[Fotos] Los ver­du­gos falan­gis­tas ase­si­na­ron hace 74 años a Mara­vi­llas, hija de Eus­kal Herria

Jose­fi­na Lam­ber­to Yol­di lle­va una vida de amar­gu­ra, de sin­sa­bo­res, de mie­do y de des­con­fian­za.

A sus 81 años, mira hacia ade­lan­te con un poco más de ilu­sión. Se ha vis­to aco­gi­da con cari­ño en la Aso­cia­ción de Fami­lia­res de Fusi­la­dos de Nava­rra, de la que for­ma par­te de su jun­ta direc­ti­va; ha asis­ti­do en pri­me­ra fila al home­na­je ‑hace dos años- que se dis­pen­só a su her­ma­na, y a los 45 fusi­la­dos más, en Larra­ga y hoy verá publi­ca­da la esque­la de su padre, Vicen­te, y de Mara­vi­llas, su her­ma­na. «Pro­cu­ro mirar ade­lan­te pero siem­pre me que­da un resi­duo, una amar­gu­ra que me pro­du­ce una gran pena aquí»-dice seña­lán­do­se el cora­zón-. «No creo que esto me recon­for­te por­que no me van a dar nada de lo que he per­di­do pero creo que los que vie­nen detrás tie­nen que saber lo que hemos pasa­do».

Jose­fi­na Lam­ber­to Yol­di es hija de Vicen­te, un labra­dor de Larra­ga afi­lia­do pro­ba­ble­men­te a UGT, y her­ma­na de Mara­vi­llas, la niña que a los 14 años por no dejar sólo a su padre fue con­du­ci­da por un gru­po de cri­mi­na­les fran­quis­tas has­ta la secre­ta­ria del con­sis­to­rio ragués don­de la vio­la­ron para, pos­te­rior­men­te, matar­la y dejar sus res­tos, más escon­di­dos que los de su padre, aban­do­na­dos en un bos­que del valle de Yerri don­de se supo­ne fue­ron fusi­la­dos.

El padre fue ente­rra­do, pero sus res­tos pudie­ron des­apa­re­cer cuan­do se reali­zó la con­cen­tra­ción par­ce­la­ria. El cuer­po de Mara­vi­llas, cuen­tan algu­nos tes­ti­gos que, des­tro­za­do por los perros, fue que­ma­do con gaso­li­na de trac­to­res. Jose­fi­na, la menor de una fami­lia inte­gra­da por padre, madre y cua­tro her­ma­nos, tenía 7 años cuan­do los mato­nes irrum­pie­ron en su casa, el 15 de agos­to de 1936, y se lle­va­ron al padre y a la her­ma­na. «A mí me enga­ña­ron con un cara­me­lo y uno me pre­gun­tó a ver don­de guar­da­ba mi padre las armas. Yo, que no sabía nada, les dije que había algo deba­jo de una teja, era un cable para arran­car pie­dras, y has­ta eso se lle­va­ron». Ese día mar­có un antes y un des­pués en la vida de una fami­lia nor­mal de Larra­ga. Jose­fi­na recuer­da tiem­pos feli­ces como cuan­do su padre les pasea­ba en la yegua.

Pero todo aca­bó. Des­pués de aque­lla fatí­di­ca fecha, madre (Pau­li­na Yol­di, de Allo) e hijas ‑Pilar y Jose­fi­na- per­die­ron todo. Aban­do­na­ron Larra­ga y fue­ron a vivir a Pam­plo­na. «Alqui­la­mos una habi­ta­ción para las tres, pri­me­ro en la calle Jarau­ta y lue­go en Des­cal­zos. Mi madre tuvo que men­di­gar has­ta que encon­tró un tra­ba­jo en Gue­ren­diáin de la Esta­fe­ta. Se levan­ta­ba a las cua­tro de la maña­na para ganar una pese­ta más. Mi her­ma­na se puso a ser­vir y yo iba a la escue­la de San Fran­cis­co. A los doce años me qui­sie­ron poner a ser­vir y yo llo­ra­ba. A mi madre le debió dar pena y seguí en la escue­la. Una pro­fe­so­ra fabu­lo­sa, Cris­ti­na Macía, qui­so que me die­ran una beca pero mi madre no me podía man­te­ner, así que a los 12 años tam­bién me tuve que poner a ser­vir».

Jose­fi­na sabe mucho de sin­sa­bo­res, de mise­ria. «Pedía­mos el pan que les sobra­ba a los sol­da­dos que esta­ban en el Por­tal de Fran­cia y en la Vuel­ta del Cas­ti­llo». No olvi­da el via­je que hizo con su madre a Larra­ga por­que les recla­ma­ban la con­tri­bu­ción por la casa que habían teni­do que dejar por fal­ta de ingre­sos. «Fui­mos mi madre y yo has­ta Tafa­lla en tren y de Tafa­lla a Larra­ga, andan­do. Yo, con 8 años, le pre­gun­ta­ba todo el rato: madre ¿cuán­do lle­ga­mos? y ella me decía: ves aque­lla luce­ci­ca que está ahí, aque­llo es. Lle­ga­mos y una de las veci­nas nos dejó dor­mir en su casa, eso sí, en la coci­na; mi madre en una silla y yo en el albar­do del burro. Ade­más nos habían saca­do el baúl con nues­tras cosas a un camino. Mi madre, que ade­más se había que­da­do mal con lo que le habían hecho a su fami­lia y a ella mis­ma ‑estu­vo tres días en un calabozo‑, me cogió y nos vol­vi­mos a Pam­plo­na». Ape­nas ha teni­do rela­ción con el pue­blo.

Tie­ne Jose­fi­na bue­na memo­ria y no ocul­ta su ren­cor por el tra­to que reci­bió de las blan­cas, orden reli­gio­sa a la que per­te­ne­ció duran­te 46 años. «Entré con 21 años y salí con 67. Que­ría ser misio­ne­ra para cui­dar a los niños y evi­tar­les los sufri­mien­tos que yo había pasa­do». Pero nada de esto se cum­plió. Entrar al con­ven­to le supu­so no ver más a su madre .«A ella no le gus­tó mi deci­sión y las mon­jas tam­po­co me deja­ban ir a ver­la aun­que los tres pri­me­ros años vivía­mos las dos en Iru­ñea». Dice que siem­pre fue her­ma­na, no madre, y le dedi­ca­ron a las tareas domés­ti­cas.

Está con­ven­ci­da de que por sus ante­ce­den­tes fami­lia­res fue envia­da a un con­ven­to de Kara­chi, en Pakis­tán, don­de los pri­me­ros cua­tro años no pudo hablar con nadie por­que no cono­cía idio­mas. «Gra­cias a una mon­ja cana­dien­se pude enten­der algo y apren­dí el urdu». Vol­vió, cator­ce años des­pués, cuan­do su her­ma­na PIlar le avi­só que su madre esta­ba mal y que que­ría ver­le. «Para cuan­do me hicie­ron los pape­les y pude vol­ver, mi madre lle­va­ba ya tres días ente­rra­da», recuer­da con los ojos bri­llan­tes.

Su peri­plo vital con­ti­nuó en Iru­ñea ‑don­de estu­vo mon­ja otros 16 años- y en Madrid don­de, tras 12 años más de con­ven­to, col­gó los hábi­tos «por la incom­pren­sión. Siem­pre fui para ellas hija de… y me tra­ta­ron con des­pre­cio. No se como no des­per­té antes ¡Que años más per­di­dos! Me deja­ron tan toca­da que ya no creo en nadie, ni voy a misa… Me gus­ta­ría que leye­ran esto y pidie­ran per­dón…»

Jose­fi­na se enro­ló en los gru­pos que a fina­les de los años seten­ta exhu­ma­ron cuer­pos de fusi­la­dos en las cune­tas nava­rras, «lo que no gus­ta­ba a la supe­rio­ra por­que decía que no esta­ba bien ya que yo tenía que hacer autos­top». Res­pon­dió al gene­ral Salas Larra­za­bal con un escri­to en pren­sa para acla­rar que su her­ma­na Mara­vi­llas no era una des­apa­re­ci­da de la Gue­rra Civil sino una ase­si­na­da, «lo que tam­po­co gus­tó en la casa. La supe­rio­ra nos reu­nió a todas y nos dijo que si a algu­na le metían en la cár­cel que no pen­sa­ra que la orden le iba a sacar, cla­ro eso iba por mí»… A raíz de esto «me des­te­rra­ron a Madrid». Otras cir­cuns­tan­cias, como «las pegas que le pusie­ron para cui­dar a su her­ma­na y a su cuña­do» con­tri­bu­ye­ron a que se fue­ra apar­tan­do cada vez más de las mon­jas. Que una de las res­pon­sa­bles le comen­ta­ra que «algo harían» para jus­ti­fi­car la atro­ci­dad come­ti­da con­tra su padre y su her­ma­na fue deter­mi­nan­te. En 1992 col­gó los hábi­tos y tras vivir sie­te años en una resi­den­cia en Madrid, a tra­vés de una parien­te, logró pla­za en la Casa de Mise­ri­cor­dia de Pam­plo­na, don­de vive des­de hace sie­te años.

Se levan­ta a las 6.30 y de sie­te a diez tra­ba­ja doblan­do ropa en la Meca, por lo que reci­be una peque­ña gra­ti­fi­ca­ción. Lue­go, de 10 a 12.30 , ayu­da como volun­ta­ria a pre­pa­rar la comi­da en el come­dor París, don­de se sir­ve comi­da a per­so­nas sin recur­sos. Tam­bién es de la jun­ta direc­ti­va de la Aso­cia­ción de Fami­lia­res de Fusi­la­dos de Nava­rra, don­de, dice haber encon­tra­do a unas per­so­nas con las que poder hablar de su vida y en las que ha encon­tra­do com­pren­sión. «Des­pués tan­ta sole­dad, con éstos… ésto es vida». «Duer­mo mejor, más tran­qui­la y tra­ba­jo mucho», dice una Jose­fi­na que, según com­pa­ñe­ros como Kol­do Pla o Josetxo Arbi­zu, «aho­ra son­ríe y ha reju­ve­ne­ci­do».

Y es que ha comen­za­do a reco­ger fru­tos. Entre ellos, haber logra­do que su her­ma­na Mara­vi­llas ten­ga un cer­ti­fi­ca­do de defun­ción. «No lo tenía y lo tuvi­mos que tra­mi­tar, fue muy difí­cil. Pri­me­ro, el Ayun­ta­mien­to de Yerri nos hizo una nega­ti­va, es decir cer­ti­fi­car que no esta­ba ins­cri­ta». Con ello, más docu­men­ta­ción de José Mª Jimeno Jurio de hace vein­te años que cuen­ta la his­to­ria, fotos de gen­te que encon­tró los res­tos de Vicen­te y Mara­vi­llas, y de per­so­nas que habían ente­rra­do el cuer­po del padre, ya que el de la joven fue que­ma­do en el lugar, se diri­gie­ron al juz­ga­do de Este­lla don­de se abrió un expe­dien­te. Una vez acep­ta­dos los tes­ti­mo­nios se envió al Ayun­ta­mien­to de Yerri don­de que­dó ins­cri­ta la defun­ción. «Eso sí ‑pre­ci­sa Kol­do Pla- como no se per­mi­tía poner las cau­sas de la muer­te, sólo reco­ge que murió el 15 de agos­to de 1936. Peor es lo del padre que «murió a cau­sa del glo­rio­so alza­mien­to».

La vida de Jose­fi­na ha esta­do mar­ca­da por estas dos muer­tes. «Mi ilu­sión era encon­trar­los y reco­ger­los. Lle­vo la pena en el cora­zón. No se pue­de olvi­dar. Me ha con­di­cio­na­do la vida. Fíja­te, al padre le dije­ron que se fue­ra a Fran­cia, pero no qui­so. Decía que no había hecho nada. ¿Que habían hecho? como ya le dije a la supe­rio­ra: mi padre tra­ba­jar y Mara­vi­llas, ser dema­sia­do her­mo­sa…». Aho­ra sólo pide que no se ocul­te la his­to­ria. «Las cosas se saben pero la gen­te joven tam­bién tie­ne que saber y para ello se tie­ne que poner en los libros de tex­to. Fui una vez dar el ser­món a un cole­gio y les dije a los niños que estu­dien, que sean bue­nas per­so­nas y que no per­mi­tan que esta his­to­ria se repi­ta».

Vidas de sufri­mien­to y de des­pre­cio, las que han pasa­do estas auten­ti­cas heroi­nas, estas auten­ti­cas vic­ti­mas con mayus­cu­las. Vic­ti­mas del fas­cis­mo espa­ñol, vic­ti­mas de los cri­mi­na­les falan­gis­tas y vic­ti­mas de la amne­sia colec­ti­va en la que se sumer­gio gran par­te de la socie­dad nava­rra.

Vic­ti­mas tam­bien de la recon­ci­lia­cion nacio­nal que pre­go­na­ron el PCE y esta estir­pe de gru­pos, que no duda­ron en recon­ci­liar­se con los cri­mi­na­les falan­gis­tas y cola­bo­rar en el olvi­do. No que­rian que se supie­sen estas cosas, que supo­nian un pro­ble­ma para la «tran­ci­sion demo­cra­ti­ca» y la «recon­ci­lia­cion nacio­nal»

Eus­kal Herria jamas olvi­da­ra a Mara­vi­llas ni al res­to de las vic­ti­mas del holo­caus­to fas­cis­ta espa­ñol. Mara­vi­llas, agur eta oho­re, Mara­vi­llas beti gure­kin eta gure bihotze­tan!

Foto de Mara­vi­llas, niña de Nafa­rroa ase­si­na­da por las hor­das fas­cis­tas

Su her­ma­na Jose­fi­na

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *