Femi­nis­mo anti­ca­pi­ta­lis­ta, esa Escan­da­lo­sa Cosa y otros pala­bros – Femi​nis​tas​.org

Amaia Pérez Oroz­co
femi​nis​tas​.org La idea de esta ponen­cia es reto­mar el hilo de los deba­tes sobre el capi­ta­lis­mo y el patriar­ca­do, sem­pi­ter­nos en el femi­nis­mo, a la luz de la cri­sis civi­li­za­to­ria que esta­mos vivien­do. Par­to de un sen­ti­mien­to de urgen­cia, la urgen­cia de tener, como femi­nis­tas, una voz incó­mo­da, como dicen algu­nas com­pa­ñe­ras, una pos­tu­ra moles­to­sa, como dirían otras, ante lo que (nos) está ocu­rrien­do. Hace mucho veni­mos deba­tien­do si el capi­ta­lis­mo y el patriar­ca­do son dos sis­te­mas dis­tin­tos, si son uno solo, si se tra­ta de un capi­ta­lis­mo patriar­cal o un patriar­ca­do capi­ta­lis­ta. Y qué tie­nen que ver otros ejes de poder, si nos enfren­ta­mos más bien a un patriar­ca­do capi­ta­lis­ta blan­co, a un capi­ta­lis­mo patriar­cal hete­ro­se­xis­ta racial­men­te estruc­tu­ra­do… Si es que no tene­mos ni nom­bres… por­que, como dice Don­na Hara­way, ¿de qué for­ma pode­mos lla­mar a esa Escan­da­lo­sa Cosa?

Pues bien, ¿qué hace­mos hoy, Gra­na­da 2009, con esa Escan­da­lo­sa Cosa en cri­sis? Aquí van unas bre­ves líneas para afir­mar que, en este momen­to, nece­si­ta­mos reto­mar con fuer­za un femi­nis­mo anti­ca­pi­ta­lis­ta (o muchos femi­nis­mos anti­ca­pi­ta­lis­tas, ya que la volun­tad, o el espe­jis­mo, de uni­dad se nos rom­pió y aho­ra anda­mos a la bús­que­da de for­mas poten­tes de arti­cu­lar la diver­si­dad). Para ello, en este tex­to (que, jus­to es decir­lo, hace espe­cial refe­ren­cia al con­tex­to del esta­do espa­ñol y pro­ba­ble­men­te diga poco o sue­ne extra­ño en otros) comien­zo ahon­dan­do en la cri­sis de los cui­da­dos – qué es, qué fac­to­res la han des­en­ca­de­na­do, cómo está evo­lu­cio­nan­do – y, sobre todo, reto­man­do bre­ve­men­te algu­nos de los deba­tes cen­tra­les que el dis­cu­tir sobre esta cri­sis nos abría, y que tenían una fuer­te poten­cia para la arti­cu­la­ción de un femi­nis­mo anti­ca­pi­ta­lis­ta diver­so. Hablo en pasa­do por­que, con el colap­so finan­cie­ro actual, esa arti­cu­la­ción, que era frá­gil, está fuer­te­men­te ame­na­za­da; esta­mos a un tris de reple­gar­nos hacia un femi­nis­mo pro­duc­ti­vis­ta de feti­chi­za­ción del tra­ba­jo asa­la­ria­do. Y, sin embar­go, esa mis­ma cri­sis, si le entra­mos estra­té­gi­ca­men­te, pue­de fun­cio­nar como aci­ca­te de cam­bio, como cata­li­za­dor de esa arti­cu­la­ción de un femi­nis­mo anti­ca­pi­ta­lis­ta diver­so.


Pero, antes de nada, ¿por qué es impor­tan­te hablar de cui­da­dos? ¿Qué poten­cia tie­ne dedi­car­le una aten­ción espe­cí­fi­ca y prio­ri­ta­ria? Entre otros muchos moti­vos que podría­mos ale­gar y que de segu­ro nos vie­nen a la cabe­za, hay uno cla­ve: en los cui­da­dos se pro­du­ce la mate­ria­li­za­ción coti­dia­na de los pro­ble­mas más “gor­dos”, más estruc­tu­ra­les. A fin de cuen­tas, es ahí don­de se escon­den todas las posi­bi­li­da­des y tram­pas del con­jun­to del sis­te­ma. Dis­cu­tien­do sobre los cui­da­dos, en lo con­cre­to, en la vida del día a día, esta­mos dis­cu­tien­do sobre esos gran­des “dile­mas exis­ten­cia­les del femi­nis­mo” que, enfo­ca­dos des­de un ángu­lo dema­sia­do macro, dema­sia­do abs­trac­to, a veces se nos esca­pan. Por ejem­plo, cuál es la rela­ción entre capi­ta­lis­mo y patriar­ca­do, qué posi­bi­li­da­des de libe­ra­ción tene­mos en los már­ge­nes del sis­te­ma, qué sig­ni­fi­ca igual­dad en el repar­to del tra­ba­jo y los recur­sos y cómo con­se­guir­la, cómo se rela­cio­na el géne­ro con otros ejes de poder en lo eco­nó­mi­co… Los cui­da­dos son algo así como “lo per­so­nal es polí­ti­co” en el ámbi­to eco­nó­mi­co.

1.La cri­sis de los cui­da­dos: qué es y qué la des­en­ca­de­na

¿Qué es la cri­sis de los cui­da­dos? Es la rup­tu­ra del mode­lo pre­vio de repar­to de los cui­da­dos, que sos­te­nía el con­jun­to del sis­te­ma socio­eco­nó­mi­co, que de for­ma cla­ve con­for­ma­ba la base sobre la que se eri­gían las estruc­tu­ras eco­nó­mi­cas, el mer­ca­do labo­ral y el esta­do del bien­es­tar. Se tra­ta­ba de un mode­lo basa­do en dos carac­te­rís­ti­cas. En pri­mer lugar, en adju­di­car a las muje­res en los hoga­res la res­pon­sa­bi­li­dad de resol­ver las nece­si­da­des de cui­da­dos. No exis­tían meca­nis­mos colec­ti­vos para asu­mir esa res­pon­sa­bi­li­dad: no eran ni el esta­do, ni las empre­sas, ni la comu­ni­dad quie­nes se hacían res­pon­sa­bles, sino los hoga­res y, en ellos, las muje­res. No cada una ais­la­da­men­te, sino orga­ni­za­das en redes más o menos exten­sas, más o menos simé­tri­cas o atra­ve­sa­das de rela­cio­nes de poder entre ellas mis­mas. En segun­do lugar, se basa­ba en la divi­sión sexual del tra­ba­jo clá­si­ca. La que a nivel macro adju­di­ca­ba a las muje­res los tra­ba­jos de cui­da­dos invi­si­bles, los no-tra­ba­jos, y a los hom­bres el espa­cio del tra­ba­jo reco­no­ci­do como tal, el asa­la­ria­do. La que per­mi­tía que el ámbi­to de la eco­no­mía “real” o “pro­duc­ti­va” se cons­tru­ye­ra sobre la pre­sen­cia-ausen­te de las muje­res: las muje­res pre­sen­tes, acti­vas, pero en los ámbi­tos eco­nó­mi­cos invi­si­bles, los de los tra­ba­jos gra­tui­tos. Y esa “ausen­cia”, esa invi­si­bi­li­dad, era requi­si­to indis­pen­sa­ble para que el sis­te­ma siguie­ra ade­lan­te vol­can­do ahí todos los cos­tes de man­te­ner y repro­du­cir la vida bajo las con­di­cio­nes impues­tas por un sis­te­ma que no prio­ri­za­ba la vida, sino que la uti­li­za­ba para acu­mu­lar capi­tal. Pre­sen­cia-ausen­te que, en el caso de las muje­res obre­ras, se con­ver­tía en doble invi­si­bi­li­dad: por­que, en el tajo, debían actuar como si no tuvie­ran res­pon­sa­bi­li­da­des fue­ra de la fábri­ca; y, en la casa, debían apro­xi­mar­se lo más que pudie­ran al mode­lo de ama de casa vol­ca­da en los suyos. Divi­sión sexual del tra­ba­jo clá­si­ca que, a nivel micro, eri­gía en nor­ma social la fami­lia nuclear radio­ac­ti­va, aque­lla del hom­bre gana­dor del pan /​mujer ama de casa. Ojo, deci­mos que era la nor­ma social, pero no habla­mos de fami­lia nor­mal en el sen­ti­do de que fue­se abru­ma­do­ra­men­te mayo­ri­ta­ria, sino de que se impo­nía como mode­lo al que aspi­rar y res­pec­to del cual se des­via­ban todos los gru­pos socia­les pro­ble­má­ti­cos: lo rural que debía ten­der a des­apa­re­cer con el pro­gre­so, las les­bia­nas, las madres solas, las muje­res obre­ras, etc.

Pues bien, este mode­lo se vie­ne aba­jo, lo cual en nin­gún caso sig­ni­fi­ca que se haya des­cua­je­rin­ga­do algo que estu­vie­ra bien. Pre­ci­sa­men­te des­de el femi­nis­mo se ha lucha­do mucho con­tra la divi­sión sexual del tra­ba­jo, con­tra la fami­lia nuclear, por ser una de las pie­zas cla­ve en la opre­sión de las muje­res. Pero sí se ha des­cua­je­rin­ga­do algo que sos­te­nía una fal­sa paz social. Y aquí está el quid: las ten­sio­nes empie­zan a salir a flo­te.

¿Y por qué esa rup­tu­ra? Por muchos fac­to­res. De algu­nos nos hablan por todos lados de for­ma ses­ga­da y ten­den­cio­sa. El enve­je­ci­mien­to de la pobla­ción es uno de ellos, que es cier­to, inne­ga­ble. Otra cosa es cómo lo mira­mos, si lo enten­de­mos como un mero aumen­to de un mon­tón de gen­te “depen­dien­te” “mer­can­til­men­te no pro­duc­ti­va”; y cómo lo cons­trui­mos, si como un sim­ple alar­ga­mien­to de la can­ti­dad de vida, al mar­gen de la cali­dad de vida o de la capa­ci­dad de deci­dir sobre la pro­pia vida. El enve­je­ci­mien­to de la pobla­ción y… la inser­ción de las muje­res en el mer­ca­do labo­ral. Que, más allá de la reduc­ción cuan­ti­ta­ti­va del núme­ro de muje­res dis­po­ni­bles 100% para las nece­si­da­des del hogar, de amas de casa a tiem­po com­ple­to, es sobre todo impor­tan­te por refle­jar un cam­bio en la iden­ti­dad de las muje­res, que nos nega­mos a renun­ciar al empleo, a toda vida pro­fe­sio­nal, a la inde­pen­den­cia mone­ta­ria, para dedi­car­nos en ple­ni­tud al tra­ba­jo no paga­do en la fami­lia. El revue­lo que se mon­ta social­men­te por esta “inser­ción de las muje­res en el mer­ca­do labo­ral” está aso­cia­do tam­bién a un pro­ce­so de cla­se: ya había un mon­tón de muje­res en el mer­ca­do labo­ral, todas aque­llas muje­res obre­ras suje­tas a la doble invi­si­bi­li­dad que decía­mos antes. Eran muje­res que vivían en ple­ni­tud esos pro­ble­mas de “con­ci­lia­ción de la vida labo­ral y fami­liar”, pero que no tenían legi­ti­mi­dad social para plan­tear­la como un pro­ble­ma públi­co. El revue­lo empie­za a for­mar­se por­que el femi­nis­mo lo saca a la luz, como indu­da­ble con­se­cuen­cia de un ejer­ci­cio de dig­ni­fi­ca­ción del tra­ba­jo asa­la­ria­do de las muje­res; pero tam­bién por­que empie­zan a ser ten­sio­nes sufri­das por muje­res de cla­se media y mayor nivel edu­ca­ti­vo que tie­nen mayor capa­ci­dad para que sus voces se oigan.

