Ale­xan­dra, la holan­de­sa que mili­ta en las FARC

Da gus­to oir­la can­tar por ahi, siem­pre a media voz, en holan­des, ingles o qui­zas en que len­gua extran­je­ra. /​Podría y debe­ría hacer esta nota para refe­rir­me a todas y cada una de las gue­rri­lle­ras de las FARC. O cuan­do menos, para narrar las expe­rien­cias de la mujer pro­le­ta­ria en el cam­po de la cruen­ta gue­rra que se libra actual­men­te en Colom­bia. Se lo mere­cen sin duda. ¡Qué mucha­chas tan valien­tes! ¡Qué pro­di­gio­so ejem­plo de amor a su raza y a su pue­blo! Sin embar­go, el espa­cio, el tiem­po y las cir­cuns­tan­cias no me lo per­mi­ten, así que voy a refe­rir­me a una sola de ellas, como un bello botón de mues­tra de lo que son y repre­sen­tan todas. El nom­bre podría esco­ger­lo al azar, para evi­tar crear una heroí­na en par­ti­cu­lar. Pero voy a escri­bir a pro­pó­si­to sobre Ale­xan­dra, sólo por un peque­ño deta­lle que la dis­tin­gue un tan­to de las otras. Es extran­je­ra, euro­pea para ser más exac­to, nació en Holan­da. Estu­dió allá Len­guas Roman­ces, con énfa­sis en el Espa­ñol, por cuyas prác­ti­cas vino a dar a Colom­bia, en don­de por esas cosas de nues­tra macon­dia­na reali­dad, ter­mi­nó hacien­do par­te de las filas de las FARC en el Blo­que Oriental.

Ale­xan­dra ya fue obje­to de la labor pre­da­do­ra de los ser­vi­cios de inte­li­gen­cia mili­tar en con­jun­ción con la gran pren­sa. Hacia media­dos de 2007, en un asal­to rea­li­za­do por el Ejér­ci­to al Fren­te Anto­nio Nari­ño, las tro­pas se apo­de­ra­ron de su equi­po de gue­rra, el cual ella no pudo sacar por obra de la sor­pre­sa. Allí guar­da­ba un cua­derno esco­lar, una espe­cie de dia­rio per­so­nal, en el que regis­tra­ba, al igual que mucha gen­te en el mun­do, suce­sos de su vida, refle­xio­nes serias, pen­sa­mien­tos alo­ca­dos y temas así, para ser leí­dos y cote­ja­dos úni­ca­men­te por ella. Los manus­cri­tos, en len­gua holan­de­sa, fue­ron rápi­da­men­te tra­du­ci­dos al Cas­te­llano, con la carac­te­rís­ti­ca mala fe que saben des­ple­gar los mili­ta­res colom­bia­nos ante ese tipo de opor­tu­ni­da­des, y ape­nas como era de espe­rar­se, los enve­ne­na­dos tex­tos fue­ron emplea­dos para difa­mar de las FARC en todo el orbe. Tal vez con­fia­ban los gene­ra­les, dada su enfer­mi­za y dis­tor­sio­na­da visión del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio, en que las FARC cae­ría­mos en su cela­da y nos des­ha­ría­mos de la odio­sa intru­sa cuya pre­sen­cia aquí los hie­re tanto.

Todo cuan­to se haya dicho y escri­to sobre ella riñe por com­ple­to con la ver­dad. Ale­xan­dra, Holan­da, como la lla­ma­mos con cari­ño­so delei­te noso­tros, es una com­ba­tien­te más de las FARC, un gue­rre­ra que sabe pen­sar y hablar como los gue­rri­lle­ros, dis­pa­rar como ellos y tra­ba­jar hom­bro a hom­bro con cual­quie­ra en la tarea que le sea asig­na­da. Sal­vo su acen­to, nada la dis­tin­gue de los demás. Sabe bien que no ganó la nacio­na­li­dad colom­bia­na en los pasi­llos y ven­ta­ni­llas de la Can­ci­lle­ría, sino que la adqui­rió con jus­to dere­cho de un modo más noble, en las trin­che­ras, con el fusil en guar­dia, luchan­do por el pue­blo humil­de de este país, sin espe­rar otra recom­pen­sa que la son­ri­sa de feli­ci­dad en el ros­tro de los niños pobres cuan­do las cosas cam­bien en un futu­ro. Es cla­ra de que los sol­da­dos colom­bia­nos que com­ba­te, pese a que se pon­gan fir­mes al escu­char el Himno Nacio­nal o al izar la ban­de­ra tri­co­lor, no son más que mer­ce­na­rios a suel­do, muñe­cos ase­si­nos pro­du­ci­dos en serie por las cor­po­ra­cio­nes trans­na­cio­na­les para que defien­dan con­tra toda racio­na­li­dad sus intere­ses, cria­tu­ras lamen­ta­bles del Pentágono.

