Ese toro ena­mo­ra­do de la luna – Jon Odriozola

El Par­la­ment ha prohi­bi­do la cele­bra­ción de corri­das de toros a par­tir de 2012. La Ini­cia­ti­va Legis­la­ti­va Popu­lar ha con­se­gui­do decla­rar Cata­lun­ya terri­to­rio libre del mal­tra­to al toro de lidia y de la lla­ma­da «fies­ta nacio­nal». Digo «mal­tra­to» y no «tor­tu­ra» pues que este últi­mo tér­mino sólo cabe apli­car­se, penal­men­te, a los huma­nos ‑en con­cre­to a los fun­cio­na­rios públi­cos- y no a los animales.

Ya avi­so que no ten­go ni idea de toros y menos de la her­mé­ti­ca jer­ga que usan los crí­ti­cos tau­ri­nos que pare­cen diri­gir­se a una éli­te ducha en el supues­to «arte», otro­sí «cul­tu­ra», que es la lidia. No, sin embar­go, por no enten­der­lo abo­mino de Cúcha­res, Frascuelo,el con­fe­ren­cian­te Domin­go Orte­ga o el eru­di­to Luis Fran­cis­co Esplá. Estoy con­ven­ci­do de que hay afi­cio­na­dos que dis­fru­tan de este fes­te­jo. Y no por ver sufrir a un ani­mal ‑el toreo, en sus orí­ge­nes, era a caba­llo que sólo tenían los nobles mili­ta­res que alan­cea­ban al toro; ya con Feli­pe II, lo rejo­nea­ban; el toreo a pie es del siglo XIX, con caba­llos sin peto ni gual­dra­pa y des­pan­zu­rra­dos pero, eso sí, «demo­cra­ti­za­do» y profesionalizado‑, sino por lo que es la esen­cia de las corri­das: la emo­ción del peli­gro. En el siglo XVI el públi­co era toris­ta y no tore­ris­ta. No se enten­día una corri­da de toros sin que estos no cau­sa­ran estra­gos, era lo nor­mal, igual que en el cir­co romano de don­de vie­nen estas «tra­di­cio­nes» (y no de los godos o ára­bes). Ya enton­ces, los frai­les habla­ban ‑por razo­nes huma­ni­ta­rias- de «afei­tar» las astas del mor­la­co, impro­vi­sar enfer­me­rías y habi­li­tar bur­la­de­ros, o sea, todo inven­ta­do. Menos los vari­lar­gue­ros y los pica­do­res que son del XIX para faci­li­tar la labor a los dies­tros de a pie menos­ca­ban­do fie­re­za y tra­pío al bicho.

Quien tuvie­ra la suer­te de oír a don José Ber­ga­mín ‑como José Félix Azur­men­di cuan­do fue direc­tor de «Egin»-, ente­rra­do en Hon­da­rri­bia con flo­res del tore­ro gitano Rafael de Pau­la, hablan­do y escri­bien­do no mal sino muy bien de la tau­ro­ma­quia, no pue­de por menos de tras­ta­bi­llar en sus pasos. Eso dejan­do al mar­gen las reper­cu­sio­nes polí­ti­cas y/​o iden­ti­ta­rias, como se dice aho­ra, del con­ten­cio­so sin duda his­tó­ri­co en el que no entro no por fal­ta de ganas sino de espa­cio. Ber­ga­mín, poe­ta, polí­gra­fo, veía con otros ojos, su mira­da era otra. Los escri­to­res del 98 eran tau­ró­fo­bos. Los del 27 ‑como Bergamín‑, más gon­go­ri­nos y des­lum­bra­dos por el enfren­ta­mien­to hom­bre-ani­mal, trans­ver­be­ra­dos, tau­ró­fi­los. José Cadal­so, gadi­tano y mili­tar ilus­tra­do (no hay oxí­mo­ron) del siglo XVIII, pasa­ba ver­güen­za (no tore­ra) ante lo que hoy pasa por ser anto­no­ma­sia española.

Decía más arri­ba que al toro no se le tor­tu­ra sino que se le mal­tra­ta. Y ello delan­te de un públi­co que paga por ver un espec­tácu­lo. Esta es, a mi jui­cio, la cla­ve. Se paga por con­tem­plar una diver­sión don­de el toro mue­re ‑o el tore­ro- des­pués de ser, se vea como se vea, lace­ra­do de malas mane­ras. Si mue­re el artis­ta, ele­gía. Si mue­re, como es su pathos fatí­di­co, el mino­tau­ro no hay sino fathum y/​o indul­to del res­pe­ta­ble ¡por su bra­vu­ra! Un toro car­te­siano que pen­sa­ba ‑el gran Des­car­tes- que el ani­mal es una máqui­na sin ner­vios y no sufre, com­pues­to de cables y no cartílagos.

Fuen­te: Gara

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