¡Non fuya­des, cobar­des! – Rober­to Her­nan­dez Mon­to­ya

Las Sturm­trup­pe impe­ria­les están salien­do de Iraq. Han debi­do salir mucho antes. Cada minu­to que per­ma­ne­cían allí aña­día más igno­mi­nia a esta nue­va derro­ta del Impe­rio. Lle­va varias recien­te­men­te: la del Líbano, la de Gaza, la de Afga­nis­tán. Ape­nas tuvie­ron un res­pi­ro con el ale­vo­so zar­pa­zo de Hon­du­ras y algu­na que otra revo­lu­ción de color en Euro­pa del Este, que comien­zan a rever­tir­se, tal es la bru­ta­li­dad de los gobier­nos que sur­gen de ellas. Son tan bes­tias que aquí pasa­ría lo mis­mo si lle­gan a regre­sar al poder. Se por­ta­rían con tal pata­ne­ría que no dura­rían mucho tiem­po, como en abril de 2002.

Estas Sturm­trup­pe, ‘tro­pas de cho­que’, dejan tras sí una este­la de muer­te y des­truc­ción. Sin un solo hecho glo­rio­so. Arra­sa­ron casi com­ple­ta­men­te ciu­da­des como Falu­ya, en un bom­bar­deo que dejó a Guer­ni­ca como un jue­go piro­téc­ni­co. Sem­bra­da de ura­nio, se ha cua­dru­pli­ca­do la inci­den­cia de cán­cer, 12 veces en los niños. No solo fue Falu­ya, las Sturm­trup­pe deja­ron sem­bra­do gran par­te del terri­to­rio ira­quí de ura­nio empo­bre­ci­do, con su secue­la de cán­cer y defor­ma­cio­nes con­gé­ni­tas. Deja una secue­la de bom­ba­zos, unos de resis­ten­cia, otros de ori­gen poco cla­ro. Deja una secue­la de muti­la­dos físi­cos y men­ta­les, como sus pro­pios sol­da­dos, que al regre­so a los Esta­dos Uni­dos se sui­ci­dan en masa. Estos nue­vos bár­ba­ros aca­ba­ron con una inva­lo­ra­ble rique­za cul­tu­ral de la huma­ni­dad que se alber­ga­ba en la Biblio­te­ca del Bag­dad. El cálcu­lo de ira­quíes muer­tos se ele­va a cien­tos de miles. Algu­nos hablan de cer­ca de un millón. Los muer­tos ira­quíes no se cuen­tan, como Billy The Kid, que a los 21 años ya había mata­do a 21 hom­bres, “sin con­tar mexi­ca­nos”, como rela­ta Jor­ge Luis Bor­ges, tan sim­pá­ti­co.

Ape­nas logra­ron cap­tu­rar y matar a su pupi­lo Sad­dam Hus­sein, en un lin­cha­mien­to que aver­gon­za­ría al mis­mo Ku Klux Klan. No pudie­ron apo­de­rar­se ente­ra­men­te de su petró­leo, el fin real de la inva­sión. La indus­tria petro­le­ra nece­si­ta paz, pues no tie­ne sen­ti­do eco­nó­mi­co poner un sol­da­do cada diez metros para pro­te­ger un oleo­duc­to, por ejem­plo.

Últi­ma­men­te el Impe­rio está per­dien­do gue­rras en las que tie­ne nomi­nal­men­te la ven­ta­ja mili­tar. A veces, como en Gaza, sin reci­bir un tiro. El pro­ble­ma está en la impo­si­bi­li­dad de ocu­par el terri­to­rio, como des­cu­brió Hitler en Euro­pa, don­de no pudo man­dar debi­do a la resis­ten­cia de la pobla­ción inva­di­da. Un sol­da­do inva­sor en medio de una ciu­dad hos­til es un blan­co fijo, fácil, inde­fen­so, visi­ble, un sit­ting duck, un ‘pato sen­ta­do’. En cam­bio la pobla­ción civil nati­va es invi­si­ble, pues no se sabe qué indi­vi­duo de ella será el ata­can­te súbi­to e ines­pe­ra­do. De allí la nece­si­dad de arra­sar ciu­da­des ente­ras, como Falu­ya. O sitiar­las de modo cri­mi­nal, como a Gaza. Fácil es bom­bar­dear, difí­cil es ocu­par el terri­to­rio. Con Gaza no pudie­ron a pesar del fós­fo­ro blan­co, los avio­nes no tri­pu­la­dos, el ura­nio empo­bre­ci­do, que nues­tra opo­si­ción pien­sa que solo dará cán­cer a los cha­vis­tas si nos lle­gan a inva­dir.

Nota bene: El gri­to de “¡non fuya­des, cobar­des!” fue el que lan­zó Don Qui­jo­te a los moli­nos de vien­to y aña­día: “¡Que es un solo caba­lle­ro el que os aco­me­te!”. Cer­van­tes usa­ba deli­be­ra­da­men­te la for­ma ya enton­ces anti­gua fuya­des en lugar de huyáis, unos de los modos que tuvo para paro­diar el esti­lo arcai­zan­te de las nove­las de caba­lle­rías.

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