Por lo tan­to, cami­ne­mos, actue­mos- Ampa­ro Lashe­ras

Las pala­bras cri­sis, rece­sión, défi­cit, des­em­pleo, deu­da, infla­ción, esta­bi­li­dad, ajus­te pre­su­pues­ta­rio o refor­ma labo­ral se han con­ver­ti­do en voca­blos habi­tua­les que pen­den sobre los ciu­da­da­nos como la espa­da en la cabe­za de Damo­cles. Per­te­ne­cen al léxi­co más repe­ti­do en eco­no­mía, una cien­cia no exac­ta, que por su com­ple­ji­dad y sub­je­ti­vi­dad resul­ta com­pli­ca­da de enten­der cuan­do el ciu­da­dano de a pie inten­ta inda­gar en ella y ave­ri­guar por qué ha per­di­do el tra­ba­jo, por qué su poder adqui­si­ti­vo se encuen­tra por los sue­los y por qué los dere­chos labo­ra­les están en peli­gro de extin­ción, mien­tras empre­sa­rios, ban­cos, mul­ti­na­cio­na­les y los espe­cu­la­do­res inter­na­cio­na­les aumen­tan sus bene­fi­cios, aca­pa­ran el dine­ro públi­co y dis­fru­tan, con ale­gría y ale­vo­sía, de sus pri­vi­le­gios de rico. Es enton­ces cuan­do una tie­ne la sen­sa­ción de que, en algu­na par­te de las intrin­ca­das expli­ca­cio­nes eco­nó­mi­cas que ofre­cen exper­tos, polí­ti­cos y ana­lis­tas, alguien ha dado un espec­ta­cu­lar cor­te de man­gas a la mayo­ría social y en espe­cial a los tra­ba­ja­do­res.
Aco­me­ter la tarea de inter­nar­se en el cono­ci­mien­to y en los labe­rin­tos de la macro­eco­no­mía supo­ne una labor como míni­mo estre­san­te, sobre todo cuan­do se rea­li­za des­de un nivel cero, es decir, des­de el cono­ci­mien­to bási­co que se nece­si­ta para poder admi­nis­trar los recur­sos de un suel­do que se tam­ba­lea en una incer­ti­dum­bre cons­tan­te. Una vez roto el hie­lo de las pri­me­ras lec­tu­ras, el tra­ba­jo pier­de su aureo­la eli­tis­ta y baja a pie de calle. Es enton­ces, cuan­do los con­cep­tos se reco­lo­can en el lugar que corres­pon­de y se empie­za a enten­der lo que ya se sabía, que unos se que­dan con todo y otros con nada. A esta sen­ci­lla con­clu­sión los exper­tos y teó­ri­cos del capi­ta­lis­mo le lla­ma­rían dema­go­gia o reduc­ción sim­plis­ta del pro­ble­ma. Los que de ver­dad sufren los reve­ses eco­nó­mi­cos le deno­mi­na­mos reali­dad.
La eti­mo­lo­gía del tér­mino «eco­no­mía» indi­ca que se tra­ta de una pala­bra com­pues­ta de ori­gen grie­go que sig­ni­fi­ca admi­nis­trar la casa, el patri­mo­nio. A par­tir de esa idea y años des­pués de la caí­da del Anti­guo Régi­men, sur­gió el con­cep­to de eco­no­mía polí­ti­ca que no es otra cosa que la teo­ri­za­ción de cómo se debe rea­li­zar la admi­nis­tra­ción y el repar­to del patri­mo­nio, de los recur­sos o de la rique­za exis­ten­te en el mun­do. Has­ta la lle­ga­da del socia­lis­mo en el siglo XIX y la publi­ca­ción de «El Capi­tal», de Karl Marx, la idea úni­ca y pre­do­mi­nan­te en los asun­tos eco­nó­mi­cos fue favo­re­cer y dar el con­trol del sis­te­ma a una mino­ría sin tener en cuen­ta las nece­si­da­des y dere­chos de la mayo­ría.
