El des­per­ta­dor y otras sie­te his­to­rias sobre el tra­ba­jo- Pablo G.V

Ring, Ring!, sue­na el des­per­ta­dor. Son las sie­te de la maña­na. Esa infer­nal máqui­na nos lla­ma para que sal­ga­mos de nues­tro plá­ci­do sub­mun­do. Algo de nues­tra natu­ra­le­za nos hace resis­tir en la cama. Lo cor­ta­mos y vol­ve­mos a la pla­ci­dez… ¡Ring, Ring!… ya es inevi­ta­ble: otro día más de tra­ba­jo.
Esa es una sen­sa­ción que no es nue­va. Con el tra­ba­jo ya hay mal rollo des­de que el gori­la de bar­ba blan­ca nos echó a pata­das del Edén, y nos dijo aque­llo de: «te gana­rás el pan con el sudor de la fren­te». Todo un cas­ti­go divino. Des­de enton­ces, has­ta aho­ra, inclu­so se han lle­ga­do a san­ti­fi­car a vagos redo­ma­dos como San Isi­dro Labra­dor, cuyo mila­gro con­sis­te en que unos ánge­les le reem­pla­cen en el ara­do, o como apun­ta el genial Paul Lafar­gue, con el ejem­plo de Jeho­vá que «des­pués de seis días de tra­ba­jo se entre­gó al repo­so por toda la eter­ni­dad».
La refle­xión en torno al tra­ba­jo siem­pre ha esta­do ins­ta­la­da en el sen­ti­do común: ¿tra­ba­ja­mos para vivir o vivi­mos para tra­ba­jar?, o ya en un esta­do de con­cien­cia mayor, ¿para quién tra­ba­ja­mos? No ya sola­men­te a tra­vés de la jor­na­da labo­ral legal, sino de todas las for­mas de tra­ba­jo coti­dia­nas que pro­du­cen valo­res de uso. Tam­bién la refle­xión sobre la orga­ni­za­ción del tra­ba­jo nos evi­den­cia las poten­cia­li­da­des que tie­ne un hipo­té­ti­co sis­te­ma eco­nó­mi­co dón­de el repar­to del tra­ba­jo y la tec­no­lo­gía estu­vie­ran al ser­vi­cio de la eman­ci­pa­ción los tra­ba­ja­do­res, y por ende, de la huma­ni­za­ción de la divi­sión del tra­ba­jo, de la erra­di­ca­ción del paro y de la libe­ra­ción de tiem­po para el espar­ci­mien­to. Aquí y aho­ra, incó­mo­do está todo el mun­do, tan­to el para­do como el curran­te en ejer­ci­cio. Ni se vive, ni nos deja vivir. Para com­ple­tar el círcu­lo, las refor­mas estruc­tu­ra­les para “incen­ti­var el tra­ba­jo” se rea­li­zan siem­pre reti­ran­do la pro­tec­ción social y no mejo­ran­do las con­di­cio­nes labo­ra­les y sala­ria­les. El capi­tal inven­ti­va a lati­ga­zos.
Clá­si­cos del hedo­nis­mo utó­pi­co como Epi­cu­ro, el mon­je Rebe­láis, Tomás Moro, Four­nier o Les­sing, se pre­gun­ta­ron sobre estas cues­tio­nes. Pos­te­rior­men­te Marx, y espe­cial­men­te su yerno Lafar­gue, intro­du­je­ron nue­vas varia­bles para seña­lar que la eman­ci­pa­ción no sólo ven­dría de la supre­sión de los explo­ta­dos y los explo­ta­do­res, sino de la crea­ción de las con­di­cio­nes nece­sa­rias para que el ser humano tuvie­ra una fér­til vida espi­ri­tual. Más allá de qui­tar­le el tiem­po al tra­ba­jo para dár­se­lo al ocio, se tra­ta de qui­tar tiem­po a lo monó­tono para dár­se­lo a lo crea­ti­vo. Bob Black, des­de un anar­quis­mo de nue­vo cuño, apun­ta­ba lapi­da­ria­men­te a que «si haces tra­ba­jo abu­rri­do, estú­pi­do y monó­tono, lo más pro­ba­ble es que tú mis­mo aca­ba­rás sien­do abu­rri­do, estú­pi­do y monó­tono». Por eso, como diría la “cami­se­ta”, si el tra­ba­jo fue­ra tan valio­so, se lo que­da­rían los ricos.
