vacío con inde­pen­den­cia de su mar­co social e his­tó­ri­co. Aun­que esta no es la úni­ca crí­ti­ca que habría que hacer­le a los cam­bios para­dig­má­ti­cos de Kuhn, aho­ra nos intere­sa des­ta­car la casi total des­preo­cu­pa­ción del con­tex­to socio­his­tó­ri­co y pro­duc­ti­vo en que se des­en­vuel­ven sus perio­dos de cien­cia (6, 7). La reali­dad es que creer que hacer cien­cia es solo con­si­de­rar el aspec­to de la lógi­ca inter­na del pro­ce­so de adqui­si­ción del cono­ci­mien­to es como creer, en pala­bras de Lewon­tin, Rose y Kamin, que «[…] los cien­tí­fi­cos fue­ran orde­na­do­res pro­gra­ma­bles que ni hacen el amor, ni comen, ni defe­can, ni tie­nen enemi­gos ni expre­san opi­nio­nes polí­ti­cas[…]» (2, p. 53).

Ambos aspec­tos son, por tan­to, inse­pa­ra­bles y gene­ran una ten­sión que cons­ti­tu­ye la diná­mi­ca esen­cial de una cien­cia cuyos tests fun­da­men­ta­les son siem­pre dobles: el de la ver­dad o exac­ti­tud y el de su fun­ción social. Pero la recien­te his­to­ria cien­tí­fi­ca nos ha dado mues­tras de inves­ti­ga­cio­nes y teo­rías que no apro­ba­rían ambos exá­me­nes como ha ocu­rri­do con algu­nas teo­rías reduc­cio­nis­tas, espe­cial­men­te con el deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co (3, p. 8, véa­se nota 2).

La cien­cia natu­ral reduc­cio­nis­ta al ser­vi­cio de la burguesía

Para enten­der el «éxi­to» del reduc­cio­nis­mo en las cien­cias natu­ra­les, en gene­ral, y en la bio­lo­gía en par­ti­cu­lar, sería impor­tan­te par­tir de una con­tra­dic­ción que se ha gene­ra­do en el desa­rro­llo de la socie­dad bur­gue­sa. Esta con­tra­dic­ción se pre­sen­ta entre una ideo­lo­gía que pro­cla­ma­ba «liber­tad, igual­dad y fra­ter­ni­dad» y una estruc­tu­ra social basa­da en cla­ses socia­les enfren­ta­das e irre­con­ci­lia­bles don­de una mino­ría domi­na y explo­ta a una amplia mayo­ría de la pobla­ción, gene­ran­do impo­ten­cia y des­igual­dad. Para inten­tar resol­ver esta con­tra­dic­ción un medio del que se vale la bur­gue­sía, y que se ha expan­di­do enor­me­men­te a lo lar­go del siglo XX, es la difu­sión de una cien­cia natu­ral reduc­cio­nis­ta, que desa­rro­lla mode­los sim­ples sobre las cau­sas bio­ló­gi­cas (del orga­nis­mo vivo) y socia­les (de las socie­da­des huma­nas) y expli­ca­cio­nes igual­men­te sim­ples y, muchas veces erró­neas. Lewon­tin, Rose y Kamin, expli­can de for­ma muy escla­re­ce­do­ra en qué con­sis­ten estas ten­den­cias que impreg­nan nues­tras cien­cias y muchas de sus inexac­ti­tu­des. Pero, sobre todo, des­en­mas­ca­ran una cien­cia fal­sa que sir­ve para man­te­ner el sta­tu quo que gene­ra des­igual­dad e injus­ti­cia (2).

Un caso espe­cial de reduc­cio­nis­mo es el deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co que plan­tea que todo com­por­ta­mien­to humano está regi­do por una cade­na de deter­mi­nan­tes que van del gen al indi­vi­duo y, de éste a la suma de los com­por­ta­mien­tos de todos los indi­vi­duos o socie­dad huma­na. Las cau­sas de los fenó­me­nos socia­les se hallan pues en la bio­lo­gía de los acto­res indi­vi­dua­les. De esta for­ma, se inten­ta expli­car las pro­pie­da­des de con­jun­tos com­ple­jos ‑caso de las molé­cu­las o las socie­da­des, por ejem­plo- en tér­mi­nos de las uni­da­des de que están com­pues­tas. Afir­man­do que las uni­da­des y sus pro­pie­da­des exis­ten antes que el con­jun­to y hay una cade­na de cau­sa­li­dad que va de las par­tes al todo (9). Un cla­ro expo­nen­te de esta visión reduc­cio­nis­ta apli­ca­da a la bio­lo­gía es J. Monod (10), que lle­ga­ba a afir­mar que hay una exac­ta equi­va­len­cia lógi­ca entre la fami­lia y las célu­las. Este efec­to está total­men­te escri­to en la estruc­tu­ra de la pro­teí­na, que a su vez está escri­to en el ADN. Monod jun­to a otros expo­nen­tes de esta corrien­te, como E. O. Wil­son (el «padre» de la socio­bio­lo­gía) o R. Daw­kins, recu­rren al dog­ma de la bio­lo­gía mole­cu­lar y afir­man que el gen es onto­ló­gi­ca­men­te ante­rior al indi­vi­duo, y el indi­vi­duo a la socie­dad (11, 12).

