¿Quién mató a Roque Dal­ton? – Her­mann Bellinghau­sen

A 35 años de su ase­si­na­to, Roque Dal­ton (1935−1975) está más vivo de lo que jamás pen­sa­ron sus detrac­to­res lite­ra­rios, y per­vi­ve tam­bién, inten­sa­men­te, en tér­mi­nos polí­ti­cos y de expe­rien­cia revo­lu­cio­na­ria. Es uno de los muchos caí­dos en las espe­ran­za­do­ras insu­rrec­cio­nes en los años 70 del siglo pasa­do que ter­mi­na­ron enlu­tan­do Cen­troa­mé­ri­ca y el Cono Sur, y que, con excep­ción de Nica­ra­gua, fue­ron derro­ta­das. Lo par­ti­cu­lar­men­te dolo­ro­so en el caso de Dal­ton es que fue ase­si­na­do por sus pro­pios com­pa­ñe­ros de lucha en El Sal­va­dor.

La noche del 10 de mayo de 1975, mien­tras dor­mía, reci­bió un tiro en la cabe­za por deci­sión de tres de los cua­tro miem­bros de la Comi­sión Mili­tar del Ejér­ci­to Revo­lu­cio­na­rio del Pue­blo (ERP): Joa­quín Villa­lo­bos, Ale­jan­dro Rivas Mira y Vla­di­mir Rogel Uma­ña. Ellos mis­mos se encar­ga­ron de la eje­cu­ción.

Para enton­ces, Dal­ton lle­va­ba un mes pre­so por los man­dos del ERP, al cual per­te­ne­cía; lo acu­sa­ban de agen­te, pri­me­ro de la CIA, y des­pués cas­tris­ta. El pro­pio Fidel Cas­tro revi­ró, y acu­só de agen­tes de la CIA a Villa­lo­bos y a sus socios del tri­bu­nal gue­rri­lle­ro. Al pare­cer, el gran deli­to del poe­ta fue insis­tir en que antes de la insu­rrec­ción era nece­sa­rio crear un fren­te de masas, o sea, tener bases en la socie­dad des­con­ten­ta. Eso aca­ba­ron hacien­do los gue­rri­lle­ros que con­flu­ye­ron en el Fren­te Fara­bun­do Mar­tí de Libe­ra­ción Nacio­nal (FMLN) des­pués de la muer­te de Dal­ton.

Joa­quín Villa­lo­bos lle­gó a ser uno de los coman­dan­tes del FMLN, y tras los acuer­dos de paz del Cas­ti­llo de Cha­pul­te­pec, que die­ron fin a la gue­rra de El Sal­va­dor en 1992, rega­ló su arma al pre­si­den­te mexi­cano Car­los Sali­nas de Gor­ta­ri; arma que a su vez había entre­ga­do a Villa­lo­bos el coman­dan­te Fidel Cas­tro.

El ges­to le ganó un bole­to de pri­me­ra cla­se a la Uni­ver­si­dad de Oxford, don­de sufrió una meta­mor­fo­sis, como ha iro­ni­za­do Rober­to Bar­di­ni. Los estu­dios de pos­gra­do hicie­ron de Villa­lo­bos espe­cia­lis­ta en pro­ble­mas de segu­ri­dad y le per­mi­tie­ron ase­so­rar al gobierno fas­cis­ta de sus anti­guos enemi­gos de ARENA, y más recien­te­men­te al pre­si­den­te colom­biano Álva­ro Uri­be.

Su deu­da con Sali­nas era gran­de, y no dudó en tras­la­dar­se a Méxi­co en enero de 1994 para sobre­vo­lar la sel­va Lacan­do­na jun­to con man­dos del Ejér­ci­to fede­ral, para orien­tar­los en la ofen­si­va que pre­pa­ra­ban con­tra el Ejér­ci­to Zapa­tis­ta de Libe­ra­ción Nacio­nal, a raíz del levan­ta­mien­to indí­ge­na de Chia­pas.

El ase­sino de Roque Dal­ton vuel­ve a Méxi­co en 2010 para hablar en Los Pinos ante el cuer­po diplo­má­ti­co y el gabi­ne­te del pre­si­den­te Feli­pe Cal­de­rón, eva­luar posi­ti­va­men­te su gue­rra con­tra el cri­men orga­ni­za­do y dela­tar los mitos que la inten­tan des­pres­ti­giar (La Jor­na­da, 9/​01/​10). Coin­ci­de la visi­ta con la nue­va publi­ca­ción (¡en Aus­tra­lia!) del libro más emble­má­ti­co y polé­mi­co de su víc­ti­ma, His­to­rias y poe­mas de una lucha de cla­ses (edi­to­rial Ocean­sur, Mel­bour­ne, 2010), que Dal­ton escri­bió hacia 1975, pós­tu­ma­men­te cono­ci­do como Poe­mas clan­des­ti­nos (1981). 

Toda gene­ra­ción de poe­tas es en par­te obso­le­ta. Para ilus­trar­lo con el caso mexi­cano e inde­pen­dien­te­men­te de los logros artís­ti­cos, esto apli­ca a los moder­nis­tas por­fi­ria­nos, los estri­den­tis­tas, los Con­tem­po­rá­neos, las revis­tas Taller Hijo pró­di­go o el vale­ma­dris­mo infra­rrea­lis­ta. Pero lo que va que­dan­do es la poe­sía, don­de la hay. Y las ver­da­des que la ali­men­ta­ron.

Revo­lu­cio­na­rio de cora­zón, mil­tan­te ínte­gro y com­pro­me­ti­do has­ta el final, en His­to­rias y poe­mas, Roque Dal­ton se des­do­bla en cin­co hete­ró­ni­mos, poe­tas de su inven­ción: la joven acti­vis­ta Vil­ma Flo­res, el líder estu­dian­til Timo­teo Lúe, el tam­bién narra­dor Juan Zapa­ta, el ensa­yis­ta lite­ra­rio Luis Luna y el de mayor edad, Jor­ge Cruz, ase­sor jurí­di­co del movi­mien­to obre­ro cató­li­co, espe­cia­lis­ta en Pau­lo Frei­re y pre­sun­to autor de una Oda soli­da­ria a Cami­lo Torres; su alter ego Dal­ton trans­cri­be la serie Poe­mas para sal­var a Cris­to, inclu­yen­do el memo­ra­ble Cre­do del Che.

Víc­ti­ma de un error esta­li­nis­ta del hoy oxfor­diano ase­sor béli­co de gobier­nos neo­li­be­ra­les y repre­si­vos, Dal­ton tie­ne ase­gu­ra­do su lugar como autor fun­da­men­tal (y siem­pre incó­mo­do) en las letras sal­va­do­re­ñas y el con­jun­to de la lite­ra­tu­ra en len­gua cas­te­lla­na. Tan sólo su libro más cono­ci­do, Las his­to­rias prohi­bi­das de Pul­gar­ci­to (1974), en deu­da con las mis­ce­lá­neas de Julio Cor­tá­zar, per­te­ne­ce a la estir­pe cua­si neru­dia­na de Gua­te­ma­la: las líneas de su mano, de Luis Car­do­za y Ara­gón, y Las venas abier­tas de Amé­ri­ca Lati­na, de Eduar­do Galeano.

¿Quién dijo que la poe­sía no muer­de?

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