Hace fal­ta una rup­tu­ra demo­crá­ti­ca con el Esta­do espa­ñol, pero com­ple­ta, y no una pata­le­ta infan­til con­tra el TC- Sal­va­dor Car­dus

No com­par­to la actual irri­ta­ción con el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal espa­ñol. Es un tri­bu­nal que si no se ha reno­va­do no es res­pon­sa­bi­li­dad suya, sino del PSOE y el PP que no se ponen de acuer­do a la hora de pac­tar los nom­bres. Y, en cuan­to a la sen­ten­cia, el tri­bu­nal se limi­ta a apli­car la Cons­ti­tu­ción espa­ño­la, que dice lo que dice y no lo que la polí­ti­ca cata­la­na le ha que­ri­do hacer decir duran­te muchos años, para como­di­dad suya, y que aho­ra que­da al des­cu­bier­to.

Los miem­bros del Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal tra­ba­jan a rit­mo espa­ñol ‑aho­ra, inclu­so los par­ti­dos cata­la­nes que­rrían fre­nar­lo toda­vía más‑, y cobran nómi­nas pro­por­cio­na­das al alta res­pon­sa­bi­li­dad que tie­nen para ase­gu­rar la uni­dad de Espa­ña, para garan­ti­zar que no se ero­sio­ne la sobe­ra­nía del pue­blo espa­ñol ‑tam­bién sobre terri­to­rio cata­lán- y para velar sobre la cohe­sión ins­ti­tu­cio­nal de las prin­ci­pa­les ins­ti­tu­cio­nes del Esta­do, como por ejem­plo la judi­ca­tu­ra. Las dis­cre­pan­cias entre ellos no van más allá de deci­dir si tie­nen que ser más o menos explí­ci­tos en sus inten­cio­nes. En este sen­ti­do, el lla­ma­do sec­tor pro­gre­sis­ta ‑que en esto es como la Igle­sia: los pro­gres son, sim­ple­men­te, los no tan con­ser­va­do­res- lo úni­co que pre­ten­día era dar un poco de mar­gen a la ambi­güe­dad para que los par­ti­dos cata­la­nes no que­da­ran del todo des­cu­bier­tos.

De for­ma que, des­de el pun­to de vis­ta estric­ta­men­te jurí­di­co, el actual Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal no tan sólo es legal, sino tam­bién legí­ti­mo y se ajus­ta estric­ta­men­te al orde­na­mien­to cons­ti­tu­cio­nal espa­ñol. Y cuan­do se empren­dió la refor­ma del Esta­tu­to, las reglas de jue­go eran muy cla­ras: el Esta­tu­to no es un pac­to entre Cata­lu­ña y Espa­ña, sino una ley orgá­ni­ca espa­ño­la, apro­ba­da por las Cor­tes espa­ño­las a ins­tan­cia del Par­la­men­to de Cata­lu­ña, y que por lo tan­to res­pon­de exclu­si­va­men­te a la úni­ca sobe­ra­nía que tie­ne base jurí­di­ca y polí­ti­ca en Espa­ña: la espa­ño­la. Y, tam­bién era bien cla­ro que el refe­rén­dum del Esta­tu­to no tenía la últi­ma pala­bra en el asun­to, por­que no reco­ge de nin­gu­na for­ma la voz de un pue­blo sobe­rano ni de una nación que, más allá de nues­tro deseo o de los enga­ños en que nos ha teni­do entre­te­ni­dos la polí­ti­ca cata­la­na de los últi­mos trein­ta años, nun­ca lo hemos sido sobre el papel, que es el que cuen­ta a la hora de la ver­dad.

O sea que si aho­ra alguien dice que no se tie­ne que res­pe­tar el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal ‑cosa con la cual, como inde­pen­den­tis­ta, estoy de acuerdo‑, tam­bién se tie­ne que decir que esto sólo tie­ne sen­ti­do si de paso no se res­pe­ta ni el Esta­tu­to espa­ñol de Cata­lu­ña ni la Cons­ti­tu­ción que ava­la la legi­ti­mi­dad de este Tri­bu­nal. Es de malos per­de­do­res acep­tar unas reglas de jue­go y que­rer­las cam­biar si la par­ti­da aca­ba mal. Si las reglas eran bue­nas para hacer un nue­vo Esta­tu­to, son bue­nas a la hora de emi­tir una sen­ten­cia que pue­de ir de desas­tro­sa a nefas­ta. Otra cosa es que nos des­mon­te el deco­ra­do y haga impo­si­ble seguir man­te­nien­do la far­sa sobe­ra­nis­ta en la cual algu­nos se deja­ron atra­par con un refe­rén­dum que no podía con­fun­dir­se con un acto de sobe­ra­nía.

Hace fal­ta una rup­tu­ra demo­crá­ti­ca con el Esta­do espa­ñol, pero com­ple­ta, y no una pata­le­ta infan­til con­tra el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal, que ha con­se­gui­do incor­diar a los par­ti­dos polí­ti­cos cata­la­nes por­que les ha des­ta­pa­do las ver­güen­zas.

Sal­va­dor Car­dús i Ros
Soció­lo­go y perio­dis­ta

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