Can­te­mos otra vez «L’estaca»- Anto­nio Álva­rez-Solís

En estos días se encien­den en mí las mag­ní­fi­cas horas cata­la­nas en que nos reu­nía­mos con Lluis Llac ‑mi que­ri­do y vie­jo ami­go- para can­tar uni­dos al abue­lo Siset «L“estaca». «¿No ves ‑le decía­mos a Siset- la esta­ca a la que esta­mos todos ata­dos?». Aque­lla her­mo­sa can­ción fina­li­za­ba con el lla­ma­mien­to al com­ba­te por la liber­tad: «Si esti­rem tots, ella cau­rá y molt de temps no pot durar/​Segúr que tom­ba, tom­ba, tom­ba, ben cor­ca­da deu ser ja./ Si jo esti­ro fort per aquí i tu l´estires fort per allá/​segur que tom­ba, tom­ba, tomba/​i ens podrem alli­be­rar». No hace fal­ta la tra­duc­ción. Si aca­so sub­ra­yar eso de «ben cor­ca­da deu ser ja», es decir, «bien car­co­mi­da debe estar ya» la esta­ca.

Pero, des­gra­cia­da­men­te, sigue estan­do ahí la esta­ca, menos «cor­ca­da» de lo que creía­mos. La can­ción a la liber­tad dio la vuel­ta al mun­do. La ento­na­ban las mul­ti­tu­des anti­fas­cis­tas, que creían, con la inge­nui­dad de todos los pue­blos, que era lle­ga­do el momen­to de la jus­ti­cia y de la liber­tad. Eras inmen­sas aque­llas mul­ti­tu­des. ¡Qué fal­ta nos haces otra vez, Lluis, por­que el fas­cis­mo sigue ahí! Como en el cuen­to de Mon­te­rro­so, tan esplén­di­do por bre­ve: «Cuan­do des­per­tó, el dino­sau­rio toda­vía esta­ba allí». Aho­ra esta­mos des­per­tan­do de la ilu­sión des­men­ti­da y com­pro­ba­mos que el dino­sau­rio sigue ins­ta­la­do en la reali­dad. ¿Mas don­de están las mul­ti­tu­des que fes­to­nea­ban la calle de espe­ran­za? Mul­ti­tu­des uni­das con un fuer­te lazo soli­da­rio.

La gran huel­ga del Metro de Madrid ha des­nu­da­do una mul­ti­tud de cosas. La prin­ci­pal se refie­re a la reti­cen­cia de muchos ciu­da­da­nos del común, que han leí­do la huel­ga como una agre­sión a su como­di­dad y no como una arries­ga­da opo­si­ción obre­ra a la polí­ti­ca anti­so­cial del Gobierno Agui­rre. El sis­te­ma ha cala­do las almas de un modo que tar­da­re­mos en supe­rar. El para­dig­ma del ciu­da­dano hace años que no es ya el tra­ba­ja­dor hon­ra­do que lucha con­tra la ser­vi­dum­bre, sino el que ha logra­do enca­ra­mar­se sobre la gran pirá­mi­de de los explo­ta­dos y se exhi­be en la cús­pi­de.

Debe­ría­mos vol­ver con urgen­cia al len­gua­je cla­ro y vul­gar. Sí, debe­ría­mos hablar otra vez de los explo­ta­dos y de la explo­ta­ción. La capa­ci­dad del sis­te­ma para con­ta­mi­nar­nos con un len­gua­je vicio­so ha sido inmen­sa. Una gran par­te de la ciu­da­da­nía pare­ce huir de sí mis­ma para con­tem­plar con arro­bo las gran­des cum­bres de la extor­sión y la vio­len­cia moral y físi­ca. Al menos, con­tem­plar­las con esa fra­se letal del «esto es lo que hay». La razón inven­ta­da de los domi­na­do­res se ha con­ver­ti­do en la razón úni­ca y esen­cial: la razón inevi­ta­ble.

