La die­ta len­te­jis­ta – Jon Odriozola

Es la die­ta de quie­nes aspi­ran a ser inte­lec­tua­les para engro­sar el sta­blish­ment y refor­zar­lo apa­ren­tan­do ele­gir una opción en el super­mer­ca­do de las ideo­lo­gías, como fal­sa con­cien­cia, que escon­de el «pen­sa­mien­to úni­co», como lla­man aho­ra a la ideo­lo­gía domi­nan­te diz­que la de la cla­se domi­nan­te, otro­sí la bur­gue­sía, y sus ester­to­res deca­den­tes, bien que, vale decir, es una deca­den­cia que goza de no mala salud y se rego­dea con regus­to mór­bi­do hun­dien­do lo que de sano pue­da que­dar en el cuer­po social mien­tras se hun­de ella mis­ma. Meti­da de lleno en are­nas move­di­zas, bra­cea agó­ni­ca­men­te luchan­do por sobre­vi­vir, pero no lo sabe o fin­ge no saber­lo. Sólo fal­ta un bra­zo mise­ri­cor­dio­so que la fini­qui­te por el bien de la salud públi­ca, un empu­jón. Pero no se deja. Pre­fie­re morir matan­do. Se resis­te a pasar al museo de la his­to­ria. De hecho, tie­ne moti­vos: lle­van 300 años con la mani­ja en la mano. Inclu­so toda­vía cree, en la últi­ma excre­cen­cia ideo­ló­gi­ca fabri­ca­da en sus labo­ra­to­rios de «neo­len­gua» ‑que diría el anti­co­mu­nis­ta Geor­ge Orwell‑, que la His­to­ria tocó a su fin. Un peca­do de sober­bia cas­ti­ga­do por su pro­pia reli­gión en la que nun­ca han creí­do, en el fon­do, estos cal­vi­nis­tas de hoga­ño. Su últi­ma tabla de sal­va­ción ideo­ló­gi­ca ‑la fác­ti­ca es la militar‑, apar­te del olvi­da­do pos­mo­der­nis­mo como anti­gua­lla que ya anti­ci­pa­ra Alfon­so Sas­tre en los 80, es el rela­ti­vis­mo. No el escep­ti­cis­mo posi­ti­vo ‑que no posi­ti­vis­ta a lo Com­te- que pre­co­ni­za­ra Marx en su épo­ca para des­ba­ra­tar resi­duos supers­ti­cio­sos, ni un pirro­nis­mo cíni­co ‑pero tam­bién posi­ti­vo, en cier­to modo- de cor­te indi­vi­dua­lis­ta anar­qui­zan­te, sino el peor de los rela­ti­vis­mos: nada es ver­dad o men­ti­ra, sino que todo es según el color con que se mira (los dal­tó­ni­cos, abs­tén­ga­se). La bur­gue­sía, des­de que dejó de ser revo­lu­cio­na­ria en los tiem­pos de Robes­pie­rre, ya no tie­ne prin­ci­pios que defen­der que no sean eti­que­tas hue­ras inco­lo­ras, inodo­ras e insí­pi­das: esta­do de dere­cho, elec­cio­nes, plu­ra­lis­mo y demás jue­gos de pres­tí­ma­nos en los que no cree pero tra­ta de que crea­mos crean­do «ilu­sio­nes» y encan­ta­mien­tos. Se vol­vió una «cla­se dis­cu­ti­do­ra» (y repre­so­ra de quie­nes son «indis­cu­ti­bles», es decir, de quie­nes toda­vía tie­nen prin­ci­pios y pelean por ellos). Para ella no exis­te la ver­dad (obje­ti­va), sino el pun­to de vis­ta, la opi­nión, el pare­cer y el… rela­ti­vis­mo. Ello ador­na­do con bar­niz demo­crá­ti­co. El tru­co es sim­ple pero efec­ti­vo: hici­mos una encues­ta y ya ven, opi­nio­nes «para todos los gus­tos». Todo es rela­ti­vo. Quien no lo vea así es un dog­má­ti­co. Aho­ra se tra­ta de con­ver­tir­lo en hábi­to como quien va a misa no por creen­cia, sino por cos­tum­bre, ritual, sin saber ni lo que hace o dice.

Las len­te­jas son un man­jar con infa­mia en la pare­mia. Pri­me­ro, una dis­yun­ti­va coac­ti­va: «si quie­res las comes y si no las dejas». Como dicien­do: eres libre, tú mis­mo. Lo lógi­co es papear­las, pero hay algo de chan­ta­je en ello. El inte­lec­tual pue­de ven­der­se «por un pla­to de len­te­jas». Pero ya no hay enga­ño ni auto­en­ga­ño: se pres­tan, se ven­den, se pros­ti­tu­yen. Son los len­te­jis­tas. Comen karra­ke­las y les saben a len­te­jas. Hay quien aspi­ra a más y pide, se ven­de, por… dos pla­tos de lentejas.

Fuen­te: Gara

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