Gara entre­vis­ta a Alfon­so Sas­tre “La paz es una idea sub­ver­si­va”

El crea­dor que lucha con gigan­tes (Alfon­so Sas­tre)

Dicen de él que es el más gran­de dra­ma­tur­go espa­ñol de las últi­mas déca­das. Y tam­bién vas­co. Por­que deci­dió ser­lo. Y vivir en un país que ama y le admi­ra. Su exten­sa obra ha sido un pul­so per­ma­nen­te con­tra la cen­su­ra; su vida, un com­pro­mi­so con la liber­tad; su pen­sa­mien­to, una explo­ra­ción cons­tan­te de la esen­cia huma­na. Des­de la ata­la­ya inte­lec­tual o des­de el asfal­to de la calle, siem­pre ha esta­do – y está – cuan­do le nece­si­tan. No ha esca­ti­ma­do gene­ro­si­dad. Ni luci­dez. Por eso no lucha con­tra moli­nos; lucha con­tra gigan­tes.

Señor Sas­tre: tra­ge­dia, come­dia… ¿En qué fun­ción está en este momen­to el orden mun­dial?

No es fácil expli­car la reali­dad con esos con­cep­tos… Ya en el Rena­ci­mien­to se rom­pie­ron esos feti­ches y sur­gió la tra­gi­co­me­dia, que era una visión más com­ple­ja de la reali­dad. La tra­gi­co­me­dia empe­zó a dar fru­tos gran­des: la tra­ge­dia gro­tes­ca, el esper­pen­to… Es ahí don­de se encuen­tra el géne­ro que pue­de refle­jar la reali­dad actual: una tra­gi­co­me­dia o un esper­pen­to o una tra­ge­dia que hace reír… Para mí es una tra­ge­dia com­ple­ja. Esta­mos en un momen­to en que pode­mos reír por no llo­rar. No es un momen­to de reír ni un momen­to de llo­rar, sino de reír por no llo­rar.

¿Y en el caso de Eus­kal Herria?

Eus­kal Herria no es un caso espe­cial. En otros temas tie­ne una carac­te­rís­ti­ca dife­ren­te res­pec­to a lo que ocu­rre en otros luga­res, pero en cuan­to a si es de reír o de llo­rar, se pue­de decir que es una situa­ción en que se ríe por no llo­rar, pero tam­bién hay muchas razo­nes para llo­rar.

¿Vivi­mos, tal vez, una espe­cie de peni­ten­cia por la no rup­tu­ra demo­crá­ti­ca del fran­quis­mo?

En Eus­kal Herria se pro­du­jo una resis­ten­cia fuer­te a la Refor­ma, que la izquier­da espa­ño­la tam­bién pre­co­ni­za­ba. Lle­gó un momen­to en que las ideas de la nece­si­dad de una rup­tu­ra demo­crá­ti­ca des­apa­re­cie­ron de los terri­to­rios de Espa­ña y se refu­gia­ron en Eus­kal Herria; es aquí don­de cris­ta­li­za­ron las ideas de que no se iría a nin­gu­na par­te que mere­cie­ra la pena si no se pro­du­cía la nue­va situa­ción en tér­mi­nos de rup­tu­ra. Esas ideas cris­ta­li­za­ron aquí y son el ori­gen de lo que lue­go ha sido la izquier­da aber­tza­le. Ésa fue una de las razo­nes ‑apar­te de otras muchas- de que noso­tros deci­dié­ra­mos venir aquí. Encon­tra­mos que nues­tras ideas más o menos esta­ban social­men­te admi­ti­das en este país y no en Espa­ña.

En ese con­tex­to, ¿cuál es la res­pon­sa­bi­li­dad moral del inte­lec­tual en la socie­dad?

Es la mis­ma de siem­pre: ser fiel a su voca­ción inte­lec­tual. Es una voca­ción por la ver­dad, por la explo­ra­ción de la ver­dad y por la defen­sa de la jus­ti­cia. Pare­ce que algu­nos inte­lec­tua­les asu­men esa res­pon­sa­bi­li­dad y otros la mar­gi­nan un poco y se limi­tan for­mal­men­te a tra­ba­jar a favor de la inte­li­gen­cia en tér­mi­nos de des­com­pro­mi­so total des­de el pun­to de vis­ta polí­ti­co.

