El Mar­xis­mo y el Pro­ble­ma de la Eman­ci­pa­ción de la Mujer por Géne­ro con clase

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Un estu­dio, aun­que sea bre­ve, sobre la mane­ra de como el pro­ble­ma de la opre­sión de la mujer fue vis­to en las filas mar­xis­tas revo­lu­cio­na­rias des­de la I Inter­na­cio­nal nos lle­va a dos cons­ta­ta­cio­nes. Pri­me­ro: que, al con­tra­rio de lo que afir­man sus detrac­to­res, el mar­xis­mo, des­de el ini­cio, hace más de 150 años, siem­pre se preo­cu­pó de la cues­tión de la mujer y bus­có encon­trar la polí­ti­ca más jus­ta para el pro­ble­ma, en el mar­co de la divi­sión de la socie­dad en cla­ses, jus­ta­men­te lo que lo dife­ren­cia de las corrien­tes refor­mis­tas y bur­gue­sas. Por eso, las corrien­tes que acu­san al mar­xis­mo de no preo­cu­par­se con la cues­tión de la mujer, de ver­dad, están con­tra el aná­li­sis mate­ria­lis­ta de la opre­sión de la mujer, con­tra la nece­si­dad de un par­ti­do mar­xis­ta revo­lu­cio­na­rio para orga­ni­zar a la cla­se tra­ba­ja­do­ra para des­truir el capi­ta­lis­mo y aca­bar con la opre­sión de la mujer.

La segun­da cons­ta­ta­ción es que la cues­tión de la mujer siem­pre fue polé­mi­ca den­tro del movi­mien­to socia­lis­ta, con los mar­xis­tas enfren­tán­do­se a los más diver­sos mati­ces de refor­mis­mo, jus­ta­men­te por­que es una de las que más pone en evi­den­cia la divi­sión de la socie­dad en cla­ses. ¿El pro­ble­ma da opre­sión de la mujer es una cues­tión de las muje­res o de la cla­se tra­ba­ja­do­ra? ¿Has­ta qué pun­to pue­de ir la uni­dad entre las muje­res tra­ba­ja­do­ras y bur­gue­sas? ¿Es posi­ble resol­ver el pro­ble­ma de la opre­sión feme­ni­na en el capi­ta­lis­mo? ¿La raíz del pro­ble­ma es cul­tu­ral, una cues­tión de géne­ro, de opre­sión sobre un sec­tor de la socie­dad, o eco­nó­mi­ca, con fun­da­men­to en la divi­sión de la socie­dad entre pro­duc­to­res y posee­do­res de rique­za? Estas y otras pre­gun­tas siem­pre atra­ve­sa­ron las gran­des polé­mi­cas que se die­ron en las Inter­na­cio­na­les y en el movi­mien­to socia­lis­ta, y la res­pues­ta que cada sec­tor les daba, fue­se o no mar­xis­ta, demos­tra­ba, en últi­ma ins­tan­cia, de qué lado de la divi­sión de cla­ses estaba.

El Mani­fies­to Comu­nis­ta: pri­mer paso

El Mani­fies­to Comu­nis­ta, lan­za­do en 1848 por Marx y Engels, comen­za­ba por cues­tio­nar a la fami­lia bur­gue­sa. Res­pon­dien­do a aque­llos que acu­sa­ban a los comu­nis­tas de que­rer aca­bar con la ins­ti­tu­ción fami­liar bur­gue­sa, en la cual a mujer es some­ti­da al papel de un sim­ple ins­tru­men­to de pro­duc­ción, Marx argumentaba:

