Cami­sas negras, damas blancas,almas tur­bias- Luz M. López

Que sean pre­ci­sa­men­te hijos de una patria escar­ne­ci­da don­de miles de madres llo­ran e impo­ten­tes recla­man por los suyos des­apa­re­ci­dos, tor­tu­ra­dos o “dados de baja en com­ba­te”, quie­nes pon­gan su fama, for­tu­na y vene­ra­ción de los medios no al ser­vi­cio de la jus­ti­cia que cla­ma des­agra­vio sino de los vic­ti­ma­rios encar­na­dos en el régi­men autor del opro­bio, es cues­tión que ame­ri­ta refle­xión. Por­que aun­que no debie­ran, bien pue­den –aun­que mal‑, los ben­de­ci­dos por la glo­ria ser aje­nos a las mise­rias del mun­do. Para esto tie­nen sufi­cien­tes argu­cias: que lo mío es el arte, que el arte no es polí­ti­co, que estoy es por la paz entre todos los hom­bres, o sim­ple­men­te, que la paz es una chim­ba h.p. y ¡qué chim­ba tan h.p. ver toda esta gen­te feliz y can­tan­do!

Pero si el con­sen­ti­do de los dio­ses aban­do­na su asep­sia y por algún cálcu­lo de mer­ca­deo se tor­na mor­tal, sólo ten­dría una opción. Una sola que­re­mos decir dig­na, hon­ra­da, éti­ca: la de asu­mir la cau­sa de las víc­ti­mas. Jamás la de los vic­ti­ma­rios. Si se unta del barro de la polí­ti­ca, que sea del que cubre la fosa común de La Maca­re­na. Nun­ca, del de la esta­tua del héroe que la cavó. Que si sus alfor­jas rebo­san­tes a más no poder se han de lle­nar aún más, que sea con el oro de la gra­ti­tud de los per­se­gui­dos. No con el cobre que bri­lla en el pecho del poder. Que bien pron­to se oxi­da según pre­di­ca todos los días la his­to­ria.

Por­que no están mal unos pares de zapa­tos –y pue­den ser miles- para los niños de pies des­cal­zos. Y no está mal un con­cier­to por la paz aun­que sin mucha con­cien­cia polí­ti­ca, ni decir las cosas por su nom­bre, ni denun­ciar el ver­da­de­ro peli­gro para esa paz. Pero estos, no pasan de ser ges­tos mediá­ti­cos, par­te del engra­na­je publi­ci­ta­rio que tie­ne que mane­jar una super­es­tre­lla a cuyo alre­de­dor se mue­ven millo­nes de dóla­res. Exis­te enton­ces un “mana­ger”, una empre­sa que mane­ja la ima­gen, y cla­ro, hay que hacer cosas polí­ti­ca­men­te correc­tas. Como los con­cier­tos gra­tui­tos por la paz, y la dona­ción de zapa­tos.

Pero lo que sí defi­ni­ti­va­men­te está mal, muy mal, es que nues­tras “estre­llas” tomen de lleno par­ti­do ideo­ló­gi­co en la con­fron­ta­ción que divi­de al mun­do entre los “bue­nos” y los “malos”, con las comi­llas como nun­ca antes bien pues­tas. Y opten natu­ral­men­te por “los bue­nos”. Pero lo hagan de mane­ra ver­gon­zan­te. ¿Cómo? Dis­fra­zan­do de huma­ni­ta­ria su pos­tu­ra ideo­ló­gi­ca. Es enton­ces cuan­do Jua­nes, nues­tro famo­so Jua­nes, “sen­si­bi­li­za­do” ante el dolor del mun­do, ante su terri­ble injus­ti­cia y ante la riso­ta­da del poder que per­tur­ba el silen­cio de las fosas comu­nes, pro­po­ne para pre­mio Nobel de la Paz a … las “damas de blan­co”.

¿Y quié­nes son esas dis­tin­gui­das y res­pe­ta­bles seño­ras? Poco se sabe. Al pare­cer se tra­ta de las madres y las espo­sas de unos cuan­tos pre­sos comu­nes en Cuba, que inten­ta­ron mar­char en La Haba­na pidien­do la liber­tad de sus fami­lia­res, lo que fue impe­di­do por la poli­cía. Y ahí fue Tro­ya. Los medios, el exi­lio cubano en Mia­mi, y el depar­ta­men­to de esta­do, crea­ron el hecho noti­cio­so más impor­tan­te del mun­do ese día. No se supo que las seño­ras hubie­ran sido muer­tas, tor­tu­ra­das, gol­pea­das, des­apa­re­ci­das, ni pues­tas pre­sas como es abso­lu­ta­men­te ruti­na­rio en el día a día del mun­do, sin que a nadie con­mue­va ni le impor­te.

Sin embar­go, el escán­da­lo fue mayúscu­lo: “el mun­do” estu­pe­fac­to repu­dió la “bru­tal” repre­sión de la poli­cía y exi­gió la liber­tad de los pri­sio­ne­ros a quie­nes ipso fac­to se gra­duó de “disi­den­tes”, sin tomar­se el tra­ba­jo de ave­ri­guar qué deli­to común los tenía en la cár­cel. Y para coro­nar el sai­ne­te, Jua­nes can­di­da­ti­za a las seño­ra al Nobel, con el entu­sias­ta res­pal­do de Glo­ria Este­fan y cla­ro, no podía sus­traer­se al ges­to “huma­ni­ta­rio” Sha­ki­ra, cie­ga, sor­da y muda.

Ni Jua­nes ni Sha­ki­ra con­si­de­ra­ron que las madres, hijas y espo­sas de los sie­te mil colom­bia­nos que haci­nan las cár­ce­les por estric­tas razo­nes de con­cien­cia, fue­ran mere­ce­do­ras de esa dis­tin­ción. Ni las de los dete­ni­dos – des­pa­re­ci­dos que lle­van trein­ta años cla­man­do por la devo­lu­ción de sus quin­ce mil seres que­ri­dos. Mucho menos, des­de lue­go, las madres de Soa­cha. En últi­mas y con res­pec­to a éstas, Jua­nes y Sha­ki­ra lava­rán su con­cien­cia hacien­do suyas las pala­bras del Pre­si­den­te al refe­rir­se a las víc­ti­mas de esa mons­truo­si­dad lla­ma­da los fal­sos posi­ti­vos: “No sería a coger café a lo que iban”. Menos, tam­po­co van a ser con­si­de­ra­das las madres de esos ado­les­cen­tes bue­nos y estu­dio­sos, ase­si­na­dos por el cri­men de par­ti­ci­par en una mani­fes­ta­ción pací­fi­ca. Uno de ellos menor de edad y a gol­pes, para que no haya dudas de la bru­ta­li­dad poli­cial. Pero no. La bru­ta­li­dad que impor­ta es la de la poli­cía cuba­na. Así fue­ra sin san­gre. Lo impor­tan­te es que haya sido con­tra las “damas de blan­co”. Ah! Y que per­mi­ta ata­car al régi­men cubano por algo, ya que allí no se dan las tor­tu­ras, las des­apa­ri­cio­nes ni el ase­si­na­to de opo­si­to­res.

Hay un tin­te de tur­bi­dez en el huma­ni­ta­ris­mo de nues­tros ído­los, que nos recuer­da a Gauthier: “Este mun­do don­de las mejo­res cosas tie­nen el peor des­tino”.

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