¿Cree que los inte­lec­tua­les vas­cos están a la altu­ra de las cir­cuns­tan­cias?

Yo ten­go un pro­ble­ma para poder res­pon­der a esa pre­gun­ta al no ser capaz de leer lo que escri­ben los inte­lec­tua­les vas­cos en eus­ke­ra. Cual­quier opi­nión que mani­fes­ta­ra sería lige­ra y segu­ra­men­te injus­ta. Pero en el tea­tro, don­de sí veo lo que se hace, más o menos, o lo que se pre­ten­de hacer, creo que las gen­tes del tea­tro vas­co no están a la altu­ra de las cir­cuns­tan­cias en que se vive en este país. Yo he tra­ta­do en algu­nas oca­sio­nes de inte­re­sar a mis cole­gas en el ejem­plo ‑no para seguir­lo pero sí para ins­pi­rar­se qui­zás en él- de lo que fue el tea­tro irlan­dés duran­te las pri­me­ras déca­das del siglo XX. En unas cir­cuns­tan­cias aná­lo­gas ‑con matices‑, sur­gió un tea­tro mag­ní­fi­co, de gran nivel en Euro­pa.

Y el tea­tro en cas­te­llano se mani­fies­ta bas­tan­te al mar­gen de las cues­tio­nes más paten­tes y más laten­tes de esta socie­dad. Es un tea­tro que mira para otro lado y no para la reali­dad; qui­zá por mie­do a mirar a la reali­dad. La reali­dad a veces mete mie­do, tam­bién es cier­to.

¿Y los inte­lec­tua­les espa­ño­les y fran­ce­ses están a la altu­ra de las cir­cuns­tan­cias res­pec­to al caso vas­co?

No, están a la altu­ra de su igno­ran­cia sobre esta situa­ción. Yo creo que son igno­ran­tes. Lo veo con los espa­ño­les que conoz­co, están más o menos a la par ‑diga­mos- en todo, menos en este tema. Cuan­do se tra­ta el tema vas­co lo igno­ran todo y, ade­más, pare­ce como si recha­za­ran tra­tar de com­pren­der­lo…

¿A qué se debe esa acti­tud?

Al patrio­tis­mo, al chau­vi­nis­mo de gran poten­cia… Lenin ya habla­ba del patrio­tis­mo chau­vi­nis­ta; hacía una crí­ti­ca a lo que se lla­ma­ba chau­vi­nis­mo de gran poten­cia. Y Espa­ña y Fran­cia son gran­des poten­cias en rela­ción a Eus­kal Herria. El chau­vi­nis­mo es una filo­so­fía común que les impi­de abso­lu­ta­men­te ver lo que pasa aquí. Es muy difi­cul­to­so. Me dicen ami­gos que viven en Madrid, por ejem­plo, lo difí­cil que es hacer com­pren­der allá algu­nas cosas que se com­pren­den vivien­do aquí. Y se debe al patrio­tis­mo espa­ñol com­ple­ta­men­te cega­dor.

Pero has­ta el pun­to de no tener siquie­ra curio­si­dad por saber qué ocu­rre… ¿Tie­ne espe­ran­za de que sur­jan voces que empie­cen a hablar de modo dife­ren­te?

Desea­mos que sea así y en algu­nos casos sí es así. Hay gen­tes que se han acer­ca­do al pro­ble­ma y lo han enten­di­do des­de Madrid; gen­te como Anto­nio Álva­rez-Solís, por ejem­plo, que entien­de per­fec­ta­men­te el pro­ble­ma y es un hom­bre que toda su vida se ha movi­do en terri­to­rios leja­nos a las cues­tio­nes vas­cas. Pero se apro­xi­mó, miró y vio lo que pasa­ba. Nada más que eso. Eso que pare­ce tan sen­ci­llo no debe ser­lo, por­que no hay muchos casos como el suyo. El mío tam­po­co es fre­cuen­te entre los inte­lec­tua­les matri­ten­ses, así que una posi­ción como la mía, o como la que tuvo José Ber­ga­mín en su tiem­po, son casos excep­cio­na­les, lo cual quie­re decir que debe ser muy difí­cil enten­der [risas]…

O tam­bién que uste­des son valien­tes…

[Risas] Habrá habi­do que ser un tan­to valien­tes, no sé…

¿Por qué deci­die­ron usted y su fami­lia ins­ta­lar­se en Eus­kal Herria?

Pues un poco por lo que decía­mos al prin­ci­pio. Y los otros moti­vos eran las rela­cio­nes huma­nas, amis­to­sas, que había­mos esta­ble­ci­do con muchos vas­cos duran­te la dic­ta­du­ra. Eva y yo ‑sobre todo Eva- crea­mos el Comi­té de Soli­da­ri­dad con el País Vas­co e inves­ti­ga­mos las tor­tu­ras que se esta­ban come­tien­do aquí, que eran más serias, inclu­so, más gra­ves que las que se come­tían en el res­to del Esta­do espa­ñol. Ahí se crea­ron unos víncu­los amis­to­sos y eso for­mó par­te de las razo­nes por las que vini­mos aquí.

Y polí­ti­ca­men­te es algo que he dicho al prin­ci­pio: vimos que aquí la idea de la rup­tu­ra demo­crá­ti­ca se había asen­ta­do de una mane­ra de la que no se pres­cin­día y a la que no se trai­cio­na­ba. Y todo ese com­ple­jo de razo­nes hizo que vinié­ra­mos aquí, apar­te tam­bién de que en Madrid, por ese chau­vi­nis­mo de gran poten­cia, noso­tros está­ba­mos en una situa­ción bas­tan­te poco «vivi­ble» ‑digá­mos­lo así- en algu­nos momen­tos. Si nos hubié­ra­mos que­da­do allí nues­tro des­tino habría sido recluir­nos en una cier­ta sole­dad o algo así, pero no deseá­ba­mos tal cosa. Y no lo duda­mos. Diji­mos «nues­tro sitio a par­tir de aho­ra es Eus­kal Herria», y nos vini­mos aquí.

Eva y usted han dado mucho a este país. ¿Qué les ha devuel­to Eus­kal Herria?

Nos ha dado lo mis­mo que noso­tros hemos dado. Ni más ni menos. No es un debe o haber en el que se han de espe­ci­fi­car can­ti­da­des o cali­da­des de lo dado o lo reci­bi­do. Noso­tros dimos algo de soli­da­ri­dad, eso es cier­to, y aquí hemos reci­bi­do mucha soli­da­ri­dad, eso es tam­bién cier­to. O sea que ha habi­do un inter­cam­bio de soli­da­ri­dad, más que un jue­go de debe y haber.

Supon­go que su impli­ca­ción en la vida polí­ti­ca vas­ca le ha cos­ta­do muchos sin­sa­bo­res. ¿Tam­bién satis­fac­cio­nes?

Sí, sí… Satis­fac­cio­nes, sí. He teni­do sin­sa­bo­res por­que, aun­que la situa­ción de un dra­ma­tur­go no es bue­na en cual­quier par­te del terri­to­rio espa­ñol, la mía ha sido peor qui­zás por mi trai­ción a Espa­ña, que es como se ha esti­ma­do mi deci­sión de vivir aquí. Mi carre­ra ha ido peor, pero tam­po­co iba a ir muy bien si no hubie­ra dado este paso; mis obras se han estre­na­do menos de lo que se habrían estre­na­do si no hubie­ra veni­do. En el orden per­so­nal, todo han sido satis­fac­cio­nes, por­que no goza­ría del apo­yo popu­lar, de la sim­pa­tía de que gozo, del amor de este pue­blo al que yo amo tam­bién… Y eso es un valor que no se pue­de cam­biar por nada. Así que todo tipo de satis­fac­cio­nes per­so­na­les y algu­nas moles­tias ‑digá­mos­lo así- pro­fe­sio­na­les.

«La paz es una cau­sa peli­gro­sa, ami­go mío», le decía su Som­bra ‑alter ego- en un artícu­lo de 2003 que el Tri­bu­nal Supre­mo tomó seis años más tar­de como indi­cio para prohi­bir la can­di­da­tu­ra Ini­cia­ti­va Inter­na­cio­na­lis­ta. Real­men­te, la vida da más para­do­jas que el tea­tro…

Sí, sí, la vida da más para­do­jas que el tea­tro, por­que las para­do­jas que se dan en el tea­tro están toma­das de la vida; o sea, que la fuen­te de las para­do­jas es la vida y el tea­tro refle­ja algu­nas de esas para­do­jas.

¿Y qué le pare­ce la ame­na­za judi­cial por una cau­sa como la paz?

La paz es una idea sub­ver­si­va. Es una idea muy sub­ver­si­va. Es así. Esa sería una para­do­ja…

En nom­bre de la paz ‑por ejem­plo- o de la jus­ti­cia o de la liber­tad, en Eus­kal Herria asis­ti­mos a deten­cio­nes, ile­ga­li­za­cio­nes, repre­sión… ¿Vivi­mos una per­ver­sión del len­gua­je?

Efec­ti­va­men­te, es una per­ver­sión del len­gua­je pro­pia del poder.

¿Y qué se escon­de detrás de ello?

Es un arma de des­truc­ción masi­va de la inte­li­gen­cia; es decir, se des­tru­ye la inte­li­gen­cia por­que es peli­gro­sa para el sis­te­ma. Y como tie­nen toda la fuer­za de los gran­des medios de expre­sión y comu­ni­ca­ción, pue­den hacer­lo, pue­den per­ver­tir el len­gua­je has­ta esos extre­mos. Y lo hacen. A fin de cuen­tas, es un refle­jo de la per­ver­si­dad intrín­se­ca del capi­ta­lis­mo.

En sus escri­tos se apre­cian dosis de humor de mane­ra fre­cuen­te. ¿El humor nos redi­me de lo trá­gi­co de la vida?

El humor for­ma par­te de la tra­ge­dia ‑otra para­do­ja, qui­zás-; la exis­ten­cia huma­na pre­sen­ta la doble faz de la tra­ge­dia y de la come­dia. El humor ‑inclu­so la comi­ci­dad, que es un gra­do de mayor fuer­za- es tam­bién un ins­tru­men­to de explo­ra­ción de la reali­dad, de modo que no diría tan­to como que nos redi­me, pero sí nos ayu­da a com­pren­der lo trá­gi­co… aun­que sea para­dó­ji­co decir­lo así.

Yo he cam­bia­do mucho en mi tea­tro, que tie­ne dos fases muy dis­tin­tas. A par­tir de deter­mi­na­do momen­to hago lo que lla­mo tra­ge­dias com­ple­jas. Son tra­ge­dias en las que la gen­te se ríe mucho en oca­sio­nes. No son pro­pia­men­te tra­gi­co­me­dias; la tra­gi­co­me­dia es un equi­li­brio que a veces tien­de a un lado y a veces al otro, una espe­cie de línea trá­gi­ca con epi­so­dios cómi­cos o una línea cómi­ca con algún epi­so­dio trá­gi­co. Mi tra­ge­dia com­ple­ja no es una tra­gi­co­me­dia, es ver­da­de­ra­men­te tra­ge­dia, sólo que, como la vida es así, en esas tra­ge­dias se pro­du­cen efec­tos cómi­cos, y eso hace que el tea­tro lle­gue a ser una repre­sen­ta­ción de esa reali­dad com­ple­ja; por eso las lla­mo tra­ge­dias com­ple­jas.

En los últi­mos tiem­pos vie­ne dedi­can­do bue­na par­te de sus refle­xio­nes al futu­ro del socia­lis­mo. ¿Cuá­les son, en su opi­nión, los retos del socia­lis­mo del siglo XXI?

Hay gen­te que está tra­ba­jan­do en eso seria­men­te. Yo no estoy capa­ci­ta­do para plan­tear­me pro­ble­mas tan serios y tan pre­ci­sos, pero todo el mun­do tie­ne ‑y yo tam­bién- algu­nas cosas qué decir al res­pec­to. Yo hablo de neo­so­cia­lis­mo. «Socia­lis­mo del siglo XXI» fue un tér­mino que se fabri­có más o menos en Vene­zue­la y creo que fue Chá­vez quien lo difun­dió por pri­me­ra vez; es una bue­na for­ma de deno­mi­nar­lo. Pero tam­bién podría lla­mar­se neo­so­cia­lis­mo, un nue­vo socia­lis­mo que toma­ra lo que de váli­do se ha podi­do obte­ner tan­to de las expe­rien­cias pasa­das como de los fra­ca­sos. Estoy escri­bien­do aho­ra unos ensa­yos sobre eso, un libro que se lla­ma «Ensa­yan­do el futu­ro» en el que plan­teo ese tipo de cues­tio­nes: ¿Cómo será el socia­lis­mo? Y algu­nas cosas están ya muy cla­ras: ya no se pue­de dar un socia­lis­mo de la abun­dan­cia; el socia­lis­mo ya no pue­de pro­me­ter abun­dan­cia, que sería nega­ti­va. No es el socia­lis­mo de la abun­dan­cia pero tam­po­co es el socia­lis­mo de la pobre­za. Ni ricos ni pobres. Sería una socie­dad en la que los con­cep­tos de rico y pobre fue­ran los que que­da­ran exclui­dos.

Señor Sas­tre, ¿sigue sien­do nece­sa­ria la uto­pía?

Sí, pero hay que enten­der­la ya de una mane­ra nue­va; en eso tam­bién hay plan­tea­mien­tos pro­pios del siglo XXI. Las uto­pías del siglo XIX eran pre­di­car lo impo­si­ble… Se hacían expe­rien­cias en los falans­te­rios, expe­rien­cias de socie­da­des en las que pre­sun­ta­men­te la gen­te iba a ser rica y feliz… Ese tipo de uto­pías no ten­drían sen­ti­do aho­ra, no se pue­de pro­me­ter la feli­ci­dad. La feli­ci­dad no es posi­ble si se tra­ta de la exis­ten­cia huma­na, por­que ésta tie­ne algo de tra­ge­dia y algo de come­dia; se basa en una espe­cie des­ti­na­da a la enfer­me­dad, a la vejez y a la muer­te. Con esos aspec­tos no se pue­de decir «bueno, a pesar de todo, vamos a ser feli­ces». Vamos a ver esta situa­ción y hacer una filo­so­fía que ten­ga en cuen­ta ese doble aspec­to de las cosas: el agó­ni­co y el prác­ti­co.

La acti­vi­dad huma­na es una pra­xis his­tó­ri­ca, pero tam­bién es una ago­nía por­que esos que prac­ti­can la his­to­ria tam­bién mue­ren. Muchas veces la lite­ra­tu­ra y el tea­tro no han teni­do en cuen­ta ese doble aspec­to de la reali­dad huma­na: lo cómi­co y lo prác­ti­co o lo paté­ti­co y lo dia­léc­ti­co.

Ya no se hace tan­to tea­tro polí­ti­co como antes. Sin embar­go, no fal­tan moti­vos. ¿Qué ocu­rre?

[Son­ríe] Sí, el tea­tro siem­pre ha ido a ras­tras; no es una cosa nue­va tam­po­co; siem­pre ha ido a ras­tras de la reali­dad. Están ocu­rrien­do cosas que el tea­tro no refle­ja o lo refle­ja con retra­so.

En los últi­mos años del fran­quis­mo hubo una espe­cie de hiper­po­li­ti­za­ción de los gru­pos de tea­tro, que hacían tea­tro para hacer polí­ti­ca. Los par­ti­dos esta­ban prohi­bi­dos y los gru­pos tea­tra­les ocu­pa­ban el vacío; muchos gru­pos tuvie­ron ese fon­do hiper­po­lí­ti­co, que a veces no era bueno tam­po­co, por­que la hiper­po­lí­ti­ca pro­du­ce mucho des­cui­do a veces de lo esté­ti­co y una obra esté­ti­ca­men­te mala es polí­ti­ca­men­te inú­til; ése era un sacri­fi­cio com­ple­ta­men­te ton­to: sacri­fi­car la cali­dad esté­ti­ca al obje­ti­vo polí­ti­co. Así que no es que se hicie­ra un buen tea­tro, pero se hizo tea­tro polí­ti­co.

Cuan­do mue­re Fran­co y empie­za la refor­ma en lugar de la rup­tu­ra, des­apa­re­ce la cen­su­ra pre­via obli­ga­to­ria y se lega­li­zan los par­ti­dos polí­ti­cos, inclui­do el PCE. Enton­ces las gen­tes del tea­tro hiper­po­li­ti­za­do dije­ron «ya ha ter­mi­na­do nues­tra res­pon­sa­bi­li­dad, ya hay par­ti­dos polí­ti­cos, ya no hay cen­su­ra, enton­ces aho­ra haga­mos lo que nos dé la gana». Y la liber­tad que se toma­ron fue muy míni­ma y casi ridí­cu­la a veces, por­que fue cuan­do empe­za­ron a mos­trar­se des­nu­dos tota­les en los esce­na­rios y el len­gua­je se pobló de pala­bro­tas. Y eso era la liber­tad… así que el tea­tro se que­dó en eso. Y algu­nos de los auto­res que habían apa­dri­na­do ideas de un tea­tro polí­ti­co pro­pia­men­te dicho que­da­ron mar­gi­na­dos enton­ces; o sea, que la cen­su­ra no les tenía que prohi­bir ya por­que eran las com­pa­ñías las que no se intere­sa­ban por sus obras. Ya no era nece­sa­ria la cen­su­ra. Esa situa­ción está vigen­te.

¿Podría ser una mane­ra de auto­cen­su­ra para esqui­var situa­cio­nes incó­mo­das?

Sí, cla­ro. Es lo mis­mo que ocu­rrió duran­te el fran­quis­mo. El posi­bi­lis­mo que decía Bue­ro Valle­jo era una pos­tu­la­ción de una auto­cen­su­ra. Nos auto­cen­su­rá­ba­mos todos de algu­na for­ma. Yo hice una obra sobre la tor­tu­ra pero si que­ría estre­nar­la en Madrid ‑como quería‑, no podía ubi­car la acción en Madrid. La puse en una Arge­lia más o menos ima­gi­na­ria, pero lo que yo tra­ta­ba de denun­ciar era la tor­tu­ra en Espa­ña. Cuan­do esta obra se tra­du­jo al ruso para repre­sen­tar en Mos­cú, el tra­duc­tor me pre­gun­tó si me impor­ta­ba situar la acción en Madrid. «No sola­men­te no me impor­ta ‑le dije- sino que es lo que yo habría hecho de haber sido posi­ble». Y en Mos­cú se titu­ló «Madrid no duer­me de noche». Eso quie­re decir que yo mis­mo me había auto­cen­su­ra­do para poder estre­nar la obra en Madrid; por eso era injus­to que Bue­ro Valle­jo me acu­sa­ra de impo­si­bi­lis­ta ‑decía que yo escri­bía para que me prohi­bie­ran las obras-. No, yo era un poco más radi­cal que él, nada más.

¿La auto­cen­su­ra es una sofis­ti­ca­ción de la cen­su­ra?

Sí.

Ofi­cial­men­te no exis­te cen­su­ra. ¿Qué le pare­ce?

Sí exis­te, sí exis­te… La cen­su­ra se ha repro­du­ci­do de dis­tin­tas for­mas. Los pro­gra­ma­do­res de los tea­tros son los actua­les cen­so­res. Y no es que ten­gan una cen­su­ra sola­men­te ideo­ló­gi­ca, tie­nen tam­bién una cen­su­ra más tri­vial. Por ejem­plo, una obra mía no la pro­gra­ma­ba nadie por­que decían que era tris­te; o sea que eran cen­so­res con­tra lo tris­te. Pero déje­me usted que haga una obra tris­te si quie­ro expre­sar mi tris­te­za. «Sí, cla­ro, pero los espec­ta­do­res no van a venir..» Enton­ces me cen­su­ra­ban esa obra no por­que fue­ra anti­fran­quis­ta ni con­tra la dic­ta­du­ra sino por­que era tris­te…

Por su com­pro­mi­so polí­ti­co ha sido un autor silen­cia­do. Usted mis­mo ha reco­no­ci­do encon­trar­se «en el dis­cre­to encan­to de la mar­gi­na­ción». ¿Ha sen­ti­do sole­dad en algún momen­to?