El estrés labo­ral que impo­ne el sis­te­ma capi­ta­lis­ta es incom­pa­ti­ble con la auto­de­ter­mi­na­ción de nues­tro reloj bio­ló­gi­co y nues­tra salud. A par­tir de aquí sur­ge un diver­ti­do y pro­duc­ti­vo deba­te que nos pide un res­pi­ro para refle­xio­nar sobre la iner­cia de la nor­ma­li­dad entre madru­gón y madru­gón. Nos pide una refle­xión sobre qué tipo de socie­dad cons­trui­mos o, mejor dicho, nos tie­nen cons­trui­da para des­pil­fa­rrar tan­tas ener­gías y ser tan infe­li­ces. Ya en ambien­tes más van­guar­dis­tas, este deba­te tie­ne una aris­ta nega­ti­va: hay una cier­to tufo peque­ño­bur­gués. La ideas del “no tra­ba­jo” en la izquier­da están ins­ta­la­das en la inte­lec­tua­li­dad uni­ver­si­ta­ria, cuyos por­ta­do­res sue­len ser estu­dian­tes de izquier­da radi­cal que en muchos casos quie­ren seguir vivien­do como en casa de sus padres: sub­ven­cio­na­dos y sin dar palo al agua. Natu­ral­men­te con­su­mir sus vidas entre los casi­lle­ros de Excel o entre las bue­nas caras for­za­das de la aten­ción al públi­co, es para ellos casi tan atroz como poner ladri­llos. En esa medi­da con­vie­ne tener una vigi­lan­cia auto­crí­ti­ca, sin lle­gar al lati­ga­zo judeo­cris­tiano. Es humano, pero tie­ne varias obje­cio­nes.
El mili­tan­te de izquier­das tie­ne que saber rea­li­zar todo tipo de tra­ba­jos con efi­ca­cia. Eso no es con­tra­dic­to­rio con que la pere­za cons­cien­te pue­da ser uti­li­za­da con­tra el capi­tal como un acto de sabo­ta­je (depen­de­rá si impli­ca fal­ta de com­pa­ñe­ris­mo y si real­men­te es un acto de “auto­va­lo­ri­za­ción obre­ra” en tér­mi­nos del anti­guo Negri), pero la pere­za como acti­tud ante la vida, lle­va a la deja­dez, al indi­vi­dua­lis­mo y a la inefi­ca­cia en la acción mili­tan­te. Hay, ade­más, algo inevi­ta­ble: mien­tras que los fun­cio­na­rios de la repre­sión ten­gan toda una jor­na­da labo­ral remu­ne­ra­da para hacer­nos la vida impo­si­ble, noso­tros y noso­tras ten­dre­mos que tra­ba­jar muy duro (con su cuo­ta de sacri­fi­cios y su doble jor­na­da), tan­to para ganar­nos nues­tro pan, como para luchar por un mun­do eman­ci­pa­do.
El hedo­nis­mo indi­vi­dua­lis­ta no ejer­ce con­tra­po­der al capi­ta­lis­mo (sino Ber­lus­co­ni sería un revo­lu­cio­na­rio); en todo caso le da moti­vos para sacar nue­vos pro­duc­tos al mer­ca­do, ya sea del legal o del negro. La mili­tan­cia no debe ser un cal­va­rio, tene­mos nues­tras ale­grías en el camino de la lucha. Tam­bién nues­tro vita­lis­mo nos ayu­da a con­vi­vir con los nece­sa­rios sacri­fi­cios, pero lo cier­to es que tal y como obser­va­mos en Gre­cia, cuan­do la lucha de cla­ses está en la calle: el horno no está para bollos de batu­ca­das o de mani-fies­ta-accio­nes. A la hora de la ver­dad todo esto des­apa­re­ce y se escon­de, para dar paso a la quin­tae­sen­cia de la vida: la pasión revo­lu­cio­na­ria. Esa es la sen­sa­ción más vita­lis­ta del ser humano. En pala­bras del Che: «el revo­lu­cio­na­rio es el esca­lón más alto de la espe­cie huma­na».
Así pues, pre­pá­ren­se para tra­ba­jar lo menos posi­ble para su capi­ta­lis­ta y lo máxi­mo posi­ble por la revo­lu­ción. Con todo, nos lo pasa­re­mos bom­ba. Si no tie­ne sufi­cien­te pacien­cia revo­lu­cio­na­ria has­ta la socie­dad socia­lis­ta. Al pró­xi­mo ¡ring, ring!. No se lo pien­se dos veces. Rom­pa usted el des­per­ta­dor.