«¿En qué se basa la fami­lia actual, la fami­lia bur­gue­sa? En el capi­tal, en el lucro pri­va­do. La fami­lia ple­na­men­te desa­rro­lla­da sólo exis­te para la bur­gue­sía; pero encuen­tra su com­ple­men­to en la supre­sión for­za­da de todo víncu­lo fami­liar para el pro­le­ta­ria­do y en la pros­ti­tu­ción públi­ca. (…) Las decla­ra­cio­nes bur­gue­sas sobre la fami­lia y la edu­ca­ción, sobre los dul­ces lazos que unen padres e hijos, resul­tan aún más repug­nan­tes a medi­da que la gran indus­tria des­tru­ye todo víncu­lo de fami­lia para el pro­le­ta­ria­do y trans­for­ma los niños en sim­ples artícu­los de comer­cio, en sim­ples ins­tru­men­tos de tra­ba­jo. (…) Para el bur­gués, su mujer no pasa de un ins­tru­men­to de pro­duc­ción. Oyó decir que los ins­tru­men­tos de pro­duc­ción deben ser de uso común y, natu­ral­men­te, no pue­de lle­gar a otra con­clu­sión que lo mis­mo va a ocu­rrir con las muje­res en el socia­lis­mo. No sos­pe­cha que se tra­ta jus­ta­men­te de aca­bar con esa situa­ción de la mujer como sim­ple ins­tru­men­to de pro­duc­ción. Nada más gro­tes­co que el horror ultra­mo­ra­lis­ta que la pre­ten­di­da comu­ni­dad ofi­cial de las muje­res, atri­bui­da a los comu­nis­tas, ins­pi­ra en nues­tros bur­gue­ses. Los comu­nis­tas no tie­nen nece­si­dad de intro­du­cir la comu­ni­dad de las muje­res: ella prác­ti­ca­men­te siem­pre exis­tió. Nues­tros bur­gue­ses, no satis­fe­chos con tener a su dis­po­si­ción las muje­res y las hijas de sus obre­ros, sin hablar de la pros­ti­tu­ción ofi­cial, encuen­tran un pla­cer sin­gu­lar en sedu­cir mutua­men­te sus espo­sas. El matri­mo­nio bur­gués e, en reali­dad, la comu­ni­dad de las espo­sas. Como máxi­mo se podrìa acu­sar a los comu­nis­tas de que­rer sus­ti­tuir una comu­ni­dad de muje­res hipó­cri­ta­men­te disi­mu­la­da, por una comu­ni­dad fran­ca y ofi­cial. Es evi­den­te que, con la abo­li­ción de las rela­cio­nes de pro­duc­ción actua­les, la comu­ni­dad de las muje­res deri­va­da de ella des­apa­re­ce­rá, o sea, la pros­ti­tu­ción ofi­cial y no oficial».

La línea divi­so­ria esta­ble­ci­da aquí, y en todos los escri­tos pos­te­rio­res de Marx y Engels, sobre el tema de la mujer es la que exis­te entre el socia­lis­mo utó­pi­co y el socia­lis­mo cien­tí­fi­co. Los socia­lis­tas utó­pi­cos pre-mar­xis­tas, como Fou­rier y Owen, tam­bién fue­ron ardo­ro­sos defen­so­res de la eman­ci­pa­ción de la mujer. Pero su socia­lis­mo, así como sus teo­rías sobre la fami­lia y la mujer, se asen­ta­ban sobre prin­ci­pios mora­les y deseos abs­trac­tos, no sobre una com­pren­sión de las leyes de la his­to­ria y de la lucha de cla­ses basa­da en el cre­ci­mien­to de la capa­ci­dad pro­duc­ti­va de la humanidad.

