Menos mal que nos que­da el AVE – Car­los Tai­bo

Que el cacarea­do com­pro­mi­so del Gobierno espa­ñol con los dere­chos socia­les era pura retó­ri­ca y que su acep­ta­ción del cre­do neo­li­be­ral, antes como aho­ra, no mues­tra fisu­ras, lo sabía­mos des­de tiem­po atrás. Por ello hoy sobran las razo­nes para dejar un momen­to el pre­sen­te y vol­car nues­tra aten­ción en un futu­ro mar­ca­do por la zozo­bra. Una bue­na guía para hacer­lo la ofre­cen las decla­ra­cio­nes que algu­nos pre­si­den­tes auto­nó­mi­cos, de dis­par ads­crip­ción par­ti­da­ria, han rea­li­za­do en los últi­mos tiem­pos. Creo que no las dis­tor­siono cuan­do las resu­mo así: no me impor­ta que se can­ce­len todas las demás inver­sio­nes, siem­pre y cuan­do no me toquen las des­ti­na­das a la alta velo­ci­dad ferro­via­ria.
Seme­jan­te opción tie­ne su miga en un momen­to en el que, por plan­tear la cues­tión en sus dos gran­des dimen­sio­nes, la situa­ción social ha expe­ri­men­ta­do un visi­ble dete­rio­ro y los dere­chos de las gene­ra­cio­nes veni­de­ras –vía agre­sio­nes medioam­bien­ta­les y ago­ta­mien­to de recur­sos– se hallan en peli­gro. Nada retra­ta mejor la sin­ra­zón de nues­tros gober­nan­tes, tirios y tro­ya­nos, que esa lamen­ta­ble hui­da hacia ade­lan­te que invi­ta a con­cluir que resol­ve­re­mos muchos de nues­tros pro­ble­mas si lle­ga­mos de San­tan­der a Madrid en dos horas y media.
Así las cosas, lo suyo es que exa­mi­ne­mos qué es lo que, en ámbi­tos varios, aca­rrea la alta velo­ci­dad ferro­via­ria, una cabal metá­fo­ra de las mise­rias que tene­mos entre manos. Bueno será que empe­ce­mos con el recor­da­to­rio del des­tro­zo medioam­bien­tal que pro­vo­ca la cons­truc­ción de las líneas corres­pon­dien­tes, nun­ca toma­do en con­si­de­ra­ción, por cier­to, en los cálcu­los de cos­te y bene­fi­cio que se nos ofre­cen por doquier. En un terreno pró­xi­mo, no está de más agre­gar que la irrup­ción de las nue­vas líneas de alta velo­ci­dad no se ha sal­da­do en el retro­ce­so augu­ra­do en los trans­por­tes aéreo y por carre­te­ra, capa­ces de ofre­cer a menu­do tari­fas más bara­tas. Aun­que la alta velo­ci­dad ferro­via­ria recla­ma un con­su­mo de ener­gía menor que el que exi­ge el avión, se impo­ne recor­dar que un tren que se mue­ve a 300 km por hora con­su­me nue­ve veces más ener­gía que otro que lo hace a 100. No nos encon­tra­mos, pues, ante nin­gu­na bico­ca ener­gé­ti­ca –tan­to más cuan­to que no es la que nos ocu­pa la mejor fór­mu­la para lidiar con el trans­por­te de mer­can­cías– y sí ante un medio de trans­por­te visi­ble­men­te dila­pi­da­dor de recur­sos cada vez más esca­sos.
Hora es esta de sub­ra­yar, en para­le­lo, algo fácil de com­pro­bar: entre noso­tros, la cons­truc­ción de nue­vas líneas de alta velo­ci­dad se ha sola­pa­do en el tiem­po con el cie­rre de muchas de las líneas del ferro­ca­rril con­ven­cio­nal. Seme­jan­te cie­rre se ha jus­ti­fi­ca­do sobre la base del pre­sun­to carác­ter no ren­ta­ble de estas últi­mas. Tie­ne uno la obli­ga­ción de pre­gun­tar­se, sin embar­go, qué habría ocu­rri­do si los recur­sos faraó­ni­cos asig­na­dos a la cons­truc­ción de las líneas de alta velo­ci­dad –y los des­ti­na­dos a per­fi­lar pres­cin­di­bles auto­vías en una lamen­ta­ble apues­ta por el trans­por­te pri­va­do– se hubie­sen des­ti­na­do a moder­ni­zar el tren con­ven­cio­nal. ¿Podría­mos afir­mar enton­ces que este últi­mo no sería ren­ta­ble?
