Repú­bli­ca vas­ca – Anto­nio Alva­rez Solís

Hablo lar­ga­men­te con gen­te de la varia­da izquier­da vas­ca y lle­go a una con­clu­sión que creo suges­ti­va: no pare­ce muy hace­de­ro un camino cla­ro para con­se­guir la auto­de­ter­mi­na­ción ‑el obje­ti­vo pri­me­ro y fun­da­men­tal- sin con­se­guir un enva­se común para el pro­duc­to. Como resul­ta obvio acla­rar, dejo apar­te en mis con­tac­tos a los socia­lis­tas. Para pro­ce­der así ten­go dos razo­nes que me pare­cen deter­mi­nan­tes: que el PSE no es sino una filial del PSOE, siem­pre opues­to a todo lo que sig­ni­fi­que liber­tad sobe­ra­na de los pue­blos penin­su­la­res, excep­tuan­do al espa­ñol, y que se tra­ta de un par­ti­do que hace ya muchos años que ha renun­cia­do a los prin­ci­pios que lo ori­gi­na­ron. Es un par­ti­do de escol­ta de los pode­res domi­nan­tes; hoy día del neo­li­be­ra­lis­mo. Ya no tie­ne ni esque­le­to ni estruc­tu­ra mus­cu­lar. Es un sim­ple apa­ra­to reple­to de esta­do jaco­bino. Y la polí­ti­ca que haya de cons­truir la socie­dad nue­va ha de pres­cin­dir de ambas cosas: de la inter­na­cio­nal jaco­bi­na y de la coac­ción colo­nial ejer­ci­da por los esta­dos actua­les.

Es decir, la situa­ción de muchos que se recla­man de izquier­da en Eus­ka­di es una situa­ción pura­men­te retó­ri­ca, dedi­ca­da a cons­truir apa­ra­tos que hablen de sí mis­mos en una visi­ble entre­ga al adver­sa­rio. Pre­fie­ro no hacer refe­ren­cia a nin­gu­na sigla y cen­trar­me en su mani­fies­ta inca­pa­ci­dad para pro­du­cir emo­cio­nes pro­fun­das que pon­gan y sos­ten­gan al pue­blo vas­co en la calle. Lo impor­tan­te es lo que se haya de hacer colec­ti­va­men­te como socie­dad autén­ti­ca­men­te aber­tza­le. Cómo y cuán­do.

Siguien­do ese sen­de­ro, he dado una vez más con lo que he pen­sa­do siem­pre: Eus­kal Herria nece­si­ta cons­truir ya su gran cen­tro de reu­nión para la sobe­ra­nía en la repú­bli­ca. Es pre­ci­sa la mani­fes­ta­ción de una Repú­bli­ca vas­ca que esté más allá de unos deter­mi­na­dos pro­ce­sos y acon­te­ce­res his­tó­ri­cos que sir­ven a los gobier­nos de Madrid como pozos de tira­dor con­tra la nación eus­kal­dun. No se tra­ta, diga­mos de ante­mano, de la III Repú­bli­ca espa­ño­la, sino de la Repú­bli­ca vas­ca en cuyo seno se pue­da edi­fi­car un mode­lo de socie­dad cuyas raí­ces están secu­lar­men­te arrai­ga­das en la tie­rra vas­ca. Una repú­bli­ca don­de sean posi­bles los dife­ren­tes pen­sa­mien­tos polí­ti­cos que sur­jan de la pro­pia reali­dad vas­ca y no sean, por tan­to, inci­ta­cio­nes o impo­si­cio­nes aje­nas.