Una vez que se le coge el tran­qui­llo, aden­trar­se en el cam­po de la eco­no­mía polí­ti­ca y de sus dife­ren­tes aná­li­sis, teo­rías y escue­las pue­de ser apa­sio­nan­te. Resul­ta asom­bro­so com­pro­bar los veri­cue­tos ideo­ló­gi­cos y téc­ni­cos, emplea­dos por la dere­cha y el gran capi­tal para con­ti­nuar man­te­nien­do la rique­za y el poder en manos de unos pocos, estruc­tu­ran­do con ello doc­tri­nas irre­fu­ta­bles e inal­can­za­bles, cuyo deba­te y acuer­do sólo se per­mi­ten en las éli­tes eco­nó­mi­cas y polí­ti­cas.
Sin embar­go, de la mis­ma for­ma que el pen­sa­mien­to eco­nó­mi­co ha mar­ca­do y sigue mar­can­do la evo­lu­ción y el orden del mun­do, tam­bién, pue­de ofre­cer la posi­bi­li­dad de cam­biar la direc­ción del sis­te­ma, evi­den­ciar las con­tra­dic­cio­nes capi­ta­lis­tas y pro­por­cio­nar las herra­mien­tas ade­cua­das para virar el timón hacia una admi­nis­tra­ción de los recur­sos mucho más equi­ta­ti­va con las mayo­rías, para lo cual es impres­cin­di­ble, ade­más de teo­ri­zar sobre la apli­ca­ción de polí­ti­cas enca­mi­na­das a un repar­to jus­to de la rique­za, luchar con ahín­co y deter­mi­na­ción para que eso suce­da.
Dicen que la cri­sis es par­te intrín­se­ca del sis­te­ma capi­ta­lis­ta y que, ade­más, sir­ve para for­ta­le­cer­lo. No alber­go nin­gu­na duda al res­pec­to. Ejem­plos en la his­to­ria, haber­los hay­los. No es nece­sa­rio recor­dar o ana­li­zar coyun­tu­ras pasa­das para dar fe de esa afir­ma­ción. El pre­sen­te, con su cri­sis actual, según dicen la más impor­tan­te des­de el crack de 1929, nos está ofre­cien­do, día tras día, el tes­ti­mo­nio per­fec­to.
Los espe­cu­la­do­res del capi­tal, agru­pa­dos en pode­ro­sas enti­da­des finan­cie­ras, con un poder tirá­ni­co sobre la eco­no­mía mun­dial, han des­en­ca­de­na­do y glo­ba­li­za­do una cri­sis a su medi­da, dejan­do a los tra­ba­ja­do­res y a las cla­ses más des­fa­vo­re­ci­das al pie de los caba­llos. Y lo hacen des­pués de abrir las puer­tas del con­su­mis­mo y con­ven­cer­les, a tra­vés del endeu­da­mien­to masi­vo, de que ser bur­gués tie­ne un atrac­ti­vo ase­qui­ble y, lo que es peor, dura­de­ro. Que la segu­ri­dad ayu­da a defen­der lo que se tie­ne y que si son bue­nos, cola­bo­ran, acep­tan tra­ba­jar más con menos sala­rio y admi­ten que las velei­da­des del Esta­do de Bien­es­tar de la social­de­mo­cra­cia no son defen­di­bles en esta coyun­tu­ra, reci­bi­rán un pre­mio ¿Qué? No se sabe. Tal vez, olvi­dar el sig­ni­fi­ca­do de la pala­bra dig­ni­dad y, así, acos­tum­brar­se al mie­do y apren­der a matar la rebel­día sin remor­di­mien­tos éti­cos.
En este momen­to, el Ban­co Mun­dial y el FMI, los que cla­man por una urgen­te refor­ma labo­ral a la baja, son con­ti­nua­do­res del libe­ra­lis­mo empren­di­do por Adam Smith en el siglo XIX, cuyos prin­ci­pios moder­ni­zó la Escue­la de Chica­go, expo­nen­te cla­ro del neo­li­be­ra­lis­mo actual, inte­gra­da por un gru­po de pres­ti­gio­sos eco­no­mis­tas, lide­ra­dos por el Nobel de Eco­no­mía Mil­ton Fried­man para legi­ti­mar esta nue­va fase de acu­mu­la­ción capi­ta­lis­ta.