Pero hay otros fac­to­res de los que se habla mucho menos, de los que no se quie­re hablar. La cri­sis de los cui­da­dos está ínti­ma­men­te rela­cio­na­da con el mode­lo de cre­ci­mien­to urbano, que con­lle­va la des­apa­ri­ción de espa­cios públi­cos don­de se pue­da cui­dar de for­ma menos inten­si­va (sin el mie­do a que atro­pe­llen a la cría, ¿no sería más fácil que baje a jugar sola con sus ami­gos, o dejar que vaya sola a gim­na­sia sin tener que acom­pa­ñar­la?), y gene­ra una esci­sión entre los dis­tin­tos espa­cios de vida que, ade­más de robar­nos una bar­ba­ri­dad de horas en trans­por­te, hace que el curro, la casa, las amis­ta­des, la escue­la, el cen­tro de salud estén cada uno en una pun­ta, que sea una locu­ra ir de un lugar a otro, que no pue­das simul­ta­near tareas, ni pedir a alguien que eche un ojo al abue­lo mien­tras bajas a hacer reca­dos. La cri­sis de los cui­da­dos está ínti­ma­men­te vin­cu­la­da a la “explo­sión urba­na y del trans­por­te moto­ri­za­do”, sobre la que aler­tan des­de el eco­lo­gis­mo social, y que está en la géne­sis de la cri­sis eco­ló­gi­ca. Otro fac­tor del que habla­mos poco, muy poco, es la pre­ca­ri­za­ción del mer­ca­do labo­ral: la fle­xi­bi­li­za­ción de tiem­pos y espa­cios que, más allá de la retó­ri­ca que nos quie­ran ven­der, res­pon­de sis­te­má­ti­ca­men­te a las nece­si­da­des empre­sa­ria­les. El bai­le caó­ti­co de tiem­pos y espa­cios de tra­ba­jo vuel­ve impo­si­ble cual­quier arre­glo del cui­da­do media­na­men­te esta­ble. Y esa mis­ma pre­ca­ri­za­ción hace que los (esca­sos) dere­chos de con­ci­lia­ción que se van reco­no­cien­do o amplian­do (léan­se per­mi­sos de mater­ni­dad, pater­ni­dad, exce­den­cias, reduc­cio­nes de jor­na­da, etc.) lle­guen a una frac­ción pri­vi­le­gia­da de la fuer­za labo­ral y dejen fue­ra a otra mucha, mucha gen­te. Por últi­mo, la pér­di­da de redes socia­les y el afian­za­mien­to de un mode­lo indi
vidua­li­za­do de ges­tión de la coti­dia­nei­dad y de cons­truc­ción de hori­zon­tes vita­les, nos deja muy solas a la hora de abor­dar estas peque­ñas gran­des difi­cul­ta­des de la vida. El modo indi­vi­dua­li­za­do y con­su­mis­ta de apa­ñár­nos­las, cada quien con­si­go y con lo que pue­da com­prar en el mer­ca­do. Y, cuan­do esto falla, el reite­ra­do recu­le a la fami­lia tra­di­cio­nal. Ima­gi­na­mos alter­na­ti­vas de con­vi­ven­cia que no pasen por el mer­ca­do ni por los lazos fami­lia­res pro­to­tí­pi­cos, pero no las cons­trui­mos con soli­dez. Por qué segui­mos ahí estan­ca­das, des­de el pro­pio femi­nis­mo, es algo que no tene­mos cla­ro. La asun­ción de mayo­res cotas de liber­tad en la orga­ni­za­ción de la vida coti­dia­na no va uni­da a la incor­po­ra­ción de la idea de vul­ne­ra­bi­li­dad, por lo que la liber­tad no se tra­du­ce en la cons­truc­ción de una res­pon­sa­bi­li­dad com­par­ti­da para lidiar con nues­tras vul­ne­ra­bi­li­da­des inevi­ta­bles. ¿Esta­mos deri­van­do, como socie­dad, pero tam­bién noso­tras, hacia una idea de auto­su­fi­cien­cia más que hacia la cons­ta­ta­ción de la inter­de­pen­den­cia vital? ¿Cómo lidiar con el deseo de liber­tad y la nece­si­dad de com­pro­mi­so?

2.La cri­sis de los cui­da­dos: quié­nes (no) mue­ven ficha

Todos esos fac­to­res están detrás, como decía­mos, de la rup­tu­ra del mode­lo anti­guo de orga­ni­za­ción social de los cui­da­dos, que per­mi­tía una fal­sa paz social. Si esto se vie­ne aba­jo, la nece­si­dad de una redis­tri­bu­ción de los cui­da­dos, de un replan­tea­mien­to de la for­ma en que los orga­ni­za­mos, se vuel­ve inelu­di­ble (y esto inclu­ye no sólo su repar­to, sino tam­bién la mane­ra mis­ma en que los enten­de­mos, la cul­tu­ra del cui­da­do sub­ya­cen­te). Si esta reor­ga­ni­za­ción antes era abso­lu­ta­men­te nece­sa­ria por moti­vos de jus­ti­cia, aho­ra lo es tam­bién por moti­vos de super­vi­ven­cia. ¿Se pro­du­ce? La res­pues­ta es meri­dia­na­men­te cla­ra. Ni el esta­do, ni el mer­ca­do (es decir, las empre­sas) están asu­mien­do una res­pon­sa­bi­li­dad en el cui­da­do de la gen­te. Esta res­pon­sa­bi­li­dad sigue reca­yen­do en los hoga­res y, en ellos, en las muje­res.

Vaya­mos por par­tes.

El esta­do, o, mejor dicho, el con­jun­to de admi­nis­tra­cio­nes a sus dis­tin­tos nive­les, no está asu­mien­do la res­pon­sa­bi­li­dad de pro­por­cio­nar los cui­da­dos nece­sa­rios. Es cier­to que, en el esta­do espa­ñol así como en otros paí­ses, esta­mos obser­van­do cier­to aumen­to de ser­vi­cios de cui­da­dos y de pres­ta­cio­nes que pro­por­cio­nan tiem­po o dine­ro para cui­dar, como escue­las infan­ti­les, la “ley de depen­den­cia”, algu­nos dere­chos de “con­ci­lia­ción”, etc. Pero este incre­men­to res­pon­de más bien a la situa­ción de emer­gen­cia social, dado el nivel de par­ti­da (cer­cano a) cero, y no refle­ja un cam­bio pro­fun­do.

Ade­más, se da en un con­tex­to de fuer­te pri­va­ti­za­ción de lo públi­co: tan­to de lo que exis­tía antes (sis­te­mas edu­ca­ti­vo y sani­ta­rio, que, si bien no pode­mos decir que pres­ten cui­da­dos tal cual, tie­nen un impac­to direc­to en cómo se orga­ni­za el cui­da­do), como de lo que se está crean­do. De hecho, la “ley de depen­den­cia” hace que los meca­nis­mos median­te los cua­les se pre­ten­de arti­cu­lar el supues­to dere­cho a reci­bir cui­da­dos en situa­ción de depen­den­cia naz­can más pri­va­ti­za­dos de lo que ha naci­do nun­ca nin­gún otro dere­cho social. Con sólo echar un vis­ta­zo al pro­pio tex­to de la “ley de depen­den­cia” pode­mos ver el papel que se da a las empre­sas; fiel­men­te res­pe­ta­do por el desa­rro­llo pos­te­rior del Sis­te­ma para la Auto­no­mía y la Aten­ción a la Depen­den­cia, con su Fon­do de Apo­yo de 17 millo­nes de euros en 2009 para crear cen­tros pri­va­dos de resi­den­cias, cen­tros de día, ayu­da a domi­ci­lio, etc. Los ser­vi­cios pri­va­ti­za­dos sabe­mos que mul­ti­pli­can la des­igual­dad, por­que basan su ren­ta­bi­li­dad en la ofer­ta de ser­vi­cios de cali­da­des muy dis­tin­tas según lo que se pague, y en la explo­ta­ción de la mano de obra con­tra­ta­da.


Ade­más de (o, más bien, en rela­ción con) que los ser­vi­cios y pres­ta­cio­nes de cui­da­dos nacen con un gra­do de pri­va­ti­za­ción into­le­ra­ble, se basan en el abu­so de la mano de obra feme­ni­na no paga­da o mal paga­da. Así, se desa­rro­llan mucho más las pres­ta­cio­nes que dan “tiem­po para cui­dar”, o sea, las que te per­mi­ten ale­jar­te del mer­ca­do labo­ral para dedi­car­te a cui­dar gra­tis (reduc­cio­nes de jor­na­das, exce­den­cias) que aque­llas que dan “dine­ro para cui­dar”, o sea, las que remu­ne­ran ese tiem­po (per­mi­so de mater­ni­dad, pater­ni­dad, o lac­tan­cia) o las que, sim­ple­men­te, hacen que pue­das seguir en el mer­ca­do labo­ral sin tener que renun­ciar al empleo. Igual­men­te, la aten­ción a la depen­den­cia está abru­ma­do­ra­men­te sos­te­ni­da por la lla­ma­da pres­ta­ción eco­nó­mi­ca por cui­da­dos no pro­fe­sio­na­les en el entorno fami­liar (reci­bi­da por el 57,7% de las per­so­nas que reci­ben algu­na pres­ta­ción de esta ley). Lo que en Anda­lu­cía sale­ro­sa­men­te lla­man “la pagui­lla”. Es decir, te doy 300 euros al mes y cui­das 24 horas a la abue­la (el máxi­mo en 2009 eran 519 euros en caso de máxi­ma depen­den­cia). Esto hace que las cui­da­do­ras sigan sien­do las de siem­pre, y tam­bién incen­ti­va enor­me­men­te la con­tra­ta­ción de emplea­das de hogar en situa­ción irre­gu­lar. Este uso y abu­so del tra­ba­jo de cui­da­dos feme­nino no paga­do o mal paga­do se da en un con­tex­to que difu­mi­na las fron­te­ras entre el esta­do-la empre­sa-el ter­cer sec­tor. Por­que el uso y abu­so del volun­ta­ria­do sería otro gran tema del que hablar…

Por tan­to se obser­va cier­to aumen­to de pres­ta­cio­nes y ser­vi­cios, sí, pero más como par­che que como mues­tra de un cam­bio pro­fun­do, man­te­nien­do la deri­va pri­va­ti­za­do­ra de lo públi­co y abu­san­do de los cui­da­dos no/​mal paga­dos. Estas pres­ta­cio­nes y ser­vi­cios pre­sen­tan ade­más exclu­sio­nes muy gra­ves, dejan­do fue­ra a gran par­te de la pobla­ción migran­te, entre otros sec­to­res socia­les. Por ejem­plo, el régi­men dis­cri­mi­na­to­rio que regu­la el empleo de hogar hace que la mayor par­te de los famo­sos dere­chos de “con­ci­lia­ción” no exis­tan para las emplea­das de hogar, que el des­pi­do en caso de emba­ra­zo que­de gene­ral­men­te impu­ne, etc. Y esto siem­pre en el mar­co de una com­pren­sión está­ti­ca y estig­ma­ti­za­do­ra del cui­da­do, que ve a quie­nes reci­ben cui­da­dos como depen­dien­tes (negan­do otras apor­ta­cio­nes socia­les que pue­dan hacer) y dejan­do en mera retó­ri­ca eso de la pro­mo­ción de la auto­no­mía. Al final, todo está muy acor­de con la visión pro­duc­ti­vis­ta que valo­ra a las per­so­nas sólo en fun­ción de su ren­ta­bi­li­dad para el mer­ca­do.