Una repú­bli­ca que pue­da levan­tar o con­so­li­dar su genui­na eco­no­mía, que faci­li­te a Eus­ka­di sus pro­pios con­tac­tos con el exte­rior, que deci­da sobre el nece­sa­rio pro­gre­sis­mo social para inu­ti­li­zar cier­tos tor­ni­que­tes, que pue­da pro­cla­mar su sin­gu­la­ri­dad lin­güís­ti­ca a todos los efec­tos, que haga posi­ble su corres­pon­dien­te fun­cio­na­mien­to ins­ti­tu­cio­nal en el seno de la mul­ti­ce­lu­la­ri­dad de la socie­dad vas­ca, que no haya de acep­tar el dik­tat de Madrid en cuan­to se roza cual­quier mate­ria estra­té­gi­ca, que posea jus­ti­cia pro­pia y que entre en el con­cier­to de los pue­blos con la sen­ci­llez sobe­ra­na de cual­quier nación nor­mal­men­te cons­ti­tui­da.

¿Qué podría hacer sóli­da­men­te Madrid si una gran orga­ni­za­ción repu­bli­ca­na aber­tza­le, es decir, de ver­da­de­ros patrio­tas vas­cos, se pre­sen­ta­se a cual­quie­ra de las elec­cio­nes habi­tua­les? ¿Decla­rar, con escán­da­lo uni­ver­sal, que se tra­ta de ile­ga­li­zar una red terro­ris­ta o de inva­li­dar un par­ti­do por anti­cons­ti­tu­cio­nal? Si esa orga­ni­za­ción se carac­te­ri­za por su núme­ro y pre­sen­cia en la calle, de la mano de sin­di­ca­tos, uni­ver­si­da­des, aso­cia­cio­nes de veci­nos, pre­sen­cia masi­va de la mujer, ins­ti­tu­cio­nes depor­ti­vas y otras varia­das for­ma­cio­nes colec­ti­vas, ¿podría Madrid hablar ridí­cu­la­men­te de una manio­bra de «la ban­da» o de un nue­vo arti­fi­cio del «entorno»? En esa orga­ni­za­ción repu­bli­ca­na han de caber todos los que com­po­nen la socie­dad vas­ca movi­dos por un úni­co moti­vo ini­cial e his­tó­ri­co: el logro de una nación libre. Es una orga­ni­za­ción para cru­zar el desier­to esta­tal en bus­ca del defi­ni­ti­vo y pro­pio asen­ta­mien­to.

El mun­do actual sabe ya que sola­men­te las gran­des emo­cio­nes pue­den supe­rar los gran­des frau­des. Día a día, y en el terreno fun­da­men­tal­men­te eco­nó­mi­co que arras­tra al fon­do la nave social, los pue­blos van des­cu­brien­do que les ha men­ti­do no sola­men­te el Esta­do grie­go, sino el espa­ñol, el por­tu­gués, el bri­tá­ni­co, el ale­mán… Ha men­ti­do la cesá­rea direc­ción nor­te­ame­ri­ca­na. Detrás del cre­ci­mien­to que pre­di­ca­ban impa­ra­ble los gran­des char­la­ta­nes del sis­te­ma no había otra cosa que rapa­ci­dad, vio­len­cia, into­le­ran­cia, men­ti­ra ancha como el océano. No es cier­to que la catás­tro­fe final pro­du­ci­da por el neo­li­be­ra­lis­mo ‑el fas­cis­mo que ope­ra ya al des­cu­bier­to- sea con­se­cuen­cia de unos con­cre­tos erro­res come­ti­dos por unos deter­mi­na­dos diri­gen­tes mal vigi­la­dos. El inmen­so seís­mo ha sido pro­du­ci­do por el pro­yec­to cal­cu­la­do para la expo­lia­ción. Un pro­yec­to que apa­re­cía, mane­ja­do muchas veces a dis­tan­cia, para encen­der la gue­rra o para arrui­nar a nacio­nes ente­ras y que, al final, se ha devo­ra­do a sí mis­mo, por­que el mons­truo se ena­mo­ró de su pro­pia mons­truo­si­dad. No vale a la razón que aho­ra se diga que se pro­ce­de­rá con­tra los auto­res del uni­ver­sal desa­gui­sa­do, por­que los que han pre­ci­pi­ta­do la rui­na en las vidas de los tra­ba­ja­do­res han sido los que aho­ra pro­cla­man que lle­va­rán a cabo la risi­ble vigi­lan­cia. ¿El algua­cil algua­ci­la­do? A quie­nes sos­tie­nen esa pos­tu­ra hay que decir­les que su momen­to ha pasa­do por­que ellos son sim­ple­men­te su pro­pio momen­to. Que fue­ra de ellos úni­ca­men­te que­da la espe­ran­za de unos pue­blos libe­ra­dos que habrán de come­ter muchos e inevi­ta­bles erro­res, que pro­ta­go­ni­za­rán innu­me­ra­bles equi­vo­ca­cio­nes, que habrán de des­nu­dar su pro­pia y enve­ne­na­da alma, pero que la vida posi­ble sólo resi­de ya en ellos, aun­que tra­ten de evi­tar­lo las armas de los que han deja­do inclu­so de ser sol­da­dos para ven­der­se como mer­ce­na­rios. Es hora de las nacio­nes ver­da­de­ras, no del gui­so revuel­to de las nacio­nes-esta­do. De ellas han de sur­gir esos movi­mien­tos repu­bli­ca­nos que, como indi­ca su pro­pia raíz filo­ló­gi­ca, han de cons­ti­tuir la pro­pia cosa autén­ti­ca­men­te públi­ca, rica y fruc­tí­fe­ra cuan­do ya haya repo­sa­do su gran explo­sión moral ini­cial en muchos casos.