La ideo­lo­gía gene­ral del deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co con­si­de­ra que los fenó­me­nos socia­les son con­se­cuen­cia direc­ta del com­por­ta­mien­to de los indi­vi­duos y dichos com­por­ta­mien­tos de unas carac­te­rís­ti­cas físi­cas inmu­ta­bles de nues­tra bio­lo­gía huma­na. De esta for­ma, la estruc­tu­ra de nues­tra socie­dad, con sus des­igual­da­des de cla­se, géne­ro o raza, son la expre­sión de nues­tros genes inna­tos. Argu­men­ta­do que las dife­ren­cias de méri­to y capa­ci­dad de las per­so­nas están deter­mi­na­das por la heren­cia equi­pa­ran­do lo «inna­to» con lo «inmu­ta­ble» y con lo «natu­ral», cuan­do pre­ci­sa­men­te la his­to­ria de la espe­cie huma­na nos mues­tra con­ti­nua­men­te el desa­rro­llo de los logros socia­les en la natu­ra­le­za demos­trán­do­se que lo «natu­ral» no quie­re decir «inmu­ta­ble» (2, 9, 13). Pero esta ideo­lo­gía que equi­pa­ra lo inna­to con lo natu­ral e inmu­ta­ble, lo que pre­ten­de ver­da­de­ra­men­te es con­ven­cer­nos de la impo­si­bi­li­dad de cam­biar de for­ma sig­ni­fi­ca­ti­va nues­tra estruc­tu­ra social cla­sis­ta como no sea median­te algu­na fan­ta­sio­sa inter­ven­ción de inge­nie­ría gené­ti­ca a gran esca­la. Luche­mos lo que luche­mos, haga­mos las revo­lu­cio­nes que haga­mos, todo será en vano, pues siem­pre habrá dife­ren­cias natu­ra­les entre indi­vi­duos y entre los gru­pos, bio­ló­gi­ca­men­te deter­mi­na­dos por los genes, que frus­tra­rán en cual­quier caso nues­tros inge­nuos esfuer­zos por cam­biar esta socie­dad injus­ta y des­igual. A con­ti­nua­ción, esta ideo­lo­gía reduc­cio­nis­ta nos dirá: «no seáis ton­tos, qui­zá no viva­mos en el mejor de los mun­dos pen­sa­bles o desea­bles pero sí vivi­mos en el mejor de los mun­dos posi­bles» (2, 7, 9, 13).

Otra for­ma de reduc­cio­nis­mo es el deter­mi­nis­mo cul­tu­ral que, en el polo opues­to del deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co, con­ce­de pri­ma­cía onto­ló­gi­ca a lo social sobre lo indi­vi­dual. Este otro tipo de visión en las cien­cias ha sido aban­de­ra­do por bue­na par­te de la izquier­da de los paí­ses occi­den­ta­les y por el mar­xis­mo «vul­gar» des­de fina­les de los años 60 del siglo XX (14, 15). Den­tro de esta corrien­te des­ta­ca el reduc­cio­nis­mo eco­nó­mi­co que pos­tu­la que todas las for­mas de cono­ci­mien­to y expre­sión de lo humano están deter­mi­na­das por el modo de pro­duc­ción eco­nó­mi­ca y sus rela­cio­nes socia­les. Las cau­sas de los pro­ble­mas de las per­so­nas indi­vi­dua­les, como la enfer­me­dad, el sufri­mien­to o la depre­sión, se encuen­tran de for­ma inva­ria­ble e inevi­ta­ble en nues­tra socie­dad capi­ta­lis­ta, patriar­cal y opre­so­ra de los pue­blos (16, 17). En este sen­ti­do, los deter­mi­nis­tas cul­tu­ra­les tien­den a con­si­de­rar la natu­ra­le­za huma­na como casi infi­ni­ta­men­te plás­ti­ca, a negar la bio­lo­gía y a reco­no­cer úni­ca­men­te la cons­truc­ción social. Fren­te a este tipo de reduc­cio­nis­mo exis­tie­ron filó­so­fos mar­xis­tas que ana­li­za­ron el poder de la con­cien­cia huma­na para inter­pre­tar y cam­biar el mun­do que reque­ría la com­pren­sión de la uni­dad dia­léc­ti­ca esen­cial de lo bio­ló­gi­co y lo social, no como aspec­tos dife­ren­tes sino como onto­ló­gi­ca­men­te coexis­ten­tes (9, 18 – 20).

Un segun­do tipo de reduc­cio­nis­mo cul­tu­ral es el que bus­ca las expli­ca­cio­nes del com­por­ta­mien­to humano toda­vía a nivel indi­vi­dual, pero en un indi­vi­duo con­si­de­ra­do bio­ló­gi­ca­men­te vacío, una espe­cie de tabu­la rasa cul­tu­ral en la que la expe­rien­cia tem­pra­na pue­de impri­mir lo que desee y sobre la que la bio­lo­gía no tie­ne nin­gu­na influen­cia. Otra debi­li­dad, que tie­ne que ver con la acción polí­ti­ca, del reduc­cio­nis­mo cul­tu­ral indi­vi­dual es que solo exi­ge que cam­bie­mos al indi­vi­duo median­te dife­ren­tes inter­ven­cio­nes. Y, así, en vez de cam­biar la estruc­tu­ra socio­eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca, ponen toda su fe, por ejem­plo, en la edu­ca­ción gene­ral y uni­for­me. Inde­pen­dien­te­men­te de que la edu­ca­ción com­pen­sa­do­ra haya podi­do ser con­tras­ta­da con más o menos éxi­to, no sería difí­cil pen­sar que aun­que todas las per­so­nas en el mun­do occi­den­tal hablen varios idio­mas y lean de for­ma com­pren­si­va a Albert Eins­tein, segui­rían exis­tien­do altas tasas de des­em­pleo, empleos basu­ra, sala­rios mileu­ris­tas, opre­sión nacio­nal y de géne­ro, etcé­te­ra, pero, eso sí, con una pobla­ción mucho más cul­ta. En defi­ni­ti­va, este reduc­cio­nis­mo cul­tu­ral com­par­te con el bio­ló­gi­co la creen­cia de que la posi­ción y el esta­tus social están deter­mi­na­dos por la capa­ci­dad y el talen­to de las per­so­nas o su dis­po­ni­bi­li­dad –ade­cua­da pro­por­ción de dichos talen­tos y habi­li­da­des- en una pobla­ción dada (2).

