Un jura­do popu­lar – Anto­nio Álva­rez Sólis

Mucho se ha escri­to sobre la cri­sis grie­ga, pero pocos de esos tex­tos tie­nen la con­tun­den­cia inte­lec­tual y la cali­dad lite­ra­ria de este artícu­lo. Alva­rez-Solís des­plie­ga en él un poten­te argu­men­ta­rio que, ador­na­do con una pro­sa ele­gan­te, denun­cia las mise­rias y a los mise­ra­bles que se escon­den tras la lla­ma­da «tra­ge­dia grie­ga». En el día des­pués de la huel­ga gene­ral, resue­nan estas pala­bras: «Hoy somos todos grie­gos y todos cla­ma­mos con los palos y las pie­dras ante la Poli­cía de los tira­nos. ¿O aca­so no es líci­to enfren­tar­se a los tira­nos?».

La mejor tra­di­ción filo­só­fi­ca de la Héla­de retor­na a la actua­li­dad para for­mu­lar una gran, deci­si­va y lumi­no­sa pre­gun­ta en torno a la dra­má­ti­ca situa­ción grie­ga: ¿Quién ha des­en­vai­nan­do la espa­da de la vio­len­cia? ¿Quié­nes son los nue­vos per­sas que inva­den la repú­bli­ca? En Gre­cia se ilu­mi­na has­ta la entra­ña mis­ma de los suce­sos la pro­vo­ca­ción de los pode­ro­sos. No han sido los pací­fi­cos y ale­gres grie­gos los que han encen­di­do la hogue­ra. Dejar cla­ro este asun­to nos com­pe­te a todos los que for­ma­mos la huma­na socie­dad de los ciu­da­da­nos en cual­quier par­te del mun­do. ¿Quién des­tro­zó la anti­quí­si­ma demo­cra­cia grie­ga con sus cri­mi­na­les ambi­cio­nes? ¿O aca­so no hay cri­men de lesa patria en quie­nes esquil­ma­ron al pue­blo grie­go has­ta colo­car­lo al bor­de de la bár­ba­ra des­truc­ción? Hoy somos todos grie­gos y todos cla­ma­mos con los palos y las pie­dras ante la Poli­cía de los tira­nos. ¿O aca­so no es líci­to enfren­tar­se a los tira­nos?

El plan para sal­var la eco­no­mía grie­ga, que, como tan­tas, es una eco­no­mía que no per­te­ne­ce a los grie­gos, cons­ti­tu­ye una mues­tra más de la degra­da­ción con que se some­te a los pue­blos para pro­te­ger la com­pro­me­ti­da rique­za de los pode­ro­sos y, aún más, para extraer cre­ci­dos bene­fi­cios de la tra­ge­dia. Cuan­do des­de las altu­ras don­de cam­pan los hie­ro­fan­tes se habla de la sacra invio­la­bi­li­dad del mer­ca­do se está enga­ñan­do cri­mi­nal­men­te a todo un pue­blo. Cuan­do se pre­di­ca solem­ne­men­te des­de el impe­rio que la glo­ba­li­za­ción trae la igual­dad a las nacio­nes se pre­pa­ra el gran asal­to a la vida popu­lar. Cuan­do se afir­ma sin reca­to alguno que la rique­za sola­men­te pue­de pro­du­cir­se por un puña­do de ele­gi­dos se con­su­ma el latro­ci­nio de los far­san­tes. Hoy todos los men­da­ces han que­da­do al des­cu­bier­to y no les que­da ya entre las manos más que una ley car­co­mi­da y unos mer­ce­na­rios que la defien­den. Han men­ti­do los diri­gen­tes. Y sabían que men­tían. Han fal­si­fi­ca­do todas las actas públi­cas. Y lo hacían cons­cien­te­men­te. Han arrui­na­do la vida de los ciu­da­da­nos. Y no les impor­ta­ba la mani­pu­la­ción de una con­ta­bi­li­dad cri­mi­nal. Lue­go, han come­ti­do un cri­men horren­do con­tra la huma­ni­dad. Un cri­men que no pre­ci­sa las togas com­pra­das para juz­gar­lo, sino el poder de la ciu­da­da­nía en un gran tri­bu­nal popu­lar que sen­ten­cie des­de el ágo­ra. Los que crea­ron el tri­bu­nal de Nurem­berg no pre­ci­sa­ron de exqui­si­te­ces jurí­di­cas para aca­bar con quie­nes min­tie­ron a su nación. ¿Y aca­so el ejem­plo de ese tri­bu­nal no es esgri­mi­ble con­tra quie­nes aho­ra deci­den expri­mir a los pen­sio­nis­tas, empo­bre­cer a los tra­ba­ja­do­res, hun­dir en la mise­ria toda espe­ran­za de vida dig­na para reflo­tar la nave que enca­lló su ambi­ción sin medi­da? ¿Es que la gen­te pue­de seguir al Vie­jo Oli­gar­ca del siglo de Peri­cles cuan­do cla­ma­ba con des­pre­cio: «Nada hay que carez­ca más de cono­ci­mien­to que la chus­ma inep­ta. Es, sin duda, inso­por­ta­ble recha­zar la inso­len­te domi­na­ción de un tirano para caer bajo la igual­men­te inso­len­te domi­na­ción de la atre­vi­da cana­lla. Al menos el tirano sabe lo que se pro­po­ne, la chus­ma no sabe nada. ¿Qué pue­de hacer si care­ce de ins­truc­ción y de sen­ti­do natu­ral de lo que está bien y se lan­za sin pen­sar en los asun­tos como en un río en las cre­ci­das inver­na­les? Deje­mos la demo­cra­cia para nues­tros enemi­gos; noso­tros coja­mos a un gru­po de per­so­nas des­co­llan­tes y pon­ga­mos en sus manos el gobierno»? Este tex­to infa­me con­tra el pue­blo se escri­bió hace ya más de dos mil qui­nien­tos años y aho­ra rebro­ta en el papel escri­to por las «per­so­nas des­co­llan­tes». Y con ese papel sobre­vie­nen las mis­mas con­se­cuen­cias del des­po­tis­mo a cuyo ser­vi­cio están los atil­da­dos jerar­cas que vis­ten el ropa­je de los exper­tos.

Sí, es líci­to ocu­par la calle, como lo están hacien­do los grie­gos, segu­ra­men­te por la lla­ma­da de la san­gre que des­tro­nó a los reyes. No han sido los tra­ba­ja­do­res los que con su tra­ba­jo han este­ri­li­za­do el sue­lo común. No han sido los pen­sio­nis­tas los que han asal­ta­do la bol­sa nacio­nal. No han sido los que cada día acu­den al tajo los que han echa­do a rodar a su patria por el des­pe­ña­de­ro. Alguien ha deci­di­do jugar con el dine­ro para acu­mu­lar­lo en for­ma de poder; alguien muy con­cre­to que tie­ne nom­bres y ape­lli­dos y en cuyo auxi­lio acu­den aho­ra las gran­des ins­tan­cias inter­na­cio­na­les a fin de que no se derrum­be su cas­ti­llo de nai­pes. El hom­bre ama la tie­rra y ama su tra­ba­jo y su fies­ta y su paz. ¿Qué ha pasa­do, pues, para que ese hom­bre empu­ñe las armas y arre­me­ta con­tra quie­nes poseen la pól­vo­ra, la ley y las pri­sio­nes? Ahí que­da la pre­gun­ta para que la res­pon­da­mos entre todos. No temáis hacer retó­ri­ca, por­que el vie­jo arte de la pala­bra siem­pre movió los cora­zo­nes a la acción. La pala­bra viva, cla­ra; no esa pala­bra mos­tren­ca que repi­ten como un megá­fono los ser­vi­do­res de la dic­ta­du­ra para ves­tir a los san­tos de palo, todo cabe­za y sin cuer­po bajo el man­teo.