SIETE HISTORIAS SOBRE EL TRABAJO
1ª.- Ori­gen de la dis­ci­pli­na en el tra­ba­jo asa­la­ria­do
Marx nos da una pis­ta, en la acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria capi­ta­lis­ta, «la pobla­ción rural, expro­pia­da por la vio­len­cia, expul­sa­da de sus tie­rras y redu­ci­da al vaga­bun­da­je, fue obli­ga­da a some­ter­se, median­te una legis­la­ción terro­ris­ta a fuer­za de lati­ga­zos, hie­rros can­den­tes y tor­men­tos, a la dis­ci­pli­na que reque­ría el sis­te­ma del tra­ba­jo asa­la­ria­do». Se nece­si­ta­ron tres siglos (XVI al XVIII), para esta­ble­cer la jor­na­da labo­ral. Hoy en día per­sis­te el mie­do a no tener empleo o a sabo­tear­lo, entre otras cosas, por­que nues­tra super­vi­ven­cia va en ello y por­que nos lo incul­can en las escue­las.
No obs­tan­te, el gru­po Kri­sis (1999), nos mati­za: «las anti­guas socie­da­des agra­rias eran cual­quier cosa, menos para­di­sía­cas. Pero la coer­ción mons­truo­sa de la inva­sión de la socie­dad del tra­ba­jo fue vivi­da, por la mayo­ría, como un empeo­ra­mien­to». «Lo que en la fal­sa con­cien­cia del mun­do moderno apa­re­ce inven­ta­do como una cala­mi­to­sa Edad Media de oscu­ri­dad y pla­ga, fue, en reali­dad, el terror de la pro­pia his­to­ria». Aña­den que se tra­ba­ja­ba menos horas, había más cul­tu­ra de ocio y una mayor “len­ti­tud rela­ti­va” de la vida.
2ª.- Del cato­li­cis­mo ren­tis­ta a la éti­ca pro­tes­tan­te del tra­ba­jo
Paul Lafar­gue con su El dere­cho a la Pere­za (1883) dis­pa­ra un torpe­do con­tra la moral cris­tia­na por enga­ñar a los pobres con la mal­di­ción terre­nal del tra­ba­jo. Las cató­li­cas cla­ses altas nun­ca pre­di­ca­ron con el ejem­plo. Su Igle­sia esta­ble­cía que el tra­ba­jo para ellas era embru­te­ce­dor pero para el popu­la­cho tenía un valor reden­tor.
El espí­ri­tu aris­to­crá­ti­co (¡qué tra­ba­jen los escla­vos!) estu­vo pre­sen­te tam­bién en la Gre­cia Clá­si­ca y el Impe­rio Romano. ¡Y cómo no!, el deba­te tam­bién está pre­sen­te con la emer­gen­cia de la cla­se domi­nan­te capi­ta­lis­ta: fren­te a la ren­tis­ta bur­gue­sía cató­li­ca, que pre­fe­ría comer bien y des­can­sar tran­qui­la, Max Weber defen­dió que el pro­tes­tan­tis­mo fue la arga­ma­sa del capi­ta­lis­mo, por aho­rra­dor y com­pe­ti­ti­vo.
3ª.- Sub­sun­ción del tra­ba­jo al capi­tal
El eco­no­mis­ta David Ani­si en Crea­do­res de Esca­sez (1995) nos sen­ten­cia, que ade­más de la muer­te, todos los seres huma­nos «par­ti­mos de una igual­dad: el día tie­ne 24 horas para todos. Téc­ni­ca­men­te el tiem­po es algo “impro­du­ci­ble”. Sólo el ejer­ci­cio del poder, al apro­piar­nos de tiem­po de los demás, pue­de acre­cen­tar­lo». Es decir, explo­tan­do.
Marx con El Capi­tal (1867) visi­bi­li­za que la maqui­na­ria no es más que tra­ba­jo muer­to y que el capi­tal para ren­ta­bi­li­zar­se nece­si­ta vam­pi­ri­zar plus­va­lía: aque­lla par­te del valor pro­du­ci­do duran­te la jor­na­da labo­ral que exce­de del valor de la mer­can­cía fuer­za de tra­ba­jo. Así lo ha demos­tra­do el capi­tal, en su his­to­ria y en la actual cri­sis, que su vora­ci­dad por plus­va­lía es insa­cia­ble. En lo que con­cier­ne al común de los mor­ta­les pare­ce lógi­co que si tra­ba­jar nos gus­ta poco, “tra­ba­jar para el inglés” menos.
