Entrevistando imaginariamente a Marx sobre lo tratado en el capítulo VIII de “El Capital” (XXIV) Por Nicolás Urdaneta

¿Cómo res­pon­de el capi­tal ante las que­jas sobre el empo­bre­ci­mien­to físi­co y espi­ri­tual de la vida del obre­ro, sobre la muer­te pre­ma­tu­ra y el tor­men­to del tra­ba­jo exce­si­vo?

¿Qué es lo que la expe­rien­cia reve­la a los capi­ta­lis­tas, en gene­ral? Les reve­la una con­ti­nua super­po­bla­ción; es decir, algo que es super­po­bla­ción si se la rela­cio­na con las nece­si­da­des actua­les de explo­ta­ción del capi­tal, aun­que en reali­dad se tra­ta de una corrien­te for­ma­da por toda una serie de gene­ra­cio­nes huma­nas empo­bre­ci­das, pre­ma­tu­ra­men­te cadu­cas, que se des­pla­zan rápi­da­men­te las unas a las otras y que se arran­can antes de madu­rar, por decir­lo así. Cier­to es que lo que la expe­rien­cia reve­la al obser­va­dor cons­cien­te de la otra ban­da es cuán ace­le­ra­da y pro­fun­da­men­te ha mor­di­do en las raí­ces vita­les de las ener­gías del pue­blo la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, que, his­tó­ri­ca­men­te con­si­de­ra­da, data casi de ayer, como la dege­ne­ra­ción de la pobla­ción indus­trial sólo logra amor­ti­guar­se gra­cias a la absor­ción con­ti­nua de ele­men­tos vita­les pri­mi­ge­nios del cam­po y cómo has­ta los obre­ros cam­pe­si­nos, a pesar del aire libre y del prin­ci­pio de la selec­ción natu­ral, que rei­na entre ellos de un modo omni­po­ten­te, no dejan­do pros­pe­rar sino a los indi­vi­duos más vigo­ro­sos, comien­zan ya a cadu­car. El capi­tal, que tie­ne “tan­tas y tan fun­da­das razo­nes” para negar las tor­tu­ras de la gene­ra­ción tra­ba­ja­do­ra que le rodea, no se sien­te con­te­ni­do en sus movi­mien­tos prác­ti­cos ante la pers­pec­ti­va de que la huma­ni­dad lle­gue un día a pudrir­se, ni ante la cur­va de des­po­bla­ción que a la pos­tre nadie podrá dete­ner; todo esto le tie­ne tan sin cui­da­do como la posi­bi­li­dad de que la tie­rra lle­gue algún día a estre­llar­se con el sol. Todos los que espe­cu­lan con accio­nes saben que algún día ten­drá que esta­llar la tor­men­ta, pero todos con­fían en que esta­lla­rá sobre la cabe­za del vecino, des­pués que ellos hayan reco­gi­do y pues­to a buen recau­do la llu­via de oro. Des­pués de mí, el dilu­vio: tal es el gri­to y el lema de todos los capi­ta­lis­tas y de todas las nacio­nes de capi­ta­lis­tas. Por eso al capi­tal se le da un ble­do de la salud y la dura­ción de la vida del obre­ro, a menos que la socie­dad le obli­gue a tomar­las en con­si­de­ra­ción. A las que­jas sobre el empo­bre­ci­mien­to físi­co y espi­ri­tual de la vida del obre­ro, sobre la muer­te pre­ma­tu­ra y el tor­men­to del tra­ba­jo exce­si­vo, el capi­tal res­pon­de: ¿por qué va a ator­men­tar­nos este tor­men­to que es para noso­tros fuen­te de pla­cer (de ganan­cia)? Ade­más, todo eso no depen­de, en gene­ral, de la bue­na o mala volun­tad de cada capi­ta­lis­ta. La libre con­cu­rren­cia impo­ne al capi­ta­lis­ta indi­vi­dual, como leyes exte­rio­res inexo­ra­bles, las leyes inma­nen­tes de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta.

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