San­ta Acon­fe­sio­na­li­dad, vir­gen y már­tir – Víc­tor Moreno

La acon­fe­sio­na­li­dad pue­de bus­car su fun­da­men­to en la polí­ti­ca, la filo­so­fía, la cien­cia… En casos con­cre­tos como el del Esta­do espa­ñol, tam­bién se pue­de argu­men­tar en base a su orde­na­mien­to legal. La Cons­ti­tu­ción espa­ño­la dice que el Esta­do es acon­fe­sio­nal pero, según seña­la el autor, la reali­dad coti­dia­na espa­ño­la mues­tra que no es así, que la Igle­sia cató­li­ca sigue ejer­cien­do de reli­gión ofi­cial. Una con­tra­dic­ción evi­den­te. No obs­tan­te, el pro­ble­ma de argu­men­tar en base a las cons­ti­tu­cio­nes es, a nivel gene­ral, que en muchos esta­dos el orde­na­mien­to jurí­di­co ha adqui­ri­do el mis­mo sen­ti­do de sacra­li­dad que los tex­tos reli­gio­sos; y en el caso con­cre­to de la espa­ño­la, el pri­mer pro­ble­ma devie­ne de que esa Cons­ti­tu­ción se acor­dó en una tran­si­ción mar­ca­da por dos de los estan­dar­tes del nacio­nal­ca­to­li­cis­mo espa­ñol: la Igle­sia cató­li­ca y el Ejer­ci­to franquista.

De qué sir­ve ala­bar has­ta el éxta­sis la Cons­ti­tu­ción espa­ño­la si muchos de sus artícu­los siguen vír­ge­nes, iné­di­tos en el lim­bo de la más fría indi­fe­ren­cia e inope­ran­cia? En uno ellos, el 16.3, se afir­ma que «nin­gu­na con­fe­sión ten­drá carác­ter esta­tal», lo que sig­ni­fi­ca que la acon­fe­sio­na­li­dad será uno de los ras­gos del Esta­do que de este modo así se caracteriza.

Sin embar­go, a juz­gar por la can­ti­dad de con­flic­tos acae­ci­dos últi­ma­men­te, y que han teni­do como sus­tan­cia crí­ti­ca fun­da­men­tal algún sím­bo­lo reli­gio­so, dicho artícu­lo no ha ser­vi­do de gran ayu­da. Por ello, pare­ce jus­to y nece­sa­rio pre­gun­tar­se de qué modo sir­ve al ciu­da­dano un esta­do que se decla­ra cons­ti­tu­cio­nal­men­te acon­fe­sio­nal, pero en la prác­ti­ca fun­cio­na como un per­ver­so hipó­cri­ta y facineroso.

Qui­zás, su mayor ser­vi­cio haya con­sis­ti­do en denun­ciar la incohe­ren­cia doc­tri­nal en la que tan­to Rodrí­guez Zapa­te­ro como la socie­dad ins­ti­tu­cio­nal polí­ti­ca han cha­po­tea­do a lo lar­go de trein­ta años. Por­que ejem­plos de vasa­lla­je con­fe­sio­nal repug­nan­te hacia una deter­mi­na­da reli­gión de infe­liz memo­ria han sido cons­tan­tes y per­ma­nen­tes, con­tra­vi­nien­do la decla­ra­ción expre­sa de la Constitución.

La cacarea­da acon­fe­sio­na­li­dad cons­ti­tu­cio­nal sigue sien­do, a pesar de su implan­ta­ción en 1978, una asig­na­tu­ra, más que pen­dien­te, iné­di­ta en el currí­cu­lum polí­ti­co y social del pro­pio Esta­do. Por lo que res­pec­ta a la cla­se polí­ti­ca, habrá que feli­ci­tar­la, por­que, dada su afi­ción a prin­gar­lo todo de mate­ria seca orgá­ni­ca, ha con­se­gui­do man­te­ner en esta­do vir­gi­nal e inma­cu­la­do dicha aconfesionalidad.

Lo que, iro­nías apar­te, cons­ti­tu­ye una de las mani­fes­ta­cio­nes cíni­cas de la per­ver­sión del sis­te­ma demo­crá­ti­co. Por­que, si no, ¿cómo es posi­ble que, dis­po­nien­do de un artícu­lo cons­ti­tu­cio­nal como el de la acon­fe­sio­na­li­dad del Esta­do, haya per­mi­ti­do tan­to enfren­ta­mien­to jurí­di­co entre diver­sos colec­ti­vos? ¿Cómo es posi­ble que la reti­ra­da de un cru­ci­fi­jo de las aulas de escue­las e ins­ti­tu­tos haya gene­ra­do tan­ta polé­mi­ca y el pro­pio Esta­do no haya sido capaz de zan­jar­la con la Cons­ti­tu­ción en la mano?

La ver­dad es que resul­ta incom­pren­si­ble. Al mar­gen de otras muchas con­si­de­ra­cio­nes, recal­ca­ría la que evi­den­cia que la fe reli­gio­sa de mucha gen­te, sobre todo la de algu­nos jue­ces, está hiper­tro­fia­da, y a la que some­te los prin­ci­pios jurí­di­cos y democráticos.

