[Video] Y en eso lle­gó Fidel- Cuba­de­ba­te


Fidel Castro en el Memorial José Martí. Foto: Silvio RodríguezFidel Cas­tro en el Memo­rial José Mar­tí. Foto: Sil­vio Rodrí­guez Domí­guez

Pri­me­ro fue el rumor: Fidel se está movien­do por La Haba­na, lo han vis­to por varios lugares…Después la cer­te­za: visi­tó el CNIC, hay fotos. Más ade­lan­te, su reapa­ri­ción en la Mesa Redon­da para acer­car­nos más sus aná­li­sis sobre los ries­gos de gue­rra nuclear que advier­te en el fon­do de las pre­sio­nes con­tra Irán y Corea y lue­go la nota de su encuen­tro en el Cen­tro de Inves­ti­ga­cio­nes de la Eco­no­mía Mun­dial (CIEM), con el men­sa­je a los eco­no­mis­tas insis­tien­do en los gran­des desa­fíos de la espe­cie huma­na.

Con la visi­ta pos­te­rior al Acua­rio, la sor­pre­sa tenía un nue­vo encan­to: saber que no solo estu­dia y refle­xio­na para sus con­tem­po­rá­neos, con su legen­da­rio olfa­to de polí­ti­co entre­na­do en leer el fon­do de noti­cias por las que otros pasa­mos de lar­go, sino que, por fin, se per­mi­te el bre­ve pla­cer de admi­rar, por ejem­plo, una dan­za de huma­nos y del­fi­nes en los pre­dios de una obra que soñó, orien­tó y mejo­ró duran­te años para los demás y en las que raras veces fue un visi­tan­te.

Más tar­de, otra vez su voz, sus ges­tos, sus aná­li­sis sere­nos y sus adver­ten­cias car­ga­das de argu­men­tos, retor­na­ban, duran­te más de una hora, a la vis­ta de todos. “Ya no ten­dré que comen­tar­le a los que pre­gun­tan, lo que otros me con­ta­ron, pue­do decir lo que yo ví, en vivo y en direc­to”, nos decía eufó­ri­co uno de los 115 emba­ja­do­res que se reu­nie­ron con él en el MINREX a media­dos de julio.

Tres días des­pués visi­ta el Cen­tro de Estu­dios Che Gue­va­ra y quién sabe qué otros sitios sin repor­te perio­dís­ti­co y tra­ba­ja simul­tá­nea­men­te en nue­vas Refle­xio­nes y en los últi­mos toques a un libro que debe salir de impren­ta en agos­to.

Julio se vis­te de 26 y Fidel vuel­ve a ser la noti­cia en todas las lati­tu­des, cuan­do su visi­ble recu­pe­ra­ción ani­ma las cele­bra­cio­nes en el país y levan­ta los más bellos comen­ta­rios de los revo­lu­cio­na­rios del mun­do ente­ro.

Ini­cial­men­te vis­tien­do fres­cas cami­sas a cua­dros y pan­ta­lón depor­ti­vo, en días sagra­dos de recuen­to his­tó­ri­co y home­na­je a los com­pa­ñe­ros de lucha, reto­ma par­te de su uni­for­me ver­de oli­vo.

No fal­ta quien se emo­cio­ne has­ta las lágri­mas cuan­do repa­ra en que la cha­que­ta no por­ta los gra­dos gana­dos en la inten­sa vida de com­ba­te sin des­can­so. Pasa por alto que qui­zás él quie­re enfa­ti­zar su actual con­di­ción de sol­da­do de las Ideas y que, en defi­ni­ti­va, cuan­do la indis­cu­ti­ble majes­tad de su vida y su obra aso­man, en cual­quier sitio, hay siem­pre como un pró­lo­go de pro­fun­do silen­cio que rom­pe­rá fren­te a su son­ri­sa en una explo­sión de júbi­lo.

Así fue en la cita del memo­rial. Artis­tas, perio­dis­tas, cara­va­nis­tas, habla­do­res en el preám­bu­lo, hicie­ron silen­cio abso­lu­to cuan­do el cono­ci­do tono de su salu­do tras­pa­só, ade­lan­tán­do­se, las puer­tas del peque­ñí­si­mo tea­tro, pero ape­nas él apa­re­ció de cuer­po ente­ro y miró con sus vivos ojos lle­nos de ale­gría a los más cer­ca­nos al pasi­llo, reco­no­cién­do­los indi­vi­dual­men­te, se des­ató la eufo­ria colec­ti­va.

Pocas fotos ‑suer­te de ese ojo de artis­ta total que es Sil­vio- pue­den hacer jus­ti­cia a la ima­gen ver­da­de­ra cuan­do se la tie­ne de cer­ca como aquel medio­día. Quién podría decir que pasó el tiem­po y que pasa­ron frac­tu­ras y ciru­gías por el cuer­po de lar­gos años sin repo­so. La ener­gía sigue idén­ti­ca y las expre­sio­nes tam­bién.

Dicen que los enemi­gos, cega­dos por la impo­ten­cia de com­pro­bar que es efec­ti­va­men­te él y que luce tan vital y lúci­do como siem­pre, se auto­com­pla­cen vien­do dis­tan­cias afec­ti­vas en la dis­tan­cia geo­grá­fi­ca, en los kiló­me­tros que sepa­ran el acto en San­ta Cla­ra y la jor­na­da de Fidel en La Haba­na. Como si no debié­ra­mos todo y espe­cial­men­te su impre­sio­nan­te recu­pe­ra­ción, al cui­da­do del her­mano Pre­si­den­te y a todos los que ese ama­ne­cer cele­bra­ban la con­ti­nui­dad de la obra en el cen­tro del país.

En ambos esce­na­rios no hubo más que pala­bras de tri­bu­to a los fun­da­do­res del fue­go sagra­do, esa uni­dad sin fisu­ras que tan­tas veces ha ven­ci­do al odio y que nació la madru­ga­da del 26 de julio de 1953 en San­tia­go de Cuba, cuan­do el líder de los asal­tan­tes ponía en ries­go su vida por sal­var a sus com­pa­ñe­ros y sus com­pa­ñe­ros hacían exac­ta­men­te lo mis­mo por sal­va­guar­dar la suya.

Cómo igno­rar esa lec­ción de agra­de­ci­mien­to y her­man­dad pro­fun­da, inque­bran­ta­ble, en el pri­mer acto de Fidel aque­lla maña­na: su bra­zo cubier­to por el color de la gue­rri­lla ponien­do un mano­jo de flo­res a los pies de Mar­tí, exac­ta­men­te igual como había hecho un día antes en el mau­so­leo a sus com­pa­ñe­ros de lucha en Arte­mi­sa. Como hace Raúl en cada visi­ta a los sitios don­de repo­san los res­tos de todos los com­ba­tien­tes cuba­nos. La His­to­ria rin­dien­do hono­res a la His­to­ria. No hay mejo­res cela­do­res de ella que quie­nes la hacen. Y lo que inco­mo­da a sus adver­sa­rios es pre­ci­sa­men­te que sea con tan­ta vida.

“Y en eso lle­gó Fidel”, can­ción de Car­los Pue­bla

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