A menu­do, cuan­do pen­sa­mos en quién y en quién no debe­ría asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad de cui­dar pen­sa­mos en muje­res, hom­bres, y esta­do… pero olvi­da­mos otro gran agen­te social: las empre­sas, el mer­ca­do. De hecho, es en torno a las nece­si­da­des e intere­ses de las empre­sas como se orga­ni­za el con­jun­to de la estruc­tu­ra social y eco­nó­mi­ca. Es decir, colec­ti­va­men­te asu­mi­mos la res­pon­sa­bi­li­dad de que los pro­ce­sos mer­can­ti­les de acu­mu­la­ción de capi­tal fun­cio­nen. Pero, ¿y vice­ver­sa?, ¿asu­men las empre­sas algún tipo de com­pro­mi­so sobre el cui­da­do de la vida?, ¿están asu­mien­do esta res­pon­sa­bi­li­dad en el con­tex­to de cri­sis de los cui­da­dos? Y la res­pues­ta es muy cla­ra: no. De hecho, están hacien­do deja­ción de las muy esca­sas res­pon­sa­bi­li­da­des que tenían, mate­ria­li­za­das, cuan­do menos, en dos ele­men­tos cla­ve: el pago de coti­za­cio­nes a la segu­ri­dad social y la orga­ni­za­ción de los tiem­pos y espa­cios de tra­ba­jo que res­pe­ten la vida de las per­so­nas, sus rit­mos vita­les, sus nece­si­da­des extra-labo­ra­les. Ambos fac­to­res, en el con­tex­to de pre­ca­ri­za­ción del empleo (par­te de lo que des­de el femi­nis­mo hemos lla­ma­do, acer­ta­da­men­te,
femi­ni­za­ción o domes­ti­ca­ción del tra­ba­jo) están debi­li­tán­do­se. La des­re­gu­la­ción del mer­ca­do labo­ral impli­ca con­si­de­rar a la gen­te como un mero input para el mer­ca­do (de hecho, ¿qué otra cosa pode­mos ser cuan­do se nos lla­ma capi­tal humano?). Y el ata­que a las coti­za­cio­nes a la segu­ri­dad social está sien­do direc­to. Por lo tan­to, es cier­to que las empre­sas cada vez pro­ta­go­ni­zan más los cui­da­dos: se está pro­du­cien­do una exter­na­li­za­ción, una mer­can­ti­li­za­ción de los cui­da­dos, pero las empre­sas hacen esto a cam­bio de que les gene­re bene­fi­cios, es decir, no por­que se res­pon­sa­bi­li­cen. Dife­ren­ciar estos dos pro­ce­sos es cen­tral: una cosa es que de los cui­da­dos hagan bene­fi­cios, y otra que paguen por todo el pro­ce­so de repro­duc­ción gene­ra­cio­nal y coti­dia­na de la mano de obra, del que se nutren. Val­ga aquí un alto: es a esto últi­mo a lo que nos refe­ri­mos cuan­do habla­mos de que hacen deja­ción de su res­pon­sa­bi­li­dad… aun­que pro­ba­ble­men­te esa pala­bre­ja (res­pon­sa­bi­li­dad) en este caso no sea muy acer­ta­da, por­que se acer­ca dema­sia­do a esas cor­ti­nas de humo de la res­pon­sa­bi­li­dad empre­sa­rial; mien­tras bus­ca­mos una mejor, dejé­mos­lo así: que las empre­sas se res­pon­sa­bi­li­cen de los cui­da­dos sig­ni­fi­ca que los paguen, que se vean obli­ga­das a ple­gar su lógi­ca de acu­mu­la­ción a las exi­gen­cias del cui­da­do de la vida; cuan­do deci­mos que no se res­pon­sa­bi­li­zan nos refe­ri­mos a que supe­di­tan los cui­da­dos a su pro­pio fun­cio­na­mien­to mer­can­til, a que los expo­lian, a que hacen bene­fi­cio de los cui­da­dos, de los no paga­dos o mal paga­dos.

Si ni el esta­do ni las empre­sas se hacen res­pon­sa­bles, ¿quién, pues? Los hoga­res, como siem­pre… Y, en los hoga­res, siguen sien­do las muje­res. Más allá de los casos indi­vi­dua­les que todas cono­ce­mos (y que siem­pre sal­tan a la pales­tra cuan­do hace­mos esta acu­sa­ción colec­ti­va: siem­pre hay algún hom­bre -¡algún bio­hom­bre!- ofen­di­do por­que él cui­da muchí­si­mo, o algu­na mujer que rei­vin­di­ca lo bien que se lo mon­ta su chi­co), más allá de esos casos, decía­mos, los hom­bres en su con­jun­to no asu­men la res­pon­sa­bi­li­dad. Lo cual se pue­de ver si ana­li­za­mos los datos de usos del tiem­po, si vemos qué tareas se repar­ten, cuá­les no (las más repe­ti­ti­vas, las más monó­to­nas, las más coti­dia­nas), quién sigue asu­mien­do lo que lla­ma­mos “ges­tión men­tal”, es decir, garan­ti­zar que el con­jun­to de tareas se coor­di­nan y resuel­ven, quién sigue lidian­do con la con­tra­ta­ción de la emplea­da de hogar, quién sigue sien­do emplea­da de hogar… Se impo­ne una retó­ri­ca de la igual­dad, difí­cil­men­te asu­mi­mos que la res­pon­sa­bi­li­dad sigue sien­do nues­tra, y bus­ca­mos mil y una for­mas para esqui­var el con­flic­to: “es nor­mal que sea yo quien hace más cosas por­que mi hora­rio de curro es menos inten­si­vo”; “a los dos nos vie­ne bien que coja yo la reduc­ción de jor­na­da por­que cobro menos”; “con­tra­ta­mos unas horas a una emplea­da y así nos deja­mos de líos”; “yo me encar­go de mi madre por­que mis her­ma­nos viven lejos”… Pero esto no sig­ni­fi­ca que, efec­ti­va­men­te, no haya tam­bién cam­bios en mar­cha. Y aquí un aná­li­sis más a fon­do de las trans­for­ma­cio­nes en las mas­cu­li­ni­da­des sería un ele­men­to muy nece­sa­rio.

A grue­sos tra­zos, pode­mos afir­mar que siguen sien­do las muje­res quie­nes se encar­gan de la ges­tión indi­vi­dua­li­za­da (por­que no es social) de los cui­da­dos en las casas. Y aquí lo hacen, lo hace­mos, de dos for­mas: vol­vién­do­nos un poco locas (si no tene­mos más res­pon­sa­bi­li­dad que la ges­tión coti­dia­na de un hogar con pocas nece­si­da­des) o muy locas cuan­do la cosa se com­pli­ca (y hay niños, y per­so­nas mayo­res, o alguien tie­ne una enfer­me­dad, o una dis­ca­pa­ci­dad), des­ple­gan­do mil y una estra­te­gias para con­ci­liar lo impo­si­ble, estra­te­gias a las que poco a poco vamos ponien­do nom­bre y logran­do cla­si­fi­car y enten­der (des­de mul­ti­pli­car las tareas que se hacen a un tiem­po, has­ta renun­ciar a una par­te de las tareas que hay que con­ci­liar: renun­ciar al empleo, o renun­ciar a reagru­par a las hijas para poder seguir de inter­na). Nom­brar­las nos sir­ve para colec­ti­vi­zar, al menos un poco, estas estra­te­gias, que tie­nen un pro­ble­ma cen­tral: se ges­tio­nan y nego­cian de mane­ra indi­vi­dual, como si fue­sen pro­ble­mas úni­cos a los que nos enfren­ta­mos cada quien. Y es que aquí nos la están colan­do: si bien decía­mos que lo per­so­nal es polí­ti­co, aho­ra resul­ta que muchas cosas que antes se con­si­de­ra­ban polí­ti­cas (como nego­ciar las con­di­cio­nes labo­ra­les) se vuel­ven per­so­na­les.

Y, ade­más de des­ple­gar estas estra­te­gias de con­ci­lia­ción impo­si­ble, echa­mos mano de los recur­sos al alcan­ce: los ser­vi­cios públi­cos exis­ten­tes o los recur­sos de cada quien – la fami­lia para cui­dar gra­tis o el dine­ro para com­prar cui­da­dos –. La fami­lia exten­sa, sobre todo las abue­las, está jugan­do un rol cen­tral. Aquí apa­re­ce una redis­tri­bu­ción inter-gene­ra­cio­nal del tra­ba­jo de cui­da­dos que tie­ne un lími­te muy cla­ro con el pro­ce­so de enve­je­ci­mien­to que vivi­mos. Hay una gene­ra­ción de muje­res pio­ne­ras que echan una mano (o son sopor­te cen­tral) para el cui­da­do de quie­nes han veni­do detrás y, al mis­mo tiem­po, se plan­tean cómo quie­ren ser cui­da­das sin sumir a sus hijas en la mis­ma diná­mi­ca de res­pon­sa­bi­li­dad-sacri­fi­cio que tan­to cues­tio­nan. Las femi­nis­tas mayo­res se están plan­tean­do nue­vos dile­mas res­pec­to a su pro­pio cui­da­do y al papel de otras muje­res que nos abre camino a todas. Pero tam­bién hay muchos casos en los que se recu­rre a mer­can­ti­li­zar los cui­da­dos; se com­pran indi­vi­dua­li­za­da­men­te ser­vi­cios en el mer­ca­do o se con­tra­ta empleo de hogar. Aquí la varie­dad de situa­cio­nes es amplí­si­ma. Des­de quie­nes entran en una diná­mi­ca de pura y sim­ple explo­ta­ción, has­ta quie­nes real­men­te no tie­nen alter­na­ti­va ni capa­ci­dad de pagar mejor. En todo caso, se sue­le tra­tar de empleos muy pre­ca­rios (el sec­tor de cui­da­dos es un sec­tor muy pena­li­za­do en tér­mi­nos de con­di­cio­nes labo­ra­les y sala­ria­les) y, por lo tan­to, ocu­pa­dos por muje­res que no tie­nen mucha más alter­na­ti­va labo­ral. Esta­mos pro­ta­go­ni­zan­do una fuer­te redis­tri­bu­ción de los cui­da­dos por ejes de poder entre muje­res: mar­ca­da por la cla­se social, la etnia y lo que algu­nas com­pa­ñe­ras han lla­ma­do el país que se habi­ta y tran­si­ta (es decir, si has veni­do de otro país y tie­nes un esta­tus migra­to­rio).

3. La cri­sis de los cui­da­dos: una res­pues­ta reac­cio­na­ria

En con­jun­to, lo que tene­mos es una cri­sis de los cui­da­dos que esta­ba sacan­do a la luz ten­sio­nes ocul­tas del sis­te­ma. Des­de el femi­nis­mo está­ba­mos luchan­do por­que estas ten­sio­nes se reco­no­cie­ran, evi­tan­do que vol­vie­ran a tapar­se median­te un cie­rre reac­cio­na­rio de la cri­sis. Es decir, si la cri­sis de los cui­da­dos nos per­mi­tía visi­bi­li­zar una mul­ti­pli­ci­dad de pro­ble­mas estruc­tu­ra­les, exis­tía al mis­mo tiem­po una ten­den­cia a poner par­ches que no sólo sig­ni­fi­ca­ban una línea de con­ti­nui­dad con lo ante­rior, sino un refuer­zo de los mis­mos ejes que carac­te­ri­za­ban el pre­exis­ten­te régi­men injus­to de cui­da­dos, que, a su vez, esta­ba en la base de todo un régi­men socio­eco­nó­mi­co injus­to. ¿Cuá­les eran estos ejes que esta­ban salien­do refor­za­dos con el cie­rre reac­cio­na­rio de la cri­sis?

En pri­mer lugar, la inexis­ten­cia de una res­pon­sa­bi­li­dad social en la sos­te­ni­bi­li­dad de la vida, que, en lo más coti­diano, se con­cre­ta en la inexis­ten­cia de una res­pon­sa­bi­li­dad social a la hora de pro­por­cio­nar los cui­da­dos nece­sa­rios. Como decía­mos, diver­sos fac­to­res hacen que el mode­lo ante­rior de repar­to de los cui­da­dos quie­bre y que, por lo tan­to, aflo­ren ten­sio­nes direc­ta­men­te rela­cio­na­das con el hecho de vivir en un sis­te­ma que no tie­ne como prio­ri­dad la cali­dad de vida, ni el cui­da­do de la mis­ma, sino la acu­mu­la­ción de capi­tal. Sin embar­go, esto
, más que gene­rar una rei­vin­di­ca­ción fuer­te de cam­bio social pro­fun­do, esta­ba cerrán­do­se con un pro­ce­so de repri­va­ti­za­ción de la repro­duc­ción social. Deci­mos repri­va­ti­za­ción por­que se pri­va­ti­za en un doble sen­ti­do. Por un lado la res­pon­sa­bi­li­dad de la repro­duc­ción social se sub­su­me de nue­vo en los hoga­res, en ese rei­no de lo pri­va­do-domés­ti­co, de lo invi­si­ble. Por otro, cada vez se trans­fie­re más can­ti­dad de tra­ba­jo (que no de res­pon­sa­bi­li­dad) al mer­ca­do, a las empre­sas, al terreno de la ini­cia­ti­va pri­va­da con áni­mo de lucro.