Pro­du­ce mie­do cons­ta­tar que exis­ta un colec­ti­vo a quien le impor­tan más sus creen­cias per­so­na­les en un más allá inexis­ten­te que los prin­ci­pios que rigen la con­vi­ven­cia del más acá de todos. Se tra­ta­ría de un colec­ti­vo que, jalea­do con­ti­nua­men­te por una Igle­sia más inte­gris­ta que nun­ca, no duda en dina­mi­tar cual­quier prin­ci­pio de la Cons­ti­tu­ción si ello favo­re­ce sus plan­tea­mien­tos fideís­tas. Esta­mos ante un colec­ti­vo muy peli­gro­so para la salud públi­ca, por­que apues­ta por la teo­cra­cia en detri­men­to de la demo­cra­cia. Ni la dere­cha cató­li­ca espa­ño­la se pri­va de uti­li­zar esta ins­tru­men­ta­li­za­ción per­ver­sa de la fe para ganar terreno en el de la polí­ti­ca. Duran­te estos últi­mos años, ha man­te­ni­do la anti­cons­ti­tu­cio­na­li­dad de la reti­ra­da de los sím­bo­los reli­gio­sos en las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas, pero ya vere­mos cómo paga su osa­día cle­ri­cal por echar­se en los bra­zos teo­crá­ti­cos de Rou­co Vare­la y sus hermanos.

Pai­sa­je real­men­te insó­li­to don­de los haya, por­que, si vivi­mos en un Esta­do acon­fe­sio­nal, la pri­me­ra con­se­cuen­cia prác­ti­ca se cifra­ría en que en nin­gu­na ins­ti­tu­ción públi­ca ‑escue­las, ins­ti­tu­tos, cemen­te­rios, hos­pi­ta­les, ayun­ta­mien­tos, etcétera‑, se debe­ría hacer osten­ta­ción de sím­bo­los reli­gio­sos, por muy mara­vi­llo­sos que les parez­can a algunos.

Un ejem­plo. Si los cemen­te­rios son de titu­la­ri­dad públi­ca, eso sig­ni­fi­ca que no gozan de nin­gún dere­cho para enar­bo­lar en la puer­ta prin­ci­pal de su inmue­ble nin­gu­na cruz, ni gran­de ni peque­ña. Otra cosa es que cada per­so­na en las tum­bas fami­lia­res colo­que lo que con­si­de­re más afín con sus creen­cias o no.

Lo mis­mo con­vie­ne a los ayun­ta­mien­tos. A pesar de ser las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas que mayor ejem­plo debe­rían dar en el cum­pli­mien­to escru­pu­lo­so de la acon­fe­sio­na­li­dad, las hay que siguen abo­na­das a una espe­cie de nacio­nal­ca­to­li­cis­mo irre­den­to. Exis­ten alcal­des de todo pela­je, inclui­do socia­lis­ta, que no tie­nen nin­gún deco­ro en mani­fes­tar su igno­ran­cia dicien­do que «mien­tras ellos sean alcal­des, el cru­ci­fi­jo segui­rá pre­si­dien­do el salón de plenos».

Lo mis­mo decía «Abc», para quien «eli­mi­nar el cru­ci­fi­jo de las escue­las era ir en con­tra de la Cons­ti­tu­ción» (2010−4−7). Qui­zás, esta inter­pre­ta­ción se deba a que mane­ja otro tex­to cons­ti­tu­cio­nal, por­que, siguien­do el docu­men­to ofi­cial, aquel que apa­dri­nó Manuel Fra­ga, no cabe sino dedu­cir todo lo con­tra­rio: que la pre­sen­cia de los cru­ci­fi­jos en las escue­las es anticonstitucional.

Más toda­vía. Cuan­do aún se dis­cu­te acer­ca de la per­ti­nen­te reti­ra­da de los cru­ci­fi­jos de las aulas en escue­las e ins­ti­tu­tos, y se afir­ma que son los con­se­jos esco­la­res quie­nes tie­nen la pri­me­ra y últi­ma pala­bra sobre este asun­to, se está incu­rrien­do en una fala­cia doctrinal.

Ni los padres y sus aso­cia­cio­nes, ni los con­se­jos esco­la­res, ni los claus­tros, ni los equi­pos direc­ti­vos, ni las admi­nis­tra­cio­nes públi­cas, ni el minis­tro de Edu­ca­ción, tie­nen que deci­dir nada. La Cons­ti­tu­ción ya lo hizo por todos.

La acon­fe­sio­na­li­dad que san­cio­na la Cons­ti­tu­ción esta­ble­ce un espa­cio común para todos. En él no debe­ría dar­se nin­gún con­flic­to entre los par­ti­da­rios y los con­tra­rios de la pre­sen­cia de dicho sím­bo­lo y otros. Por­que la acon­fe­sio­na­li­dad es terri­to­rio neu­tral; de todos y de nadie. Un ámbi­to en el que la con­vi­ven­cia huma­na no sólo es posi­ble, sino desea­ble, ya que par­te de una creen­cia común: nadie en una ins­ti­tu­ción públi­ca tie­ne dere­cho a impo­ner a los otros sus creen­cias ni sus sím­bo­los, sean de la fe o del ateísmo.

No se tra­ta de pole­mi­zar si el cru­ci­fi­jo sim­bo­li­za el amor en esta­do puro o cata­tó­ni­co. ¡Habría tan­to que escri­bir! No es ése el deba­te; y, ade­más, sobra­ría. Tam­po­co es cues­tión de diri­mir si la pre­sen­cia del cru­ci­fi­jo en un aula dis­trae o no la aten­ción del alum­na­do, o si, por el con­tra­rio, le ayu­da a resol­ver mejor ecua­cio­nes de segun­do grado.

La cues­tión esen­cial es más sen­ci­lla: por impe­ra­ti­vo cate­gó­ri­co de la acon­fe­sio­na­li­dad del Esta­do, el cru­ci­fi­jo no tie­ne cabi­da en nin­gu­na ins­ti­tu­ción públi­ca. Por tan­to, la cues­tión radi­ca en si se acep­ta o no lo que dic­ta la Cons­ti­tu­ción. El res­to, ganas de joder la marra­na, con perdón.

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