4ª.- Eman­ci­pa­ción capi­ta­lis­ta del tra­ba­jo
‘Explo­tar’ tam­bién pue­de ser vis­to como una for­ma de eman­ci­pa­ción indi­vi­dua­lis­ta y exclu­yen­te en el seno del sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Al fin y al cabo el que pasa de ser asa­la­ria­do a peque­ño bur­gués (ya sea emplea­dor o espe­cu­la­dor) pre­ten­de admi­nis­trar su pro­pio tiem­po y enri­que­cer­se del tiem­po de los demás. Ocu­rre lo mis­mo en las rela­cio­nes patriar­ca­les de sofá y man­do a dis­tan­cia. Enton­ces, ¿la lucha de cla­ses es la lucha por el mono­po­lio de la ocio­si­dad? Sí y no, por­que tam­bién aho­ra exis­ten eje­cu­ti­vos millo­na­rios tan adic­tos al tra­ba­jo como a la cocaí­na, dro­ga que se mue­ve como pez en el agua de la hiper­ac­ti­vi­dad capi­ta­lis­ta.
Tal y como afir­ma el gru­po Kri­sis (Mani­fies­to con­tra el Tra­ba­jo, 1999): «Nin­gu­na cas­ta vivió, en toda la his­to­ria, una vida tan mise­ra­ble y no libre como los aco­sa­dos eje­cu­ti­vos de Micro­soft, Daim­ler-Chrys­ler o Sony. Cual­quier señor medie­val habría des­pre­cia­do pro­fun­da­men­te a estas per­so­nas». Sin embar­go los hay tam­bién ricos que insa­tis­fe­chos con el «éxi­to» de la socie­dad capi­ta­lis­ta, aca­ban entre­gán­do­se a las vir­tu­des dio­ni­sia­cas que ofre­cen las cloa­cas de ese gigan­tes­co pros­tí­bu­lo lla­ma­do capi­ta­lis­mo. Ahí están nues­tros demo­nios medi­te­rrá­neos: los Ber­lus­co­nis, Bor­bo­nes o los de la Gür­tel, tan envi­dia­dos en las tas­cas obre­ras.
5ª.- Post­ca­pi­ta­lis­mo: Tra­ba­jo limi­ta­do, eman­ci­pa­do o con­ver­ti­do en jue­go
Para unos el tra­ba­jo al ser un mal ‑Bob Black- debe sus­ti­tuir­se por un jue­go pro­duc­ti­vo, otros lo con­si­de­ran un mal nece­sa­rio a limi­tar a tres horas dia­rias ‑Paul Lafar­gue- para evi­tar lle­gar al pun­to de satu­ra­ción, y los hay que como el Che Gue­va­ra defien­den un tra­ba­jo eman­ci­pa­do, moral­men­te gra­ti­fi­can­te, como el tra­ba­jo volun­ta­rio. El menos con­ci­lia­ble es Bob Black (La abo­li­ción del tra­ba­jo), cer­cano a las tesis de Nietz­sche en su tex­to “Con­tra los Apo­lo­gis­tas del tra­ba­jo” (1881) en el que este últi­mo afir­ma: “se com­pren­de aho­ra muy bien, al con­tem­plar el espec­tácu­lo del tra­ba­jo —es decir, esa acti­vi­dad ardua que se extien­de de la noche a la maña­na, que no hay mejor poli­cía, pues sir­ve de freno a cada uno de noso­tros y con­tri­bu­ye a que se deten­ga el des­en­vol­vi­mien­to de la razón, de los ape­ti­tos y de los deseos de inde­pen­den­cia”.