Cuen­tan sus com­pa­ñe­ros que cuan­do los bom­bar­deos de fines de mar­zo de este año, una maña­na fue envia­da toda su escua­dra a mover cier­ta car­ga de un lugar a otro, deján­do­la a ella sola al cui­da­do de los equi­pos. Lle­ga­da la hora de la repar­ti­ción del almuer­zo, Holan­da bajo has­ta la ran­cha, ubi­ca­da en una caña­da a dos­cien­tos metros del filo don­de su uni­dad se halla­ba apos­ta­da, y con la ayu­da de otro mucha­cho subió el almuer­zo gene­ral. Des­pués la vie­ron bus­car con dedi­ca­ción reli­gio­sa las vaji­llas de todos los inte­gran­tes de su escua­dra, velar por reci­bir­les sus ali­men­tos y lue­go cui­dar con celo que las mos­cas no fue­ran a piso­tear­los. Mien­tras lo hacía, los heli­cóp­te­ros Arpía y los avio­nes Tucano revo­lo­tea­ban el entorno del filo don­de se halla­ban ella y los suyos, libe­ran­do a cada momen­to sus mor­tí­fe­ras car­gas de bom­bas y plomo.

Dicen que cuan­do ese tipo de tem­pes­ta­des de fue­go azo­tan la mon­ta­ña, las mana­das de chu­ru­cos, unos monos gran­des de color oscu­ro y lar­ga cola que pare­cen bulli­cio­sos muñe­cos de pelu­che, huyen por los árbo­les has­ta encon­trar los cam­pa­men­tos gue­rri­lle­ros. Ubi­ca­dos en las ramas más altas, miran hacia la gen­te y se que­dan com­ple­ta­men­te inmó­vi­les, en el más pene­tran­te de los silen­cios, como si supie­ran que siguien­do la dis­ci­pli­na de esos leja­nos parien­tes en tie­rra, nin­guno de esos rayos que caen del cie­lo será capaz de dañarlos.

Holan­da tam­bién ha apren­di­do, en los sie­te años que lle­va en las FARC, el enor­me valor que tie­nen la soli­da­ri­dad y la dis­ci­pli­na para con­ser­var la vida. Una vez sobre­vino la orden de eva­cuar el filo don­de se halla­ban, por cau­sa del duro bom­bar­deo des­ata­do con­tra él, Ale­xan­dra se nega­ba a reti­rar­se, para poder hacer­le fue­go des­de ahí a los heli­cóp­te­ros. Cuan­do lo hizo, des­cen­dió a la caña­da de la ran­cha y recla­mó una pesa­da olla núme­ro 40, con la que corrió fal­da arri­ba has­ta coro­nar el lomo del siguien­te filo. Un ges­to así, en medio de la bala­ce­ra des­pe­di­da por el Arpía y el rugi­do de los ame­na­zan­tes bom­bar­de­ros, sería de por sí digno de admi­ra­ción. Qué tal si le agre­ga­mos que lle­va­ba su pesa­do equi­po a la espal­da y su fusil pre­pa­ra­do en la mano dere­cha. Esa es la ver­da­de­ra Holan­da. No la mucha­cha llo­ro­sa y arre­pen­ti­da que pin­ta­ron los medios de Colombia.

