Con­de­nan por esta­fa a una ex edil del PP de Gas­teiz- Gara

La Sec­ción Segun­da de la Audien­cia Pro­vin­cial de Ara­ba ha dic­ta­do una sen­ten­cia en la que impo­ne a Raquel Mar­tí­nez y a su pare­ja, Boni­fa­cio Cova­rru­bias, sen­das penas de seis años de cár­cel, 5.400 euros de mul­ta e indem­ni­za­cio­nes a doce per­ju­di­ca­dos por un valor total de 195.000 euros.

La ex edil, que fue expul­sa­da del PP en 2004, ya fue con­de­na­da ante­rior­men­te por la Audien­cia Pro­vin­cial de Ara­ba por haber esta­fa­do a dos muje­res a las que pro­me­tió faci­li­tar­les el acce­so a una vivien­da pro­te­gi­da a cam­bio de dine­ro, 12.000 euros en el caso de una y 18.000 la otra, aun­que esta sen­ten­cia está recu­rri­da ante el Tri­bu­nal Supremo.

Según indi­ca Efe, la nue­va sen­ten­cia con­si­de­ra pro­ba­do que Mar­tí­nez, tras aban­do­nar su car­go de con­ce­jal, que ejer­ció entre 1999 y 2003, se tras­la­dó a Madrid con su pare­ja, que era tam­bién su escol­ta per­so­nal, y ambos cons­ti­tu­ye­ron la empre­sa de ges­tión inmo­bi­lia­ria Gesbora.

Entre octu­bre de 2005 y noviem­bre de 2007, soli­ci­ta­ron dine­ro a dife­ren­tes per­so­nas «hacién­do­les creer que harían las ges­tio­nes nece­sa­rias para pro­por­cio­nar­les de for­ma pre­fe­ren­te un piso de pro­tec­ción ofi­cial, de pre­cio tasa­do o un piso libre» en Gas­teiz, y «daban apa­rien­cia de con­fian­za» a las ope­ra­cio­nes por la con­di­ción de ex con­ce­jal de la mujer y por los con­tac­tos que decía tener en diver­sos orga­nis­mos públicos.

El fallo reco­ge que­se apro­pia­ron de can­ti­da­des que osci­lan entre los 6.000 y los 38.000 euros, aun­que la mayo­ría de las víc­ti­mas les entre­ga­ron 18.000 euros, siem­pre «a sabien­das de que no iban a rea­li­zar nin­gu­na ges­tión» y de que «no tenían nin­gu­na capa­ci­dad para pro­por­cio­nar los inmuebles».

La Sala cali­fi­ca los hechos como un deli­to con­ti­nua­do de esta­fa agra­va­da por­que, guia­dos por el áni­mo de lucro, los pro­ce­sa­dos uti­li­za­ron «el enga­ño» para hacer­se con el dine­ro, en un acto de «espe­cial gra­ve­dad» por el valor de la defraudación.

La sen­ten­cia tam­bién sub­ra­ya que los per­ju­di­ca­dos eran en su mayo­ría jóve­nes que que­rían com­prar una vivien­da pro­te­gi­da como domi­ci­lio habi­tual, ya que su situa­ción eco­nó­mi­ca no les per­mi­tía acce­der al mer­ca­do inmobiliario.

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