Esta reduc­ción, en este caso de las cau­sas socia­les, ha pro­vo­ca­do una inca­pa­ci­dad para con­si­de­rar y com­pren­der las cau­sas físi­co-quí­mi­cas y bio­ló­gi­cas que tam­bién for­man par­te del ori­gen de los pro­ble­mas, como los de la salud de los indi­vi­duos. Ade­más, la ten­den­cia a igno­rar lo bio­ló­gi­co ha pro­vo­ca­do, en no pocas oca­sio­nes, que estas corrien­tes se hayan des­li­za­do hacia plan­tea­mien­tos mís­ti­cos e idea­lis­tas en el aná­li­sis y expli­ca­ción de los fenó­me­nos de la natu­ra­le­za (21, 22).

El mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co como alter­na­ti­va al reduc­cio­nis­mo en el aná­li­sis de la ciencia

Hoy más que nun­ca se hace nece­sa­rio y se requie­re del mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co para com­pren­der y ana­li­zar el mun­do en las dife­ren­tes face­tas del cono­ci­mien­to cien­tí­fi­co, des­de las cien­cias socia­les has­ta las cien­cias natu­ra­les. Si nos cen­tra­mos en las cien­cias de la vida, don­de se inclu­ye la cien­cia de la salud huma­na, encon­tra­mos una pre­pon­de­ran­cia del deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co que amor­da­za y sim­pli­fi­ca la com­pren­sión y expli­ca­ción de estas cien­cias. Sir­va como ejem­plo el esca­so avan­ce en el cono­ci­mien­to de las ver­da­de­ras cau­sas de la actual situa­ción de pér­di­da de salud que sufri­mos, y no solo en los paí­ses empo­bre­ci­dos azo­ta­dos por la des­nu­tri­ción y las enfer­me­da­des infec­cio­sas sino tam­bién en los paí­ses occi­den­ta­les (mal lla­ma­dos desa­rro­lla­dos) don­de, jun­to al enve­je­ci­mien­to de la pobla­ción, pade­cen ver­da­de­ras epi­de­mias (véa­se nota 3) de enfer­me­da­des neu­ro­de­ge­ne­ra­ti­vas, tumo­res malig­nos y enfer­me­da­des car­dio­vas­cu­la­res, por seña­lar solo las más impor­tan­tes. Pero el aná­li­sis de lo que está ocu­rrien­do en la cien­cia de la salud huma­na se tra­ta­rá en otra oca­sión, aho­ra se inten­ta­rá expli­car cómo la filo­so­fía dia­léc­ti­ca sigue tenien­do fuer­te vigen­cia y uti­li­dad en estas ramas de la cien­cia de la vida para evi­tar los ses­gos y sim­pli­fi­ca­cio­nes que sufren por el reduc­cio­nis­mo domi­nan­te que, como se aca­ba de comen­tar, tie­ne como pro­ta­go­nis­ta prin­ci­pal –aun­que no el úni­co- al deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co. Ade­más, por extra­ño que le pue­da pare­cer a algu­nos, pues­to que habla­mos de cien­cia, se debe resal­tar la nece­si­dad de basar­se con fir­me­za en el mate­ria­lis­mo por­que, como ya ocu­rrie­ra en el siglo XIX, muchas veces las crí­ti­cas al mate­ria­lis­mo meca­ni­cis­ta repo­san sobre plan­tea­mien­tos holís­ti­cos y con­tex­tua­les que se des­li­zan con no poca fre­cuen­cia por terre­nos mís­ti­cos e idealistas.