Sí, una sole­dad en com­pa­ñía, sí… Pero qui­zá eso es pro­pio de los poe­tas en gene­ral y de los dra­ma­tur­gos en par­ti­cu­lar. Encon­trar­se un poco des­co­lo­ca­do con rela­ción a la mar­cha gene­ral de las cosas en la socie­dad pro­du­ce sole­dad.

Tres años sin Eva Forest… ¿Qué supu­so Eva en su vida?

Toda­vía no estoy en con­di­cio­nes de hablar de Eva con tran­qui­li­dad, pero si se pue­de decir en pocas pala­bras lo diré, y es que Eva es… Gra­cias a ella se pro­du­jo la deri­va vas­ca de nues­tra fami­lia. Si no hubie­ra sido por ella pro­ba­ble­men­te yo esta­ría aho­ra en Madrid, en un pisi­to allí, en no sé don­de, amar­ga­do de la vida. No sé si yo mis­mo me habría lle­ga­do a ente­rar bien de lo que es este país por­que a lo mejor esta­ba tam­bién igno­rán­do­lo ¿no? No creo, por­que ya cono­cía bas­tan­te como para seguir estu­dian­do el tema. Y bueno, somos vas­cos por­que Eva deseó que lo fué­ra­mos y lo hizo.

En sus con­ver­sa­cio­nes ínti­mas con su Som­bra, señor Sas­tre, ¿hay pre­gun­tas sin res­pues­ta?

Sí, todas las pre­gun­tas no tie­nen res­pues­ta. Nin­gu­na pre­gun­ta tie­ne una res­pues­ta cla­ra, deci­di­da y defi­ni­ti­va. Las res­pues­tas que yo doy a la Som­bra o que la Som­bra me da a mí son apro­xi­ma­cio­nes a una res­pues­ta que desea­ría­mos defi­ni­ti­va y que sabe­mos que no lo es. Son res­pues­tas para hoy y pre­gun­tas para maña­na. Anda­mos así, un tan­to errá­ti­cos a veces, pero tra­ta­mos de que las res­pues­tas sean lo más pre­ci­sas posi­ble.

Yo estoy en con­tra de lo que hace unos años se lla­mó en Euro­pa el pen­sa­mien­to débil. Era una for­ma de crí­ti­ca a los comu­nis­tas esta­li­nia­nos: mejor tener un pen­sa­mien­to débil que tener un pen­sa­mien­to dog­má­ti­co. Yo esta­ba de acuer­do en que el pen­sa­mien­to no debe ser dog­má­ti­co, por­que si es dog­má­ti­co no es pen­sa­mien­to, pero no esta­ba de acuer­do en con­for­mar­me con un pen­sa­mien­to débil. Habrá que inten­tar, por lo menos, que nues­tro pen­sa­mien­to ten­ga una cier­ta for­ta­le­za; habrá que bus­car las razo­nes por las que se pue­da plan­tear que deter­mi­na­da cosa que deci­mos es sóli­da y no es algo oca­sio­nal que va a ser men­ti­ra maña­na, sino que va a seguir sien­do ver­dad maña­na y pasa­do y mucho tiem­po. Los gran­des pen­sa­do­res han teni­do pen­sa­mien­tos que hoy son toda­vía vigen­tes.

Noso­tros desea­mos tener un pen­sa­mien­to que per­sis­ta duran­te tiem­po, aun­que la Som­bra y yo no somos pen­sa­do­res pro­pia­men­te dicho, sino pen­sa­ti­vos [risas]; sabe­mos que lo que deci­mos siem­pre pue­de resul­tar que no es cier­to…

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *