El can­di­da­to repu­bli­cano III Par­te – Fidel Cas­tro Ruz

fidelotraDije ayer que, mien­tras Bush habla­ba en el Con­gre­so, McCain reci­bía home­na­jes en el res­tau­ran­te Ver­sai­lles de La Peque­ña Habana.
Allí resi­die­ron y se ins­ta­la­ron con sus fami­lias la mayo­ría de los más enco­na­dos enemi­gos de la Revo­lu­ción Cuba­na, que fue­ron los batis­tia­nos, los gran­des terra­te­nien­tes, casa­te­nien­tes y millo­na­rios que tira­ni­za­ron y saquea­ron a nues­tro pue­blo. El gobierno de Esta­dos Uni­dos los ha uti­li­za­do a su anto­jo para orga­ni­zar a inva­so­res y terro­ris­tas que a lo lar­go de casi 50 años ensan­gren­ta­ron a nues­tro país. A aquel flu­jo se suma­ron des­pués emi­gran­tes ile­ga­les, la Ley de Ajus­te Cubano y el bru­tal blo­queo impues­to al pue­blo de Cuba.
Es increí­ble que a estas altu­ras el can­di­da­to repu­bli­cano, con hono­res de héroe, se con­vier­ta en ins­tru­men­to de esa mafia. Nadie que se esti­me a sí mis­mo come­te tan gra­ve fal­ta de ética.
Los repre­sen­tan­tes Ilea­na Ros-Leh­ti­nen, Mario y Lin­coln Díaz- Balart, el sena­dor, igual­men­te de ori­gen cubano, Mel Mar­tí­nez, el gober­na­dor Char­les Christ y el sena­dor inde­pen­dien­te Joseph Lie­ber­man, se han con­ver­ti­do en pun­ta­les del can­di­da­to para tra­tar de ganar la Flo­ri­da y en sus ase­so­res prin­ci­pa­les para la polí­ti­ca en Amé­ri­ca Latina.
¿Qué podrán espe­rar los lati­no­ame­ri­ca­nos de tales consejeros?
Ros-Leh­ti­nen carac­te­ri­zó a McCain como «fuer­te en defen­sa nacio­nal» y «tam­bién com­pren­de la ame­na­za que sig­ni­fi­ca el régi­men de Castro».
McCain tuvo par­ti­ci­pa­ción des­ta­ca­da en una audien­cia que reali­zó el 21 de mayo del 2002 sobre Cuba en el Sub­co­mi­té de Asun­tos de Con­su­mo, Comer­cio Exte­rior y Turis­mo, del Comi­té de Cien­cia y Trans­por­ta­ción, en la que reite­ró que nues­tro país cons­ti­tu­ye una ame­na­za para Esta­dos Uni­dos por su capa­ci­dad de pro­du­cir armas bio­ló­gi­cas, lo que James Car­ter demos­tró era ridículo.
Sobre medi­das pro­pues­tas para fle­xi­bi­li­zar los via­jes a Cuba, McCain, en octu­bre de 2003, pre­sen­tó una moción para inte­rrum­pir el deba­te en torno a estos tópicos.
Se des­ta­ca la ges­tión rea­li­za­da en mar­zo de 2005 para pre­sen­tar un pro­yec­to legis­la­ti­vo bajo el títu­lo «Ley para el impul­so de la demo­cra­cia 2005», que auto­ri­za finan­cia­mien­to, refuer­za la sub­ver­sión, esta­ble­ce nue­vas estruc­tu­ras y pro­po­ne meca­nis­mos adi­cio­na­les de pre­sión con­tra Cuba.
En alu­sión a las avio­ne­tas pira­tas derri­ba­das el 24 de febre­ro de 1996, decla­ró: «Si yo fue­ra Pre­si­den­te de Esta­dos Uni­dos, orde­na­ría una inves­ti­ga­ción del derri­bo de esos valien­tes que fue­ron ase­si­na­dos bajo órde­nes de Fidel y Raúl Cas­tro, y los enjuiciaría».
En otra de sus capri­cho­sas decla­ra­cio­nes expre­só que «cuan­do hubie­ra liber­tad en Cuba, le gus­ta­ría enfren­tar­se a los cuba­nos que tor­tu­ra­ron a algu­nos de sus com­pa­ñe­ros duran­te la gue­rra de Viet nam». ¡Qué cora­je el del obse­si­vo candidato!
Vaya­mos a la esen­cia de su pensamiento.
¿Qué edu­ca­ción polí­ti­ca reci­bió? Nin­gu­na. Se le ins­tru­yó como pilo­to de gue­rra a par­tir de las apti­tu­des físi­cas para mane­jar un avión de ata­que. ¿Qué pre­do­mi­na­ba en él? La tra­di­ción fami­liar y sus fuer­tes moti­va­cio­nes políticas.
En sus memo­rias afir­ma: «Mi padre lle­gó al alto man­do cuan­do el comu­nis­mo había reem­pla­za­do al fas­cis­mo como la ame­na­za domi­nan­te a la segu­ri­dad nor­te­ame­ri­ca­na. Lo odió feroz­men­te y se dedi­có a su ani­qui­la­mien­to. Él cre­yó que está­ba­mos blo­quea­dos sin esca­pe en una lucha —vida o muer­te— con los sovié­ti­cos. Uno u otro lado aca­ba­ría por alcan­zar la vic­to­ria total y el pode­río naval resul­ta­ría cru­cial para el resul­ta­do. Él era cate­gó­ri­co sobre este asunto.»
«En 1965, cho­ques vio­len­tos entre fac­cio­nes beli­ge­ran­tes, una de las cua­les se creía que era un fren­te comu­nis­ta, habían pues­to a la Repú­bli­ca Domi­ni­ca­na al bor­de de la gue­rra civil. El Pre­si­den­te John­son orde­nó a mi padre coman­dar el asal­to anfi­bio en la Ope­ra­ción Steel Pike 1, la inva­sión y ocu­pa­ción de la nación cari­be­ña. Dicha ope­ra­ción era con­tro­ver­sial. Los crí­ti­cos la juz­ga­ron, con razón, como una inter­ven­ción ile­gal en los asun­tos de una nación sobe­ra­na. Mi padre, como era común en él, esta­ba imper­té­rri­to ante la opo­si­ción interna.
«‘Algu­nos con­de­na­ron la inter­ven­ción por injus­ti­fi­ca­da’, obser­vó, ‘pero los comu­nis­tas esta­ban lis­tos para inter­ve­nir y hacer­se car­go. Pue­de ser que la gen­te no te ame por ser fuer­te cuan­do tie­nes que ser­lo, pero te res­pe­tan por ello y apren­den a com­por­tar­se de acuer­do a esa actitud’.
«Su nom­bra­mien­to pos­te­rior en las Nacio­nes Uni­das, fue con­si­de­ra­do por la arma­da como un pun­to final y se con­si­de­ra­ba su últi­ma misión. Era un Almi­ran­te de tres estre­llas y las pers­pec­ti­vas de una cuar­ta estre­lla eran remo­tas. Dos años des­pués le orde­na­ron mar­char a Lon­dres para asu­mir el man­do de las fuer­zas nava­les de Esta­dos Uni­dos en Euro­pa. La cuar­ta estre­lla vino con este nom­bra­mien­to. Antes de un año le die­ron el man­do de todas las fuer­zas de Esta­dos Uni­dos en el Pací­fi­co, el mayor man­do ope­ra­cio­nal mili­tar del mundo.»
Regre­san­do McCain en su via­je de entre­na­mien­to como cade­te, pasó por el terri­to­rio ocu­pa­do de Guantánamo.
«Guan­tá­na­mo en esos días antes de Cas­tro era un lugar sal­va­je. Todos fui­mos a tie­rra y nos diri­gi­mos inme­dia­ta­men­te a las enor­mes tien­das de cam­pa­ña que se habían ins­ta­la­do en la base como bares tem­po­ra­les, en las que se ser­vía gran­des can­ti­da­des de cer­ve­za fuer­te cuba­na y pon­ches de ron inclu­so más poten­tes a los que mani­fes­ta­ran sed y no pudie­ran ni pagar­se el tra­go más barato.»
«Me sen­tía orgu­llo­so de gra­duar­me de la Aca­de­mia Naval. Pero en ese momen­to, la emo­ción que sen­tí más pro­fun­da­men­te fue la de ali­vio. Ya me habían acep­ta­do en Pen­sa­co­la para un entre­na­mien­to de vue­lo. En aque­llos días, solo había que apro­bar el examen físi­co para cali­fi­car para el entre­na­mien­to de vue­lo, y esta­ba ansio­so por hacer­me a la vida de un des­preo­cu­pa­do avia­dor de la Marina.»
«En octu­bre de 1962, esta­ba jus­ta­men­te regre­san­do a la base naval de Nor­folk des­pués de com­ple­tar un des­plie­gue en el Medi­te­rrá­neo a bor­do del Enterprise.
Mi escua­drón levan­tó vue­lo del Enter­pri­se y regre­só a la Esta­ción Aérea Naval Ocea­na mien­tras la nave entra­ba a Norfolk.»
«Pocos días des­pués de nues­tro regre­so, reci­bi­mos de impro­vi­so órde­nes de volar de regre­so al por­ta­avio­nes. Nues­tros supe­rio­res expli­ca­ron la insó­li­ta orden infor­mán­do­nos que un hura­cán se diri­gía hacia nosotros.»
«Todos nues­tros avio­nes remon­ta­ron vue­lo de vuel­ta al por­ta­avio­nes en el cur­so de vein­ti­cua­tro horas y nos diri­gi­mos mar afue­ra. Ade­más de nues­tros A‑1, el Enter­pri­se tenía avio­nes de ata­que de lar­go alcan­ce, a los que típi­ca­men­te les son difi­cul­to­sos el des­pe­gue y el ate­rri­za­je. Nos embar­ca­mos en nues­tro mis­te­rio­so des­plie­gue sin ellos.»
«Nues­tro jefe aéreo se diri­gió a un repre­sen­tan­te del escua­drón y le dijo que no tenía­mos tiem­po para espe­rar por todos sus avio­nes para ate­rri­zar; algu­nos de ellos ten­drían que regre­sar a su base.
«Yo esta­ba bas­tan­te des­con­cer­ta­do con la apa­ren­te urgen­cia de nues­tra misión —nos había­mos movi­do pre­ci­pi­ta­da­men­te en un día, dejan­do atrás algu­nos de nues­tros avio­nes; el escua­drón de la Mari­na había reci­bi­do la orden de unir­se a noso­tros con el com­bus­ti­ble sufi­cien­te para ate­rri­zar o hacer un ama­ri­za­je. El mis­te­rio se resol­vió cuan­do poco tiem­po des­pués todos los pilo­tos se reu­nie­ron en el salón mul­ti­pro­pó­si­to del Enter­pri­se para escu­char la trans­mi­sión de un men­sa­je del Pre­si­den­te Ken­nedy infor­man­do a la nación que los sovié­ti­cos esta­ban basi­fi­can­do misi­les nuclea­res en Cuba.»
Se esta­ba refi­rien­do esta vez a la cono­ci­da Cri­sis de Octu­bre de 1962, hace más de 45 años, que dejó en él deseos laten­tes de ata­car a nues­tro país.
«El Enter­pri­se, nave­gan­do a toda velo­ci­dad impul­sa­do por ener­gía nuclear, fue el pri­mer por­ta­avio­nes nor­te­ame­ri­cano en lle­gar a las aguas fren­te a Cuba. Duran­te casi cin­co días, los pilo­tos del Enter­pri­se creí­mos que entra­ría­mos en acción. Nun­ca antes había­mos com­ba­ti­do, y a pesar de la con­fron­ta­ción mun­dial que pre­sa­gia­ba un gol­pe con­tra Cuba, está­ba­mos pre­pa­ra­dos y ansio­sos de eje­cu­tar nues­tra pri­me­ra misión de vue­lo. La atmós­fe­ra a bor­do de la nave era bas­tan­te ten­sa, pero no exa­ge­ra­da­men­te. Por supues­to, en nues­tro fue­ro interno está­ba­mos muy exci­ta­dos, pero man­tu­vi­mos nues­tra com­pos­tu­ra e imi­ta­mos la ima­gen típi­ca de un lacó­ni­co, reser­va­do y audaz nor­te­ame­ri­cano en guerra.»
«Des­pués de cin­co días la ten­sión aflo­jó, cuan­do se hizo evi­den­te que la cri­sis se resol­ve­ría de for­ma pací­fi­ca. No nos decep­cio­nó no haber logra­do nues­tra pri­me­ra expe­rien­cia de com­ba­te, pero se abrie­ron nues­tros ape­ti­tos y avi­va­ron nues­tras fan­ta­sías. Anti­ci­pa­mos con avi­dez la oca­sión de hacer lo que está­ba­mos entre­na­dos para hacer, y des­cu­brir, al fin, si éra­mos lo bas­tan­te valien­tes para rea­li­zar la tarea.»
Narra más ade­lan­te el acci­den­te que se pro­du­jo en el por­ta­avio­nes nuclear Forres­tal cuan­do se encon­tra­ba en el Gol­fo de Ton­kín. Cien­to trein­ta y cua­tro jóve­nes nor­te­ame­ri­ca­nos, muchos con 18 y 19 años, murie­ron en un enor­me esfuer­zo por sal­var la nave. El por­ta­avio­nes, lleno de per­fo­ra­cio­nes por las bom­bas que esta­lla­ron, tuvo que via­jar a Esta­dos Uni­dos para ser recons­trui­do. Habría que revi­sar lo que enton­ces se publi­có y el enfo­que sobre el tema.
McCain pasa des­pués a otro por­ta­avio­nes de tipo con­ven­cio­nal en los mis­mos mares, con idén­ti­co obje­ti­vo. Cada una de las auto­de­fi­ni­cio­nes del autor deben observarse.
«El 30 de sep­tiem­bre de 1967, me repor­té al Oris­kany y gru­po VA-136, que era un escua­drón de ata­que de A‑4 y res­pon­día al sobre­nom­bre de ‘Los San­tos’. Duran­te los tres años que duró la Ope­ra­ción Trueno Rodan­te —cam­pa­ña de bom­bar­deo al nor­te de Viet nam que comen­zó en 1965 — , nin­gún pilo­to de por­ta­avio­nes vivió más acción o sufrió más pér­di­das que los del Oris­kany. Cuan­do la admi­nis­tra­ción John­son dio por con­clui­da la Ope­ra­ción Trueno Rodan­te, en 1968, trein­ta y ocho de sus pilo­tos habían sido muer­tos o cap­tu­ra­dos. Se habían per­di­do sesen­ta avio­nes, inclu­yen­do vein­ti­nue­ve del mode­lo A‑4. ‘Los San­tos’ sufrie­ron la más alta tasa de bajas. En 1967, un ter­cio de los pilo­tos del escua­drón fue muer­to o cap­tu­ra­do. Cada uno de los quin­ce A‑4 que per­te­ne­cían ori­gi­nal­men­te a este gru­po había sido des­trui­do. Noso­tros gozá­ba­mos de una repu­tación por nues­tra agre­si­vi­dad y por el éxi­to que alcan­zá­ba­mos en nues­tras misio­nes. En los meses que ante­ce­die­ron mi lle­ga­da al escua­drón, ‘Los San­tos’ habían des­trui­do todos los puen­tes de la ciu­dad por­tua­ria de Haiphong.»
«Al igual que todos los pilo­tos de com­ba­te, noso­tros mos­trá­ba­mos una indi­fe­ren­cia casi maca­bra hacia la muer­te, que encu­bría una gran tris­te­za en el escua­drón y que se hacía más pro­fun­da a medi­da que aumen­ta­ba nues­tra lis­ta de bajas.
«Volá­ba­mos hacia nues­tro pró­xi­mo ata­que con la deter­mi­na­ción de hacer el mayor daño posible.
«Yo esta­ba a pun­to de lan­zar mis bom­bas cuan­do la alar­ma del avión sonó.
«Sabía que me habían dado. Mi A‑4, que vola­ba a una velo­ci­dad cer­ca­na a las 550 millas por hora, se pre­ci­pi­tó vio­len­ta­men­te a tie­rra hacien­do giros en espiral.»
«Reac­cio­né auto­má­ti­ca­men­te en el momen­to lue­go del impac­to, y vi que mi avión había per­di­do un ala. Comu­ni­qué mi situa­ción por radio y acti­vé la palan­ca de expul­sión de emer­gen­cia del asiento.»
«Cho­qué con par­te del avión, rom­pién­do­me mi bra­zo izquier­do, mi bra­zo dere­cho en tres par­tes y mi rodi­lla dere­cha. Que­dé incons­cien­te por un bre­ve ins­tan­te debi­do a la fuer­za de la expul­sión. Algu­nos tes­ti­gos afir­man que mi para­caí­das ape­nas se abrió momen­tos antes de caer en las aguas poco pro­fun­das del Lago Truc Bach. Toqué tie­rra en medio del lago, en el cen­tro de la ciu­dad, a ple­na luz del día.»
«Mi padre no era muy dado en cuan­to a pelear gue­rras con medi­das a medias. Él con­si­de­ra­ba la auto-con­ten­ción como una admi­ra­ble cua­li­dad huma­na, pero cuan­do se pelean gue­rras el creía en tomar todas las medi­das nece­sa­rias para traer el con­flic­to a una con­clu­sión rápi­da y exi­to­sa. La gue­rra de Viet nam no fue rápi­da ni exi­to­sa y sé que esto lo frus­tró bastante.»
«En un dis­cur­so que pro­nun­ció des­pués que se reti­ró, expre­só que ‘dos deci­sio­nes deplo­ra­bles’ habían con­de­na­do a los Esta­dos Uni­dos a fra­ca­sar en Viet nam: «La pri­me­ra fue la deci­sión públi­ca para prohi­bir a las tro­pas esta­dou­ni­den­ses entrar en el nor­te de Viet nam y derro­tar al enemi­go en su pro­pio sue­lo… La segun­da fue… prohi­bir el bom­bar­deo de Hanoi y Haiphong has­ta las dos últi­mas sema­nas del conflicto…».
«Estas dos deci­sio­nes se com­bi­na­ron para per­mi­tir­le a Hanoi adop­tar cual­quier estra­te­gia que qui­sie­ra, sabien­do que vir­tual­men­te no habría repre­sa­lias, ni contraataque».
«Cuan­do los viet­na­mi­tas del nor­te lan­za­ron una ofen­si­va de pri­me­ra impor­tan­cia en diciem­bre de 1971, en un momen­to en que las fuer­zas de Esta­dos Uni­dos en Viet­nam habían sido redu­ci­das a 69 000 hom­bres, el Pre­si­den­te Nixon final­men­te le indi­có a mi padre minar Haiphong y otros puer­tos del nor­te de mane­ra inme­dia­ta. La Admi­nis­tra­ción Nixon pres­cin­dió mucho de la micro­di­rec­ción de la gue­rra que le había pres­ta­do tan mal ser­vi­cio a la Admi­nis­tra­ción de John­son, par­ti­cu­lar­men­te las absur­das res­tric­cio­nes de obje­ti­vos impues­tas a los pilo­tos de los bom­bar­de­ros estadounidenses».
«Las rela­cio­nes entre los coman­dan­tes mili­ta­res y sus supe­rio­res civi­les mejo­ra­ron cuan­do el Pre­si­den­te Nixon y el Secre­ta­rio de Defen­sa Mel­vin Laird asu­mie­ron el car­go. La nue­va admi­nis­tra­ción evi­den­te­men­te esta­ba más intere­sa­da y apo­ya­ba los pun­tos de vis­ta de los gene­ra­les y almi­ran­tes que lle­va­ban a cabo la gue­rra. Mi padre tenía una bue­na rela­ción con ambos, Nixon y Laird, así como con Henry Kis­sin­ger, el Con­se­je­ro de Segu­ri­dad Nacio­nal del Presidente».
No ocul­ta sus sen­ti­mien­tos cuan­do habla de las víc­ti­mas de los bom­bar­deos. Sus pala­bras des­ti­lan pro­fun­do odio.
«En abril de 1972 nues­tra situa­ción mejo­ró mucho más, cuan­do el Pre­si­den­te Nixon reini­ció el bom­bar­deo de Viet nam del Nor­te y bajo las órde­nes de mi padre empe­za­ron a caer sobre Hanoi las pri­me­ras bom­bas des­de mar­zo de 1968. La Ope­ra­ción Line­bac­ker, como se lla­mó a esa cam­pa­ña, tra­jo a los B‑52 a la gue­rra, con su enor­me car­ga de bombas».
«La angus­tia que había­mos sufri­do antes de 1972 se empeo­ró por el mie­do que tenía­mos de que Esta­dos Uni­dos no estu­vie­ra pre­pa­ra­do para hacer lo que era nece­sa­rio para dar tér­mino a la gue­rra de un modo razo­na­ble­men­te rápi­do. No podía­mos divi­sar en el hori­zon­te el día que la gue­rra iba a ter­mi­nar. Aun­que usted haya apo­ya­do la gue­rra o se haya opues­to a ella —cono­cí varios pre­sos que defen­dían la últi­ma posi­ción— nadie cre­yó que la gue­rra debió haber sido lle­va­da a cabo del modo en que lo hizo la admi­nis­tra­ción Johnson».
«Los B‑52 ate­rro­ri­za­ron Hanoi duran­te once noches. Venían olea­da tras olea­da. Duran­te el día, mien­tras los bom­bar­de­ros estra­té­gi­cos eran reamu­ni­cio­na­dos y reabas­te­ci­dos de com­bus­ti­ble, otros avio­nes iban al asal­to. Los viet­na­mi­tas comprendieron.»
«Nues­tros ofi­cia­les supe­rio­res sabien­do que este momen­to era inmi­nen­te, nos habían adver­ti­do que no mos­trá­ra­mos nin­gu­na emo­ción cuan­do el acuer­do se hicie­ra público.»
Des­ti­la odio hacia los viet­na­mi­tas. Esta­ba dis­pues­to a exter­mi­nar­los a todos.
«En el momen­to en que lle­gó el fin, con la fir­ma en París de los acuer­dos de paz, mi padre se había reti­ra­do del ser­vi­cio acti­vo. Ya sin las res­tric­cio­nes de su papel como subor­di­na­do a supe­rio­res civi­les, des­es­ti­mó el acuer­do. ‘En nues­tra ansie­dad por salir de la gue­rra, fir­ma­mos un acuer­do muy malo’, dijo.»
En estos párra­fos está refle­ja­do el pen­sa­mien­to más ínti­mo de McCain. Lo peor se pro­du­ce cuan­do cede a la idea de hacer una decla­ra­ción con­tra la gue­rra lle­va­da a cabo por su país. Eso no podía dejar de men­cio­nar­lo en su libro. ¿Cómo lo hace?
«Él (su padre) había reci­bi­do un infor­me de que una trans­mi­sión pro­pa­gan­dís­ti­ca gran­de­men­te edi­ta­da que se pre­ten­día había sido hecha por mí, había sido ana­li­za­da y la voz com­pa­ra­da con la gra­ba­ción de mi entre­vis­ta con el perio­dis­ta fran­cés. Las dos voces fue­ron iden­ti­fi­ca­das como la mis­ma. En los días de angus­tia jus­to des­pués de mi con­fe­sión, temía que esto fue­ra des­cu­bier­to por mi padre.