En segun­do lugar, ese sis­te­ma que no asu­me una res­pon­sa­bi­li­dad colec­ti­va en el man­te­ni­mien­to de la vida es un sis­te­ma jerár­qui­co, cons­trui­do sobre ejes de des­igual­dad, de for­ma cla­ve, la des­igual­dad de géne­ro. Así, se pro­du­ce un redi­men­sio­na­mien­to de la divi­sión sexual del tra­ba­jo a nivel glo­bal. Es decir, la divi­sión sexual del tra­ba­jo con­ti­núa, enten­di­da como un sis­te­ma de repar­to de los tra­ba­jos en fun­ción del sexo, ads­cri­bien­do a las muje­res a los que menor valo­ra­ción social tie­nen; y un sis­te­ma que iden­ti­fi­ca los cui­da­dos con las muje­res, natu­ra­li­zán­do­los y aso­cián­do­los a la femi­nei­dad. Pues bien, esto con­ti­núa, pero con cam­bios. La mer­can­ti­li­za­ción de los hoga­res, jun­to al pro­ce­so de femi­ni­za­ción de las migra­cio­nes da como resul­ta­do la con­for­ma­ción de lo que hemos deno­mi­na­do cade­nas glo­ba­les de cui­da­dos. Vaya­mos por par­tes.

Cuan­do habla­mos de femi­ni­za­ción de las migra­cio­nes no nos refe­ri­mos tan­to a un cam­bio en el por­cen­ta­je de muje­res den­tro de los flu­jos migra­to­rios. Las muje­res siem­pre hemos migra­do, aun­que una vez más se hayan invi­si­bi­li­za­do estas expe­rien­cias, enten­dien­do que la migra­ción era un pro­ce­so mas­cu­li­ni­za­do. Lo que se ha trans­for­ma­do es más bien el lugar que las muje­res ocu­pa­mos en la migra­ción. Aho­ra, de for­ma cre­cien­te, somos las pio­ne­ras de las cade­nas migra­to­rias, las pri­me­ras o las úni­cas en irnos. Y cada vez más veni­mos con un pro­yec­to migra­to­rio pro­pio y autó­no­mo. Este cam­bio se debe a muchos fac­to­res, pero, entre otros, a los pro­ce­sos de cri­sis de repro­duc­ción social en ori­gen. Cuan­do las cosas se ponen (muy) difí­ci­les, y dado el papel de las muje­res como res­pon­sa­bles últi­mas o úni­cas del bien­es­tar fami­liar, si no que­da otra, migra­mos (ade­más la migra­ción per­mi­te per­se­guir obje­ti­vos vita­les pro­pios, como obte­ner mayo­res cuo­tas de auto­no­mía per­so­nal, des­ha­cer­se de rela­cio­nes fami­lia­res o matri­mo­nia­les opre­si­vas, etc.). Y esa migra­ción obtie­ne sali­da labo­ral por­que, en des­tino, la cri­sis de los cui­da­dos hace que cada vez se ofer­ten más empleos pre­ca­rios en el sec­tor de cui­da­dos. Es decir, la cri­sis de repro­duc­ción social en ori­gen, y la cri­sis de los cui­da­dos en des­tino, se conec­tan, y estos hilos de cone­xión supo­nen la rear­ti­cu­la­ción de la des­igual­dad de géne­ro a nivel glo­bal. Se for­man así las cade­nas glo­ba­les de cui­da­dos, en las que muje­res en des­tino trans­fie­ren cui­da­dos a otras muje­res migran­tes que, a su vez, dejan res­pon­sa­bi­li­da­des en ori­gen en manos de otras muje­res. Y los hom­bres, el esta­do y las empre­sas, una vez más, reci­ben los bene­fi­cios del accio­nar de esas cade­nas sin asu­mir un rol pro­ta­gó­ni­co en las mis­mas. Estas cade­nas visi­bi­li­zan pro­ble­mas pre­exis­ten­tes tan­to en ori­gen como en des­tino, y ponen sobre el tape­te la insos­te­ni­bi­li­dad de los mode­los de “desa­rro­llo” de los paí­ses supues­ta­men­te desa­rro­lla­dos. Lo que pre­sen­cia­mos es lo que en oca­sio­nes hemos deno­mi­na­do una re-estra­ti­fi­ca­ción sexual y étni­ca del tra­ba­jo a nivel glo­bal: el géne­ro sigue sien­do un ele­men­to deter­mi­nan­te que con­di­cio­na el posi­cio­na­mien­to de cada quien en un sis­te­ma eco­nó­mi­co jerár­qui­co, pero se refuer­zan las dife­ren­cias entre las pro­pias muje­res.

Y en ter­cer lugar, se afian­za un mode­lo de auto­su­fi­cien­cia fic­ti­cia en y a tra­vés del mer­ca­do, acor­de con el cual cada quien inten­ta­mos apa­ñár­nos­las solas (y solos), con nues­tros pro­pios medios y a tra­vés del con­su­mo. El mode­lo de ciu­da­dano es el tra­ba­ja­dor cham­pi­ñón, el que no tie­ne res­pon­sa­bi­li­da­des de cui­da­dos sobre nadie, ni nece­si­da­des pro­pias, que nace cada día libre de toda car­ga y ple­na­men­te dis­po­ni­ble para las nece­si­da­des de la empre­sa. Este cham­pi­ñón que se atre­ve a soñar que se las apa­ña por sí mis­mo y que, cuan­do nece­si­ta algo, sim­ple­men­te lo com­pra. Es un mode­lo algo así como “yo y el mer­ca­do, el mer­ca­do y yo”, que dei­fi­ca la auto­su­fi­cien­cia a tra­vés del mer­ca­do. Pero este sue­ño es un deli­rio de auto­su­fi­cien­cia, que exis­te en base a la nega­ción de la vul­ne­ra­bi­li­dad y la depen­den­cia, y al ocul­ta­mien­to de los cui­da­dos que vamos reci­bien­do a lo lar­go de nues­tras vidas para cubrir esas dis­tin­tas y varia­bles dimen­sio­nes de vul­ne­ra­bi­li­dad y depen­den­cia que todas y todos expe­ri­men­ta­mos. Es un mode­lo fal­so, impo­si­ble y frus­tran­te, que está en deba­te en este momen­to de enve­je­ci­mien­to.

4.La poten­cia crí­ti­ca de la cri­sis

El momen­to de cri­sis de los cui­da­dos en el que nos encon­trá­ba­mos (y nos encon­tra­mos) nos esta­ba per­mi­tien­do hacer crí­ti­cas muy serias al sis­te­ma y abrir deba­tes muy poten­tes para el pro­pio femi­nis­mo, tan­to en lo que nos impe­lía a cues­tio­nar nues­tras pro­pias ideas, como en los argu­men­tos que nos brin­da­ba para situar el femi­nis­mo en el cen­tro del cues­tio­na­mien­to del sis­te­ma (es decir, per­mi­tien­do que el femi­nis­mo no sólo habla­se “de sus cosas”, sino que des­de “sus cosas” cues­tio­na­ra todo el res­to). La poten­cia crí­ti­ca iba, cuan­do menos, por tres vías: Visi­bi­li­zar el con­flic­to capi­tal-vida y rede­fi­nir en cla­ve femi­nis­ta la crí­ti­ca al sis­te­ma eco­nó­mi­co. Abrir vías de avan­ce para lidiar con las dife­ren­cias entre noso­tras. Y ten­der cana­les de comu­ni­ca­ción entre dos líneas de acción del femi­nis­mo: la que lidia con las “cosas mate­ria­les” y la que cues­tio­na las iden­ti­da­des.

Des­de la cri­sis de los cui­da­dos hemos rede­fi­ni­do el con­flic­to capi­tal-tra­ba­jo, con­flic­to nom­bra­do hace lar­go tiem­po y que ha sido y es pilar de las luchas anti­ca­pi­ta­lis­tas. Con el ojo pues­to en los cui­da­dos, afir­ma­mos que ese con­flic­to va más allá de la ten­sión capi­tal-tra­ba­jo asa­la­ria­do, para ser una ten­sión entre el capi­tal y todos los tra­ba­jos, los que se pagan, y los que se hacen gra­tis. Esta con­tra­po­si­ción se ve muy cla­ra, por ejem­plo, en el con­flic­to inhe­ren­te a la fle­xi­bi­li­za­ción de los tiem­pos de tra­ba­jo: los tiem­pos de tra­ba­jo de mer­ca­do pue­den fle­xi­bi­li­zar­se en fun­ción de las nece­si­da­des de la empre­sa (rit­mos de pro­duc­ción cam­bian­tes, momen­tos de pro­duc­ción inten­si­va, alar­ga­mien­to de los hora­rios comer­cia­les, etc.), pero esto impli­ca que no se res­pon­de a las exi­gen­cias de los tra­ba­jos de cui­da­dos no remu­ne­ra­dos. Estos tra­ba­jos no pue­den espe­rar a que sue­ne la sire­na en la fábri­ca ni a que la fran­qui­cia de comi­da rápi­da eche el cie­rre. Pen­sé­mos­lo al revés: ¿Qué tal si cerra­mos el súper mien­tras reco­ge­mos a la cría del cole? Si fle­xi­bi­li­zá­ra­mos los tra­ba­jos remu­ne­ra­dos en fun­ción de las exi­gen­cias de los no remu­ne­ra­dos, el pro­ce­so mer­can­til se resen­ti­ría. Impen­sa­ble, ¿ver­dad? Al final, no hay duda o no hay fuer­za para rever­tir el pro­ce­so, y son los rit­mos de los cui­da­dos no remu­ne­ra­dos los que se tie­nen que suje­tar a los rit­mos de pro­duc­ción mer­can­til, y lo que se resien­te es la vida mis­ma. No se resien­ten las tablas de con­ta­bi­li­dad, o los índi­ces de la bol­sa, o todos esos con­cep­tos abs­trac­tos. Sino la vida más ram­pan­te: nues­tro cuer­po, nues­tra salud, la de quie­nes están alre­de­dor. Es decir, el con­flic­to va mucho más allá de la rela­ción capi­tal-tra­ba­jo remu­ne­ra­do: es un con­flic­to entre el capi­tal y la vida, la sos­te­ni­bi­li­dad de la vida. En un sis­te­ma don­de la vida es un medio al ser­vi­cio de la lógi
ca de acu­mu­la­ción de capi­tal, esa vida mis­ma está en per­ma­nen­te ame­na­za. Y por eso ase­gu­ra­mos que la con­ci­lia­ción es men­ti­ra. Por­que con esa idea de la con­ci­lia­ción pre­ten­den ven­der­nos que es posi­ble seguir fun­cio­nan­do en un sis­te­ma que pone a los mer­ca­dos capi­ta­lis­tas y sus exi­gen­cias en el epi­cen­tro y res­pon­der, simul­tá­nea­men­te, a las nece­si­da­des de la vida. Cuan­do, sin embar­go, el con­flic­to es inhe­ren­te y esta ten­sión irre­so­lu­ble. Esta con­tra­po­si­ción, que se ve en múl­ti­ples luga­res, es cris­ta­li­na cuan­do habla­mos de cui­da­dos, tam­bién de los que se dan en el mer­ca­do: ¿cómo aten­der ade­cua­da­men­te a un anciano si el tiem­po dedi­ca­do a eso se some­te a la lógi­ca del bene­fi­cio y del aumen­to de la pro­duc­ti­vi­dad (más pacien­tes aten­di­dos en menos tiem­po)?