Es rigu­ro­sa­men­te fal­so que la moral se fabri­que en unos ejer­ci­cios espi­ri­tua­les rea­li­za­dos en la casa cerra­da del que los con­vo­ca. ¡La calle, la calle! Nece­si­ta­mos una calle repu­bli­ca­na los que todos los días hemos de leer con cien ojos, para sor­tear el enga­ño, la gace­ta ofi­cial, a fin de ente­rar­nos de las cruel­da­des a que nos some­ten en nues­tro pro­pio nom­bre. ¡La calle! ¿Y qué es la calle sino la pro­tes­ta cons­tan­te con­tra las tor­tu­ras, con­tra los robos del sala­rio, con­tra la dig­ni­dad que­bran­ta­da del ciu­da­dano por la auto­ri­dad, con­tra la dei­fi­ca­ción de una cien­cia que no resuel­ve la pobre­za sino que enri­que­ce el popu­lo­so núme­ro de los des­ver­gon­za­dos, de unas igle­sias que con­vier­ten en bonos de la deu­da el agua ben­di­ta? ¡La calle, la calle!

Eus­ka­di sólo supe­ra­rá, creo yo, la gue­rra de tri­bus, algu­nas de las cua­les rin­den home­na­je al César o a sus cón­su­les, si acuer­da cons­truir un gran edi­fi­cio repu­bli­cano. La repú­bli­ca no es bue­na por su pro­pia esen­cia, sino por el gran con­te­ni­do his­tó­ri­co que casi siem­pre con­lle­va. Y no se tra­ta de con­ver­tir ese con­te­ni­do his­tó­ri­co en un sus­ti­tu­ti­vo de la libe­ra­ción hodier­na ‑la his­to­ria es mate­ria para la medi­ta­ción de la raíz‑, sino en una lan­za­de­ra de la fuer­za popu­lar para que ocu­pe el lugar que le corres­pon­de.

Déjen­se de dis­cu­sio­nes los peque­ños gurús ence­rra­dos en sus des­pa­chos sin más con­tac­to con el alma popu­lar que dos cele­bra­cio­nes anua­les y cal­cen las zapa­ti­llas de la mar­cha calle­je­ra para can­tar las ver­da­des del bar­que­ro a los solem­nes per­so­na­jes de la tra­pi­son­da. Hay que andar por­que andan­do apren­den los acei­tu­ne­ros de Jaén de quién son esos oli­vos ¡La calle, la calle!

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