Se habla de las huel­gas pode­ro­sas como de huel­gas «sal­va­jes», enten­dien­do por sal­va­je lo que está lejos de la razón domi­nan­te. La pre­si­den­ta de la Comu­ni­dad de Madrid hala­ga a las masas iner­tes dicien­do que han sido «toma­das como rehé­nes de los huel­guis­tas». ¡Un secues­tro! La huel­ga ha sido un secues­tro para la Sra. Agui­rre. Y soli­ci­ta, con abso­lu­to cinis­mo, que se endu­rez­ca aún más la legis­la­ción con­tra este tipo de pro­tes­tas. Espa­ña, cla­ma, «nece­si­ta una ley de huel­ga que no se ha hecho en el país en trein­ta años de demo­cra­cia». Más Poli­cía, más jue­ces, más repre­sión, más pen­sa­mien­to úni­co. En nin­gún momen­to admi­te la pre­si­den­ta de la Comu­ni­dad de Madrid que mer­ced a las huel­gas, rega­das con la san­gre de los huel­guis­tas en tan­tos casos, sur­gió el lla­ma­do esta­do del bien­es­tar, que aho­ra yace en rui­nas. Es más, no dice la Sra. Agui­rre que gra­cias a los duros movi­mien­tos socia­les, cuan­do esta­ban aún ali­men­ta­dos por el espí­ri­tu de cla­se, la mis­ma bur­gue­sía hubo de mejo­rar sus méto­dos de pro­duc­ción y su len­gua­je social, lo que, dicho sea de paso, le per­mi­tió redon­dear sus arcas. Aho­ra quie­re la Sra. Agui­rre, en un rap­to de demo­cra­cia urgen­te y selec­ta, una demo­cra­cia olím­pi­ca, que los tra­ba­ja­do­res se entre­guen ya sin con­di­cio­nes en nom­bre nada menos que de la patria.

Y tras ella no sola­men­te están los socia­lis­tas des­lea­les a su memo­ria y su polí­ti­ca fun­da­cio­nal o los comu­nis­tas que han con­ver­ti­do la auto­crí­ti­ca en una con­fe­sión fal­sea­da, sino los mis­mos sin­di­ca­tos esta­ta­les ‑par­te acti­va y fur­ti­va del Esta­do son con evi­den­cia- que se han con­ver­ti­do en lubri­can­te para que pene­tre con sua­vi­dad la injus­ti­cia gene­ra­li­za.

Sí, hay que vol­ver al vie­jo len­gua­je que uti­li­za­ron nues­tros abue­los para ense­ñar­nos que la dig­ni­dad huma­na no pue­de envol­ver­se en los folios de un cate­cis­mo social per­ver­ti­do. Ese len­gua­je que vuel­vo a escu­char en Eus­ka­di, en una par­te rena­cien­te de Cata­lun­ya, en el París de los gran­des recuer­dos revo­lu­cio­na­rios, en lo que que­da del espar­ta­quis­mo ale­mán, en los paí­ses que no quie­ren ya vivir en un ter­ce­ris­mo cri­mi­nal. Ahí hay que escar­bar para retor­nar al pre­sen­te las raí­ces de la lucha de cla­ses. Por­que las cla­ses exis­ten aún-¿pero no lo ves, abue­lo Sisé?- con una evi­den­cia más des­car­na­da y dra­má­ti­ca.

