Con con­ven­ci­mien­to- Gari Muji­ka

Hace tiem­po que los espa­ño­les se die­ron cuen­ta de que este país esta­ba tejien­do los mim­bres y pila­res nece­sa­rios para poder cons­ti­tuir­se en esta­do. Los mili­tan­tes de la cons­truc­ción nacio­nal han sido en los últi­mos años dia­na de los zar­pa­zos repre­si­vos. Pero tam­bién se han per­ca­ta­do de que para seguir impo­nién­do­se requie­ren de otros méto­dos y medios que jus­ti­fi­can sin rubor. Nece­si­tan de la lucha ideo­ló­gi­ca, aun­que a estas altu­ras ya no enga­ñen a nadie.

Gra­cias a las sucur­sa­les espa­ño­las que son el Gobierno de Lakua y Nafa­rroa, y el jaco­bi­nis­mo fran­cés, aho­ra no les bas­ta con insul­tar a la inte­li­gen­cia. No con­ten­tos de que los eus­kal­du­nes sean los úni­cos bilin­gües, siguen menos­pre­cian­do y ata­can­do una len­gua, en lugar de pro­mo­ver­la e impul­sar­la. Y los gra­cio­sos de turno pre­ten­den que víc­ti­mas y/​o seu­do-víc­ti­mas «del terro­ris­mo» uni­for­mi­cen y cer­ce­nen el pen­sa­mien­to y el espí­ri­tu crí­ti­co del alum­na­do vas­co. Tan bur­do como hon­rar a tor­tu­ra­do­res y arre­me­ter con­tra su denun­cia. Y lo están hacien­do.

Hablan de «tole­ran­cia cero» con­tra quie­nes man­tie­nen un com­pro­mi­so cohe­ren­te con su país, pero a cada día que pasa la into­le­ran­cia que ema­na de su actua­ción ‑impo­si­ción- polí­ti­ca es cada vez más evi­den­te. En la fal­ta de res­pe­to radi­can los prin­ci­pa­les pro­ble­mas en este país. No res­pe­tan una iden­ti­dad pro­pia y dife­ren­cia­da, una cul­tu­ra y len­gua pro­pia, un terri­to­rio, una comu­ni­dad, una nación, e inclu­so una for­ma de ver, vivir y sen­tir la vida, aun­que esto no res­pon­da a nacio­na­li­da­des.

Pero a pesar de todo y a todos, hay fuer­zas mayo­res que han hecho per­vi­vir este pue­blo. Pode­res que lle­va­mos cada uno de noso­tros. El cono­ci­mien­to da paso a la toma de con­cien­cia, y con ello a las con­vic­cio­nes. El domin­go fue­ron miles los vas­cos que mos­tra­ron orgu­llo­sos su con­vic­ción inque­bran­ta­ble de lo que no son, ni serán jamás: fran­ce­ses y espa­ño­les. Y fren­te a ello ya pue­den decir misa, que a uno no le bajan de la burra.

El auzo­lan ha sido una de las carac­te­rís­ti­cas de los vas­cos. Una for­ma de hacer camino que vuel­ve a tocar sus puer­tas. Cada día que pasa es más pal­pa­ble que el cam­bio polí­ti­co pla­nea cer­ca, y para encau­zar­lo a la sen­da de la sobe­ra­nía cada uno cuen­ta con un ladri­llo para cons­truir la casa. Sus cimien­tos, enrai­za­dos y cen­te­na­rios, lle­van dema­sia­do tiem­po espe­rán­do­las.

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