De otra mane­ra, el eco­lo­gis­mo social tam­bién hace esta afir­ma­ción de que el sis­te­ma capi­ta­lis­ta entra en coli­sión direc­ta con la sos­te­ni­bi­li­dad ambien­tal. Encon­tra­mos aquí un pun­to fuer­te de cone­xión entre ambas corrien­tes crí­ti­cas: la iden­ti­fi­ca­ción del con­flic­to radi­cal entre el capi­ta­lis­mo y la sos­te­ni­bi­li­dad huma­na y pla­ne­ta­ria. La apor­ta­ción del femi­nis­mo con­sis­te en enrai­zar esa ten­sión en la coti­dia­nei­dad de nues­tras vidas y argu­men­tar que la lógi­ca de acu­mu­la­ción es una lógi­ca patriar­cal, andro­cén­tri­ca. Por­que está direc­ta­men­te rela­cio­na­da con una com­pren­sión de lo cul­tu­ral y lo humano como el pro­gre­si­vo des­ape­go de las nece­si­da­des, de lo que nos ata al rei­no de lo ani­mal, de la natu­ra­le­za. Es la idea de que lo neta­men­te humano es aque­llo que nos per­mi­te tras­cen­der la vida, poner­la en ries­go en pos de “idea­les más altos”, y no aque­llo que nos exi­ge pro­te­ger­la. Este menos­pre­cio de la inma­nen­cia hila direc­ta­men­te con el deli­rio de omni­po­ten­cia en el que “el hom­bre” cree que la natu­ra­le­za está a su dis­po­si­ción (para poner­la al ser­vi­cio del loco pro­ce­so de pro­duc­ción mer­can­til, en el capi­ta­lis­mo), que no depen­de de ella por­que es su amo. Igual­men­te, “el hom­bre” no está suje­to a las ata­du­ras bio­ló­gi­cas y vita­les que encar­nan los cui­da­dos. La depre­da­ción ambien­tal y la opre­sión de las muje­res tie­nen raí­ces comu­nes en un esque­ma don­de lo feme­nino es natu­ra­li­za­do y lo natu­ral, femi­ni­za­do. Y los cui­da­dos repre­sen­tan ambas cosas: nues­tras ata­du­ras bio­ló­gi­cas y natu­ra­les, y el espa­cio que cubren las muje­res. En con­jun­to, la lógi­ca de acu­mu­la­ción, que per­mi­te col­mar deseos a tra­vés del mer­ca­do, nos ele­va por enci­ma del encor­se­ta­do terreno de la nece­si­dad que sim­bo­li­zan los cui­da­dos. La lógi­ca de acu­mu­la­ción, que tras­cien­de la mera sos­te­ni­bi­li­dad de la vida y la pone al ser­vi­cio de un esta­dio de civi­li­za­ción supe­rior, el desa­rro­llo, el cre­ci­mien­to, la pro­duc­ción, es una lógi­ca neta­men­te patriar­cal.

Está­ba­mos vis­lum­bran­do aquí una aso­cia­ción que podría ser muy poten­te, pero que no hemos desa­rro­lla­do aún: el capi­ta­lis­mo es un régi­men que des­pre­cia la vida, que la uti­li­za como medio, en el mejor de los casos, para un fin dis­tin­to (acu­mu­lar) y, en el peor, la des­tru­ye si es pre­ci­so. El capi­ta­lis­mo es una for­ma de eco­no­mía per­ver­ti­da. Y el patriar­ca­do es un sis­te­ma que des­pre­cia el man­te­ni­mien­to coti­diano de la vida y adju­di­ca la res­pon­sa­bi­li­dad de sacar­la ade­lan­te a las muje­res. Ahon­dar en esta línea qui­zá pudie­ra arro­jar­nos una luz dis­tin­ta sobre la eter­na­men­te deba­ti­da rela­ción entre capi­ta­lis­mo y patriar­ca­do, pero esta­mos en paña­les.

Tam­bién veía­mos que debía­mos ir más allá, por­que era fácil caer en el reduc­cio­nis­mo de con­tra­po­ner la lógi­ca (andro­cén­tri­ca) de acu­mu­la­ción a la lógi­ca (femi­nis­ta) de cui­da­do de la vida. Y, sin embar­go, esa supues­ta lógi­ca del cui­da­do, que tan boni­ta sona­ba, veía­mos que esta­ba per­ver­ti­da y que más bien se arti­cu­la­ba como una éti­ca reac­cio­na­ria del cui­da­do. En un sis­te­ma don­de cui­dar la vida se con­vier­te en un marrón, don­de dedi­car­se a cui­dar no gene­ra dere­chos socia­les, ni inde­pen­den­cia finan­cie­ra, ni valo­ra­ción social en el terreno de lo públi­co, ni… ¿cómo ase­gu­rar un con­tin­gen­te de cui­da­do­ras? Impo­nien­do el cui­da­do como úni­co hori­zon­te vital, como úni­ca for­ma de cons­truir­se como suje­to. Some­ti­do a esa pre­sión el cui­da­do toma fácil­men­te las for­mas de sacri­fi­cio, de inmo­la­ción, de chan­ta­je emo­cio­nal. Apa­re­cen fuer­tes rela­cio­nes de vio­len­cia, ejer­ci­das tam­bién por quien cui­da, que no es mera víc­ti­ma ino­cen­te. Empe­zá­ba­mos a hablar de cosas a veces muy dolo­ro­sas, como el mal­tra­to ejer­ci­do por las cui­da­do­ras, como el poder retor­ci­do que se inten­ta ejer­cer en el tra­ba­jo de cui­da­dos no remu­ne­ra­do (y tam­bién remu­ne­ra­do), y que bus­ca suje­tos a quie­nes domi­nar en quie­nes son cali­fi­ca­dos como depen­dien­tes. Toda vez que veía­mos que el cui­da­do no era todo amor y altruis­mo, toda vez que inten­tá­ba­mos des­na­tu­ra­li­zar­lo, no subli­mar­lo, nos pre­gun­tá­ba­mos qué rela­cio­nes per­ver­sas y vio­len­tas había ahí. Y qué tenía que ver todo ello con la nega­ción de la vul­ne­ra­bi­li­dad, del dolor humano, de la vida que enve­je­ce y a veces es boni­ta y, a veces, fea. Y con la inexis­ten­cia de meca­nis­mos colec­ti­vos de reso­lu­ción de con­flic­tos que deja­ba toda nego­cia­ción e inten­to de rebe­lión al sote­rra­do, estre­cho y asfi­xian­te mar­gen de manio­bra del ama de casa abne­ga­da en su hogar, dul­ce hogar, de la emplea­da domés­ti­ca en un terreno ajeno. ¿Quién no ha sen­ti­do al mis­mo tiem­po cier­ta sim­pa­tía y repul­sión por la espo­sa de Mario, en las cin­co horas que mal­gas­ta en hacer­le repro­ches tar­díos? Reco­no­cer estas ten­sio­nes, al mis­mo tiem­po, tenía la poten­cia libe­ra­do­ra de ale­jar­nos de com­pa­ñe­ros de via­je inde­sea­bles. Por­que, dema­sia­do a menu­do cuan­do habla­mos de cui­da­dos, hay un pun­to don­de pare­ce que esta­mos dema­sia­do cer­ca de las posi­cio­nes fami­lis­tas y de elo­gio de la (san­ta) madre típi­cas de la moral cris­tia­na, entre otras. Y nos esta­ba lle­van­do a pre­gun­tar­nos la uti­li­dad mis­ma de la pala­bre­ja cui­da­dos: ¿está dema­sia­do natu­ra­li­za­da?, ¿dema­sia­do idea­li­za­da?, ¿la hemos con­ver­ti­do en una meto­ni­mia que, en lugar de per­mi­tir­nos hablar de tan­ta cosas invi­si­bles que que­ría­mos res­ca­tar, nos hace de tapa­de­ra?

Las refle­xio­nes en torno al con­flic­to capi­tal-vida ponen en el cen­tro el cues­tio­na­mien­to del con­jun­to del sis­te­ma socio­eco­nó­mi­co; es decir, nos per­mi­ten cons­ta­tar que las posi­bi­li­da­des de cam­bio y libe­ra­ción en los már­ge­nes del sis­te­ma son suma­men­te estre­chas. Y esto lo hemos vis­to, muy con­cre­ta­men­te, con las limi­ta­cio­nes a las que se ha enfren­ta­do nues­tra estra­te­gia de eman­ci­pa­ción a tra­vés del empleo. Fren­te a la situa­ción de fal­ta de auto­no­mía mone­ta­ria, de dere­chos socia­les, de espa­cios de socia­li­za­ción, de posi­bi­li­da­des de desa­rro­llo vital y pro­fe­sio­nal, a la que nos some­tía la divi­sión sexual del tra­ba­jo, hemos pues­to dema­sia­do énfa­sis en el empleo como cla­ve de reso­lu­ción de esas caren­cias.

Esta estra­te­gia se ha enfren­ta­do a diver­sos y muy fuer­tes lími­tes, y, entre ellos, dos insal­va­bles. En pri­mer lugar, el lími­te de la repro­duc­ción: los cui­da­dos siem­pre hay que seguir hacién­do­los, a los cui­da­dos no se pue­de renun­ciar. Como dice una com­pa­ñe­ra, se pue­de “no tener la casa como los cho­rros del oro” e, inclu­so, alar­dear de ello, pero la casa hay que lim­piar­la. Y si bien muchas de una cier­ta gene­ra­ción hemos renun­cia­do a ser madres, aho­ra empe­za­mos a reci­bir reque­ri­mien­tos por otros lados: nin­gu­na ele­gi­mos que nues­tros padres se pon­gan enfer­mos. Y, ade­más, ¿qué pasa con noso­tras? Cuan­do enfer­ma­mos, cuan­do se nos han aca­ba­do las bra­gas por­que lle­va­mos quin­ce días sin pisar por casa… Al final, no pode­mos dejar de cuidar(nos) por­que los cui­da­dos son la vida mis­ma. Para cuan­do nos damos cuen­ta, nos vemos meti­das en una vorá­gi­ne en la que resul­ta que tene­mos que poner todo lo nues­tro, nues­tra ener­gía, nues­tro tiem­po, nues­tros cuer­pos, al ser­vi­cio de un mer­ca­do labo­ral que
nos expri­me. Nues­tra estra­te­gia de eman­ci­pa­ción a tra­vés del empleo esta­ba con­di­cio­na­da por la exi­gen­cia de que nos asi­mi­lá­se­mos al mode­lo de tra­ba­ja­dor asa­la­ria­do mas­cu­lino, al tra­ba­ja­dor cham­pi­ñón; sólo así somos emplea­bles. Esta cons­ta­ta­ción nos obli­ga a reco­lo­car­nos de nue­vo. Ni que­re­mos ni pode­mos dejar de cui­dar con­vir­tién­do­nos en mano de obra ideal para el sis­te­ma. Lo que que­re­mos es reco­lo­car el empleo, exi­gién­do­lo no como un obje­ti­vo de vida, sino como un medio para salir ade­lan­te mien­tras siga­mos sien­do escla­vas del sala­rio. Lo que que­re­mos es cui­dar de otras for­mas, replan­tear la idea mis­ma de los cui­da­dos y redis­tri­buir todos los tra­ba­jos, los que se pagan y los que no, bajo la pre­mi­sa de que lo prio­ri­ta­rio no es ni el cui­da­do ajeno ni el mer­ca­do, sino nues­tras vidas amplias y diver­sas, unas vidas que merez­can la pena ser vivi­das.