Si fue­ra posi­ble la sín­te­sis entre los tres pri­me­ros (Black, Lafar­gue y Gue­va­ra), dibu­ja­ría­mos una orga­ni­za­ción social dón­de fue­ra posi­ble la admi­nis­tra­ción pro­pia del tiem­po o, al menos, la redis­tri­bu­ción equi­ta­ti­va de los exce­den­tes de tiem­po. Por otro lado habría que subor­di­nar la acti­vi­dad pro­duc­ti­va a la ele­va­ción de nues­tra auto­es­ti­ma en la medi­da que se con­tri­bu­ye a la socie­dad. Ante tan­to dis­cur­so de moda de sobre­con­su­mo de las cla­ses popu­la­res, des­de la pers­pec­ti­va del decre­ci­mien­to, en una socie­dad capi­ta­lis­ta que pre­ca­ri­za el tra­ba­jo, que obli­ga vaciar la mayo­ría de los sala­rios en las vivien­das y que sus pla­nes de ajus­te anti­cri­sis abo­gan por la aus­te­ri­dad y la reduc­ción de sala­rios: mucho antes que el con­su­mo, tene­mos que hablar del tra­ba­jo y de su inser­ción en las rela­cio­nes socia­les de pro­duc­ción.
6ª.- Esca­queo socia­lis­ta o vague­ría explo­ta­do­ra
El mar­xis­mo y el socia­lis­mo real han sido cri­ti­ca­do al mis­mo tiem­po tan­to por crear «ejér­ci­tos de obre­ros» que tra­ba­jan sin parar, como por gene­rar una socie­dad sub­ven­cio­na­da con inven­ti­vos a la hol­ga­za­ne­ría, que muchos ven como un ele­men­to de cali­dad de vida y otros como un des­pil­fa­rro de capa­ci­da­des de tra­ba­jo que con­de­na al sub­de­sa­rro­llo (aquí es dón­de el Par­ti­do Comu­nis­ta Cuba hin­ca el dien­te del deba­te sobre la vía cari­be­ña al socia­lis­mo).
El filo­so­fó ale­mán Boris Groys, que vivió en la URSS, afir­ma que «en los paí­ses comu­nis­tas te podías esca­quear [del tra­ba­jo] con faci­li­dad. En cam­bio nadie pue­de esca­par de las redes del mer­ca­do por­que depen­des del dine­ro que te pro­por­cio­na para vivir. Si de ver­dad a alguien le libe­ras de sus obli­ga­cio­nes, se va a dor­mir. La ver­da­de­ra liber­tad es no tra­ba­jar”. Esta cita está reco­gi­da en un Mani­fies­to con­tra la Efi­cien­cia (Fer­nan­do Este­ve, 2009) en el cual se afir­ma que la com­pe­ten­cia entre tra­ba­ja­do­res es incom­pa­ti­ble con la liber­tad, por eso muchos aspi­ran a ser fun­cio­na­rio.
Enton­ces, ¿es posi­ble una socie­dad don­de todos sea­mos vagos? A prio­ri pare­ce cla­ra­men­te invia­ble, ade­más, el per­fil sub­ver­si­vo que pudie­ra tener en el capi­ta­lis­mo, en el socia­lis­mo se borra, para con­ver­tir­se en un ejer­ci­cio de explo­ta­ción con­tra la socie­dad que sí tra­ba­ja. No obs­tan­te, el avan­ce tec­no­ló­gi­co (con una fina­li­dad huma­nis­ta) jun­to con el repar­to socia­lis­ta del tra­ba­jo, ven­dría a ayu­dar a redu­cir la jor­na­da de tra­ba­jo has­ta las tres horas que suge­ría Lafar­gue. Para Paul, la máqui­na es el Dios que libe­ra­rá a la cla­se obre­ra. En reali­dad el deba­te es más com­ple­jo, por­que no exis­te neu­tra­li­dad de cla­se en la tec­no­lo­gía. En ese sen­ti­do, con los cam­bios de rela­cio­nes socia­les, nues­tros cien­tí­fi­cos socia­les y labo­ra­les, ten­drán que inven­tar maqui­na­ria y orga­ni­zar el tra­ba­jo ex pro­ce­so al ser­vi­cio de la eman­ci­pa­ción y el bien­es­tar de los tra­ba­ja­do­res.
