El ave­ria­do esta­do de Dere­cho – Anto­nio Álva­rez Sólis

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La sen­ten­cia ple­na­men­te excul­pa­to­ria que aca­ban de fir­mar los tres magis­tra­dos de la Audien­cia Nacio­nal que han enten­di­do en el cie­rre del dia­rio «Egun­ka­ria» con­lle­va nece­sa­ria­men­te cier­tas refle­xio­nes sobre el esta­do de Dere­cho en Espa­ña. Una serie de comen­ta­rios, aho­ra edul­co­ra­dos, sobre esta deci­sión judi­cial sir­ven de escan­da­lo­so eco acer­ca de ese esta­do de Dere­cho. ¿Exis­te real­men­te en ple­ni­tud un esta­do de Dere­cho en Espa­ña? De entra­da, no. Rotun­da­men­te, no. No está en la con­cien­cia de los gober­nan­tes. No hay moral de esta­do de Dere­cho. La auto­cra­cia cons­ti­tu­ye aún el dis­tin­ti­vo his­tó­ri­co de la gober­na­ción de Madrid.

Por tan­to, y apar­te de feli­ci­tar­nos por esta rotun­da sen­ten­cia, que no repa­ra en ple­ni­tud, ni mucho menos, los inmen­sos daños hechos, con­vie­ne acla­rar cier­tos pun­tos de la situa­ción juris­dic­cio­nal en que vivi­mos y que ha sido cíni­ca­men­te glo­ri­fi­ca­da, una vez más, por polí­ti­cos que mane­jan con infi­ni­ta des­en­vol­tu­ra el con­trol de la gui­llo­ti­na al poli­ti­zar coti­dia­na­men­te la admi­nis­tra­ción de justicia.

Vea­mos tres ejem­plos de esa tor­ti­ce­ra glo­ri­fi­ca­ción. Empe­ce­mos por don José Anto­nio Pas­tor. Dice el Sr. Pas­tor que «se cie­rra defi­ni­ti­va­men­te un epi­so­dio que nun­ca debe­ría haber­se pro­du­ci­do» y que demues­tra que «la jus­ti­cia en Espa­ña fun­cio­na» y que esta­mos en «un Esta­do garan­tis­ta«. En pri­mer lugar, no se pue­de, en rec­ta moral de jus­ti­cia, afir­mar que el caso «se cie­rra defi­ni­ti­va­men­te». Ni mucho menos.

Espa­ña, y el Sr. Pas­tor es un espa­ñol muy repre­sen­ta­ti­vo, es espe­cia­lis­ta en jus­ti­fi­ca­cio­nes a la vis­ta de la autop­sia. Jamás se plan­tea por qué el muer­to está sobre la mesa. Lo que apa­re­ja que siga matán­do­se físi­ca, moral o polí­ti­ca­men­te. Ante el muer­to no se pue­den decir cier­tas cosas, como con­fe­sar el homi­ci­dio y decla­rar zan­ja­do el asun­to median­te el reco­no­ci­mien­to de una auto­ría equi­vo­ca­da. Cono­cí a un caza­dor galle­go que dis­pa­ró mor­tal­men­te con­tra un loro y que al escu­char la últi­ma que­ja del ave en len­gua­je humano se limi­tó a dis­cul­par­se con una fra­se ejem­plar: «Per­dón, creí que era un pájaro».

Cuan­do se tie­ne una esco­pe­ta entre las manos, que en eso con­sis­te radi­cal­men­te el poder, hay que medir pre­via­men­te las corres­pon­dien­tes res­pon­sa­bi­li­da­des. Y para redon­dear la livia­na pos­tu­ra del Sr. Pas­tor, éste lle­ga a una con­clu­sión que sus­ci­ta una amar­ga car­ca­ja­da: la sen­ten­cia de que habla­mos «demues­tra que la jus­ti­cia fun­cio­na en Espa­ña» y que vivi­mos en «un Esta­do garan­tis­ta». Sr. Pas­tor, eso no pue­de usted decir­lo en públi­co sin abo­fe­tear la con­cien­cia públi­ca y la razón moral. Las garan­tías, Sr. Pas­tor, han de fun­cio­nar pre­via­men­te, han de pre­ver con deli­ca­de­za y han de apli­car­se con un ele­va­do espí­ri­tu de equi­dad. Al muer­to del que al prin­ci­pio hablá­ba­mos no le con­sue­la nada que le reco­noz­can como asesinado.

O sea, que ni la jus­ti­cia fun­cio­na en Espa­ña ‑bas­ta ya de repa­rar iniqui­da­des en vez de evi­tar­las a su debi­do tiem­po- ni el Esta­do faci­li­ta más garan­tías de las que quie­ra con­ce­der la Guar­dia Civil o la poli­cía de turno, que ope­ran como la Rei­na Cató­li­ca, que con una mano blan­día la espa­da y con la otra hacía bodo­ques, según dicho popu­lar de su tiem­po. Sr. Pas­tor ¿para qué cla­se de imbé­ci­les cree usted que habla?

Y aho­ra aña­da­mos las per­las enhi­la­das en la situa­ción por don Leo­pol­do Barre­da, que se apun­ta con pron­ti­tud al espí­ri­tu elec­to­ral. Dice el Sr. Barre­da ‑y Alá es más gran­de, como rezan los musul­ma­nes cuan­do vie­nen tuer­tas- que en la reso­lu­ción abso­lu­to­ria «se pue­de apre­ciar» que «esta­mos ante un esta­do de Dere­cho», con un «régi­men jurí­di­co garan­tis­ta». En la reso­lu­ción pue­den apre­ciar­se muchas cosas impor­tan­tes, pero como dice el mis­mo Sr. Barre­da, no haga­mos «inter­pre­ta­cio­nes ses­ga­das de la sentencia».

La reso­lu­ción demues­tra que el poder pue­de en Espa­ña barrer con vidas y hacien­das y lue­go dar unas expli­ca­cio­nes his­tó­ri­cas hirien­te­men­te demo­crá­ti­cas, como inten­tan aho­ra faci­li­tar esos polí­ti­cos, par­te de los cua­les pare­cen pre­pa­rar por fin un ate­rri­za­je de emer­gen­cia ante la cita elec­to­ral, fren­te a la que miles de vas­cos esta­rán impe­di­dos para votar, si la situa­ción sigue como aho­ra, por esa cin­ta habi­tual en los esce­na­rios con­flic­ti­vos: «No pasar. Poli­cía o Guar­dia Civil». Final­men­te el Sr. Barre­da cree que este inmen­so entuer­to se debe a «la acti­tud errá­ti­ca» de la Fis­ca­lía, que real­men­te ha sos­te­ni­do una pos­tu­ra de no incri­mi­na­ción des­de la aper­tu­ra del jui­cio oral, si mi memo­ria no me traiciona.

Y por últi­mo, Lakua. Lakua no podía per­ma­ne­cer calla­da con el saco de «Egun­ka­ria» sobre sus espal­das. Pero ¿qué podía decir Lakua? Pues que­dar­se en los alre­de­do­res del asun­to, en lo que liga­do a otras situa­cio­nes cono­ci­das lla­man el entorno. Lakua se ha feli­ci­ta­do por la abso­lu­ción, pero ha adver­ti­do que «la pro­tec­ción efi­caz de los dere­chos fun­da­men­ta­les y las liber­ta­des públi­cas exi­ge una res­pues­ta de los tri­bu­na­les más ágil y pron­ta». ¡Muy bien dicho! Pero lo que ver­da­de­ra­men­te exi­gen los dere­chos fun­da­men­ta­les es que no se con­cul­quen con esa pri­sa que lue­go cesa como la sed satis­fe­cha. El cinis­mo de la retó­ri­ca guber­na­men­tal, sea en el Madrid sem­pi­terno o en la actual Gas­teiz, resul­ta, ade­más de des­ca­ra­do e hirien­te, de un infan­ti­lis­mo que nos estre­me­ce, ya que uno cavi­la coti­dia­na­men­te en qué cla­se de manos estamos.

