El san­to patrón de los pedó­fi­los – Car­los de Urabá/​Colaborador ABP Colom­bia

pederastía
Ayer mien­tras veía a mi hijo hacer sus tareas esco­la­res me entró un ata­que de nos­tal­gia. De inme­dia­to recor­dé cuan­do a su mis­ma edad cur­sa­ba la pri­ma­ria en el cole­gio de curas en Bogo­tá. ¡Qué tiem­pos aque­llos! Me tuve que con­cen­trar al máxi­mo para refres­car mi memo­ria pues un oscu­ro nuba­rrón deja­ba mi men­te en blan­co. Enton­ces, saqué el álbum de fotos que guar­da­ba en el arma­rio y al ins­tan­te todo se escla­re­ció. Allí esta­ba yo con mi uni­for­me de cole­gial hacien­do par­te del rédil, un nume­ri­to más, una mas­co­ta de los curi­tas y pro­fe­so­res. Mis padres que­rían lo mejor para mí y por eso me matri­cu­la­ron en El Cole­gio Cala­sanz, una ins­ti­tu­ción de pres­ti­gio que se regía por los valo­res tra­di­cio­na­les del cris­tia­nis­mo. Las escue­las Pías o pia­do­sas admi­nis­tra­da por sacer­do­tes espa­ño­les que se ins­ta­la­ron en Colom­bia a par­tir del año 1947. El gobierno nacio­nal les abrió las puer­tas pues desea­ban pro­mo­ver la edu­ca­ción pri­va­da y eli­tis­ta. Los curas y mon­ji­tas mono­po­li­za­ron el cam­po de la ense­ñan­za, se ins­ti­tu­yó una ver­da­de­ra teo­cra­cia y éstos se con­vir­tie­ron en nues­tros pre­cep­to­res apli­can­do una peda­go­gía basa­da en el terror y la repre­sión. ¡El peca­do, hijos el peca­do! ¡El infierno, hijos el infierno!
Siem­pre el cas­ti­go, peli­gro el cuer­po es malo y sucio, pero tam­bién es muy ape­te­ci­ble, ¿no? Se les supo­nía seres ele­gi­dos por Dios para com­ple­tar su obra sobre la faz de la tie­rra. Los padres de fami­lia, por lo gene­ral cató­li­cos y apostólicos,encantados nos entre­ga­ron bajo su tute­la para que nos hicie­ran «ciu­da­da­nos de bien»
La edu­ca­ción no era más que una vil mani­pu­la­ción don­de los estu­dian­tes debían aca­tar a raja­ta­bla las órde­nes de los supe­rio­res. Nos doma­ron a pun­ta de biblias y rosa­rios, todos cor­ta­dos con la mis­ma tije­ra, Nues­tra semi­lla tenía que caer en tie­rra fér­til y ellos encar­na­ban a los ánge­les guar­dia­nes que des­bro­za­ban la ciza­ña. Siem­pre el mis­mo cuen­to, el bien y el mal, la clá­si­ca dico­to­mía esqui­zoi­de. La men­ti­ra ins­ti­tu­cio­na­li­za­da. Nos hicie­ron creer que ellos poseían la lla­ve de la sal­va­ción pues por algo per­do­na­ban los peca­dos. A Dios gra­cias tenía­mos ase­gu­ra­do un pasa­por­te direc­to al cie­lo.
Inmer­sos en un sis­te­ma maquia­vé­li­co que ensal­za­ba a los alum­nos más bri­llan­tes y humi­lla­ba a los medio­cres. Debía­mos aspi­rar a ser los núme­ro uno, es decir, la per­fec­ción ¿nazi? los mejo­res ejem­pla­res, los más inte­li­gen­tes, los más man­sos y sumi­sos. Edu­car y domes­ti­car, por supues­to.