El mar­xis­mo pro­por­cio­nó, por pri­me­ra vez, una base mate­ria­lis­ta cien­tí­fi­ca no sólo para el socia­lis­mo, sino tam­bién para la cau­sa da libe­ra­ción de la mujer. Expu­so las raí­ces de la opre­sión de la mujer, su rela­ción con un sis­te­ma de pro­duc­ción basa­do en la pro­pie­dad pri­va­da y con una socie­dad divi­di­da entre una cla­se posee­do­ra de rique­zas y otra pro­duc­to­ra de rique­zas. El mar­xis­mo expli­có el papel de la fami­lia en la socie­dad de cla­ses como un con­tra­to eco­nó­mi­co, y su fun­ción pri­mor­dial de per­pe­tuar el capi­ta­lis­mo y la opre­sión de la mujer. Más que eso: apun­tó el camino para a libe­ra­ción de la mujer. Expli­có cómo la abo­li­ción de la pro­pie­dad pri­va­da pro­por­cio­na­ría las bases mate­ria­les para trans­fe­rir a la socie­dad de con­jun­to todas las res­pon­sa­bi­li­da­des socia­les que hoy recaen sobre la fami­lia indi­vi­dual, como el cui­da­do de los niños, de los ancia­nos, de los enfer­mos; la ali­men­ta­ción, el ves­tua­rio, la edu­ca­ción. Libres de esas car­gas, las muje­res podrán rom­per con la ser­vi­dum­bre domés­ti­ca y cul­ti­var ple­na­men­te sus capa­ci­da­des como miem­bros crea­ti­vos y pro­duc­ti­vos de la socie­dad, y no sólo como repro­duc­ti­vos. Libre de la coac­ción eco­nó­mi­ca sobre la cual repo­sa, la fami­lia bur­gue­sa, como la cono­ce­mos hoy, des­apa­re­ce­rá y las rela­cio­nes huma­nas se trans­for­ma­rán en rela­cio­nes libres, de per­so­nas libres.

Así, el mar­xis­mo eli­mi­nó el carác­ter utó­pi­co del socia­lis­mo y de la lucha por la libe­ra­ción de la mujer, al demos­trar que el pro­pio capi­ta­lis­mo engen­dra una fuer­za, el pro­le­ta­ria­do, bas­tan­te pode­ro­sa para des­truir­lo. Por pri­me­ra vez, los socia­lis­tas podían dejar de soñar con una socie­dad nue­va y mejor, y comen­zar a orga­ni­zar­se para conseguirla.

La cues­tión de la mujer en la I Inter­na­cio­nal (1864)

La Pri­me­ra Inter­na­cio­nal fue fun­da­da por Marx e Engels, en 1864. Res­pon­dió a la nece­si­dad prác­ti­ca de los obre­ros euro­peos de orga­ni­zar­se, ya que la bur­gue­sía esta­ba uni­fi­can­do eco­nó­mi­ca­men­te el con­ti­nen­te. Al prin­ci­pio, la I no tenía un pro­gra­ma cla­ra­men­te mar­xis­ta (agru­pa­ba tam­bién a los anar­quis­tas), pero ya en sus pri­me­ros pasos fue defi­nien­do su posi­ción con rela­ción a la cau­sa da eman­ci­pa­ción de la mujer. Con­tra todos las cos­tum­bres de la épo­ca, la Aso­cia­ción Inter­na­cio­nal de los Tra­ba­ja­do­res, como era lla­ma­da, eli­gió una mujer para su Con­se­jo Gene­ral, la sin­di­ca­lis­ta ingle­sa Hen­riet­ta Law.

Fue un paso tan impor­tan­te que Marx rela­ta haber reci­bi­do nume­ro­sas car­tas de muje­res que­rien­do afi­liar­se a la Inter­na­cio­nal. Tan­to que él, per­so­nal­men­te, pre­sen­tó una moción al Con­se­jo Gene­ral para que se orga­ni­za­sen sec­cio­nes espe­cia­les de muje­res tra­ba­ja­do­ras en las fábri­cas y zonas indus­tria­les de las ciu­da­des don­de hubie­se gran­des con­cen­tra­cio­nes de tra­ba­ja­do­ras, aler­tan­do que eso no debía, de for­ma algu­na, inter­fe­rir en la cons­truc­ción de sec­cio­nes mixtas.