Pero ¿quién mejor que Engels para expli­car la impor­tan­cia de la dia­léc­ti­ca? «La inves­ti­ga­ción empí­ri­ca de la natu­ra­le­za ha acu­mu­la­do una masa tan gigan­tes­ca de cono­ci­mien­tos de orden posi­ti­vo, que la nece­si­dad de orde­nar­los sis­te­má­ti­ca­men­te y ate­nién­do­se a sus nexos inter­nos, den­tro de cada cam­po de inves­ti­ga­ción, cons­ti­tu­ye una exi­gen­cia sen­ci­lla­men­te impe­ra­ti­va e irre­fu­ta­ble. Y no menos la nece­si­dad de esta­ble­cer la debi­da cone­xión entre los diver­sos cam­pos de cono­ci­mien­to. Pero, al tra­tar de hacer esto, las cien­cias natu­ra­les se des­pla­zan al cam­po teó­ri­co, don­de fra­ca­san los méto­dos empí­ri­cos […]»(13, p. 23), y a con­ti­nua­ción Engels nos advier­te que el «cam­po teó­ri­co» exi­ge de un don y una capa­ci­dad que debe ser cul­ti­va­da y desa­rro­lla­da a tra­vés de la his­to­ria de la filo­so­fía, que el pen­sa­mien­to teó­ri­co de cada épo­ca es un pro­duc­to his­tó­ri­co con for­mas y con­te­ni­dos dis­tin­tos según las dife­ren­tes épo­cas. «La cien­cia del pen­sa­mien­to, es por con­si­guien­te, como todas las cien­cias, una cien­cia his­tó­ri­ca, la cien­cia del desa­rro­llo his­tó­ri­co del pen­sa­mien­to humano […] Y la dia­léc­ti­ca es, pre­ci­sa­men­te, la for­ma más cum­pli­da y cabal de pen­sa­mien­to para las moder­nas cien­cias natu­ra­les, ya que es la úni­ca que nos brin­da la ana­lo­gía y, por tan­to, el méto­do para expli­car los pro­ce­sos de desa­rro­llo de la natu­ra­le­za, para com­pren­der, en sus ras­gos gene­ra­les, sus nexos y el trán­si­to de uno a otro cam­po de inves­ti­ga­ción» (13, pp. 23 y 24). En otro pasa­je Engels ana­li­za­ba las con­tra­dic­cio­nes de los mate­má­ti­cos de su épo­ca, y de quí­mi­cos y médi­cos, que imbui­dos de su meta­fí­si­ca no eran capa­ces de enten­der el pro­ce­so orgá­ni­co de desa­rro­llo del indi­vi­duo y de las espe­cies y de la iden­ti­dad de las fuer­zas natu­ra­les y su mutua trans­for­ma­ción que «tira­ba por la bor­da» las cate­go­rías fijas (cau­sa-efec­to, iden­ti­dad-diver­si­dad, apa­rien­cia-esen­cia), hacién­do­las insos­te­ni­bles para la cien­cia, en con­tra­po­si­ción a la dia­léc­ti­ca con sus cate­go­rías flui­das en la que «el aná­li­sis reve­la ya un polo como con­te­ni­do [en ger­men] en el otro, de que, al lle­gar a cier­to pun­to, un polo se con­vier­te en el otro y de que toda la lógi­ca se desa­rro­lla siem­pre a base de esas con­tra­dic­cio­nes pro­gre­si­vas […]» (13, p. 171). Para a con­ti­nua­ción ter­mi­nar dicien­do «La dia­léc­ti­ca des­po­ja­da de todo mis­ti­cis­mo se con­vier­te en una nece­si­dad abso­lu­ta para las cien­cias natu­ra­les» (13, p. 172).

Dar pre­pon­de­ran­cia a lo bio­ló­gi­co (en el caso del deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co) o dár­se­la a lo social (en el del deter­mi­nis­mo cul­tu­ral), es no enten­der la nece­sa­ria inter­re­la­ción dia­léc­ti­ca entre lo bio­ló­gi­co y lo social que se code­ter­mi­nan mutua­men­te en el deve­nir de la vida. En el pri­mer caso se con­si­de­ra que las par­tes (por ejem­plo, los genes) exis­ten de for­ma inde­pen­dien­te y con ante­rio­ri­dad a su inte­gra­ción en estruc­tu­ras com­ple­jas (por ejem­plo, los orga­nis­mos), y que son las pro­pie­da­des intrín­se­cas de las par­tes las que pro­du­cen y expli­can las pro­pie­da­des del con­jun­to. Sin embar­go, la dia­léc­ti­ca no sepa­ra las pro­pie­da­des de las par­tes ais­la­das de las que adquie­ren cuan­do for­man con­jun­tos, por­que ambas se influ­yen mutua­men­te. Ade­más, las pro­pie­da­des de cada con­jun­to mayor no solo vie­nen dadas por las uni­da­des de las que está com­pues­ta, sino tam­bién por las rela­cio­nes orga­ni­za­ti­vas entre dichas uni­da­des. Así, para poder expli­car el fun­cio­na­mien­to de una célu­la, el aná­li­sis se debe basar en su com­po­si­ción mole­cu­lar y en las rela­cio­nes tem­po­ro-espa­cia­les entre dichas molé­cu­las y las fuer­zas intra­mo­le­cu­la­res que se gene­ran en ellas. Igual­men­te, las carac­te­rís­ti­cas de los seres huma­nos indi­vi­dua­les no se pro­du­cen ais­la­da­men­te sino que sur­gen en, y como con­se­cuen­cia de, su vida social. Y, a su vez, esa vida social es pro­duc­to de nues­tra natu­ra­le­za huma­na que es capaz de cam­biar­la y trans­for­mar­la. Son esas rela­cio­nes orga­ni­za­ti­vas entre las par­tes de un todo lo que hace que las pro­pie­da­des de un nivel no sean apli­ca­bles, ni expli­ca­bles, a otro nivel. «Los genes no pue­den ser egoís­tas, estar enfa­da­dos, mos­trar ren­cor o ser homo­se­xua­les, ya que estos son atri­bu­tos de cuer­pos mucho más com­ple­jos que los genes: orga­nis­mos huma­nos […]» (2, p. 384).