Un segun­do lími­te se nos hace cuer­po coti­diano: la divi­sión sexual del tra­ba­jo, como decía­mos antes, no des­apa­re­ce, se trans­for­ma; la “sal­va­ción” a tra­vés del mer­ca­do no es gene­ra­li­za­ble ni sos­te­ni­ble para todas (“pero todas, todas, todas” como corea­mos en las manis); las dife­ren­cias entre muje­res, en tér­mi­nos de con­di­cio­nes de empleo, sala­rios, ren­ta, pres­ta­cio­nes, tra­ba­jos no remu­ne­ra­dos, etc. son mayo­res que las pro­pias dife­ren­cias entre hom­bres, y tien­den a aumen­tar. Estas des­igual­da­des las vemos con cla­ri­dad y, por qué no decir­lo, con cier­to can­san­cio, por­que hace que com­ba­tir la divi­sión sexual del tra­ba­jo se vuel­va una tarea ingen­te. Por eso mis­mo hay quie­nes se nie­gan a ver­lo, pero está ahí: este lími­te lo que vie­ne a hacer­nos insos­la­ya­ble es que el sis­te­ma nece­si­ta la des­igual­dad. Que la des­igual­dad no es un feo adorno del sis­te­ma, un ele­men­to poco deco­ra­ti­vo, ni, mucho menos, un obs­tácu­lo para su fun­cio­na­mien­to; sino que es inhe­ren­te al mis­mo. Se usa muchas veces el argu­men­to de que la des­igual­dad es inefi­cien­te, y resul­ta fas­ci­nan­te escu­char seme­jan­te inge­nui­dad, o seme­jan­te des­ca­ro (por­que de aque­llas que con lle­gar a ser “igua­les” y tener con­se­jos de admi­nis­tra­ción pari­ta­rios duer­men tran­qui­las, haber­las, hay­las).

Liga­do con lo ante­rior, una de las poten­cias fun­da­men­ta­les de dedi­car tiem­po y esfuer­zo a dis­cu­tir sobre la cri­sis de los cui­da­dos era que nos per­mi­tía apren­der a lidiar en lo con­cre­to, en lo coti­diano, con las dife­ren­cias entre noso­tras. ¡Pro­ce­so nada sen­ci­llo y que en abso­lu­to tenía­mos resuel­to! Pero en el que está­ba­mos meti­das de cabe­za. Hablar de los cui­da­dos nos per­mi­tía ver en lo con­cre­to que esa Escan­da­lo­sa Cosa no es solo el capi­ta­lis­mo, ni el patriar­ca­do capi­ta­lis­ta, y que por eso noso­tras no ocu­pá­ba­mos tam­po­co la ino­cen­te posi­ción de (dobles) víc­ti­mas. Veía­mos la dis­tri­bu­ción extre­ma­da­men­te des­igual de los tra­ba­jos de cui­da­dos, de los cui­da­dos reci­bi­dos, de los recur­sos. Y que la reso­lu­ción par­cial y defi­cien­te de las difi­cul­ta­des de “con­ci­lia­ción” de algu­nas se sol­ven­ta­ban trans­fi­rien­do esos pro­ble­mas, agra­va­dos, a otras. Esta trans­fe­ren­cia des­igual se vol­vía fatal cuan­do nos enfren­ta­ba al hecho de que, para faci­li­tar nues­tra mater­ni­dad acá, echa­mos manos de un mon­tón de muje­res que ven nega­da su posi­bi­li­dad de mater­nar en la coti­dia­nei­dad, por­que tie­nen un océano por medio. Y esto se con­vier­te en un pro­ble­ma nues­tro, del femi­nis­mo de acá: de las espa­ño­las que “con­ci­lian” y de las migran­tes que lo hacen fac­ti­ble. Por­que la situa­ción de las muje­res migran­tes ya no pode­mos mirar­la como la situa­ción de las otras, de aque­llas de quie­nes las femi­nis­tas con­des­cen­dien­tes nos preo­cu­pa­mos, sino que se con­vier­te en la situa­ción de noso­tras. Y ahí andá­ba­mos inten­tan­do com­po­nér­nos­las: ¿cuán­do con­si­de­ra­mos legí­ti­mo o jus­to con­tra­tar empleo de hogar?, ¿cuán­do con­si­de­ra­mos que reci­bi­mos un tra­to labo­ral digno?, ¿dón­de más allá del sem­pi­terno y cerril deba­te explo­ta­do­ra-explo­ta­da nos lle­va este asun­to?, ¿qué otros hori­zon­tes de rei­vin­di­ca­ción polí­ti­ca nos abre hablar de una situa­ción de des­igual­dad neta como la que hay en las cade­nas glo­ba­les de cui­da­dos?, ¿cómo lidiar con nues­tras des­igual­da­des reco­no­cien­do a la par que la divi­sión sexual del tra­ba­jo sigue tenien­do en la base más hon­da un con­flic­to de géne­ro?

Y, al hablar de cri­sis de los cui­da­dos, apa­re­cían tam­bién dife­ren­cias nue­vas, como aque­lla que nos situa­ba en pla­nos dis­tin­tos a quie­nes asu­mía­mos la posi­ción neta de cui­da­do­ras y aque­llas que que­dá­ba­mos estig­ma­ti­za­das como las cui­da­das. Toda cui­da­do­ra nece­si­ta cui­da­dos, y toda aque­lla que los reci­be pue­de, de un modo u otro pro­por­cio­nar­los. Y las expe­rien­cias de las muje­res con diver­si­dad fun­cio­nal nos abría nue­vos e insos­pe­cha­dos veri­cue­tos para pre­gun­tar­nos cómo se cons­tru­ye la nor­ma­li­dad, y cómo se impo­ne una úni­ca for­ma de estar en el mun­do, negan­do la diver­si­dad. Y veía­mos que, si bien el cui­da­do era una tarea natu­ra­li­za­da en las muje­res no todas las muje­res eran legi­ti­ma­das como cui­da­do­ras; esta legi­ti­ma­ción esta­ba direc­ta­men­te aso­cia­da al rol de la bue­na madre y espo­sa, y estre­cha­men­te vin­cu­la­da a la viven­cia de la sexua­li­dad. ¿Pue­den una trans, o una puta, o una les­bia­na ser tan bue­nas cui­da­do­ras como el ama de casa pro­to­tí­pi­ca?

Y, por últi­mo, la poten­cia de hablar de la cri­sis de los cui­da­dos venía por­que nos per­mi­tía conec­tar los pro­ce­sos macro­es­truc­tu­ra­les con los más micro. Y, así, ten­der puen­tes en lo que ame­na­za con con­ver­tir­se en una bre­cha impor­tan­te en el femi­nis­mo espa­ñol, como se ha con­ver­ti­do en otros luga­res (y que se me dis­cul­pe el pesi­mis­mo). Esa bre­cha entre el “hablar de las cosas o de las pala­bras”, como des­pec­ti­va­men­te lo ha pues­to algu­na eco­no­mis­ta. Dicho de otro modo, la bre­cha entre hablar de las injus­ti­cias de reco­no­ci­mien­to, y, liga­do a ellas, de todos los aspec­tos sim­bó­li­cos, de las iden­ti­da­des, de las sexua­li­da­des, etc. (que nos abre todo un mun­do de viven­cias dis­tin­tas, poten­tes, pero que nos cues­ta hacer tras­cen­der de la indi­vi­dua­li­dad y la expe­rien­cia más arrai­ga­da a los cuer­pos con­cre­tos), y hablar de las injus­ti­cias de dis­tri­bu­ción, las de repar­to de los tra­ba­jos y los recur­sos (don­de es mucho más fácil poner nom­bres gran­di­lo­cuen­tes: capi­ta­lis­mo, libre comer­cio, mer­ca­do; e iden­ti­fi­car estruc­tu­ras enemi­gas: el ban­co mun­dial, la OMC, la patro­nal; pero más difí­cil encar­nar y poner ros­tro). Hablar de los cui­da­dos, y de la cri­sis, nos per­mi­tía hacer­nos pre­gun­tas como si la hete­ro­se­xua­li­dad es el régi­men de polí­ti­ca sexual del capi­ta­lis­mo, en la medi­da en que está en la base del régi­men de cui­da­dos, que, a su vez, sus­ten­ta el con­jun­to del sis­te­ma. Y en la medi­da en que deter­mi­na los mode­los de con­vi­ven­cia (esa fami­lia nuclear) y la cons­truc­ción sexua­da de las iden­ti­da­des (la sub­je­ti­vi­dad de la mujer cui­da­do­ra, que va mucho más allá de la madre hete­ro; ¿qué pasa con la hija les­bia­na que no tie­ne fami­lia legi­ti­ma­da y es reco­no­ci­da por todos, has­ta por sí mis­ma, como el natu­ral sos­tén de sus padres en la vejez?). La eco­no­mía femi­nis­ta está muy meti­da en el arma­rio, y sigue tenien­do un deje que hace que, al hablar de divi­sión sexual del tra­ba­jo, parez­ca siem­pre que está hablan­do de cómo se lo mon­tan las pare­ji­tas hete­ro… Aun­que sepa­mos que la divi­sión sexual del tra­ba­jo es mucho más que eso. O pre­gun­tar­nos si la recu­pe­ra­ción del tra­ba­jo no remu­ne­ra­do que hemos hecho ha sido un ejer­ci­cio valien­te e intere­san­tí­si­mo, pero tam­bién muy moji­ga­to: ¿hemos recu­pe­ra­do todas las tareas aso­cia­das al rol de la bue­na madre y espo­sa (lavar, coci­nar, curar…) y nos hemos deja­do en el terreno del no-tra­ba­jo, de lo no-eco­nó­mi­co, las de la mujer en el espe­jo (el sexo, lo cor­po­ral)? No son meras pre­gun­tas teó­ri­cas… ¿Otra mira­da al con­cep­to de tra­ba­jo podría per­mi­tir otro acer­ca­mien­to a la pros­ti­tu­ción, al reco­no­ci­mien­to de los dere­chos de las tra­ba­ja­do­ras del sexo como dere­chos labo­ra­les? ¿Por qué
pode­mos rei­vin­di­car que una per­so­na ancia­na nece­si­ta afec­to y no pode­mos plan­tear­nos si nece­si­ta rela­cio­nes sexua­les? ¿La rup­tu­ra con el mode­lo bina­rio hete­ro­nor­ma­ti­vo nos sitúa en una posi­ción de pre­ca­rie­dad res­pec­to a los cui­da­dos? Y, así, que­rien­do supe­rar esas mira­das moji­ga­tas, hemos habla­do de que cui­dar es hacer­se car­go de los cuer­pos sexua­dos atra­ve­sa­dos por (des)afectos. Y hemos habla­do del con­ti­nuo sexo-aten­ción-cui­da­dos.

Está­ba­mos des­cu­brien­do, está­ba­mos inven­tan­do nom­bres que, con mayor o menor acier­to, nos per­mi­tie­ran seguir esos cami­nos de la poten­cia des­cu­bier­ta. Está­ba­mos abrien­do la posi­bi­li­dad de nue­vas y muy pro­me­te­do­ras alian­zas: con el eco­lo­gis­mo, por ejem­plo. Y nos está­ba­mos refor­zan­do entre noso­tras: con el femi­nis­mo del Sur, por ejem­plo. Y nos está­ba­mos replan­tean­do cosas, como el trans­fe­mi­nis­mo, por ejem­plo. Y nos está­ba­mos refor­zan­do ante quie­nes en la prác­ti­ca nos han des­le­gi­ti­ma­do a menu­do, como par­te del movi­mien­to obre­ro, por ejem­plo. En mitad de ese pro­ce­so, ha lle­ga­do el colap­so finan­cie­ro… Y por eso hablo en pasa­do, por­que creo que esta­mos ante un momen­to de quie­bra: o segui­mos por esa línea y pode­mos hacer todas esas afir­ma­cio­nes en pre­sen­te, o nos reple­ga­mos.

5.El colap­so finan­cie­ro: un pun­to de quie­bre

El colap­so finan­cie­ro ha sido espec­ta­cu­lar, y súbi­to, como lo es todo en el ámbi­to finan­cie­ro: cor­to-pla­cis­ta, tre­men­do. Pare­ce haber­se adue­ña­do de la idea mis­ma de la cri­sis; ya no exis­te más cri­sis que esto. Y, de for­ma espe­cial­men­te gra­ve, pare­ce oscu­re­cer las otras cri­sis de índo­le estruc­tu­ral, que coti­dia­na­men­te esta­ban ponien­do en jaque todo el sis­te­ma: la cri­sis eco­ló­gi­ca, la cri­sis ali­men­ta­ria, la cri­sis de los cui­da­dos, la cri­sis de repro­duc­ción social.