Des­de 1865 has­ta media­dos de la déca­da de 1880, el movi­mien­to socia­lis­ta en Ale­ma­nia esta­ba divi­di­do entre los segui­do­res de Fer­di­nand Lasa­lle, y los mar­xis­tas, diri­gi­dos por Wilhelm Liebk­necht y August Bebel. En 1875, los dos gru­pos se unie­ron en un úni­co par­ti­do, el SPD (Par­ti­do Social-Demó­cra­ta Ale­mán, el mayor par­ti­do socia­lis­ta de la épo­ca ante­rior a la I Gue­rra Mun­dial), pero man­tu­vie­ron serias diver­gen­cias den­tro de la orga­ni­za­ción. La cues­tión de la mujer fue una de ellas. Los lasa­llea­nos (segui­do­res de Fer­di­nand de Lasa­lle) se opo­nían a exi­gir la igual­dad de dere­chos para la mujer como par­te del pro­gra­ma del par­ti­do. Opi­na­ban que las muje­res eran cria­tu­ras infe­rio­res, cuyo lugar pre­des­ti­na­do era el hogar, y la vic­to­ria del socia­lis­mo, ase­gu­ran­do al mari­do un sala­rio ade­cua­do para abas­te­cer a toda la fami­lia, las haría regre­sar a su hábi­tat natu­ral, ya que no ten­drían que tra­ba­jar por un sala­rio. Los pri­me­ros pro­gra­mas de los social­de­mó­cra­tas ale­ma­nes exi­gían ape­nas «ple­nos dere­chos polí­ti­cos para los adul­tos», dejan­do ambi­gua la cues­tión de si la mujer era con­si­de­ra­da adul­ta o no.

La ideo­lo­gía de que el «lugar de la mujer es el hogar» tuvo como uno de sus mayo­res impul­so­res al pen­sa­dor fran­cés Proudhon, cuyas ideas reper­cu­tie­ron en los sin­di­ca­tos y tam­bién entre los diri­gen­tes de la I Inter­na­cio­nal. Él defen­día ardo­ro­sa­men­te ideas muy seme­jan­tes a las de los padres de la Igle­sia, los teó­lo­gos que cons­tru­ye­ron la teo­lo­gía del cato­li­cis­mo en la Edad Media. Res­pe­ta­do en los medios polí­ti­cos, inclu­si­ve de izquier­da, e inte­lec­tua­les y obre­ros de toda Euro­pa, Proudhon defen­día que la fun­ción de la mujer era la pro­crea­ción y las tareas domés­ti­cas; aque­lla que tra­ba­ja­ba (fue­ra de la casa) esta­ba roban­do el tra­ba­jo del hom­bre. Él lle­gó a pro­po­ner que el mari­do tuvie­se dere­cho de vida o muer­te sobre su mujer, por des­obe­dien­cia o mal carác­ter, e demos­tra­ba, median­te una rela­ción arit­mé­ti­ca, la infe­rio­ri­dad del cere­bro feme­nino sobre el masculino.

El pre­con­cep­to con­tra las muje­res enve­ne­nó a tal pon­to al movi­mien­to obre­ro que, en 1867, los diri­gen­tes de la Inter­na­cio­nal Socia­lis­ta fue­ron capa­ces de hacer la siguien­te decla­ra­ción solemne:

«En nom­bre de la liber­tad de con­cien­cia, en nom­bre de la ini­cia­ti­va indi­vi­dual, en nom­bre de la liber­tad de lsd madres, debe­mos arran­car de la fábri­ca que la des­mo­ra­li­za y la mata, a esa mujer que soña­mos libre… La mujer tie­ne por obje­ti­vo esen­cial el de ser madre de fami­lia, ella debe per­ma­ne­cer en el hogar, el tra­ba­jo debe ser­le prohibido».

Y en 1875, en el Con­gre­so de Gotha, los socia­lis­tas ale­ma­nes, sen­si­bles a las ideas de Proudhon, se opo­nen al gru­po mar­xis­ta diri­gi­do por Bebel, que que­ría ins­cri­bir en el pro­gra­ma del par­ti­do la igual­dad del hom­bre y de la mujer. El Con­gre­so derro­tó a Bebel afir­man­do que «las muje­res no están pre­pa­ra­das para ejer­cer sus derechos».