De la mis­ma for­ma, solo a tra­vés de la dia­léc­ti­ca se con­si­gue inte­grar los anta­go­nis­mos o antí­te­sis entre las cau­sas y los efec­tos, entre la bio­lo­gía huma­na y la edu­ca­ción o entre la heren­cia gené­ti­ca y el medio ambien­te en una visión en la que ambos polos no están ais­la­dos uno del otro ni están deter­mi­na­dos en una sola direc­ción, sino que man­tie­nen una cons­tan­te y acti­va com­pe­ne­tra­ción. En el últi­mo caso, los orga­nis­mos no sólo reci­ben sim­ple­men­te un medio ambien­te dado, sino que bus­can acti­va­men­te alter­na­ti­vas o modi­fi­can las con­di­cio­nes que encuen­tran. El pro­pio «medio ambien­te» es modi­fi­ca­do cons­tan­te­men­te por la acti­vi­dad de todos los orga­nis­mos que lo inte­gran, ya que para cual­quie­ra de ellos, todos los demás for­man par­te de su pro­pio «medio ambien­te». Ade­más, la natu­ra­le­za de un orga­nis­mo no depen­de úni­ca­men­te de su com­po­si­ción en cada momen­to, sino tam­bién de un pasa­do que impo­ne con­tin­gen­cias a la inter­ac­ción pre­sen­te y futu­ra de sus com­po­nen­tes; esto es, con­si­de­ran­do su evo­lu­ción onto­gé­ni­ca y filo­ge­né­ti­ca (23). Faus­tino Cor­dón con­si­de­ra­ba que para expli­car la natu­ra­le­za ínti­ma de los indi­vi­duos había que inves­ti­gar lo que tales uni­da­des son por su ori­gen (ances­tral, evo­lu­ti­vo), con­tra­po­nien­do toda uni­dad (molé­cu­las, célu­las, ani­ma­les) al con­jun­to en evo­lu­ción, afir­man­do que «[…] cada uni­dad de un nivel sur­ge sobre la evo­lu­ción con­jun­ta del nivel inme­dia­to ante­rior; y, en defi­ni­ti­va, hay que domi­nar el pro­ce­so evo­lu­ti­vo del nivel inme­dia­to infe­rior […] para estar en con­di­cio­nes de enten­der el sur­gi­mien­to y el man­te­ni­mien­to ins­tan­te a ins­tan­te de cada uno de los indi­vi­duos del nivel inme­dia­to supe­rior […]» (24). A par­tir del cono­ci­mien­to pro­fun­do que Cor­dón tenía de la bio­lo­gía de su tiem­po, com­pren­dió la impor­tan­cia del mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co, rei­vin­di­cán­do­lo para el estu­dio uni­ta­rio de las cien­cias de la natu­ra­le­za (o expe­ri­men­ta­les, como las lla­ma­ba) con­clu­yen­do que era el «[…] úni­co modo de abor­dar el estu­dio del dina­mis­mo, con­cre­to y dis­tin­to en cada caso, del cam­bio de can­ti­dad en cali­dad más esen­cial de la natu­ra­le­za: el sur­gi­mien­to de los indi­vi­duos de un nivel sobre la evo­lu­ción con­jun­ta de indi­vi­duos del nivel inme­dia­to infe­rior» (24).

Para ana­li­zar las cau­sas de las dife­ren­tes fun­cio­nes de los orga­nis­mos vivos resul­ta inapro­pia­do sepa­rar­las en un tipo de cau­sas que tie­ne que ver con las dife­ren­tes accio­nes fisio­ló­gi­cas que ocu­rren en su inte­rior, o bio­ló­gi­cas, y en otro tipo de cau­sas que com­pren­de el con­tex­to y las carac­te­rís­ti­cas del medio externo, o socia­les. Si nos dete­ne­mos, a un nivel fisio­ló­gi­co, en las cau­sas que pro­vo­can el ini­cio de una carre­ra, el pro­ce­so comien­za con un esti­mu­lo sen­so­rial, segui­do de una «orden» neu­ro­nal que acti­va las fibras mus­cu­la­res (com­pues­tas de las pro­teí­nas acti­na y mio­si­na del múscu­lo) que en su fric­ción acor­tan y alar­gan las mio­fi­bri­llas pro­vo­can­do así las con­trac­cio­nes mus­cu­la­res y, por tan­to, el movi­mien­to. Pero las cau­sas exter­nas que han pro­du­ci­do el estí­mu­lo sen­so­rial y nues­tra orden neu­ro­nal pue­den ser, por ejem­plo, que nos per­si­ga la poli­cía en una mani­fes­ta­ción con­tra la cri­sis capi­ta­lis­ta, o por el con­tra­rio que ini­cia­mos una com­pe­ti­ción de atle­tis­mo. Com­pren­der de for­ma glo­bal nues­tra carre­ra inclu­ye, ade­más, com­pren­der nues­tra moti­va­ción para correr más o menos (que en los ejem­plos pro­pues­tos podrían ser bas­tan­tes altas) y con­si­de­rar el deve­nir de esas fibras mus­cu­la­res, su gra­do de pre­pa­ra­ción a lo lar­go de la vida y otra serie de fac­to­res a dife­ren­tes nive­les de inte­gra­ción. El mun­do mate­rial posee una natu­ra­le­za onto­ló­gi­ca­men­te uni­ta­ria don­de es impo­si­ble divi­dir las «cau­sas» en un por­cen­ta­je social (holís­ti­co) y en otro por­cen­ta­je bio­ló­gi­co (reduc­cio­nis­ta). Des­de una visión dia­léc­ti­ca, lo bio­ló­gi­co y lo social, lo interno y lo externo, no son ni sepa­ra­bles, ni alter­na­ti­vos, ni com­ple­men­ta­rios. «Todas las cau­sas del com­por­ta­mien­to de los orga­nis­mos son, simul­tá­nea­men­te socia­les y bio­ló­gi­cas, y todas ellas pue­den ser ana­li­za­das a muchos nive­les. Todos los fenó­me­nos huma­nos son simul­tá­nea­men­te bio­ló­gi­cos y socia­les, del mis­mo modo que son simul­tá­nea­men­te quí­mi­cos y físi­cos. Las des­crip­cio­nes holís­ti­cas y reduc­cio­nis­tas de los fenó­me­nos no son «cau­sas» de estos fenó­me­nos, sino sim­ples “des­crip­cio­nes” de los mis­mos a nive­les espe­cí­fi­cos, en len­gua­jes cien­tí­fi­cos (jer­gas) tam­bién espe­cí­fi­cos» (2, p. 389).

