Var­gas Llo­sa y sus men­ti­ras tau­ri­nas – Julio Orte­ga Frai­le

No voy a entrar en la cali­dad como escri­tor de Mario Var­gas Llo­sa, una cues­tión tan sub­je­ti­va como la pin­tu­ra. Hay quien se que­da exta­sia­do ante una obra de Kan­dinsky y El Gre­co le deja indi­fe­ren­te. O al revés. Lo que ni uno ni otro nega­rán, es que mien­tras un cua­dro o una nove­la pue­de o no con­mo­ver­les, ambos se retor­ce­rán de dolor si les cla­van una daga en el vien­tre.

Admi­to que el Señor Var­gas Llo­sa es un narra­dor de éxi­to, pero aña­do que tam­bién es un hipó­cri­ta sin escrú­pu­los por ter­gi­ver­sar la reali­dad trans­for­mán­do­la, median­te su plu­ma, en un envol­to­rio suge­ren­te que se ajus­te a sus men­ti­ras. Esta face­ta suya de indi­vi­duo pres­to a valer­se de la fala­cia, que­da al menos paten­te cuan­do en un impor­tan­te dia­rio de nues­tro país, iden­ti­fi­ca a los que piden la abo­li­ción de las corri­das de toros con seres enfu­re­ci­dos, que en ver­dad no aman a los ani­ma­les y capa­ces de comer­se una lan­gos­ta que aca­ban de her­vir viva.

Alguno habrá, no lo nie­go, que se decla­re abo­li­cio­nis­ta y que se coma boca­di­llos de cho­ri­zo o acu­da a cir­cos con ani­ma­les, pero los dos sabe­mos que la gran mayo­ría de los acti­vis­tas con­tra el mal­tra­to ani­mal son vega­nos, esto es, que no con­su­men cons­cien­te­men­te nin­gún pro­duc­to cuya ela­bo­ra­ción impli­que algún pade­ci­mien­to para estas cria­tu­ras.

Don Mario, hace años, cuan­do se le encar­gó el escla­re­ci­mien­to del ase­si­na­to de varios perio­dis­tas en Aya­cu­cho, Usted no tuvo repa­ros en excul­par a los mili­ta­res auto­res del terri­ble cri­men fal­si­fi­can­do sus infor­mes. ¿Sig­ni­fi­ca eso que todos los pre­si­den­tes de comi­tés inves­ti­ga­do­res, como era su caso, care­cen tam­bién de hones­ti­dad y de sen­ti­do de la jus­ti­cia?

Pero no sólo mien­te, tam­bién es un cíni­co. Lo es cuan­do afir­ma que “el toro es el ani­mal más cui­da­do y mejor tra­ta­do de la crea­ción”, y que “prohi­bir las corri­das es un agra­vio a la liber­tad por­que la muer­te, que es inven­ci­ble, siem­pre ron­da a la vida”.

Con tales pre­mi­sas qué pre­ten­de, ¿aca­so jus­ti­fi­car el cri­men por­que en defi­ni­ti­va, no es más que el ade­lan­to de un trán­si­to inevi­ta­ble?, ¿y com­pen­sar el dolor de la víc­ti­ma o negar la res­pon­sa­bi­li­dad del cri­mi­nal, por­que el muer­to haya podi­do “esco­ger su últi­ma cena”?

Usted me lla­ma­rá, ya lo sé, dema­go­go, y dirá que yo estoy hablan­do de seres huma­nos mien­tras sus argu­men­tos, sólo son váli­dos cuan­do se tra­ta de ani­ma­les, en con­cre­to de esos toros a los que ama con un cari­ño tan pecu­liar, y letal. En este pun­to, Señor Mario Var­gas Llo­sa, lo úni­co que pue­do hacer es sumar a los cali­fi­ca­ti­vos de embus­te­ro y de cíni­co que me ins­pi­ra al leer su artícu­lo, el de espe­cis­ta. En defi­ni­ti­va, que reúne Usted todos los ras­gos que ca

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