En el país de Jabbrwocky por Jakue Pascual

Un cam­po de fuer­za me para­li­za. En el inte­rior del estan­co se oye un deje anti­llano: ‑Mi amol, no me va mal con la san­te­ría. -¿Roja o azul?, me pre­gun­ta el depen­dien­te. -¿Qué?, res­pon­do des­con­cer­ta­do. La caja de puri­tos… ‑Roja, con­tes­to auto­má­ti­ca­men­te. No sabía que al encen­der un ciga­rro me iba a enco­ger has­ta la altu­ra de una rana. –¡Un cone­jo blan­co!, gri­ta una niña. -¡Vaya, es Ali­cia!, me digo, como si la cono­cie­ra de siem­pre… y obser­vo cómo se pier­den ambos por una puer­te­ci­ta abier­ta en el zóca­lo de la tras­tien­da. Los sigo. La curio­si­dad cuen­ta bue­nos cuentos.

La his­to­ria comien­za cuan­do Ali­cia, que nun­ca había vis­to a un gaza­po con cha­le­co y reloj de bol­si­llo, cae en el pasa­di­zo psi­co­geo­grá­fi­co que conec­ta el esta­do rígi­do vic­to­riano con las antí­po­das del País de las Maravillas.

Bébe­me y cóme­me. Cla­ve: tAma­Ño. La oru­ga azul, que fuma hachís en una cachim­ba, ofre­ce un bon­gui alu­ci­nó­geno con el que regu­lar la altu­ra. Un son­rien­te Gato de Cheshi­re indi­ca que no impor­ta el camino que se tome, ya que siem­pre que se ande lo sufi­cien­te se lle­ga­rá a algu­na par­te o a una merien­da de locos, don­de la lie­bre de mayo y el som­bre­re­ro toman el té del eterno retorno. ¡Que les cor­ten las cabe­zas!, gri­ta auto­ri­ta­ria la Rei­na de Cora­zo­nes en el caos de una par­ti­da de crí­quet en la mor­gue de Tou­lou­se. Carroll agi­gan­ta a Ali­cia has­ta el enfa­do y ésta se despierta.

-Sé lo que quie­ras pare­cer. Tweed­le­dum y Tweed­le­dee se baten pre­des­ti­na­dos. La Mor­sa y el Car­pin­te­ro enga­tu­san a ostri­llas incau­tas. El gali­ma­ta­zo ‑don­de mur­gi­flar es como aullar y sil­bar con un estor­nu­do en medio- es tra­du­ci­do por Hum­pty Dum­pty antes de estre­llar­se como un hue­vo con­tra el sue­lo, de don­de ni todos los caba­llos y hom­bres del Rey pue­den levan­tar­lo. La par­ti­da de aje­drez ha comen­za­do. El peón Ali­cia par­te en tren has­ta la cuar­ta casi­lla y no ceja en su empe­ño has­ta con­ver­tir­se en la rei­na del jaque mate.

Escri­bir es un ejer­ci­cio des­pó­ti­co. Lewis Carroll, mate­má­ti­co y pre­di­ca­dor, sabe que se trans­for­ma en Caba­lle­ro Blan­co al otro lado del espe­jo y que como fotó­gra­fo cap­ta una extra­ña inten­si­dad en la mira­da de las niñas. Le per­si­gue la polé­mi­ca. Para Deleu­ze es un per­ver­so sin cri­men. Para Artaud la feca­li­dad le subyace.

Jef­fer­son Air­plai­ne ape­la a Ali­cia. La lógi­ca y la pro­por­ción mue­ren de psi­co­de­lia. «Ellos son los hom­bres huevo/​Yo soy la Morsa/​Gu Gu G´Jub», can­tan The Beatles. Chick Corea teclea el jazz de Hum­pty Dum­pty. Ali­cia ins­pi­ra a Joy­ce y a la sub­cul­tu­ra de las loli­tas. En «Matrix» se ins­cri­be un recur­so: Sigue al Cone­jo Blan­co. Terry Gilliam reci­ta «Jab­ber­wocky». Los per­so­na­jes del cuen­to se refo­ci­lan en el musi­cal «Ali­cia en el país de las por­no­ma­ra­vi­llas». Hep­worth adap­ta Ali­cia al cine mudo. Dis­ney en for­ma de dibu­jos. Svank­ma­jer rea­li­za la surrea­lis­ta «Neco Alenky». Marilyn Man­son pro­yec­ta «Phan­tas­ma­go­ria: the visions of Lewis Carroll» y se aca­ba de estre­nar la ver­sión de Tim Burton.

El tiem­po corre hacia atrás. Des­de que Lewis Carroll narra­ra a Ali­ce Lid­dell las aven­tu­ras under­ground que ella pro­ta­go­ni­za­ba, ya nada ha sido igual en los cuen­tos, ni para los niños o los psi­co­nau­tas que com­par­ten con Ali­cia el leit­mo­tiv del tedio que impul­sa sus alu­ci­nan­tes viajes.

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