Refle­xión final

En nues­tra socie­dad actual, y des­de que la bur­gue­sía alcan­za­ra el poder tras un pro­ce­so de trans­for­ma­cio­nes polí­ti­cas y socia­les –indus­trial, tec­no­ló­gi­ca y científica‑, asis­ti­mos al pre­do­mi­nio de una for­ma de pen­sa­mien­to en la que se da prio­ri­dad al indi­vi­duo, y sus dere­chos, sobre la colec­ti­vi­dad y a un con­cep­to de colec­ti­vi­dad que se con­ci­be como una mera suma de los indi­vi­duos que la com­po­nen. La corrien­te domi­nan­te en la cien­cia de la natu­ra­le­za huma­na des­can­sa en este indi­vi­dua­lis­mo metodológico.

En reali­dad este indi­vi­dua­lis­mo se remon­ta al siglo XVII con la visión de Hob­bes, que con­si­de­ra­ba a las rela­cio­nes huma­nas basa­das en la com­pe­ti­ti­vi­dad, des­con­fian­za mutua y deseo de glo­ria, en una espe­cie de gue­rra de todos con­tra todos. Bajo esta pre­mi­sa la orga­ni­za­ción social ser­vi­ría para regu­lar estas carac­te­rís­ti­cas inevi­ta­bles de la con­di­ción huma­na. La idea de la natu­ra­le­za huma­na indi­vi­dua­lis­ta se refuer­za pos­te­rior­men­te a tra­vés del deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co, que se expan­de y se ensal­za en las cien­cias a lo lar­go de la segun­da mitad del siglo XX, alcan­zan­do su máxi­ma expre­sión con la apa­ri­ción y difu­sión mediá­ti­ca de la reac­cio­na­ria y racis­ta socio­bio­lo­gía. Uno de sus pos­tu­la­dos es que nues­tra bio­lo­gía es pro­duc­to de su «heren­cia gené­ti­ca» y, por tan­to, es inevi­ta­ble. Por­que lo que es bio­ló­gi­co lo es por natu­ra­le­za y, ade­más, pue­de ser «demos­tra­do» por la cien­cia. Estas supues­tas dife­ren­cias inna­tas pri­me­ro en los órga­nos y des­pués en los genes entre las cla­ses socia­les, el géne­ro o la raza son las que pro­vo­can las «natu­ra­les» des­igual­da­des socia­les, de géne­ro y de raza. Luchar o ir con­tra ellas es ir «con­tra la natu­ra­le­za». De esta for­ma, el deter­mi­nis­mo bio­ló­gi­co con­si­de­rán­do­se cien­cia y natu­ral, se pro­cla­ma neu­tral y obje­ti­va y, por tan­to, «por enci­ma» de la polí­ti­ca. Pero estas ase­ve­ra­cio­nes no pasa­ron, ni pasan, el doble test de la cien­cia, el de la exac­ti­tud, dan­do mues­tra de un cúmu­lo de inexac­ti­tu­des y resul­ta­dos fal­sos y el del con­tex­to social por su cla­ro inte­rés ideo­ló­gi­co espe­cial­men­te en las socie­da­des más reac­cio­na­rias, racis­tas y sexis­tas del mun­do (enca­be­za­das por los Esta­dos Uni­dos y Gran Bre­ta­ña) (3, 5, 8).

Marx y Engels ya ante­po­nían este indi­vi­dua­lis­mo abso­lu­to y uni­la­te­ral de la bur­gue­sía que nie­ga el mar­co social e his­tó­ri­co y enfren­ta al indi­vi­duo de for­ma abs­trac­ta y atem­po­ral, a una noción esen­cial­men­te libe­ra­do­ra que sur­ge de la con­fron­ta­ción entre una mayo­ría explo­ta­da y domi­na­da y una mino­ría explo­ta­do­ra y pro­pie­ta­ria de los medios de pro­duc­ción. Marx a tra­vés de una de sus máxi­mas favo­ri­tas, «nada de lo humano me es ajeno» (Teren­cio), sabía que las poten­cia­li­da­des crea­ti­vas de nues­tra espe­cie esta­ban inva­li­da­das por las con­tra­dic­cio­nes de cla­se, y abo­ga­ba en una pri­me­ra eta­pa his­tó­ri­ca por un dere­cho que no reco­no­cie­ra dis­tin­ción de cla­se, pero sí las des­igua­les apti­tu­des de los indi­vi­duos y su des­igual ren­di­mien­to (acla­ran­do que los indi­vi­duos son des­igua­les por­que de lo con­tra­rio no serían indi­vi­duos dis­tin­tos) (7). Engels, por su par­te, fren­te a los pos­tu­la­dos de la «lucha de todos con­tra todos» de su épo­ca defen­día el ins­tin­to social como uno de los ele­men­tos esen­cia­les de la evo­lu­ción del nues­tra espe­cie a par­tir del mono (13). En defi­ni­ti­va, ambos resal­ta­ron la impor­tan­cia del aspec­to social de lo humano para el avan­ce de la pro­pia huma­ni­dad y que ha ido para­le­lo al desa­rro­llo del tra­ba­jo y del cono­ci­mien­to científico.