En 1866, Marx pre­sen­ta a la Inter­na­cio­nal Socia­lis­ta una reso­lu­ción en favor del tra­ba­jo de los niños y de las muje­res, con la con­di­ción de que sean regla­men­ta­dos por ley. Él pen­sa­ba que el tra­ba­jo no podia sepa­rar­se de la edu­ca­ción y era bené­fi­co para los seres huma­nos. En El Capi­tal, Marx escri­bió que:

«Si los efec­tos inme­dia­tos (del tra­ba­jo de los niños y de las muje­res) son terri­bles y repug­nan­tes, no por eso deja de con­tri­buir al dar a las muje­res, jóve­nes e niños de ambos sexos una par­te impor­tan­te, en el pro­ce­so de pro­duc­ción, fue­ra del medio domés­ti­co, en la crea­ción de nue­vas bases eco­nó­mi­cas, nece­sa­rias para una for­ma más ele­va­da de fami­lia y de rela­ción entre los dos sexos».

A pesar de haber sido con otras pala­bras, lo mis­mo dice Engels:

«Pare­ce que la eman­ci­pa­ción de la mujer, su igual­dad de con­di­ción con el hom­bre es, y con­ti­núa sien­do impo­si­ble, mien­tras la mujer per­ma­nez­ca exclui­da del tra­ba­jo social pro­duc­ti­vo y debe limi­tar­se al tra­ba­jo pri­va­do domés­ti­co… La libe­ra­ción de la mujer tie­ne como con­di­ción pri­me­ra la incor­po­ra­ción de todo el sexo en la indus­tria públi­ca» (El Ori­gen de la Familia).

Has­ta media­dos del siglo XIX, la idea de que la mujer tie­ne que que­dar­se en casa per­ma­ne­ció casi inal­te­ra­da, pero la reali­dad otra vez se mos­tró más fuer­te: pese a toda la ideo­lo­gía, la mujer tra­ba­ja­ba por­que pre­ci­sa­ba sobrevivir.

En 1883, August Bebel publi­có el libro La mujer y el socia­lis­mo, que cola­bo­ró mucho para trans­for­mar la dis­cu­sión sobre la cues­tión de la mujer. A pesar de haber sali­do un año antes del libro de Engels, El ori­gen de la fami­lia, de la pro­pie­dad pri­va­da y del Esta­do, el tra­ba­jo de Bebel es bási­ca­men­te un desa­rro­llo de las ideas de Engels. Expli­ca las raí­ces pro­fun­das de la opre­sión de la mujer, las for­mas que adop­tó a lo lar­go de los siglos, del sig­ni­fi­ca­do his­tó­ri­ca­men­te pro­gre­si­vo de la inte­gra­ción de la mujer en la pro­duc­ción indus­trial y la nece­si­dad de la revo­lu­ción socia­lis­ta para abrir el camino para la libe­ra­ción de la mujer. El libro cau­só sen­sa­ción no sólo en Ale­ma­nia, sino en toda a Euro­pa, y ayu­dó en la for­ma­ción de varias gene­ra­cio­nes de marxistas.

En cuan­to al libro de Engels, se vol­vió un clá­si­co que, has­ta hoy, guía las dis­cu­sio­nes sobre el ori­gen de la opre­sión de la mujer. Socia­lis­ta cien­tí­fi­co, Engels par­tió de los des­cu­bri­mien­tos his­tó­ri­cos hechos has­ta enton­ces sobre el ori­gen de la opre­sión de la mujer, de la fami­lia y del matri­mo­nio. Los pri­me­ros his­to­ria­do­res, entre ellos Bacho­fen y Mor­gan, que desa­rro­lla­ron sus pes­qui­sas en siglo XIX, afir­ma­ron que la mujer no siem­pre fue opri­mi­da y, en algu­nas socie­da­des pri­mi­ti­vas, hubo un perío­do en que había matriar­ca­do, el pre­do­mi­nio de la mujer en las tri­bus. Estas afir­ma­cio­nes fue­ron tan revo­lu­cio­na­rias para la épo­ca que pro­vo­ca­ron un ver­da­de­ro escán­da­lo en las socie­da­des con­ser­va­do­ras y, sobre todo, entre los reli­gio­sos. Marx e Engels die­ron gran impor­tan­cia a estos des­cu­bri­mien­tos, que incor­po­ra­ron en sus estu­dios sobre el sur­gi­mien­to de la pro­pie­dad pri­va­da de los medios de producción.

Fue en base a ellas que Engels escri­bió El Ori­gen de la Fami­lia, de la Pro­pie­dad Pri­va­da y del Esta­do, publi­ca­do en 1884, obra que sir­vió de gran impul­so para que el movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio pasa­ra a inte­grar en su seno la lucha por la eman­ci­pa­ción de la mujer.

Los des­cu­bri­mien­tos hechos por la antro­po­lo­gía del siglo XX nos per­mi­ten con­cluir que la mono­ga­mia no sur­gió con la pro­pie­dad pri­va­da, como creía Engels, sino antes de ella, ya con la explo­ta­ción. La pro­pie­dad pri­va­da sólo acen­tuó, de for­ma bru­tal, la opre­sión de la mujer, y la con­so­li­dó. Sin embar­go, el gran méri­to de Engels fue aso­ciar el sur­gi­mien­to de la opre­sión de la mujer con una cau­sa eco­nó­mi­ca y no natu­ral o psí­qui­ca. Para él, el sur­gi­mien­to de la mono­ga­mia no fue, de for­ma algu­na, fru­to del amor sexual indi­vi­dual, sino pura con­ven­ción. Fue la pri­me­ra for­ma de fami­lia que tuvo por base con­di­cio­nes socia­les y no natu­ra­les. Y fue, más que nada, el triun­fo da pro­pie­dad indi­vi­dual sobre el comu­nis­mo espon­tá­neo primitivo.

Engels defi­nió la abo­li­ción del dere­cho materno como la «gran derro­ta del sexo femenino».
«El hom­bre se apo­de­ró tam­bién de la direc­ción de la casa; la mujer fue infe­rio­ri­za­da, domi­na­da, pasó a ser la escla­va de su pla­cer e un sim­ple ins­tru­men­to de repro­duc­ción. Esta situa­ción degra­da­da de la mujer, tal como se mani­fes­tó sobre todo entre los grie­gos de los tiem­pos heroi­cos, y más aún en los tem­pos clá­si­cos, fue gra­dual­men­te reto­ca­da y disi­mu­la­da, en cier­tos luga­res inclu­so fue reves­ti­da de for­mas más sua­ves; pero de nin­gu­na for­ma fue supri­mi­da» (El Ori­gen de la Fami­lia, p.66).

Pre­pon­de­ran­cia del hom­bre en la fami­lia y pro­crea­ción de hijos que sólo podían ser de él y des­ti­na­dos a ser sus here­de­ros. En todo el res­to, el matri­mo­nio era una car­ga, un deber. Engels recuer­da que:

«La mono­ga­mia fue un gran pro­gre­so his­tó­ri­co pero, al mis­mo tem­po inau­gu­ra, jun­ta­men­te con la escla­vi­tud y la pro­pie­dad pri­va­da, aque­lla épo­ca que aún dura en nues­tros días y em la cual cada pro­gre­so es, al mis­mo tiem­po, un retro­ce­so rela­ti­vo, en que la ven­tu­ra y el desa­rro­llo de unos se da al cos­to de la des­ven­tu­ra y la repre­sión de otros. Es la for­ma celu­lar de la socie­dad civi­li­za­da, en la cual ya pode­mos estu­diar la natu­ra­le­za de las con­tra­dic­cio­nes y de los anta­go­nis­mos que se pro­pa­gan y cre­cen ple­na­men­te en esta socie­dad». (El Ori­gen de la Fami­lia, p. 76)

Es cier­to que los des­cu­bri­mien­tos hechos por la antro­po­lo­gía del siglo XX actua­li­zan la obra de Engels y corri­gie­ron cier­tas impre­ci­sio­nes, pero ella con­ti­núa sien­do la base para el pro­gra­ma mar­xis­ta con rela­ción a la mujer por­que tira por tie­rra la con­cep­ción bur­gue­sa de que ella ya nació opri­mi­da, y que la cau­sa de la opre­sión es su infe­rio­ri­dad natu­ral con rela­ción al hom­bre. Demues­tra que la cau­sa de la opre­sión de la mujer es fun­da­men­tal­men­te eco­nó­mi­ca y no his­tó­ri­ca y, por lo tan­to, para aca­bar con ella es pre­ci­so trans­for­mar la sociedad.

La mujer en la II Inter­na­cio­nal (1889)

Si la I Inter­na­cio­nal sig­ni­fi­có la con­quis­ta de la van­guar­dia pro­le­ta­ria para el mar­xis­mo, la II Inter­na­cio­nal lle­vó millo­nes de tra­ba­ja­do­res a sus con­cep­cio­nes. Fue la Inter­na­cio­nal más carac­te­rís­ti­ca de la era refor­mis­ta, pues fue el perío­do en que más con­ce­sio­nes se arran­ca­ron, como vaca­cio­nes, aumen­tos sala­ria­les, legis­la­ción social y labo­ral y otras. Con rela­ción a la cues­tión de la mujer, la lucha por dere­chos demo­crá­ti­cos (igual­dad polí­ti­ca, dere­cho de afi­lia­ción a los par­ti­dos y dere­cho de voto) fue la que más agi­tó a la II Internacional.

Ini­cia­da en los Esta­dos Uni­dos, la lucha sufra­gis­ta fue la pri­me­ra lucha femi­nis­ta inter­na­cio­na­lis­ta; invo­lu­cró muje­res de varios paí­ses del mun­do e incor­po­ró los méto­dos tra­di­cio­na­les de lucha de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, como mar­chas masi­vas, asam­bleas, huel­gas de ham­bre y enfren­ta­mien­tos bru­ta­les con la poli­cía, en los cua­les muchas acti­vis­tas fue­ron pre­sas y asesinadas.

En el cam­po socia­lis­ta, la lucha sufra­gis­ta fue diri­gi­da por la II Inter­na­cio­nal, divi­di­da entre los refor­mis­tas, que defen­dían el dere­cho de voto sólo para los hom­bres (ellos creían que las muje­res vota­rían en los par­ti­dos cató­li­cos reac­cio­na­rios) y los mar­xis­tas, defen­so­res del voto uni­ver­sal. La diri­gen­te polí­ti­ca femi­nis­ta mar­xis­ta más impor­tan­te de la II Inter­na­cio­nal, y tam­bién de la III, fue Cla­ra Zet­kin, miem­bro del SPD. En el Con­gre­so de Stutt­gart, em 1907, ella defen­dió la posi­ción de los mar­xis­tas, que salió ven­ce­do­ra. La II lan­zó una cam­pa­ña inter­na­cio­nal por el sufra­gio feme­nino, con movi­li­za­cio­nes de masas en diver­sos países.

El par­ti­do más impor­tan­te de la II Inter­na­cio­nal era el SPD que, en 1891, año en que el ala izquier­da con­si­guió apro­bar un pro­gra­ma bási­ca­men­te mar­xis­ta, pasó a exi­gir dere­chos polí­ti­cos para todos, inde­pen­dien­te­men­te del sexo, y la abo­li­ción de todas las leyes que dis­cri­mi­na­ban a mujer.