Los grie­gos, inven­to­res de la demo­cra­cia, no quie­ren renun­ciar a ella aho­ra. No les valen las ayu­das des­ti­na­das, ade­más, a la mino­ría para reci­clar su cri­men de lesa patria. No les valen esos cau­da­les que serán ven­di­dos en el mer­ca­di­llo de moni­po­dio para obte­ner unos intere­ses que san­gran tris­te­za, des­truc­ción moral y pobre­za con­ti­nua­da. Hay que decir todas estas cosas aun­que las con­tor­neen de risa los sabios de la mala hora. Hay que decir que la demo­cra­cia se hace en la calle, vive de la calle y la calle es su patria. Nadie ha arrui­na­do a sus seme­jan­tes has­ta que se ha decla­ra­do supe­rior a ellos. Y con­tra esos supe­rio­res fabri­ca­dos en el Ban­co Mun­dial o en el Fon­do Mone­ta­rio o en los ban­cos cen­tra­les con sus lar­gos bra­zos de los ban­cos sapro­fi­tos hay que emplear todos los medios de que dis­po­ne el núme­ro y el valor. La bata­lla la han vuel­to inevi­ta­ble. La ter­ce­ra gue­rra mun­dial ha empe­za­do en las entra­ñas de la ciu­da­de­la que pare­cía inex­pug­na­ble. Y ante ella no cabe hacer la inves­ti­ga­ción mor­tal de los bue­nos y de los malos, por­que esa dis­tin­ción no es menes­ter hacer­la, ya que los bue­nos son los que no comen. Así de sim­ple. Pero tras esta sim­ple­za hay toda una rica doc­tri­na que nie­ga la des­igual­dad y las gran­des y faraó­ni­cas ins­ti­tu­cio­nes. La demo­cra­cia que rena­ce nece­si­ta pue­blos cons­cien­tes de que lo son, dimen­sio­nes domi­na­bles, eco­no­mías de sano con­su­mo, pla­za públi­ca y demo­cra­cias actuan­tes coti­dia­na­men­te. Como en las reli­gio­nes, sobran las cate­dra­les y su músi­ca de órgano. Fren­te a las pode­ro­sas monar­quías uni­das por la depre­da­ción pre­ci­sa­mos repú­bli­cas que, cons­cien­tes unas de otras y con afán de reu­nión y con­cor­dia, sepan sus­ti­tuir la mal­di­ta glo­ba­li­za­ción por un uni­ver­sa­lis­mo del tra­ba­jo en igual­dad y con­cor­dia. Es hora de espe­jos peque­ños y sóli­dos orgu­llos mora­les. Los grie­gos se han incli­na­do por la bata­lla, pero ¿qué otra cosa que­da para ser ver­da­de­ra­men­te jus­tos? Escri­ban lo que quie­ran los jue­ces, dis­pa­ren sus armas los ejér­ci­tos, cons­tru­yan len­gua­jes arti­fi­cia­les, pero pese a todo ese aba­ni­co de poder, la demo­cra­cia vie­ne. Y un día se des­cu­bri­rá otra vez que con lo que gas­tan los pode­ro­sos en su repre­sión para acu­mu­lar rique­za las nacio­nes come­rían sin mayo­res apu­ros. Por­que esto de comer cues­ta poco; lo caro, lo real­men­te caro ‑en armas, en Poli­cía y en leyes- es man­te­ner el ham­bre y la pobre­za, que es la vaca que orde­ñan todos los días los que son due­ños del pese­bre finan­cie­ro.

El alma de Gre­cia ‑que per­te­ne­ce sólo a sus amos- ha sido valo­ra­da en 130.000 millo­nes de euros. No creo que los grie­gos pue­dan pagar esa fac­tu­ra de su éli­te. Los pobres san­gran poco aun­que se les hie­ra mucho. Por eso lo más efi­caz que pue­den hacer es ven­der esa san­gre en la calle. Cuan­do hay poco que inver­tir, se debe estu­diar muy bien la inver­sión

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