Hoy más que nun­ca debe­mos rei­vin­di­car el papel fun­da­men­tal que jue­ga la ayu­da mutua, el apo­yo soli­da­rio y la amis­tad colec­ti­va, y la impor­tan­cia de estos valo­res mora­les en la cons­truc­ción de un cono­ci­mien­to para el pue­blo, de su avan­ce para el bene­fi­cio de todos. Un cono­ci­mien­to que inte­gre la teo­ría con la prác­ti­ca, y que evi­te la frag­men­ta­ción y el reduc­cio­nis­mo de toda índo­le tan per­ju­di­cial para la auten­ti­ca com­pren­sión de nues­tra natu­ra­le­za. Hace ya déca­das que el genial Faus­tino Cor­dón nos seña­la­ba la impor­tan­cia de que el pen­sa­mien­to cien­tí­fi­co, «edu­ca­do» por el mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co clá­si­co, sal­va­ra a las cien­cias expe­ri­men­ta­les de sus «solu­cio­nes de con­ti­nui­dad» a tra­vés de la con­cep­ción diná­mi­ca, inte­gra­do­ra e his­tó­ri­ca del uni­ver­so. Y vol­vía a demos­trar su rica visión mar­xis­ta cuan­do com­pren­de que el pro­pio mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co está en pro­ce­so con­ti­nuo de trans­for­ma­ción, que tam­po­co es una cate­go­ría inmu­ta­ble, y que su desa­rro­llo y enri­que­ci­mien­to ven­drá dado, a su vez, por el del pen­sa­mien­to cien­tí­fi­co. «Sólo el cono­ci­mien­to cien­tí­fi­co de un nivel, enfo­ca­do, ade­más, por el mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co (esto es, tra­ta­do por una men­ta­li­dad esfor­za­da­men­te inte­gra­do­ra), pue­de abor­dar esta pro­ble­má­ti­ca que, lle­nan­do las solu­cio­nes de con­ti­nui­dad entre las dis­tin­tas cien­cias expe­ri­men­ta­les, de hecho trans­for­ma el mate­ria­lis­mo dia­léc­ti­co» (24).

Con­cep­ción Cruz

5 de sep­tiem­bre de 2010

Notas de la autora

Nota 1

Un caso de frau­de clá­si­co fue el pro­ta­go­ni­za­do por sir Cyril Burt, qui­zás el psi­có­lo­go más influ­yen­te del siglo XIX, deta­lla­da­men­te mos­tra­do y demos­tra­do por Stephen J. Gould (3). C. Burt, come­tió muchos frau­des, des­de inven­tar­se datos en sus estu­dios sobre geme­los uni­vi­te­li­nos, fal­sear resul­ta­dos en las corre­la­cio­nes de los Coefi­cien­tes de Inte­li­gen­cia has­ta come­ter un parri­ci­dio inte­lec­tual cuan­do, ade­más de plan­tear tesis absur­das y mani­pu­la­cio­nes varias, qui­so eri­gir­se en el «padre» de la téc­ni­ca esta­dís­ti­ca «aná­li­sis fac­to­rial» de Spear­man. Y mucho más recien­te es el caso de frau­de que se orques­tó hace un año en rela­ción con la epi­de­mia de una nue­va cepa (por­ci­na) de gri­pe A. En este caso, no solo se ocul­ta­ron los pri­me­ros casos, ni se inda­ga­ron las ver­da­de­ras cau­sas, las macro gran­jas por­ci­nas «Carroll» en Méxi­co, sino que tan­to los gobier­nos como los orga­nis­mos sani­ta­rios inter­na­cio­na­les maqui­lla­ron con­cep­tos y defi­ni­cio­nes para trans­for­mar una epi­de­mia en pan­de­mia, tras una cam­pa­ña mediá­ti­ca mani­pu­la­da por los pode­res polí­ti­cos y eco­nó­mi­cos, que revir­tió en ganan­cias millo­na­rias de la indus­tria far­ma­céu­ti­ca en pro­duc­tos anti­ví­ri­cos y vacu­nas (4, 5).

Nota 2

En su obra, La fal­sa medi­da del hom­bre, Stephen J. Gould mues­tra la fal­se­dad cien­tí­fi­ca de los inten­tos rea­li­za­dos para medir la inte­li­gen­cia del hom­bre, pri­me­ro a tra­vés de las medi­cio­nes de los cere­bros, lue­go a tra­vés de los test de inte­li­gen­cia y, por últi­mo, median­te aná­li­sis socio­ló­gi­cos como la «cur­va de Bell», en todos los casos para afir­mar la natu­ra­le­za here­di­ta­ria de la capa­ci­dad inte­lec­tual y que con­du­cían a jus­ti­fi­car la matan­za de millo­nes de seres huma­nos en el siglo XX y que en la actua­li­dad pre­ten­den per­pe­tuar la pobre­za y la injus­ti­cia social expli­cán­do­las como una con­se­cuen­cia de la infe­rio­ri­dad inna­ta de deter­mi­na­dos seres y gru­pos humanos.