Cele­bre­mos, pues, la sen­ten­cia, pero ahí que­da ins­ta­la­do sin correc­ción algu­na, y aga­za­pa­do tras su pos­tu­ra com­pro­me­ti­da con los fas­cis­tas acu­sa­do­res, todo ese cor­te­jo reac­cio­na­rio que impi­de a Espa­ña dar en cual­quier tiem­po un solo paso dere­cho hacia un inme­dia­to futu­ro sim­ple­men­te nor­mal. Renun­cie­mos a esa fra­se fal­sa­men­te atri­bui­da a don Luis Mejía en el «Teno­rio» de «que los muer­tos que vos matáis gozan de bue­na salud». Aquí los muer­tos, en toda la vali­dez meta­fó­ri­ca de la pala­bra, son muer­tos ver­da­de­ros y no gozan, según se pre­ten­de, de más pai­sa­je que el de su bus­ca­da impo­ten­cia o resig­na­ción. Pre­sun­ta impo­ten­cia, pre­sun­ta resig­na­ción. Por­que ¿creen los auto­res del dis­la­te monu­men­tal que exis­te tal impo­ten­cia o resig­na­ción? Asó­men­se los sega­do­res de dere­chos al bal­cón y verán aba­jo una mul­ti­tud vas­ca que man­tie­ne altas sus ban­de­ras. ¿Y aca­so esa mul­ti­tud va a resig­nar­se a que la hie­ran una y otra vez?

No se pue­de pasar pági­na con tan­to des­par­pa­jo. Ante todo, por­que cuan­do se decla­ra injus­to todo un pro­ce­so de sus­pen­sio­nes y cár­cel hay que repo­ner, mate­rial y moral­men­te, en sus dere­chos a quie­nes han sufri­do el agra­vio, entre los que se encuen­tran no sólo los afec­ta­dos, algu­nos con denun­cia de tor­tu­ra, sino todos los vas­cos que leían el perió­di­co des­trui­do y que comul­ga­ban con su hon­ra­da y esplén­di­da línea edi­to­rial. Ante los hechos acon­te­ci­dos se pue­de recla­mar la fra­se del Sr. Fra­ga «la calle es mía», para esos vas­cos que bien pue­den decir cosa tal, sin rubor, apo­ya­dos por la reali­dad de la sobe­ra­nía que poseen en pro­pie­dad y que ha sido con­cul­ca­da con vio­len­cia tan inaudita.

No se tra­ta, sin embar­go, de hablar de vio­len­cia algu­na más ‑bas­ta ya de vio­len­cias- sino de rebo­bi­nar la his­to­ria, en este caso tan pró­xi­ma, para que la polí­ti­ca sea res­ta­ble­ci­da en toda su exten­sión de liber­tad y crea­ción. El reco­no­ci­mien­to del atro­pe­llo come­ti­do con «Egun­ka­ria» abre la puer­ta para recla­mar ante muchas otras injus­ti­cias que se han aña­di­do a la his­to­ria vas­ca en los últi­mos tiem­pos. Paci­fi­car, normalizar…

Pero esto no pue­de hacer­se si los cori­feos del atro­pe­llo insis­ten en pre­sen­tar la sen­ten­cia como una mani­fes­ta­ción de la nor­ma­li­dad que carac­te­ri­za a la vida públi­ca vas­ca. La vida vas­ca no es nor­mal. Qui­zá nece­si­te jue­ces con la volun­tad de razo­nar sere­na y jus­ta­men­te, qui­zá; pero lo que precisa

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