Tras la caí­da de la URSS, ambos orga­nis­mos apa­re­cen como la cara visi­ble y ofi­cial del capi­ta­lis­mo y de sus bene­fi­cia­rios direc­tos y como úni­co mode­lo posi­ble para todo el pla­ne­ta glo­ba­li­za­do. Han cogi­do con fir­me­za las rien­das eco­nó­mi­cas de Euro­pa, se han des­po­ja­do de sus ropa­jes pseu­do­de­mo­crá­ti­cos y diri­gen las polí­ti­cas labo­ra­les y socia­les de los gobier­nos con el talan­te auto­ri­ta­rio de quien se sabe segu­ro, fuer­te y res­pal­da­do. Exis­ta o no la cri­sis ver­da­de­ra, sea o no un ins­tru­men­to a favor de los intere­ses del capi­tal, la reali­dad es que las medi­das adop­ta­das para con­tra­rres­tar­la pre­ten­den aca­bar con los dere­chos labo­ra­les y socia­les, con­se­gui­dos por los tra­ba­ja­do­res a base de años de esfuer­zo, sufri­mien­to y lucha. Con ello el capi­ta­lis­mo actual cul­mi­na­ría el obje­ti­vo de un plan en el que vie­ne tra­ba­jan­do, cul­tu­ral, social y eco­nó­mi­ca­men­te, des­de hace años. Un pro­yec­to con­sen­sua­do con las fuer­zas polí­ti­cas más con­ser­va­do­ras de Euro­pa, con la social­de­mo­cra­cia y, lo que es más gra­ve, con el apo­yo de una gran par­te de la izquier­da. Una agen­da cal­cu­la­da que se ini­ció en el Tra­ta­do de Maas­tricht en 1992, con­ti­nuó en el de Lis­boa en 2007 y aho­ra ace­le­ra sus meca­nis­mos de cri­sis para des­man­te­lar a toda pri­sa el Esta­do de Bien­es­tar y abrir nue­vos cam­pos de nego­cio, pri­va­ti­zan­do ser­vi­cios públi­cos como la sani­dad, las pen­sio­nes o la edu­ca­ción y, de paso, retro­traer los dere­chos labo­ra­les a las con­di­cio­nes del siglo XIX y eli­mi­nar las rei­vin­di­ca­cio­nes de los tra­ba­ja­do­res has­ta con­ver­tir­los en agen­tes sumi­sos de su pro­pia derro­ta.
Sin embar­go, mire­mos la bote­lla medio lle­na. Por­que igual que el capi­ta­lis­mo se orga­ni­za, se estruc­tu­ra y desa­rro­lla plan­tea­mien­tos ideo­ló­gi­cos y eco­nó­mi­cos que le apun­ta­lan y refun­dan para seguir en pie y man­te­ner su hege­mo­nía, los tra­ba­ja­do­res tam­bién poseen unas teo­rías y un pen­sa­mien­to eco­nó­mi­co capaz de enfren­tar­se y con­tra­de­cir los des­ma­nes del neo­li­be­ra­lis­mo no sólo des­de la dia­léc­ti­ca, el deba­te o la retó­ri­ca, sino tam­bién des­de la acción y la uni­dad.
Una labor nece­sa­ria y urgen­te y en la que no se pue­de, ni se debe dar un paso atrás. Y menos en Eus­kal Herria, don­de la rei­vin­di­ca­ción del dere­cho a deci­dir y la sobe­ra­nía deben exten­der­se a una inde­pen­den­cia eco­nó­mi­ca en la que se arti­cu­le un nue­vo mar­co labo­ral que impul­se y res­pe­te los dere­chos de los tra­ba­ja­do­res.
Lo que está cla­ro y evi­den­te es que en la actual situa­ción, nadie nos va a rega­lar nada. Ni Espa­ña ni el capi­ta­lis­mo. Por lo tan­to cami­ne­mos, actue­mos, visua­li­ce­mos en la mayo­ría sin­di­cal vas­ca que los tra­ba­ja­do­res de Eus­kal Herria están vivos y dis­pues­tos a defen­der sus dere­chos como pue­blo y como cla­se. Al fin y al cabo la espa­da de Damo­cles sólo es una leyen­da de Sira­cu­sa, con­ta­da por Cice­rón sobre un tirano que lo tenía todo y no que­ría per­der el poder.

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