Nota 3

El con­cep­to de epi­de­mia ha evo­lu­cio­na­do a lo lar­go del tiem­po, pasan­do de con­si­de­rar­se la apa­ri­ción –gene­ral­men­te brus­ca– de un alto núme­ro de enfer­me­da­des infec­cio­sas en un momen­to y lugar deter­mi­na­do, de tal for­ma que el núme­ro de casos es mayor que el espe­ra­do en dicho momen­to y lugar, a incluir a las enfer­me­da­des no infec­cio­sas y cró­ni­cas (con un lar­go perio­do de laten­cia y clí­ni­co) en don­de el con­cep­to de epi­de­mia es tam­bién refe­ri­do al alto núme­ro de enfer­mos de apa­ri­ción no tan brus­ca, y en don­de la ele­va­ción de casos es mayor del espe­ra­do para ese lugar y perio­do de tiem­po con­si­de­ra­do (en com­pa­ra­ción con otras épo­cas anteriores).

Biblio­gra­fía

1. K. Marx y F. Engels: La ideo­lo­gía ale­ma­na, Obras Esco­gi­das en tres tomos, tomo I, Edi­to­rial Pro­gre­so, Mos­cú, 1974.

2. R. C. Lewon­tin; S. Rose y L. J. Kamin: No está en los genes. Racis­mo, gené­ti­ca e
ideo­lo­gía
, Edi­to­rial Crí­ti­ca, Bar­ce­lo­na, 1987.

3. S. J. Gould: La fal­sa medi­da del hom­bre, Crí­ti­ca, S.L., Bar­ce­lo­na, 1997.

4. C. Cruz Rojo: Dos pan­de­mias de gri­pe, dos nom­bres (o cuan­do el nom­bre dice más
de lo que pre­ten­de decir)
, Rebe­lión

5. T. For­ca­des i Vila: Una refle­xión y una pro­pues­ta en rela­ción a la nue­va gri­pe,
Rebe­lión

6. J.M. Pérez Her­nán­dez: Pro­ble­mas filo­só­fi­cos de las cien­cias moder­nas, Con­tra­can­to, Madrid, 1989.

7. I. Gil de San Vicen­te: La éti­ca mar­xis­ta como crí­ti­ca radi­cal de la éti­ca bur­gue­sa, obra que se encuen­tra en internet.

8. R. Lewon­tin: El sue­ño del geno­ma humano y otras ilu­sio­nes, Edi­cio­nes Pai­dós Ibé­ri­ca, S.A., Bar­ce­lo­na, 2001.

9. R. Levins and R. C. Lewon­tin: The Dia­lec­ti­cal Bio­lo­gist, Har­vard Uni­ver­sity Press, Cam­brid­ge, Mas­sa­chus­sets, and Lon­don, England, 1985.

10. J. Monod: El azar y la nece­si­dad. Ensa­yo sobre filo­so­fía natu­ral de la biología
moder­na
, Barral, Bar­ce­lo­na, 1972.

11. E. O.Wilson: Socio­bio­lo­gía: La sín­te­sis total, Ome­ga, Bar­ce­lo­na, 1980.

12. R. Daw­kins: El gen egoís­ta, Labor, Bar­ce­lo­na, 1979.

13. F. Engels: La Dia­léc­ti­ca de la Natu­ra­le­za, Edi­to­rial Gri­jal­bo, S.A, Méxi­co, D.F., 1961.

14. E. Man­del: Late Capi­ta­lism, Ver­so, New Left Books, Lon­dres, 1978.

15. M. Millions­chi­kov: The Scien­ti­fic and Tech­no­lo­gi­cal Revo­lu­tion: Social Effects
and Pros­pects
, Pro­gress Publishers, Mos­cú, 1972.

16. N. Krie­ger (2001): Theo­ries for social epi­de­miology in the 21st cen­tury: an
eco­so­cial pers­pec­ti­ve
, Int J Epi­de­miol, 30, 668 – 677.

17. J. Breilh: Epi­de­mio­lo­gía: Eco­no­mía Medi­ci­na y Polí­ti­ca, Méxi­co, Fon­ta­ma­ra, 1988.

18. G. Luc­kacs: His­to­ria y con­cien­cia de cla­se y esté­ti­ca, Magis­te­rio Español,
Madrid, 1975.

19. A. Heller: Teo­ría de las nece­si­da­des en Marx, Edi­cio­nes 62, Bar­ce­lo­na, 1978.

20. Mao Tse-tung: Obras esco­gi­das, Ed. Fun­da­men­tos, Madrid, 1978, 5 volúmenes.

21. C. Buck, A. LLo­pis, E. Náje­ra, M. Terris, eds.: El desa­fío de la epidemiología:
pro­ble­mas y lec­tu­ras selec­cio­na­das
, Washing­ton DC, OPS Publi­ca­ción Cien­tí­fi­ca nº
505, 1988.

22. F. Capra: La tra­ma de la vida, Bar­ce­lo­na, Espa­ña, Edi­to­rial Ana­gra­ma, 1998.

23. R. Lewon­tin: Genes, orga­nis­mo y ambien­te. Las rela­cio­nes de cau­sa y efec­to en
bio­lo­gía
, Edi­to­rial Gedi­sa, S.A., Bar­ce­lo­na, 2000.

24. F. Cor­dón: Bio­lo­gía evo­lu­cio­nis­ta y la dia­léc­ti­ca, Edi­to­rial Ayu­so, Madrid, 1982, Cien­cia popular

Fuen­te: Cien­cia popular

[Los núme­ros entre parén­te­sis que se encuen­tran a lo lar­go del tex­to remi­ten a la biblio­gra­fía. Nota de la corrección.]

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *