Inde­pen­den­cia- Gari Muji­ka

Dos sema­nas no son nada si se com­pa­ran con media vida como inci­ne­ra­do­ra andan­te, pero por algo se empie­za. Y no sólo por­que así se deja de rega­lar dine­ro a los espa­ño­les, sino por rom­per con una depen­den­cia que, en gran medi­da, es el modo de sobre­vi­vir de este sis­te­ma. Y es que, por mie­dos pre­fa­bri­ca­dos que hace­mos nues­tros, nun­ca es buen momen­to para dejar de fumar.

Des­pués lle­ga el tru­co de la pri­me­ra y prin­ci­pal mafia del mun­do: los ban­cos. No intere­sa un con­su­mi­dor cual­quie­ra, sino aquél que, como con las hipo­te­cas, va a estar con­de­na­do ‑él y los suyos- para toda la vida. Por­que ¡para qué pagar un alqui­ler así de alto, si con lo mis­mo uno pue­de estar pagan­do ya su pro­pia casa! Y los ban­cos se pre­sen­tan como si fue­ran un ser­vi­cio social, cuan­do en reali­dad son un ata­jo de hdp (no nece­si­ta tra­duc­ción). Saben de la ambi­ción des­me­su­ra­da del ser humano, y ron­dan a la pre­sa como hie­nas ham­brien­tas de más y más dine­ro. Pero deje­mos de ser hipó­cri­tas, por­que aquí nadie se con­for­ma con un coche que nos lle­ve y nos trai­ga, sin vaca­cio­nes y juer­gas, o con el cuer­po con el que veni­mos a este mun­do, que aún nos envi­le­ce más cuan­do nos enfren­ta­mos con la son­ri­sa intac­ta que nos rega­lan aque­llos del «Ter­cer Mun­do» a quie­nes con alta­ne­ría les ofre­ce­mos la cal­de­ri­lla de nues­tros bol­si­llos.

Hace mucho que la humil­dad se borró del dic­cio­na­rio de la vida y que el ser humano per­dió su huma­ni­dad. Es dema­sia­do fácil lim­piar la con­cien­cia yen­do a misa y apia­dar­se de aque­llos que sí pade­cen un infierno en vida; e insul­tan­te que­rer ser res­pe­ta­do por reba­jar un míse­ro tan­to por cien­to del suel­do de polí­ti­co pro­fe­sio­nal que, ade­más, se ufa­na ante el sufri­mien­to que gene­ran sus deci­sio­nes; el ostra­cis­mo por dor­mir al raso, el aco­so poli­cial por ser un «top man­ta», los tor­men­tos de quie­nes, como basu­ra, son echa­dos de sus casas sin mira­mien­to alguno, o el racis­mo polí­ti­ca­men­te diri­gi­do.

Hoy vol­ve­ré a leer las líneas que he escri­to, pero dudo de que me vayan a qui­tar el sue­ño. No hay peor mal que el cinis­mo y la hipo­cre­sía con la que vivi­mos cons­cien­te­men­te, y está cla­ro que las ver­da­de­ras revo­lu­cio­nes deben comen­zar por uno mis­mo. Inde­pen­den­cia, sin duda, y socia­lis­mo, por nece­si­dad. Aho­ra toca cons­truir el cam­bio de ciclo, pero con con­te­ni­dos.

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