El cora­zón de la paz – Anto­nio Alva­rez Solis

El cora­zón de la paz late con muchas difi­cul­ta­des. Hay que estar, por tan­to, muy aten­to a esos lati­dos para reco­ger­los e incor­po­rar­los al orga­nis­mo social. No se pue­de des­pre­ciar ni una sola ofer­ta de paz sin abrir el camino corres­pon­dien­te que la haga posi­ble. La paz pue­de ofre­cer­se de modo gene­ro­so, por mie­do, por con­ve­nien­cia, por cálcu­lo, pero la ofer­ta cons­ti­tu­ye siem­pre una vía que hay que acep­tar. Lo más pro­ble­má­ti­co de la paz no estri­ba en la inten­ción de quien la ofre­ce, sino en la pos­tu­ra del que reci­be la ofer­ta. Hay algo que pare­ce indis­cu­ti­ble: que quien ofre­ce la paz, la bus­ca. Y hay algo asi­mis­mo indis­cu­ti­ble: que quien recha­za la paz nun­ca la ha que­ri­do. Uno de los espec­tácu­los más tris­te de la épo­ca que vivi­mos es la bús­que­da de argu­men­tos para repu­diar la pro­po­si­ción pací­fi­ca. Des­de cali­fi­car la paz ofre­ci­da como una tram­pa peli­gro­sa has­ta exi­gir prue­bas indig­nas para con­ce­der­le cre­di­bi­li­dad se extien­de un amplio aba­ni­co de argu­men­ta­cio­nes insi­dio­sas e inva­li­dan­tes de esa paz brin­da­da a mano abier­ta. El impe­ria­lis­mo tie­ne una pro­fun­da ala­ce­na de razo­nes para man­te­ner la guerra.

La paz exi­ge ante todo, para que su pro­pues­ta sea apre­cia­ble, una pos­tu­ra abier­ta de comu­ni­ca­ción, una volun­tad de reco­no­cer al otro a cam­po abier­to. Nie­gan la paz las pos­tu­ras tras­ver­sa­les, los secre­tis­mos, las ambi­güe­da­des en las for­mas de mani­fes­ta­ción. La paz se teta­ni­za si no mues­tra abier­ta la heri­da que la deman­da. El que brin­da la paz y el que ha de reci­bir esa ofer­ta han de mani­fes­tar­se sin som­bras ni reser­vas y, sobre todo, sin cor­ta­pi­sas. Con­fun­dir la pru­den­cia en el encuen­tro con cual­quier tipo de limi­ta­ción sobre el con­te­ni­do sus­tan­cial del pro­ce­so cons­ti­tu­ye un embe­le­co, un fal­sea­mien­to radi­cal de lo que se afir­ma buscar.

Nor­mal­men­te en la mesa sobre la paz se sien­tan dos par­tes arma­das. El desar­me de una de ellas o de las dos, que es lo desea­ble, ha de pro­du­cir­se como resul­ta­do final de la nego­cia­ción para alcan­zar la situa­ción pací­fi­ca. Nin­gu­na con­ver­sa­ción jus­ta y cier­ta sobre la paz pue­de pros­pe­rar real­men­te si una de las par­tes exi­ge a la otra que se decla­re ven­ci­da pre­via­men­te. Es más, demos­trar que las armas que se poseen no están sobre la mesa del encuen­tro prue­ba la exis­ten­cia real de una volun­tad pací­fi­ca. La volun­tad pací­fi­ca exi­ge siem­pre un pro­pó­si­to de igual­dad ante el que no caben pre­vie­da­des defi­ni­to­rias. Por ejem­plo, man­te­ner como mar­co del encuen­tro para el cese de la vio­len­cia que una de las par­tes repre­sen­ta el deli­to y la otra la jus­ti­cia arrui­na la nego­cia­ción. Las nego­cia­cio­nes para la paz deben estar ani­ma­das por un espí­ri­tu bau­tis­mal. Hay que des­po­jar­se de cual­quier tipo de ropa para entrar en el Jor­dán que con­sa­gra­rá la paz. Ya sé que decir todo esto será cali­fi­ca­do como la sim­ple­za de un sim­ple, pero los gran­des reme­dios para la vio­len­cia entre los hom­bres están ela­bo­ra­dos, al final de un inú­til y gene­ral­men­te dila­ta­do pro­ce­so san­grien­to, con el con­ven­ci­mien­to de que la reso­lu­ción de las situa­cio­nes dra­má­ti­cas pasa por admi­tir la sen­ci­llez de las ver­da­de­ras conciliaciones.

Reco­no­cer al otro en toda su dimen­sión huma­na y social es la con­di­tio sine qua non para dar pro­fun­di­dad al encuen­tro. Reco­no­cer al otro con dig­ni­dad mutua. En ese reco­no­ci­mien­to ha de fun­cio­nar lo que en tér­mi­nos mili­ta­res se deno­mi­na tre­gua para ente­rrar a los pro­pios muer­tos. Mien­tras los cadá­ve­res sean obje­to de exhi­bi­ción es difí­cil admi­tir que una de las dos par­tes, o las dos, tra­ba­jan con­ven­ci­da­men­te por la paz. La dig­ni­dad de los muer­tos exi­ge su inhu­ma­ción res­pe­tuo­sa y el home­na­je de cada cual a los suyos, pero jamás se hon­ra a los muer­tos si se hace con ellos un pro­yec­til o un para­pe­to. No se tra­ta con esta pos­tu­ra de obviar banal­men­te el dra­ma de la muer­te, sino de abrir cami­nos para que dis­cu­rra por ellos la jus­ti­cia como con­duc­to­ra de la igual­dad y el respeto.

Es muy fre­cuen­te que los vio­len­tos que nie­gan o degra­dan la posi­bi­li­dad de la paz sean gen­te que aspi­ra a per­pe­tuar­se en un poder horro de toda suer­te de razón. Los tro­nos, todos los tro­nos, los ele­va­dos y los que siguen su este­la, se eri­gen y sos­tie­nen sobre la vio­len­cia. Por su carác­ter de ins­ti­tu­cio­nes des­pó­ti­cas los tro­nos recu­rren a fun­da­men­tar­se moral­men­te median­te una escan­da­lo­sa atri­bu­ción de legí­ti­mo y nece­sa­rio gobierno humano. Por lo vis­to, los seres huma­nos son inca­pa­ces de bus­car su pro­pio camino si no los con­du­ce la mano del dés­po­ta. Los tro­nos nece­si­tan, según la visión con que los min­ta­mos, sera­fi­nes o súcu­bos para sos­te­ner su qui­me­ra. Pero la vida armo­nio­sa es mucho más fácil que todo eso. Lo que abre la puer­ta a una nue­va con­cep­ción social es siem­pre el ago­ta­mien­to de la capa­ci­dad de embro­llo por par­te de quie­nes insis­ten en con­du­cir con escán­da­lo el tren colec­ti­vo. Lle­ga un momen­to en que la gober­na­ción de las masas se tras­for­ma en una máqui­na cri­mi­nal y pro­vo­ca que fren­te a ello los con­du­ci­dos con bru­ta­li­dad recu­rran a la vio­len­cia. Ahí es dón­de la paz ha de medir­se por la capa­ci­dad de nego­ciar con sen­ci­llez y bue­na volun­tad ¿Es eso posi­ble? No pare­ce, si aten­de­mos el dis­cu­rrir de la his­to­ria; pero bueno es tener en cuen­ta la ver­da­de­ra médu­la de la paz a fin de no man­te­ner que la pro­tec­ción de la socie­dad la ejer­cen sola­men­te las ins­ti­tu­cio­nes arma­das con una razón abso­lu­ta­men­te uni­la­te­ral. Las ins­ti­tu­cio­nes tie­nen una des­gra­cia­da ten­den­cia a degra­dar­se y quie­nes las habi­tan acos­tum­bran a apear­se en unos oscu­ros ins­tin­tos. Cuan­do ponen el pie en el andén sue­len tomar otro tren que, como el ante­rior, no con­du­ce tam­po­co a nin­gún sitio. Mien­tras, lo ensu­cian todo con la cás­ca­ra de sus pipas, la man­cha de un vino peleón y su detes­ta­ble tor­ti­lla de patatas.

Deduz­ca­mos aho­ra algo prác­ti­co de toda esta mon­ser­ga acer­ca de lo vivi­ble, lo hon­ra­do y lo razo­na­ble. La cum­bre del mon­te des­de el que obser­vo el valle es vas­ca. Nadie bus­que visión más dila­ta­da que aqué­lla sobre la que abar­ca su vis­ta y en la que pue­de poner el pie. Eso de la glo­ba­li­za­ción es una cin­ta de colo­res para atar un paque­te para ilu­sio­nar a men­tes inva­di­das por los reyes magos. ¿Y qué veo en Eus­ka­di? Pues a un pue­blo que sin­tién­do­se nación no se resig­na a que la paz sea impo­si­ble. Una paz con pleno con­te­ni­do vas­co, con deci­sión del vas­co sobre sí mis­mo, con sobe­ra­nía dig­na. Y esa paz es de tal natu­ra­le­za bené­fi­ca que los vas­cos cier­tos quie­ren poner­la sobre la mesa para invi­tar a los espa­ño­les a com­par­tir­la. Una vez, y otra, y otra. Los vas­cos tie­nen su pro­pia con­cep­ción del mun­do, lo cual no sig­ni­fi­ca exclu­sión de nadie ni de nada. Así de fácil. Sólo hay que hacer un esfuer­zo para sen­tar­se con ellos a una mesa don­de nadie por­te armas, sino razo­nes ele­men­ta­les. Cuan­do los que ocu­pan el País Vas­co esgri­men esa fra­se de que quie­ren un Eus­ka­di para todos y sin vio­len­cia obvian que la fra­se la cla­man des­de su poder arma­do y con la volun­tad de exclu­sión de los due­ños his­tó­ri­cos de la casa. Pero no se tra­ta de que los vas­cos sean espa­ño­les por el inven­to de una indi­so­lu­bi­li­dad espa­ño­la que sue­na a bre­ba­je de labo­ra­to­rio, sino de que sean natu­ral­men­te vas­cos. Sin mayor com­pli­ca­ción ¿Por qué quie­ren his­tó­ri­ca­men­te los espa­ño­les devo­rar a su pare­ja tras la cópu­la, como hace la man­tis reli­gio­sa, aun­que pon­ga sus patas como si fue­ra a rezar? Ham­bre extra­ña y per­pe­tua­men­te ago­ni­zan­te. A las ikas­to­las hay que lle­var no el eco de los tiros, sino una sen­ci­lla ense­ñan­za de lo que es la paz y cómo se logra. Si a un niño vas­co le per­mi­ten ver el mun­do con ojos vas­cos, nun­ca se engen­dra­rá en él ren­cor que le impul­se a la vio­len­cia. Y Espa­ña será la con­ti­nui­dad fácil tras la muga. En la ban­de­ra vas­ca se enca­bal­gan cru­cí­fe­ros colo­res dis­tin­tos. Siem­pre me han paci­fi­ca­do esas banderas.

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