Demos un paso más y recor­de­mos que la alta velo­ci­dad ferro­via­ria mejo­ra las comu­ni­ca­cio­nes entre las ciu­da­des, lógi­ca­men­te gran­des, que están en los extre­mos de las líneas corres­pon­dien­tes. En su caso bene­fi­cia tam­bién a algu­nas loca­li­da­des que se hallan a mitad de camino. Todo ello a cos­ta, cla­ro es, de pro­pi­ciar un dete­rio­ro en la situa­ción de todos los demás, en vir­tud de un estric­to pro­yec­to de deser­ti­za­ción ferro­via­ria. Recuer­de el lec­tor, y paso a pro­po­ner un ejem­plo, que en Gali­cia se está cons­tru­yen­do una línea de alta velo­ci­dad que debe comu­ni­car A Coru­ña y Vigo. A poco que uno exa­mi­ne el tra­za­do, des­cu­bre que ine­quí­vo­ca­men­te el AVE va a pro­vo­car la des­apa­ri­ción del ferro­ca­rril con­ven­cio­nal, dejan­do sin un ser­vi­cio públi­co de tren a un sin­fín de loca­li­da­des que des­de varios dece­nios atrás dis­fru­ta­ban de este últi­mo. Dicho sea de paso: ardo en deseos de com­pro­bar cómo el tren de alta velo­ci­dad ace­le­ra en su sali­da de la esta­ción de Vila­gar­cía de Arou­sa para fre­nar inme­dia­ta­men­te y entrar en la de Pon­te­ve­dra, ¡a 25 km de dis­tan­cia!
Dejo para el final lo que pare­ce más impor­tan­te. En las pági­nas de este perió­di­co, ya hice eco en su momen­to de una fra­se que escu­ché hace años en labios de un cole­ga anda­luz. Mal que bien decía así: la alta velo­ci­dad ferro­via­ria es un ejem­plo de libro de cómo los inte­gran­tes de las cla­ses popu­la­res cele­bran con albo­ro­zo que con los impues­tos que pagan se per­fi­len líneas y tre­nes que sólo van a ser uti­li­za­dos por los inte­gran­tes de las cla­ses pudien­tes. Y es que, al fin y al cabo, ¿quién pre­ci­sa lle­gar de Valen­cia a Madrid en menos de dos horas? La res­pues­ta pare­ce sen­ci­lla: los eje­cu­ti­vos de las gran­des empre­sas, cuyo tiem­po es oro, y en gene­ral todos aque­llos que no tie­nen que pagar­se el via­je corres­pon­dien­te.
En una metá­fo­ra que lo dice todo, esta­mos tra­zan­do un sis­te­ma de trans­por­te públi­co ferro­via­rio sobre la base de los sin­gu­la­rí­si­mos intere­ses de una escue­ta mino­ría de la pobla­ción, mien­tras faci­li­ta­mos el dete­rio­ro de las posi­bi­li­da­des de trans­por­te de la mayo­ría o, en su caso, obli­ga­mos a esta a ras­car­se el bol­si­llo en bus­ca de unos euros que pre­ci­sa­men­te no sobran. Habla­mos, con toda evi­den­cia, de la mis­ma mise­ria que ha con­du­ci­do a nues­tros gober­nan­tes a res­ca­tar con dine­ro públi­co a un puña­do de ins­ti­tu­cio­nes finan­cie­ras que juga­ron abier­ta­men­te las car­tas de la espe­cu­la­ción, la bur­bu­ja inmo­bi­lia­ria y la con­ta­bi­li­dad crea­ti­va. Lo úni­co que hay que reco­no­cer a esos gober­nan­tes es, eso sí, con­se­cuen­cia: en todos los ámbi­tos obran igual. Feli­ci­da­des a los pre­si­den­tes auto­nó­mi­cos por su fina per­cep­ción de lo que el futu­ro nos recla­ma.

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