Para ser jus­tos con la posi­ción de los clá­si­cos, éstos denun­cia­ban que el tra­ba­jo en el capi­ta­lis­mo es sólo un medio para satis­fa­cer nece­si­da­des exter­nas a él mis­mo, en con­tras­te con el socia­lis­mo don­de el tra­ba­jo se con­ver­ti­ría en la pri­me­ra nece­si­dad vital, una vez des­po­ja­do su carác­ter escla­vis­ta y sien­do sus­ti­tui­do por el pleno desa­rro­llo indi­vi­dual físi­co y espi­ri­tual como con­di­ción del desa­rro­llo de toda la socie­dad. Lo cier­to es que para que «haya cali­dad de vida, debe haber cali­dad de vida labo­ral» (Láza­ro Gon­zá­lez, “La Cien­cia del Tra­ba­jo en el Socia­lis­mo”, Uni­ver­si­dad de la Haba­na, 2006). Y eso es una mala noti­cia para el que no quie­ra dar palo al agua: hace fal­ta que exis­ta una vida labo­ral pro­duc­ti­va, bre­ve y huma­na, lo más bre­ve y huma­na posi­ble, pero que con­tri­bu­ya a la rique­za social. Para ello el mar­xis­mo pro­po­ne que en un perio­do de tran­si­ción la retri­bu­ción labo­ral (úni­ca for­ma social de remu­ne­ra­ción) vaya en fun­ción del esfuer­zo, den­tro de un mar­co de igual­dad y de cober­tu­ra de nece­si­da­des socia­les bási­cas.
7ª.- Pecu­lia­ri­da­des medi­te­rrá­neas
La vorá­gi­ne capi­ta­lis­ta lle­va a dete­rio­rar, en nues­tro caso, la cul­tu­ra gas­tro­nó­mi­ca medi­te­rrá­nea y la vida social en gene­ral. El estrés, la lógi­ca del lucro y el esca­so tiem­po de ‘no tra­ba­jo’ per­vier­te la deman­da social, ya de por sí tele­di­ri­gi­da por el poder, como son los tre­nes de alta velo­ci­dad, los Bur­ger King o la tele basu­ra. El capi­ta­lis­mo arra­sa con los espa­cios públi­cos y lo pri­va­ti­za todo, eso afec­ta a la con­vi­ven­cia social en la calle. Aho­ra si levan­tan la mano al bote­llón es por­que, antes del nego­cio, está el orden social y su paci­fi­ca­ción por la vía nar­có­ti­ca.
No es extra­ño que en paí­ses medi­te­rrá­neos como Ita­lia o Espa­ña se asien­te el neo­rru­ra­lis­mo, que en su versi��n más radi­cal, lla­ma­do Movi­mien­to Slow, mani­fies­ta: «La pri­sa es el motor de todas nues­tras accio­nes y la ciné­ti­ca de grand prix envuel­ve nues­tra vida ace­le­rán­do­la, eco­no­mi­zan­do cada segun­do, rin­dien­do cul­to a una velo­ci­dad que no nos hace ser mejo­res». No es menos extra­ño que el pro­pio Lafar­gue se le hicie­ra la boca agua con las fies­tas espa­ño­las de «tirar la casa por la ven­ta­na», en alu­sión a los ban­que­tes cele­bra­dos duran­te varios días tras la gue­rra de inde­pen­den­cia.
En cual­quier caso, sigan leyen­do a clá­si­cos como Paul Lafar­gue para desidio­ti­zar­nos, tener gus­to, como él, por sabo­rear la vida y por cam­biar la His­to­ria. Debe­mos estar agra­de­ci­dos a Paul por la intro­duc­ción del mar­xis­mo en tie­rras ibé­ri­cas y haber admi­ra­do nues­tras comi­das, sobre­me­sas y sies­tas. Murió de una pie­za, tal y como había vivi­do. «Antes de que la impla­ca­ble vejez» mata­ra a todos sus «pla­ce­res y ener­gías», Lafar­gue (y su com­pa­ñe­ra Lau­ra Marx) deci­die­ron qui­tar­se de en medio. Sólo come­tie­ron un error imper­do­na­ble: se sui­ci­da­ron 6 años antes de la revo­lu­ción bol­che­vi­que. Vivir el asal­to de los cie­los, bien hubie­se mere­ci­do toda esa gozo­sa inyec­ción de áci­do cian­hí­dri­co que se apli­ca­ron en 1911, tras ir al cine y comer unos pas­te­les. No obs­tan­te, en el cie­lo obser­va­rían que sus ami­gos los bol­che­vi­ques habían dete­ni­do al Dios de la mal­di­ción del tra­ba­jo y de la explo­ta­ción. En todo caso, se dur­mie­ron para que nin­gún mal­di­to des­per­ta­dor “les jodie­ra” el sue­ño de la eman­ci­pa­ción.
* Pablo G.V. es eco­no­mis­ta y mili­tan­te de Ini­cia­ti­va Comu­nis­ta.
La Hai­ne

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