Gra­cias a los zapa­tis­tas – Her­mann Bellinghau­sen

Los pue­blos indí­ge­nas de Méxi­co se hicie­ron visi­bles el Año Nue­vo de 1994, y obli­ga­ron a escu­char al país ente­ro gra­cias al legen­da­rio ya bas­ta de los zapa­tis­tas cuan­do le die­ron una vuel­ta de tuer­ca a la his­to­ria, se alza­ron en armas y dije­ron aquí esta­mos. Nun­ca antes los pue­blos indí­ge­nas del país, sus deman­das y mani­fes­ta­cio­nes civi­li­za­to­rias toma­ron el cen­tro del deba­te nacio­nal. La socie­dad nacio­nal supo que había mucho que apren­der de los pue­blos indios. Los de ascen­den­cia maya y todos los demás.

Gra­cias a los zapa­tis­tas, en la izquier­da des­mo­ro­na­da tras el colap­so del muro de Ber­lín rena­ció algo más que una espe­ran­za. Méxi­co y otros paí­ses die­ron a luz una gene­ra­ción de acti­vis­tas y pen­sa­do­res socia­les expues­tos a nue­vas ideas de libe­ra­ción y demo­cra­cia, y nue­vas for­mas de expre­sar las vie­jas bue­nas ideas.

Los indí­ge­nas se vol­vie­ron extro­ver­ti­dos, deja­ron de pedir, deter­mi­na­dos a exi­gir y resis­tir. El epi­cen­tro de su onda expan­si­va fue la recu­pe­ra­ción de las tie­rras aca­pa­ra­das por fin­que­ros y gana­de­ros que des­pre­cia­ban a los pue­blos, y a sus peo­nes, aca­si­lla­dos o no. Ya bullía un des­per­tar his­tó­ri­co de los pue­blos mayas en Chia­pas cuan­do, gra­cias a los zapa­tis­tas, miles de fami­lias indí­ge­nas ocu­pa­ron la tie­rra para ocu­par­se de ella. Se habla de 700 mil hec­tá­reas. Bue­na par­te bene­fi­ció a los que no eran zapa­tis­tas; mas, gra­cias a su movi­mien­to, los pue­blos rebel­des, en par­ti­cu­lar en la sel­va Lacan­do­na, al fin tuvie­ron don­de cre­cer­se y vivir bien, con dig­ni­dad. Méxi­co des­cu­brió que la dig­ni­dad es un atri­bu­to pro­fun­do de nues­tros pue­blos. Por una vez, el ver­gon­zan­te racis­mo mexi­cano cho­có de fren­te con el espe­jo.

Los zapa­tis­tas han dicho, des­de el prin­ci­pio, las cosas por su nom­bre. Nos ense­ña­ron a hablar con la reali­dad, admi­tió algu­na vez Car­los Mon­si­váis. Momen­tos cul­mi­nan­tes, como la coman­dan­ta Esther hablan­do al Con­gre­so y al país, impri­mie­ron en la con­cien­cia nacio­nal la legi­ti­mi­dad inde­le­ble de las exi­gen­cias indí­ge­nas y la trans­for­ma­ción revo­lu­cio­na­ria de sus muje­res.

Gra­cias a los zapa­tis­tas, el con­cep­to lati­no­ame­ri­cano de gue­rri­lla –y su lar­ga cau­da de dolor– dio paso a algo nue­vo, y a la vez tan vie­jo como la civi­li­za­ción: un ejér­ci­to cam­pe­sino. Éste, com­pro­me­ti­do con la vida, sus pue­blos y la libe­ra­ción nacio­nal des­de una insos­pe­cha­da luci­dez. Mien­tras, la socie­dad civil se per­ca­ta­ba de su pro­pia exis­ten­cia.

Han demos­tra­do que las para­do­jas son una for­ma inquie­tan­te de decir la ver­dad: para todos todo, nada para nosotros/​mandar obedeciendo/​buen gobierno/​un mun­do don­de que­pan muchos mundos/​un ejér­ci­to des­ti­na­do a dejar de ser ejér­ci­to. La suya ha sido una sóli­da paz arma­da, tam­bién iné­di­ta y casi mila­gro­sa, pues ocu­rre sitia­da y com­ba­ti­da con baja inten­si­dad por la masi­va fuer­za de ocu­pa­ción mili­tar del gobierno fede­ral.

Gra­cias a los zapa­tis­tas, por ejem­plo, aho­ra que el país arde en lla­mas, y sobre todo en mie­do (esa per­cep­ción), Chia­pas es una de las enti­da­des más pací­fi­cas. Dicho de otro modo, la deses­pe­ra­da gue­rra guber­na­men­tal con­tra el cri­men orga­ni­za­do, beli­ge­ran­te y bien arma­do, no se libra en Chia­pas, por­que allí sí hay gobierno en las comu­ni­da­des. Don­de están los muni­ci­pios autó­no­mos y sus áreas de influen­cia hay muchas cosas, pero no cri­men orga­ni­za­do.

Gra­cias a los zapa­tis­tas, en esos terri­to­rios sí hay leyes, y se cum­plen, aun­que los tres pode­res de la Unión y los par­ti­dos polí­ti­cos trai­cio­nen su pala­bra siem­pre que les es nece­sa­rio. La cons­truc­ción de la auto­no­mía de los pue­blos gene­ró cam­bios sig­ni­fi­ca­ti­vos en edu­ca­ción, salud, par­ti­ci­pa­ción polí­ti­ca, orga­ni­za­ción colec­ti­va. Esfuer­zo que no sería posi­ble sin la cons­tan­cia de las tro­pas del Ejér­ci­to Zapa­tis­ta de Libe­ra­ción Nacio­nal.

Gra­cias a los zapa­tis­tas, escri­to­res, pen­sa­do­res, diri­gen­tes, artis­tas, for­ta­le­cie­ron la base inte­lec­tual de sus posi­cio­nes polí­ti­cas y éti­cas en Amé­ri­ca y Euro­pa. La crí­ti­ca, y de ahí las resis­ten­cias con­tra la nue­va eta­pa del capi­ta­lis­mo y el impe­ria­lis­mo, el neo­li­be­ra­lis­mo en la era de la glo­ba­li­za­ción, encon­tró en los zapa­tis­tas el impul­so defi­ni­ti­vo, cuyo pen­sa­mien­to para la acción se ha desa­rro­lla­do y ela­bo­ra­do en los escri­tos del sub­co­man­dan­te Mar­cos y en las entre­vis­tas más refle­xi­vas de las dece­nas, qui­zá cien­tos, que des­pués de 1994 le hicie­ron inves­ti­ga­do­res, perio­dis­tas y escri­to­res del mun­do.

Las gran­des movi­li­za­cio­nes con­tra el comer­cio mun­dial hace una déca­da supie­ron apro­ve­char no sólo el men­sa­je, tam­bién la expe­rien­cia, en lo que hoy se lla­man redes socia­les. Los actos y encuen­tros zapa­tis­tas ins­pi­ran actos, encuen­tros, orga­ni­za­cio­nes y luchas alre­de­dor del mun­do. Vamos, gra­cias a los zapa­tis­tas, ban­das súper poten­tes del rock mun­dial encon­tra­ron nue­vas cosas grue­sas que can­tar.

La pala­bra recu­pe­ró su con­di­ción de ver­dad, que la prác­ti­ca polí­ti­ca le había arre­ba­ta­do en Méxi­co. Y así como su voz es un arma, un escu­do, una fuen­te, los zapa­tis­tas tam­bién han ense­ña­do el sig­ni­fi­ca­do del silen­cio.

Fuen­te: La Jor­na­da

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