«Des­pués que regre­sé a casa, él nun­ca me men­cio­nó que sabía acer­ca de mi con­fe­sión y, aun­que le con­té al res­pec­to, nun­ca lo dis­cu­tí con pro­fun­di­dad. Sólo hace poco supe que la cin­ta que soñé haber oído a tra­vés del alto­par­lan­te en mi cel­da había sido real, había sido trans­mi­ti­da fue­ra de la pri­sión y había sido cono­ci­da por mi padre.
«Si hubie­ra sabi­do del momen­to en que mi padre había oído mi con­fe­sión, me hubie­ra angus­tia­do más de lo que se pudie­ra ima­gi­nar y no me hubie­ra recu­pe­ra­do de la expe­rien­cia tan rápi­do como lo hice. Pero en los años que han pasa­do des­de ese suce­so, mi esti­ma por mi padre y por mí mis­mo ha madu­ra­do. Com­pren­do mejor la natu­ra­le­za del carác­ter fuerte.
«Mi padre fue un hom­bre lo sufi­cien­te­men­te fuer­te para no juz­gar dema­sia­do duro el carác­ter de un hijo que había alcan­za­do sus lími­tes y des­cu­brió que estos eran peque­ños para los están­da­res de los héroes idea­li­za­dos que nos han ins­pi­ra­do cuan­do niños.»
No por eso lo cri­ti­co. Sería des­pia­da­do e inhu­mano hacer­lo. No es el obje­ti­vo. Se tra­ta aho­ra de la nece­si­dad de des­en­mas­ca­rar una polí­ti­ca que no es indi­vi­dual, sino com­par­ti­da por muchas per­so­nas, ya que la ver­dad obje­ti­va siem­pre será difí­cil de comprender.
¿Ha pen­sa­do algu­na vez McCain en los Cin­co Héroes anti­te­rro­ris­tas cuba­nos que fue­ron ence­rra­dos en pri­sio­nes soli­ta­rias como las que él dice detes­tar, obli­ga­dos a com­pa­re­cer ante un jura­do de La Peque­ña Haba­na por deli­tos que nun­ca come­tie­ron, san­cio­na­dos tres de ellos a una y has­ta dos cade­nas per­pe­tuas, y los otros dos a 19 y 15 años?
¿Cono­ce que las auto­ri­da­des de Esta­dos Uni­dos reci­bie­ron infor­ma­ción que pudo impe­dir la muer­te por terro­ris­mo de ciu­da­da­nos norteamericanos?
¿Cono­ce las acti­vi­da­des de Posa­da Carri­les y Orlan­do Bosch, res­pon­sa­bles de la vola­du­ra de un avión cubano de pasa­je­ros en pleno vue­lo y la muer­te de sus 73 ocupantes?
¿Por qué no les habla de eso a los cade­tes de Annapolis?
Los héroes cuba­nos están pró­xi­mos a cum­plir ya 10 años de pri­sión. No han ase­si­na­do ni tor­tu­ra­do nun­ca a nadie. No los acu­se aho­ra de que esta­ban en Viet nam tor­tu­ran­do a pilo­tos norteamericanos.
Conoz­co lo decla­ra­do por usted en la escue­la don­de se gra­duó como cade­te. Le agra­dez­co su noble deseo de no res­pon­der­me para no dig­ni­fi­car­me. La úni­ca lamen­ta­ble con­fu­sión —y no ha sido la inten­ción de algu­nas agen­cias que trans­mi­tie­ron la pri­me­ra refle­xión sobre el tema— es que yo pedí prue­bas. No se pue­de pro­bar lo que nun­ca ocu­rrió. Pedí ética.
Continuaré.

Fidel Cas­tro Ruz

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