Todo esto ocu­rre en un con­tex­to don­de la posi­ción de un femi­nis­mo crí­ti­co era frá­gil. Es decir, el femi­nis­mo que esta­ba pen­san­do en todos esos pun­tos que aca­bo de comen­tar (lo que podría ser el ger­men de un poten­te femi­nis­mo anti­ca­pi­ta­lis­ta diver­so) se movía ya de por sí en un con­tex­to femi­nis­ta difí­cil, mar­ca­do, al menos, por dos heri­das: Por la ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción del femi­nis­mo y, aso­cia­da a ella, la fe cie­ga en la igual­dad de opor­tu­ni­da­des (fusión per­ver­sa del femi­nis­mo libe­ral y el de la igual­dad, adap­ta­da a los nue­vos tiem­pos; pers­pec­ti­va que impi­de un cues­tio­na­mien­to inte­gral del sis­te­ma, por­que todo lo mue­ve en los már­ge­nes del mis­mo). Y por la esci­sión entre las pers­pec­ti­vas más “eco­nó­mi­cas”, o mate­ria­les, y las apues­ta más rup­tu­ris­tas en tér­mi­nos de iden­ti­dad sexual y de géne­ro.

En este con­tex­to frá­gil, en que gran par­te del femi­nis­mo había per­di­do el anti­ca­pi­ta­lis­mo y otra par­te no con­si­de­ra­ba estos asun­tos como algo prio­ri­ta­rio, el colap­so finan­cie­ro pue­de hacer que nos reple­gue­mos hacia una defen­sa a ultran­za de la eco­no­mía “real”, o sea, la “pro­duc­ti­va”, la del mer­ca­do de cosas, fren­te a la demo­ni­za­ción de la eco­no­mía “finan­cie­ra”. Final­men­te, esto sig­ni­fi­ca­ría reple­gar­nos a defen­der el sis­te­ma capi­ta­lis­ta en su ver­tien­te pro­duc­ti­vis­ta, a tra­vés de la dei­fi­ca­ción de su máxi­ma figu­ra: el empleo, el tra­ba­jo remu­ne­ra­do. O sea, vol­ver atrás y con­ver­tir el empleo en nues­tra máxi­ma rei­vin­di­ca­ción eco­nó­mi­ca, no como un medio, sino como un fin en sí mis­mo. Deri­var a lo que pode­mos lla­mar un femi­nis­mo pro­duc­ti­vis­ta, que pier­da por el camino toda la poten­cia de la que hablá­ba­mos antes.

Y, sin embar­go, aún esta­mos a tiem­po de que sea al revés. Por­que es jus­to en este momen­to cuan­do se está hacien­do más visi­ble que nun­ca el con­flic­to entre el capi­tal y la vida. Pon­ga­mos algu­nos ejem­plos. Los 17 billo­nes de dóla­res (sí, sí, ¡con 12 ceros! 17.000.000.000.000) com­pro­me­ti­dos por EEUU la UE y Rei­no Uni­do para res­ca­tes de ban­cos y paque­tes de estí­mu­los finan­cie­ros duran­te 2009 son 22 veces más que los 750.000 millo­nes que se habían pla­nea­do (¡que no cum­pli­do!) para lograr los obje­ti­vos de desa­rro­llo del mile­nio. En con­trar tan­tos fon­dos de mane­ra tan rápi­da, ¿es un mila­gro de la exper­ti­cia téc­ni­ca, o más bien es una des­ver­güen­za de la volun­tad polí­ti­ca y el poder eco­nó­mi­co? Otro ejem­plo: en cuan­to se ponen en mar­cha los pla­nes anti-cri­sis, todo el dine­ro se dedi­ca a las infra­es­truc­tu­ras físi­cas sin impac­to social. ¿Por qué ni se plan­tea que se dedi­quen a cons­truir infra­es­truc­tu­ras para alber­gar ser­vi­cios de cui­da­dos? ¿O a finan­ciar la recu­pe­ra­ción de los degra­da­dos ser­vi­cios públi­cos sani­ta­rios y edu­ca­ti­vos? Últi­mo ejem­plo: ¿cómo pue­de el pre­si­den­te de la CEOE incum­plir las míse­ras res­pon­sa­bi­li­da­des que se le exi­gen sobre la repro­duc­ción de la vida, dejan­do de pagar las coti­za­cio­nes a la segu­ri­dad social, y no sólo seguir en su pues­to, sino tener la cara­du­ra de pedir una reba­ja en las coti­za­cio­nes? Son ejem­plos pues­tos al buen tun­tún, cier­to, pero tan abso­lu­ta­men­te elo­cuen­tes que no pre­ci­san de más para seña­lar­nos dón­de está la posi­ción de fuer­za y qué es lo que tie­ne la prio­ri­dad: ¿la vida de la gen­te (y del pla­ne­ta) o el pro­ce­so de acu­mu­la­ción?

Es jus­to el momen­to de dar­le la vuel­ta a la tor­ti­lla. Y para eso varios movi­mien­tos estra­té­gi­cos son nece­sa­rios. Entre ellos, nom­bro algu­nos.

Cam­biar la ópti­ca de mira­da: los mer­ca­dos no pue­den seguir sien­do el cen­tro de nues­tra aten­ción, sino los pro­ce­sos de sos­te­ni­bi­li­dad de la vida. Esto nos per­mi­te poner cara de póquer ante el hun­di­mien­to de la bol­sa: ¿que se hun­de? ¡que se hun­da! Nos impor­ta­rá sí y sólo sí afec­ta al pro­ce­so de sos­te­ni­bi­li­dad de la vida, a la cali­dad de vida de la gen­te, y si no somos capa­ces de poner en mar­cha alter­na­ti­vas para vivir bien, que no pasen por Wall Street. Si no cam­bia­mos la mira­da, si se nos ponen los pelos de pun­ta por­que el PIB cai­ga, enton­ces segui­re­mos movién­do­nos en un terreno que nos es hos­til: el que se cono­ce, inter­pre­ta y juz­ga por los pará­me­tros pro­pios de los pro­ce­sos de acu­mu­la­ción de capi­tal, por los movi­mien­tos mone­ta­rios.

Posi­cio­nar lo eco­nó­mi­co como terreno prio­ri­ta­rio de la lucha femi­nis­ta: lo eco­nó­mi­co es algo que nos que­da bas­tan­te al mar­gen; o algo que mira­mos como el terreno pro­pio de “las exper­tas”, las eco­no­mis­tas femi­nis­tas… Por­que aho­ra nos ha caí­do la bre­va de tener eco­no­mis­tas entre las femi­nis­tas, con lo que ya pode­mos dele­gar tran­qui­las. Y las eco­no­mis­tas, (muy femi­nis­tas toda sno­so­tras), ya tene­mos un espa­cio into­ca­ble en el que sen­tir­nos alguie­nes… Con toda nues­tra bue­na inten­ción, las eco­no­mis­tas femi­nis­tas pode­mos hacer mucho daño, en la medi­da en que refor­ce­mos la idea de que lo eco­nó­mi­co es algo eso­té­ri­co que sólo las ini­cia­das pode­mos enten­der. Per­so­nal­men­te, para lo úni­co que me ha ser­vi­do estu­diar la carre­ra (¡y el doc­to­ra­do!) de eco­no­mía ha sido para per­der­le todo el res­pe­to. Y esa es otra cla­ve.

Per­der el res­pe­to a la eco­no­mía: que nun­ca, nun­ca nos cor­ten nues­tras rei­vin­di­ca­cio­nes con argu­men­tos téc­ni­cos. Pri­me­ri­to de todo, pen­se­mos qué que­re­mos… y, lue­go, ya vere­mos cómo lo logra­mos. Pero que nun­ca nos cor­ten las alas con un “no es posi­ble”, por mate­má­ti­ca y micro­eco­nó­mi­ca­men­te rebus­ca­do que sea ese NO. Salir­nos de esta lógi­ca del temor nos abre nue­vas puer­tas. Por ejem­plo: ¿que no hay dine­ro para finan­ciar más escue­las infan­ti­les?, ¿y por qué no pon
er un impues­to repro­duc­ti­vo a las empre­sas? Si las empre­sas exis­ten gra­cias a que hay un mon­tón de tra­ba­jo gra­tui­to o mal paga­do de repro­duc­ción coti­dia­na y gene­ra­cio­nal de la mano de obra, ¿por qué no hacer­les pagar por ello? Un impues­to repro­duc­ti­vo bajo una filo­so­fía simi­lar a una tasa eco­ló­gi­ca, para finan­ciar ser­vi­cios públi­cos uni­ver­sa­les y gra­tui­tos. O qui­zá sea más acer­ta­da otra moda­li­dad del esti­lo “des­plu­me­mos a los direc­ti­vos de los con­se­jos de admi­nis­tra­ción de unas cuan­tas trans­na­cio­na­les y pon­ga­mos unas cuan­tas resi­den­cias”. Ya vere­mos cuál es el medio téc­ni­co más acer­ta­do, pero la idea debe ser nues­tra y pen­sa­da en liber­tad.

Posi­cio­nar lo eco­nó­mi­co como terreno prio­ri­ta­rio de la lucha femi­nis­ta… des­de el anti­ca­pi­ta­lis­mo: Esto no es el anti-neo­li­be­ra­lis­mo; no nos bas­ta con cri­ti­car la finan­cia­ri­za­ción de la eco­no­mía, y a las bol­sas, y a las hipo­te­cas basu­ra. Como si el key­ne­sia­nis­mo, y la “pro­duc­ción”, y el pleno empleo de cali­dad fue­sen desea­bles y/​o posi­bles. Hemos pasa­do de un sis­te­ma de prio­ri­da­des eco­nó­mi­cas del esti­lo del pri­mer ice­berg, don­de las finan­zas esta­ban al ser­vi­cio de la pro­duc­ción, pero todo el con­jun­to se sos­te­nía sobre una base repro­duc­ti­va invi­si­ble (que tenía que per­ma­ne­cer nece­sa­ria­men­te invi­si­ble)… a un ice­berg del esti­lo del segun­do, don­de la “pro­duc­ción” se ha pues­to al ser­vi­cio de lo finan­cie­ro, pero lo repro­duc­ti­vo sigue sien­do la base que lo sos­tie­ne todo, sin que sus nece­si­da­des reci­ban prio­ri­dad.
Nin­guno de los dos sis­te­mas prio­ri­za las nece­si­da­des de la vida, sino dis­tin­tos pro­ce­sos y modos de acu­mu­la­ción. No tie­ne sen­ti­do que nos afe­rre­mos a nin­guno de ellos. El anti­ca­pi­ta­lis­mo tie­ne con­cre­cio­nes. Por ejem­plo: una férrea defen­sa de los ser­vi­cios públi­cos de cali­dad y ges­tión direc­ta por par­te de las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas (des­de el femi­nis­mo no pode­mos dar tibias res­pues­tas, mucho menos per­ma­ne­cer calla­das, ante el ata­que furi­bun­do a lo públi­co que se está pro­du­cien­do). Por ejem­plo: poner fuer­tes lími­tes a la posi­bi­li­dad de que las empre­sas hagan nego­cio con los cui­da­dos, o exi­gir­les que paguen (en dine­ro, en tiem­po) por los cui­da­dos gra­tui­tos de los que se apro­pian.

Des­de esas coor­de­na­das, hacien­do una crí­ti­ca femi­nis­ta de la eco­no­mía enten­di­da como los pro­ce­sos que sos­tie­nen la vida, y atre­vién­do­nos a cues­tio­nar el sis­te­ma de raíz, nece­si­ta­mos pen­sar qué que­re­mos… por­que no lo tene­mos cla­ro.