Empe­ce­mos por rena­cer algu­nos con­cep­tos que tra­tan de devol­ver­nos a la demo­cra­cia y a la liber­tad. No tema­mos a que la huel­ga sea cali­fi­ca­da de «sal­va­je», que para un tra­ba­ja­dor equi­va­le a huel­ga con todas sus con­se­cuen­cias. Ni nos tor­ne­mos teme­ro­sos ante la uti­li­za­ción de la lega­li­dad como medi­da jus­ta de todas las cosas. Hay que dis­cu­tir la entra­ña de esa lega­li­dad ¿Pues de qué lega­li­dad nos hablan? ¿De esa lega­li­dad mons­truo­sa en cuya cons­truc­ción están aho­ra empe­ña­dos los «oku­pas» del Esta­do? ¿De esa lega­li­dad que impe­di­rá radi­cal­men­te que la izquier­da patrió­ti­ca vas­ca no sólo pue­da ser veta­da elec­to­ral­men­te antes de los comi­cios sino des­pués que las urnas hayan deci­di­do? ¿Cómo es posi­ble que los par­ti­dos que dis­po­nen del Par­la­men­to pue­dan hablar de ile­gi­ti­mi­dad por «con­ta­mi­na­ción» de una lis­ta vota­da ya; de examen micros­có­pi­co de los elec­tos para dic­ta­mi­nar la lla­ma­da «incom­pa­ti­bi­li­dad sobre­ve­ni­da», argu­men­ta­da escan­da­lo­sa­men­te por quie­nes mane­jan la lega­li­dad como si fue­ra «l’es­ta­ca»?

¿Pero a dón­de ha lle­ga­do la volun­tad fas­cis­ta triun­fan­te en las últi­mas gue­rras y enco­va­da en las ins­ti­tu­cio­nes más ele­va­das? Hablan de que la ile­ga­li­za­ción actua­ría si esa izquier­da nacio­na­lis­ta vol­vie­ra a las anda­das. ¿Qué es vol­ver a las anda­das? ¿Pedir poder y liber­tad? ¿Aca­so sos­te­ner la aspi­ra­ción polí­ti­ca a la inde­pen­den­cia? Las fra­ses res­ta­llan como un láti­go de sie­te colas. Los negros inqui­si­do­res entra­rán en las almas por ver si son ben­di­tas o nefan­das. Guar­dias, más guar­dias. Leyes, más leyes. Jue­ces, más jue­ces. El muro de Ber­lín sir­ve para tapar los sinies­tros muros que se mul­ti­pli­can en el mun­do.

A muchos ha deja­do de impor­tar­nos el Dere­cho, si es el Dere­cho de ellos. De impor­tar­nos los tri­bu­na­les, si son los tri­bu­na­les de ellos. No impor­tan siquie­ra los tra­ba­ja­do­res, si son los que han acep­ta­do el cate­cis­mo de la jerar­quía. No impor­tan las leyes de la dic­ta­du­ra expri­mi­da en el vaso de la demo­cra­cia de ellos para con­ver­tir­la en un agua­do zumo de liber­tad. Lo he leí­do en un enva­se legal: «Este pro­duc­to tie­ne un 14% de fru­ta y no con­tie­ne azú­car». Nada de azú­car que ali­men­ta las neu­ro­nas. Las cosas han de ser de régi­men. Una demo­cra­cia de régi­men ¿Pero de qué régi­men? Ahí está la cues­tión.

¿Por qué ese horror ante las huel­gas sal­va­jes? Quie­ren huel­guis­tas con zapa­ti­llas de seda, que se exta­síen ante las noti­cias de mayor lec­tu­ra. Por ejem­plo, que Cris­tiano Ronal­do ha teni­do un niño de madre des­co­no­ci­da. Figu­ra en pri­mer lugar en las audien­cias o las lec­tu­ras.

Ha cam­bia­do mucho el mun­do. Antes, cuan­do aún no se había inven­ta­do el ADN, exis­tían hijos de padre des­co­no­ci­do. Nor­mal­men­te aca­ba­ban en un orfa­na­to y se les impo­nía el nom­bre de Expó­si­to, para dejar las cosas cla­ras. Ahí esta­ba la con­ta­mi­na­ción. Aho­ra exis­ten los hijos de madre des­co­no­ci­da. Son hijos de par­to sal­va­je. Su padre es Zeus.

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