Pros­ti­tu­ción y mar­ke­ting…- Sara Cañi­zal

“Ami­gas cari­ño­sas”, “chi­cas inol­vi­da­bles”, “pre­cio­sas asiá­ti­cas”… Cada día las pági­nas de publi­ci­dad de los perió­di­cos se lle­nan con anun­cios de pros­ti­tu­ción. Un nego­cio que mue­ve 40 millo­nes de euros sólo en Espa­ña y tras el que se escon­den mafias orga­ni­za­das que tra­fi­can con seres huma­nos con fines sexua­les.
La sema­na pasa­da, el pre­si­den­te del Gobierno espa­ñol anun­ció su inten­ción de tomar medi­das lega­les para prohi­bir la publi­ci­dad rela­cio­na­da con la “indus­tria” del sexo en los medios de comu­ni­ca­ción. No es la pri­me­ra vez que se dan pasos en este sen­ti­do. En enero de 2009, el Plan Inte­gral de Lucha con­tra la Tra­ta de Seres Huma­nos con Fines de Explo­ta­ción Sexual defi­nió a las pros­ti­tu­tas como “víc­ti­mas” y deman­dó a los dia­rios que aca­ba­sen con cual­quier rela­ción empre­sa­rial con la pros­ti­tu­ción.
Algu­nos como La Razón, Públi­co, 20 Minu­tos o Avui lo hicie­ron. Otros como La Van­guar­dia, El País, El Mun­do o ABC siguen recau­dan­do bene­fi­cios gra­cias a su par­ti­cu­lar “barrio chino”. Un tér­mino iró­ni­co con el que el arti­cu­lis­ta Anto­nio Bur­gos con­sa­gró a la sec­ción de anun­cios bre­ves de los perió­di­cos “don­de se ofre­cen casas de masa­jes, mula­tas de pechos gran­des, viu­das ardien­tes y ami­gas que reci­ben en len­ce­ría, por no hablar del par­te meteo­ro­ló­gi­co de la llu­via dora­da o de la filo­lo­gía del fran­cés y el grie­go”.

Alta­mi­ra Gon­za­lo, pre­si­den­ta de la Aso­cia­ción de Muje­res Juris­tas The­mis, denun­cia esta acti­tud: “Que hay tra­ta de blan­cas en nues­tro país es una reali­dad y los medios de comu­ni­ca­ción man­tie­nen una pos­tu­ra con­tra­dic­to­ria en este sen­ti­do. Por un lado, se mani­fies­tan en con­tra de estas mafias y, por otro, man­tie­nen los anun­cios de explo­ta­ción sexual”.

Cien­tos de anun­cios rela­cio­na­dos con el comer­cio del sexo se ponen al alcan­ce de cual­quier per­so­na ― inclui­dos meno­res ―, enmas­ca­ra­dos bajo tér­mi­nos eufe­mís­ti­cos como “relax”, “adul­tos” o “con­tac­tos”. El País, perió­di­co que denun­cia la pros­ti­tu­ción como una “escla­vi­tud invi­si­ble”, a veces cuen­ta con más de 700 anun­cios bre­ves rela­cio­na­dos con con­tac­tos sexua­les. En 2009, este dia­rio, jun­to con El Mun­do, ABC y La Razón suma­ron 1.323 pági­nas des­ti­na­das a publi­ci­dad con con­te­ni­dos sexua­les. Unas cifras infe­rio­res a las de años ante­rio­res, pero aún muy ele­va­das si se com­pa­ran con el espa­cio que se dedi­ca a anun­cios de otras cate­go­rías.

El 85% de las per­so­nas que ejer­cen la pros­ti­tu­ción lo hacen a la fuer­za. Cada año, cer­ca de cua­tro millo­nes de muje­res y niñas son com­pra­das y ven­di­das para ser explo­ta­das sexual­men­te. Se sabe que muchos de los núme­ros de telé­fono que apa­re­cen en los anun­cios de con­te­ni­do sexual encu­bren esta acti­vi­dad. Pero aho­ra que la pren­sa está de capa caí­da en lo que a núme­ro de patro­ci­na­do­res se refie­re, supri­mir este tipo de publi­ci­dad pone en una encru­ci­ja­da a los medios. ¿Qué hacer? ¿Ser con­se­cuen­tes con la línea edi­to­rial o sucum­bir al mar­ke­ting de una acti­vi­dad ilí­ci­ta que sanea las arcas de los dia­rios?

Per­der un nego­cio como este no pare­ce estar en la men­te de los edi­to­res. El direc­tor de El Mun­do, Pedro J. Ramí­rez, con­tra­rio a la supre­sión de este tipo de publi­ci­dad, lle­gó a res­pon­sa­bi­li­zar a los cuer­pos de Segu­ri­dad del Esta­do de su exis­ten­cia en el momen­to en el que esta­lló la polé­mi­ca. “Noso­tros no somos la Direc­ción Gene­ral de la Poli­cía”, dijo. “Si se inves­ti­ga y se demues­tra que hay tra­mas, éstas des­apa­re­ce­rán y tam­bién sus anun­cios”.

La defen­so­ra de El País, por su par­te, afir­mó que no debe­rían publi­car­se este tipo de anun­cios que con­tri­bu­yen a deni­grar a las muje­res y a con­ver­tir­las en escla­vas. Sin embar­go, este perió­di­co es el que mayor núme­ro lan­za a dia­rio.

La pros­ti­tu­ción supo­ne un aten­ta­do con­tra los dere­chos huma­nos. No es una expre­sión de liber­tad sexual sino de vio­len­cia, mar­gi­na­ción, pro­ble­mas eco­nó­mi­cos y cul­tu­ras patriar­ca­les y sexis­tas. Se lle­ga a ella sólo por la fuer­za o la nece­si­dad. Que los medios que cri­ti­can esta acti­vi­dad al mis­mo tiem­po la pro­mue­van res­pon­de a una acti­tud hipó­cri­ta, que cuen­ta mone­das mien­tras seres huma­nos viven en la clan­des­ti­ni­dad una acti­vi­dad que des­tru­ye sus vidas. Si de dine­ro se tra­ta, en manos de los lec­to­res que­da secun­dar o com­ba­tir esta doble moral.

- Sara Cañi­zal Sar­dón es Perio­dis­ta

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