Todas las maña­nas nos for­ma­ban en el patio del cole­gio y al son del himno nacio­nal mar­cha­ba­mos acom­pa­sa­dos salu­dan­do la ban­de­ra colom­bia­na. Tan­ta mar­cia­li­dad hacia par­te de un cre­do fas­cis­toi­de en el que se nos incul­ca­ba la ideo­lo­gía de Cris­to Rey: la dis­ci­pli­na, el honor, la leal­tad y ¡ah!, sobre todo, la hipo­cre­sía, la mate­ria pre­fe­ri­da de los maes­tros. ¡Qué cobar­des! mani­pu­lar a niños, a cria­tu­ras ino­cen­tes que no pue­den dis­cer­nir ni defen­der­se. El curi­ta y el pro­fe­sor se apro­ve­cha­ban de su auto­ri­dad y con una regla en la mano dic­ta­ban cáte­dra ‑a ver quien se mue­ve, a ver quien sus­pi­ra- Impu­ne­men­te estos tira­nos impo­nían sus leyes, los cas­ti­gos, las reprimendas,los diez man­da­mien­tos, abu­sos, los mano­seos y chan­ta­jes. De todo hay en la viña del señor.
Cual muñe­qui­tos de tra­po nos sen­ta­ban en los pupi­tres y repe­tía­mos como cacatúas el cate­cis­mo, la lec­ción de geo­gra­fía e his­to­ria o de mate­má­ti­cas, años y años enjau­la­dos en esos claus­tros mor­te­ci­nos don­de los bri­llan­tes peda­go­gos jura­ban que íba­mos a con­quis­tar el cénit de la sabi­du­ría. Prohi­bi­do lle­var la con­tra­ria, cri­ti­car al pro­fe­sor, menos, al rec­tor, peca­do mor­tal ‑debéis res­pe­tar la jerar­quía- Copiar y copiar, memo­ri­zar y memo­ri­zar las lec­cio­nes: uno más uno dos, dos por dos son cua­tro, arro­di­lla­dos fren­te a los ange­li­tos, vír­ge­nes y dio­se­ci­llos. A los mejo­res simios se les pre­mia­ba con doble ración de cacahue­tes. Al final del año el padre rec­tor entre­ga­ba los diplo­mas y les ponía meda­lli­tas a los alum­nos más pre­cla­ros. ¡Qué mara­vi­lla! el expe­ri­men­to con las rati­tas y coba­yas había cul­mi­na­do con éxi­to, por fin alcan­zá­ba­mos la madu­rez, unos adul­tos estú­pi­dos dis­fra­za­dos con esos ridícu­los tra­jes de paño pres­tos a engro­sar las filas de la socie­dad de con­su­mo.
Hace poco me ente­ré que uno de mis com­pa­ñe­ros de cla­se fue el nar­co­ge­ne­ral Oscar Naran­jo, direc­tor de la Poli­cía Nacio­nal Me entran náu­seas, como pude com­par­tir mis estu­dios con ese mons­truo, un ver­da­de­ro genio en el arte de la gue­rra, el exter­mi­nio y la tor­tu­ra. Una lum­bre­ra que saca­ba las mejo­res notas. Y a fe que lle­gó a la más alta cima del poder. Defi­ni­ti­va­men­te nos gobier­nan los mejo­res estu­dian­tes y así está el mun­do cada día más podri­do y deca­den­te.
Cuan­do en sema­na san­ta se rea­li­za­ban los reti­ros espi­ri­tua­les en algu­na fin­ca de la saba­na de Bogo­tá los curi­tas enso­ta­na­dos se fro­ta­ban las manos. Era la hora de poner en prác­ti­ca las lec­cio­nes de ana­to­mía. Jus­to al sonar las cam­pa­na­das de las doce de la noche el padre Gre­go­rio o el padre Fer­mín lle­ga­ban a hacer la ron­da por los dor­mi­to­rios. Que extra­ños gemi­dos se escu­cha­ban tras las cor­ti­nas. ¿Serán almas en pena? Y noso­tros nos metia­mos deba­jo de las cobi­jas por si las mos­cas. De repen­te una mani­ta tem­blo­ro­sa inten­ta­ba des­ta­par­nos y oh, apa­re­cían los fan­tas­mas jadean­tes rebus­can­do entre las saba­nas el más pre­cia­do teso­ro. Sólo era un jue­go, tran­qui­los, se dis­cul­pa­ban los lobos en celo.
