Fune­ra­les de esta­do por Jon Odriozola

A la orga­ni­za­ción arma­da ETA el enemi­go le ha lla­ma­do de todo menos gua­pa. Ban­da mafio­sa, cri­mi­nal y ase­si­na, etc. Esto es nor­mal y for­ma par­te de la pro­pa­gan­da, diga­mos, con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria, igual que cali­fi­car a un par­ti­do comu­nis­ta de «esta­li­nis­ta» se debe tomar, según ya es canon, como un insul­to. En el caso de ETA, el obje­ti­vo últi­mo del Esta­do no es otro que negar cate­gó­ri­ca­men­te el carác­ter polí­ti­co de la lucha de ETA y del poli­cía­co con­cep­to naci­do de las cloa­cas esta­ta­les que lla­man «entorno». Se tra­ta de mafio­sos que rea­li­zan una acti­vi­dad impo­lí­ti­ca equi­pa­ra­ble a la de un delin­cuen­te común. Sin embar­go, las cos­tu­ras y las con­tra­dic­cio­nes sal­tan por los aires en cuan­to la reali­dad hace añi­cos los cli­chés pre­es­ta­ble­ci­dos por la ideo­lo­gía dominante.

El últi­mo caso lo tene­mos con la muer­te de un poli­cía fran­cés en sue­lo galo supues­ta­men­te a manos de ETA. Alguien ha escri­to, con mucha razón, que la reper­cu­sión del hecho es muy dife­ren­te no según la per­so­na­li­dad de la víc­ti­ma, sino la del autor del homi­ci­dio. Es decir, si el gen­dar­me hubie­se muer­to por dis­pa­ros de delin­cuen­tes comu­nes, no se hubie­ran cele­bra­do ‑digá­mos­lo ya- eso que ha veni­do en lla­mar­se fune­ra­les de esta­do. El muer­to es el mis­mo. Los auto­res, no. ¿Qué los dife­ren­cia? Su carác­ter polí­ti­co. ¿Quién otor­ga, bien que invo­lun­ta­ria­men­te, ese carác­ter? El pro­pio esta­do que, simul­tá­nea­men­te, dice negar ese carác­ter. ¿De quién es esa con­tra­dic­ción? Del esta­do. ¿Quién se la pro­vo­ca? La lucha arma­da de una orga­ni­za­ción polí­ti­ca. ¿Igno­ra aca­so este carác­ter el esta­do? No, no lo igno­ra, pero fin­ge igno­rar­lo. ¿Por qué? Por­que, caso de no hacer­lo, sería tan­to como reco­no­cer que esta­mos delan­te de un con­flic­to de raíz polí­ti­ca. ¿Segui­mos? No, es suficiente.

Otro ejem­plo ilus­tra­ti­vo de cómo las con­tra­dic­cio­nes corroen las entra­ñas del lla­ma­do, no sin buen humor, esta­do de Dere­cho es el secues­tro de bar­cos de pes­ca en aguas soma­líes. El esta­do lla­ma «pira­tas» a los secues­tra­do­res acen­tuan­do su carác­ter mera­men­te delin­cuen­te y negan­do, al mis­mo tiem­po, su cariz polí­ti­co. Con­ce­dien­do que esto sea cier­to, sin embar­go algo chi­rría. El esta­do se ofre­ce a nego­ciar el res­ca­te de la tri­pu­la­ción a cam­bio de una suma de dine­ro. Es decir, lo hace con quie­nes antes ha lla­ma­do sin pudor «pira­tas» cuyo afán ‑se supo­ne- no es sino el lucro sin fines polí­ti­cos. ¿Se pone, se reba­ja, el Esta­do al mis­mo nivel que estos delin­cuen­tes comu­nes pagan­do un res­ca­te? Sí, en cier­to modo. ¿Lo haría con ETA? No, por cier­to. Y no lo haría por­que el Esta­do jamás acep­ta­ría poner­se al mis­mo nivel que una «orga­ni­za­ción terro­ris­ta», pues sería tan­to como admi­tir el carác­ter polí­ti­co de esta última.

Nego­ciar con delin­cuen­tes del mar, sí. Hacer­lo con «terro­ris­tas», no ¿Por qué? Por­que los pri­me­ros miran por su enri­que­ci­mien­to pri­va­do y los segun­dos han opta­do por un com­pro­mi­so polí­ti­co arries­gan­do sus pro­pias vidas y a sabien­das de que serán vili­pen­dia­dos. Y el Esta­do, ¿por quién mira?

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