Res­pues­tas inme­dia­tas que per­mi­tan trans­for­ma­cio­nes estruc­tu­ra­les: se dice fácil, y es com­pli­ca­dí­si­mo, cier­to. Pero es urgen­te que le eche­mos ima­gi­na­ción y valen­tía. Cómo dar solu­ción a pro­ble­mas inapla­za­bles, pero minan­do al mis­mo tiem­po el sis­te­ma en el mar­co del cual esas res­pues­tas deben pro­du­cir­se hoy. Y aquí el dile­ma del empleo es cla­ve. El empleo es uno de los prin­ci­pa­les meca­nis­mos de suje­ción en el capi­ta­lis­mo, y por eso deci­mos lo de “aba­jo el tra­ba­jo”. Pero, a la vez, sin un sala­rio, no comes. ¿Qué hacer, y más en este momen­to don­de pare­ce que se va a redo­blar el atas­que con­tra las con­di­cio­nes dig­nas de empleo y va a comen­zar (por enési­ma vez) una lucha encar­ni­za­da por los empleos: entre autóc­to­nos y migran­tes, entre obre­ros de un país y obre­ros de otro, entre…? No pode­mos entrar en esa com­pe­ten­cia. Hay quie­nes, des­de el femi­nis­mo, avi­san de que esta­mos vivien­do el refor­za­mien­to de un cier­to tipo de divi­sión sexual del tra­ba­jo del esti­lo: hom­bre en el mer­ca­do a tiem­po com­ple­to /​mujer a tiem­po par­cial (y, por lo tan­to, las muje­res con la mitad del sala­rio, la mitad de las pres­ta­cio­nes, etc.). SI bien esto es inad­mi­si­ble, la lucha no pue­de cen­trar­se en recla­mar el empleo a tiem­po com­ple­to tam­bién para las muje­res. ¿Qué tal si apos­ta­mos por una reduc­ción gene­ra­li­za­da de la jor­na­da labo­ral sin pér­di­da de sala­rio, ni de pres­ta­cio­nes? Cier­to que esto requie­re fuer­za para exi­gir (que no nego­ciar), pero es una lucha pro­me­te­do­ra, mien­tras que la otra está pér­di­da de ante­mano por­que es entrar en el jue­go del no hay para todos, y todas.

Hay pro­pues­tas que están ya ahí, que en sí mis­mas lle­van toda una ris­tra de ata­ques al sis­te­ma… y que segui­mos dejan­do de lado. Entre ellas, de for­ma cla­ve: el cam­bio del dicho­so régi­men espe­cial de empleo de hogar. Ese régi­men dis­cri­mi­na­to­rio, de raíz fran­quis­ta, que lle­va ina­mo­vi­ble un cuar­to de siglo. Que supo­ne una situa­ción de vul­ne­ra­ción de dere­chos de las tra­ba­ja­do­ras en el sec­tor inad­mi­si­ble. Un régi­men que, si nos pro­po­ne­mos de ver­dad dig­ni­fi­car­lo, no se que­da en un mero cam­bio legal, sino que levan­ta muchas ampo­llas: ¿quién va a poder pagar y quién no?, ¿qué hacer en cada caso?, ¿cuán­do el empleo de hogar cubre situa­cio­nes que debe­rían cubrir otros ser­vi­cios públi­cos?, ¿cómo hacer que un hipo­té­ti­co cam­bio de régi­men no deje fue­ra a una can­ti­dad into­le­ra­ble de migran­tes sin pape­les?… De hecho: ¿con­tra­tar empleo de hogar está bien, está mal, cuán­do una cosa u otra, bajo qué con­di­cio­nes? Un cam­bio con­cre­to, urgen­te, que pode­mos exi­gir ya-ya-ya, y que cues­tio­na al con­jun­to del sis­te­ma. Sólo nece­si­ta­mos atre­ver­nos y creer­nos de ver­dad que aca­bar con el régi­men espe­cial es un logro tre­men­do para el con­jun­to del femi­nis­mo.

La bús­que­da de res­pues­tas inme­dia­tas que minen el sis­te­ma es espe­cial­men­te impor­tan­te en el terreno de los cui­da­dos. Por­que aquí tene­mos un lío gran­de. Todas esta­mos de acuer­do en que no están bien como están: en el hogar, en manos de muje­res. Pero, enton­ces, ¿que­re­mos sacar­los por com­ple­to del hogar?, ¿que­re­mos sacar una par­te?, ¿cuál?, ¿para poner­la dón­de?, ¿que­re­mos que el entorno cam­bie y nos per­mi­ta vol­car­nos al hogar si nos da la gana y tener un dine­ro para vivir y una pen­sión de jubi­la­ción? Mucho nos que­da por dis­cu­tir sobre los cui­da­dos y el sis­te­ma, pero yo me atre­ve­ría a suge­rir que, en el camino, no per­da­mos de vis­ta los siguien­tes movi­mien­tos estra­té­gi­cos:

Hacia una res­pon­sa­bi­li­dad social en la sos­te­ni­bi­li­dad de la vida: hacer al con­jun­to social res­pon­sa­ble de la vida y, par­ti­cu­lar­men­te, a las empre­sas, es en sí la cla­ve para cam­biar el sis­te­ma. Por­que supo­ne ir trans­for­man­do el leit­mo­tiv de la eco­no­mía: de la acu­mu­la­ción de capi­tal que pone la vida a su ser­vi­cio, hacia la gene­ra­ción de una vida que merez­ca la pena ser vivi­da (y den­tro de los lími­tes mar­ca­dos por el entorno eco­ló­gi­co), ponien­do las estruc­tu­ras socio­eco­nó­mi­cas a su ser­vi­cio.

Hacia una redis­tri­bu­ción de todos los tra­ba­jos: exi­gir la reduc­ción de la jor­na­da labo­ral sin pér­di­da de sala­rio es un movi­mien­to cru­cial, pero insu­fi­cien­te. La redis­tri­bu­ción debe ser de todos los tra­ba­jos, los que se pagan, y los que no. Y exi­ge, antes de nada, cam­biar la for­ma en que enten­de­mos el tra­ba­jo, por­que, más allá de flo­ri­tu­ras polí­ti­ca­men­te correc­tas, al final casi todo el mun­do sigue empe­rra­do en que tra­ba­jo es el que se paga. Así que el pri­mer paso es seguir insis­tien­do en que tra­ba­jo es mucho más. Y, tras ese mucho más, el segun­do paso es dife­ren­ciar el tra­ba­jo social­men­te nece­sa­rio del tra­ba­jo ali­nea­do. El tra­ba­jo social­men­te nece­sa­rio es aquel que per­mi­te gene­rar las con­di­cio­nes nece­sa­rias para esa vida que merez­ca la pena ser vivi­da. Y aquí tene­mos otro mogo­llón: ¿qué es eso? La vida que que­re­mos es un asun­to cru­cial en deba­te. Pen­sar­lo bien es lo que se nos pro­po­ne des­de la pers­pec­ti­va del decre­ci­mien­to (o del mejor con menos, que dicen otros): fre­nar la loca carre­ra del con­su­mis­mo don­de todo lo que sea “pro­duc­ción “ (mone­ta­ria o finan­cie­ra) es bueno y empe­zar a vivir más aus­te­ra­men­te, deci­dien­do, den­tro de los pará­me­tros de l
a aus­te­ri­dad, qué es la cali­dad de vida para noso­tras. Cuan­do pen­se­mos cómo que­re­mos vivir, cuan­do deba­ta­mos de for­ma ver­da­de­ra­men­te demo­crá­ti­ca qué es una vida que merez­ca la pena ser vivi­da (o la bue­na vida, el buen vivir, como lo lla­man en algu­nos paí­ses lati­no­ame­ri­ca­nos), enton­ces podre­mos defi­nir los tra­ba­jos social­men­te nece­sa­rios para lograr­lo… y repar­tir­los. Ojo, esos tra­ba­jos no van a ser siem­pre agra­da­bles. Hay muchos tra­ba­jos social­men­te impres­cin­di­bles, pero peno­sos (y en el ámbi­to de los cui­da­dos lo sabe­mos bien: bañar a un niño es impres­cin­di­ble y pue­de ser agra­da­ble, pero cam­biar el pañal a un anciano con demen­cia será igual de impres­cin­di­ble y sin dudas des­agra­da­ble). Y estos tra­ba­jos no siem­pre se pagan (¡ni muchí­si­mo menos! Qui­zá pode­mos decir­lo al con­tra­rio: pocas veces). Hay que repar­tir los gra­tui­tos y los paga­dos, los que gene­ran dere­chos y pres­ta­cio­nes socia­les y los que no. Defi­nir y repar­tir los tra­ba­jos social­men­te nece­sa­rios tie­ne un rever­so: defi­nir y repar­tir los tra­ba­jos ali­nea­dos, enten­dien­do por tal aque­llos que no se nece­si­tan para sos­te­ner la vida, pero que sir­ven al pro­ce­so de acu­mu­la­ción y por eso se pagan; los que no son más que un meca­nis­mo inde­sea­ble para poder vivir, por lo que su repar­to es abso­lu­ta­men­te indis­pen­sa­ble y, a la par, coyun­tu­ral; su redis­tri­bu­ción debe con­te­ner en sí la ten­den­cia a su des­apa­ri­ción…


Hacia una rede­fi­ni­ción de los dere­chos: todo lo ante­rior nos per­mi­te replan­tear­nos lo que antes eran sacro­san­tas rei­vin­di­ca­cio­nes fren­te al capi­tal, por ejem­plo, poner bajo otra luz la rei­vin­di­ca­ción del dere­cho al tra­ba­jo. Y exi­gir dere­chos nue­vos, como el dere­cho al tiem­po, al tiem­po de cali­dad y libre­men­te vivi­do. O el dere­cho al cui­da­do: un dere­cho que com­bi­na el dere­cho a reci­bir los cui­da­dos que nece­si­ta­mos a lo lar­go de la vida (de dis­tin­to tipo e inten­si­dad según dis­tin­tas cir­cuns­tan­cias), el dere­cho a no cui­dar gra­tui­ta­men­te (si odio a mi madre, ¿por qué ten­go que cui­dar­la?), el dere­cho a cui­dar pero en con­di­cio­nes dig­nas (¿si la pagui­lla de la ley de depen­den­cia no fue­sen 300 míse­ros euros, y ade­más hubie­se la opción de resi­den­cias, el pano­ra­ma sería otro… sobre todo, podría­mos ele­gir), y el dere­cho a con­di­cio­nes labo­ra­les dig­nas cuan­do cui­da­mos en el mer­ca­do. UN dere­cho mul­ti­di­men­sio­nal que hoy por hoy no exis­te ni como idea, pero que nos abre todo un hori­zon­te de rei­vin­di­ca­cio­nes (¡con­cre­tas! por­que, al final, siem­pre se nos pide con­cre­ción… y si no con­cre­ta­mos pare­ce que no deci­mos nada).


A todo lo ante­rior es a lo que hemos pues­to un nom­bre qui­zá loco, qui­zá diver­ti­do, qui­zá inge­nio­so, qui­zá rebus­ca­do: la cui­da­da­nía. Allá por el 2003 unas com­pa­ñe­ras asis­tían a la inau­gu­ra­ción de un cen­tro social; cuan­do se levan­tó la cor­ti­ni­lla que cubría la pla­ca, apa­re­ció el pro­vi­den­cial error tipo­grá­fi­co: “este cen­tro es para uso y dis­fru­te de la cui­da­da­nía”.


La cui­da­da­nía es, para noso­tras, la for­ma de enten­der a los suje­tos, a la gen­te, en una socie­dad que pon­ga la vida en el cen­tro, no cual­quier vida, una vida que merez­ca la pena ser vivi­da y sea sos­te­ni­ble en el entorno eco­ló­gi­co. No impli­ca una renun­cia a valo­res cla­ve pro­pios de la idea más radi­cal de ciu­da­da­nía, como la liber­tad, la igual­dad, o la rei­vin­di­ca­ción del suje­to polí­ti­co ciu­da­dano fren­te al suje­to mer­can­til clien­te. Pero sí sig­ni­fi­ca inten­tar un movi­mien­to estra­té­gi­co que nos per­mi­ta ir más allá, rete­nien­do esos valo­res, pero cues­tio­nan­do que sean posi­bles den­tro de un sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Tan­to rollo y tan­tas pala­bras…. para ter­mi­nar con una sola: ante la cri­sis, la de los cui­da­dos, la finan­cie­ra, la que sea, ante la urgen­cia de arti­cu­lar un femi­nis­mo anti­ca­pi­ta­lis­ta diver­so, una apues­ta por la cui­da­da­nía.

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