El gol­pe más fuer­te esta­ba aún por lle­gar. Tuvie­ron que pasar muchos años has­ta que un día por casua­li­dad en la biblio­te­ca del ins­ti­tu­to Cer­van­tes cayó entre mis manos una revis­ta en la que se con­ta­ba la his­to­ria de un tal Mar­cial Maciel, el cura fun­da­dor de los Legio­na­rios de Cris­to. Duran­te déca­das él y sus lugar­te­nien­tes some­tie­ron a cien­tos de niños y jóve­nes a las más abo­mi­na­bles depra­va­cio­nes sexua­les, con­cre­ta­men­te en el semi­na­rio Onta­ne­da en Can­ta­bria. Juan Pablo II, que esta­ba infor­ma­do sobre sus fecho­rías, lo pro­te­gió, lo defen­dió, pare­ce que se lo tomó como una tra­ve­su­ra de un vie­jo ver­de. En ese enton­ces a la cabe­za de la Con­gre­ga­ción para la Doc­tri­na de la Fe se encon­tra­ba Joseph Ratzin­ger, el actual Papa Bene­dic­to XVI.
En ese artícu­lo se afir­ma­ba que el pri­mer escán­da­lo de abu­sos a meno­res se lle­vó a cabo en una de las escue­las del ara­go­nés San José de Cala­sanz, fun­da­dor en 1612 de la orden de los Clé­ri­gos Regu­la­res Pobres, mejor cono­ci­dos como los Esco­la­pios. Cala­sanz ocul­tó la vio­la­ción y el abu­so sexual de niños en sus escue­las e inclu­so pagó para que no se hicie­ran públi­cos. Uno de los pedó­fi­los, el padre Este­fano Che­ru­bi­ni, tuvo tal éxi­to que se con­vir­tió en el supe­rior de la orden, defe­nes­tran­do a su pro­pio fun­da­dor. Las Escue­las Pías fue­ron clau­su­ra­das por man­da­to del Papa Ino­cen­cio X. Cala­sanz murió en Roma a los 91 años apar­ta­do de sus fun­cio­nes y caí­do en des­gra­cia. Ocho años más tar­de el papa Ale­jan­dro VII lo reha­bi­li­tó y dio el vis­to bueno para que la orden siguie­ra hacien­do de las suyas. Cala­sanz fue ele­va­do alos alta­res en 1767 por el Papa Cle­men­te XIII. ¡Qué cinis­mo! hoy se le con­si­de­ra el ¡patrono de los estu­dian­tes! ¡Vaya des­cu­bri­mien­to! Me entró tal cabreo que por poco par­to la mesa de la biblio­te­ca de un pal­mo­ta­zo. San José de Cala­sanz, un ser tan puro al que me ense­ña­ron a amar y res­pe­tar. No lo pue­do creer. Esto es dema­sia­do. Se me retor­cie­ron las entra­ñas de asco. Y mira por don­de defen­sor de los pedó­fi­los y quién sabe si tam­bién se habrá har­ta­do de car­ne tier­na.
Cla­ro los muy zorros se calla­ban todo, lo ocul­ta­ban todo en el nom­bre de Dios ¡qué no lo sepa nadie! shhh, shhh ¡qué ver­güen­za!, la reputación,silencio, tápen­lo, tápen­lo, secre­to de con­fe­sión «delic­ta gra­vio­ra» es el clá­si­co méto­do uti­li­za­do por del Vati­cano, el mis­mo que apli­có Juan Pablo II y Ratzin­ger. Si se des­cu­brían algu­nas “irre­gu­la­ri­da­des” o “actos impú­di­cos” los cul­pa­bles se trans­la­da­ban a otra parro­quia o dió­ce­sis o a tie­rra de misión, pues eran con­si­de­ra­dos enfer­mos con dere­cho a reha­bi­li­tar­se y no delin­cuen­tes Tan sólo debían pur­gar su cas­ti­go dedi­ca­dos a la vida con­tem­pla­ti­va. De nada valían tan­tos gol­pes de pecho ya que al cabo de un tiem­po con­ti­nua­ban sus tro­pe­lías pues “palo que nace doblao jamás su tron­co ende­re­za”
Tan­tas vio­la­cio­nes, tan­tos abu­sos sexua­les que se hubie­ran podi­do pre­ve­nir, pero no, por favor, que no se sepa, que dirán, se nos aca­ba el nego­cio, tapen,tapen. La igle­sia de Cris­to es inma­cu­la­da. Sus pas­to­res gozan de inmu­ni­dad y que Dios los juz­gue en el cie­lo por­que la jus­ti­cia terre­nal no les ata­ñe. El Papa, sus Obis­pos y Car­de­na­les son cóm­pli­ces de estos abu­sos por omi­sión, por hacer­se los de la vis­ta gor­da y tam­bién por­que a lo mejor has­ta han meti­do mano, vaya uno a saber­lo. Los crí­me­nes de pedofi­lia come­ti­dos por curi­tas y pre­la­dos en EEUU, Irlan­da, Aus­tria, Ale­ma­nia, Espa­ña, Colom­bia, Chi­le, Bra­sil, Méxi­co y en medio mun­do han cau­sa­do un gran revue­lo entre la opi­nión públi­ca y les va a que­dar muy difí­cil esca­mo­tear­se. Esto ape­nas comien­za pues las denun­cias se mul­ti­pli­can, las con­fe­sio­nes, que por ver­güen­za un día calla­ron las víc­ti­mas, hoy pro­me­ten depa­rar­nos gran­des, gran­dí­si­mas sor­pre­sas.
Nos ense­ña­ron que San José de Cala­sanz era nues­tro padre o qui­zás más, nos ense­ña­ron que tenía­mos que vene­rar­lo con amor, que su lega­do era un gran teso­ro para la huma­ni­dad, el após­tol de los niños pobres ala­ba­do sea, ben­di­to sea por siem­pre señor. Lo veía­mos allí todas las maña­nas en una pin­tu­ra que pre­si­día el salón de cla­se, un ser celes­tial que vela­ba por la edu­ca­ción de los niños. Pero tan sólo se tra­ta­ba de un sucio encu­bri­dor de una mana­da de dia­bó­li­cos pede­ras­tas.
Jamás tuvi­mos la menor sos­pe­cha, nadie se dig­nó con­tar­nos la ver­dad. Tal­vez si lo hubie­ran hecho las cosas serían dis­tin­tas. Pero nues­tros que­ri­dos pro­fe­so­res y los curi­tas guar­da­ron silen­cio encu­brien­do el deli­to, y esos deli­tos moral­men­te no pres­cri­ben y los cul­pa­bles ten­drán que pagar­lo ante la jus­ti­cia. Que se les juz­gue y les cai­ga todo el peso de la ley pues todas esas vilo­la­cio­nes, estru­pros, mano­seos, fela­cio­nes, actos de sodo­mía, besos negros y quien sabe que otras prác­ti­cas maca­bras no pue­den que­dar impu­nes.
El Vati­cano con­tra­ta­ca y se hacen las víc­ti­mas segu­ra­men­te los infan­tes fue­ron los que pro­vo­ca­ron a los pede­ras­tas. Ellos siguen empe­ña­dos en que todo es un mon­ta­je, en que todos esos miles y miles de niños com­plo­tan con­tra la San­ta Madre Igle­sia . «-¡Por Dios! sólo son habla­du­rías y fal­se­da­des, todo esto hace par­te de una cons­pi­ra­ción judeo-masó­ni­ca», «un anti­cle­ri­ca­lis­mo radi­cal y demen­cial se está difun­dien­do por Euro­pa de for­ma ras­tre­ra» Ya no saben que decir, están con­tra las cuer­das, la bes­tia se sien­te aco­rra­la­da y ha que­da­do con el culo al aire. Has­ta el mis­mí­si­mo Papa de Roma Joseph Ratzin­ger tie­ne la soga al cue­llo.
Según San José de Cala­sanz «des­de los más tier­nos años, el niño debe ser imbui­do en la pie­dad y las letras, y sin duda pue­de espe­rar­se con fun­da­men­to un feliz trans­cur­so de su vida. Lo impor­tan­te es que sea escu­cha­do con amor »Y mira con que amor lo hacían los muy cana­llas. En los evan­ge­lios reza «¡ay de aquel que escan­da­li­za­ra a un niño! Mas le valie­ra haber­se col­ga­do una pie­dra de molino al cue­llo y arro­jar­se al mar” Pen­sá­ba­mos que ellos nos iban for­mar espi­ri­tual­men­te pero en reali­dad desea­ban cru­ci­fi­car nues­tros cuer­pos en el altar de las depra­va­cio­nes.
Car­los de Ura­bá 2010
Inves­ti­ga­dor de Colom­bia. 

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