Más sor­pren­den­te aún lo que me con­ta­ron otros. Una ráfa­ga del Arpía alcan­zó a otro gue­rri­lle­ro por un cos­ta­do y le bro­tó por el pecho. Ocu­rrió duran­te la reti­ra­da del segun­do filo, des­pués de un inten­so inter­cam­bio de dis­pa­ros que obli­gó al Ejér­ci­to a desis­tir del des­em­bar­co pla­nea­do. Caía sobre la mon­ta­ña un inten­so agua­ce­ro de bom­bas y tiros. Alguno vio la inmen­sa tris­te­za que inva­día el ros­tro de Holan­da a los pies del gue­rri­lle­ro heri­do. De pron­to corrió hacia un lado, se bajó el equi­po de la espal­da y pro­ce­dió a des­em­pa­car­lo en bus­ca de un sue­ro para apli­car­le al mucha­cho ago­ni­zan­te. Cuan­do regre­só a su lado, el enfer­me­ro le indi­có que era dema­sia­do tar­de. Había muer­to. Pese a ello, Ale­xan­dra insis­tía con voz con­mo­ve­do­ra en que se lo apli­ca­ran por si aca­so. Todo eso bajo el impla­ca­ble fue­go enemigo.

Como el gru­po en el que se reti­ró tras el bom­bar­deo masi­vo de esa noche, tar­dó unas vein­ti­cua­tro horas para reu­nir­se con los demás, y nadie sabía con cer­te­za qué había pasa­do con el res­to del per­so­nal, comen­zó a cun­dir el temor de que a Holan­da le hubie­ra ocu­rri­do algo. En voz baja cir­cu­ló todo lo que le habían vis­to hacer duran­te el día y la noche ante­rio­res. Algún pesi­mis­ta lle­gó a recla­mar con ener­gía el dere­cho a des­ta­car su heroi­co papel de com­ba­tien­te inter­na­cio­na­lis­ta. Ganas de hablar no más. Holan­da lle­gó al día siguien­te con los demás que fal­ta­ban. Son­rien­te, ale­gre por lo vivi­do, tran­qui­la y con­fia­da en el porvenir.

Me gus­ta ver­la cuan­do los mucha­chos, por bro­mear, le lan­zan algu­na pulla para ver su reac­ción. Sue­le entor­nar los ojos de la gra­cio­sa mane­ra en que lo hace Cal­vin, el dia­bli­llo ese de las tiras cómi­cas que vive su pro­pio mun­do con su tigri­llo de fel­pa. Pue­de sonar a redun­dan­te afir­mar que es una mujer bella. Domi­na con pro­pie­dad total el inglés, el cas­te­llano y el holan­dés. Y se defien­de bien en fran­cés, ita­liano y ale­mán. Sin embar­go, ¡qué sor­pren­den­te resul­ta su modes­tia! Debe ser obra de su ori­gen cam­pe­sino, el cual la lle­na de orgu­llo. Cla­ro, cam­pe­si­na de Holan­da, con Inter­net, tele­vi­sión sate­li­tal y tele­fo­nía celu­lar en la gran­ja, pese a lo cual su fami­lia sufre la deci­sión del gobierno de su país de erra­di­car la peque­ña pro­pie­dad cam­pe­si­na en bene­fi­cio de la gran agro­in­dus­tria de exportación.

Es cons­cien­te de que para la oli­gar­quía colom­bia­na, ella no tie­ne nada qué hacer en las filas de las FARC. Pero no, sabe cuán­to daño le prac­ti­có duran­te siglos Euro­pa a la Amé­ri­ca Lati­na. Inten­ta con sus actos y su ejem­plo, con­tri­buir a sal­dar una enor­me deu­da his­tó­ri­ca. Cosas que Uri­be y sus here­de­ros jamás serán capa­ces de enten­der. A ella poco le impor­ta eso, pre­fie­re tra­ba­jar por la revo­lu­ción, sin aspa­vien­tos. Da gus­to oír­la can­tar por ahí, siem­pre a media voz, en holan­dés, inglés o qui­zás en qué len­gua extran­je­ra. Su her­mo­sa voz de soprano se va esti­ran­do en el aire com­pi­tien­do con el tri­nar de las aves. Gra­cias, Holan­da, por estar aquí, con nosotros.

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