Para per­do­nar la pede­ras­tia, rezar un padre nues­tro y tres ave­ma­rías – Anto­nio Ran­gel C. (Apo­rrea)

Los abu­sos sexua­les de los supe­rio­res ins­ti­tu­cio­na­les con­tra meno­res de edad tie­nen que ser cas­ti­ga­dos con la máxi­ma seve­ri­dad por­que cons­ti­tu­yen una trai­ción irre­pa­ra­ble. No bas­tan los gol­pes de pecho por más pia­do­sos o enér­gi­cos que pre­ten­dan ser. Las tibias mani­fes­ta­cio­nes de la Igle­sia Cató­li­ca sobre los deli­tos irre­pa­ra­bles come­ti­dos por clé­ri­gos, com­pli­can en extre­mo la situa­ción y los hacen más peno­sos toda­vía. La pede­ras­tia es una abe­rra­ción sexual que pudie­ra ser pato­ló­gi­ca es decir, prac­ti­ca­da por enfer­mos men­ta­les que requie­ren tra­ta­mien­to ade­cua­do pero cuyo mane­jo exi­ge tres con­di­cio­nes indis­pen­sa­bles: ser reti­ra­do del ejer­ci­cio cle­ri­cal, ser juz­ga­do por la jus­ti­cia ordi­na­ria y resar­cir el daño oca­sio­na­do. No pue­den acep­tar­se medias tin­tas ni bene­vo­len­cias en el tra­ta­mien­to del acto per­ver­so. Pero la pede­ras­tia pue­de ocu­rrir por hábi­to sexual des­via­do, por el sim­ple pla­cer sexual de apro­ve­char­se de la debi­li­dad o infe­rio­ri­dad de la víc­ti­ma ino­cen­te o inde­fen­sa. Este es un acto cri­mi­nal, vil, sin ate­nuan­tes. Es a la inves­ti­ga­ción judi­cial a quien corres­pon­de dilu­ci­dar la even­tua­li­dad y pro­ce­der en con­se­cuen­cia.

Tam­bién en esta segun­da alter­na­ti­va se impo­ne el cas­ti­go ejem­plar, el resar­ci­mien­to de los daños y la exclu­sión del ejer­ci­cio cle­ri­cal del pede­ras­ta. Por­que la pede­ras­tia en los clé­ri­gos, como la trai­ción de un maes­tro peda­go­go o la de un mili­tar que vuel­ve las armas con­fe­ri­das con­tra el pue­blo que se las con­fió cons­ti­tu­yen trai­cio­nes de lesa huma­ni­dad con­tra la socie­dad que con­fió inge­nua­men­te en la ido­nei­dad de los depra­va­dos que abu­san de la posi­ción ins­ti­tu­cio­nal que osten­tan. Es cier­to que los actos de clé­ri­gos con abe­rra­cio­nes sexua­les, corrup­to­res de meno­res, no des­ca­li­fi­can per se a la ins­ti­tu­ción de la igle­sia. Pero sobre esta recae la res­pon­sa­bi­li­dad de selec­cio­nar exhaus­ti­va­men­te a los aspi­ran­tes a fun­cio­na­rios reli­gio­sos para garan­ti­zar que pede­ras­tas no hagan tan­to daño como los que se han veni­do denun­cian­do en todo el mun­do y que con segu­ri­dad cons­ti­tu­yen solo una frac­ción de los abu­sos come­ti­dos en la reali­dad. Y más aún, es su obli­ga­ción reti­rar de por vida del ejer­ci­cio a quien incu­rra en la abe­rra­ción, ade­más de coope­rar con la jus­ti­cia para que sea juz­ga­do el impli­ca­do. Por­que los estu­dios espe­cia­li­za­dos demues­tran el alto por­cen­ta­je de rein­ci­den­cias. Pudie­ra decir­se que la for­ma más expe­di­ta de acce­der a la satis­fac­ción pede­ras­ta es osten­tar la posi­ción ins­ti­tu­cio­nal ven­ta­jo­sa que con­fie­re la igle­sia.

Las reli­gio­nes en gene­ral tie­nen vigen­cia en la socie­dad huma­na por­que cons­ti­tu­yen una de las alie­na­cio­nes más pode­ro­sas que exis­ten. Cons­ti­tu­yen una súper estruc­tu­ra espi­ri­tual crea­da por la men­te del humano que se con­vier­te en hege­mo­nía abso­lu­ta de sus actos, de su estruc­tu­ra men­tal. El humano, en la bús­que­da de expli­ca­cio­nes para los hechos y fenó­me­nos natu­ra­les que no com­pren­de, encuen­tra en la reli­gión un refu­gio que le cal­ma el ansia de una res­pues­ta a sus inte­rro­gan­tes o anhe­los. Estas razo­nes hacen más gra­ves las trai­cio­nes eje­cu­ta­das por clé­ri­gos abe­rra­dos por­que se valen de la míse­ra igno­ran­cia del humano, quien en su incer­ti­dum­bre es capaz de con­fiar todo lo que pro­ven­ga de la ins­ti­tu­ción a quien ha con­fe­ri­do una fe cie­ga. Tris­te por decir lo menos la mani­pu­la­ción que inten­tan las auto­ri­da­des del Vati­cano, con el Papa a la cabe­za, para des­viar la aten­ción del escán­da­lo mun­dial sobre curas y obis­pos pede­ras­tas.

Aho­ra resul­ta que son “chis­mo­rreos” los abu­sos sexua­les com­pro­ba­dos, las vio­la­cio­nes de dis­ca­pa­ci­ta­dos, el some­ti­mien­to sexual de mon­jas, el apro­ve­cha­mien­to abe­rra­do de la supe­rio­ri­dad ins­ti­tu­cio­nal y reli­gio­sa que en mala hora les con­fi­rie­ron inge­nuos cre­yen­tes. Aho­ra resul­ta que la igle­sia cató­li­ca es víc­ti­ma del anti­cle­ri­ca­lis­mo. O que los escán­da­los son com­pa­ra­bles con el anti­se­mi­tis­mo, o que el Papa mere­ce una feli­ci­ta­ción por la car­ta com­pa­si­va diri­gi­da al pue­blo irlan­dés, o que lo que nece­si­ta la huma­ni­dad es una “pro­fun­da con­ver­sión moral y espi­ri­tual” de la cual la igle­sia, pre­ci­sa­men­te, ha demos­tra­do esca­sez en estos deplo­ra­bles casos. Esta mani­pu­la­ción es mucho más sen­ci­lla que acep­tar la dis­cu­sión de la tam­bién abe­rran­te dis­po­si­ción del celi­ba­to cle­ri­cal. La recla­ma­ción a la igle­sia cató­li­ca con­tra la pede­ras­tia de sus clé­ri­gos es com­par­ti­da por todos quie­nes somos padres, madres, abue­las y abue­los y por los niños ino­cen­tes.

Apo­rrea

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