Des­pués que los lasa­llea­nos deja­ron de exis­tir como ten­den­cia den­tro del SPD, sur­gió una nue­va corrien­te refor­mis­ta den­tro del par­ti­do, que pre­sio­na­ba por la adap­ta­ción al sta­tus quo capi­ta­lis­ta. Cla­ra Zet­kin, del ala izquier­da mar­xis­ta, diri­gió el movi­mien­to socia­lis­ta de la mujer duran­te todo el perío­do ante­rior à gue­rra y com­ba­tió, den­tro del SPD, por desa­rro­llar una pers­pec­ti­va revo­lu­cio­na­ria sobre la lucha por la eman­ci­pa­ción de la mujer. En 1914, cuan­do la mayo­ría de la direc­ción del SPD capi­tu­ló ante el impe­ria­lis­mo ale­mán y votó por la defen­sa de su «pro­pia» bur­gue­sía en la I Gue­rra Mun­dial, Cla­ra Zet­kin fue uno de las pocos diri­gen­tes do par­ti­do, jun­to con Rosa Luxem­bur­go e Karl Liebk­necht, en rom­per con el SPD y man­te­ner una posi­ción inter­na­cio­na­lis­ta revolucionaria.

En la déca­da de 1890, el SPD se con­cen­tró, en pri­mer lugar, en la orga­ni­za­ción sin­di­cal de las muje­res, y logró algu­nas con­quis­tas impor­tan­tes. En 1896, por pro­pues­ta de Cla­ra Zet­kin, el par­ti­do apro­bó una moción para ini­ciar el desa­rro­llo de orga­ni­za­cio­nes espe­cia­les para una acti­vi­dad polí­ti­ca más amplia entre las muje­res. Ade­más de tra­ba­jar por los obje­ti­vos gene­ra­les del par­ti­do, se con­cen­tra­ron en ban­de­ras femi­nis­tas, como igual­dad polí­ti­ca, licen­cia por mater­ni­dad, legis­la­ción de pro­tec­ción para la mujer tra­ba­ja­do­ra, edu­ca­ción y pro­tec­ción para los niños y edu­ca­ción polí­ti­ca para as mujeres.

Has­ta 1908, en la mayor par­te de Ale­ma­nia, las muje­res tenían prohi­bi­do afi­liar­se a cual­quier gru­po polí­ti­co. Para bur­lar esto, el SPD orga­ni­zó dece­nas de «socie­da­des para la auto­edu­ca­ción de las tra­ba­ja­do­ras», orga­ni­za­cio­nes libres que esta­ban par­cial­men­te fue­ra de los lími­tes del par­ti­do, pero estre­cha­men­te liga­das a él. Des­de 1900 en ade­lan­te, se orga­ni­za­ron con­fe­ren­cias bia­nua­les de muje­res socia­lis­tas para uni­fi­car esos gru­pos e dar­les una dirección.

Des­pués de 1908, las muje­res pudie­ron a afi­liar­se legal­men­te al SPD, y lo hicie­ron en las orga­ni­za­cio­nes espe­cia­les de muje­res del par­ti­do. Pero con­ti­nua­ron man­te­nien­do su pro­pio perió­di­co, Igual­dad, diri­gi­do por Cla­ra Zet­kin. Este fue uno de los perió­di­cos feme­ni­nos más impor­tan­tes del mun­do, cuya cir­cu­la­ción supe­ra­ba los 100 mil ejem­pla­res, has­ta 1912.
Sin embar­go, a pesar de estos avan­ces, las rei­vin­di­ca­cio­nes de la mujer se vol­vie­ron reali­dad, por pri­me­ra vez, en Rusia, con la revo­lu­ción de 1917.

La Revo­lu­ción Rusa y la mujer

La revo­lu­ción socia­lis­ta en Rusia sig­ni­fi­có una revo­lu­ción tam­bién en la situa­ción de la mujer en el mun­do ente­ro. Por pri­me­ra vez un país toma­ba medi­das con­cre­tas para alcan­zar la igual­dad entre hom­bres e mujeres.

La mujer rusa tomó par­te acti­va en todo el pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio, a pesar (y, quién sabe, por eso mis­mo) de la enor­me car­ga de opre­sión secu­lar e bru­tal que pesa­ba sobre sus hom­bros, sobre todo entre las muje­res cam­pe­si­nas. Pero la vorá­gi­ne revo­lu­cio­na­ria empu­jó al fren­te a la mujer tra­ba­ja­do­ra rusa que, ya en aque­llos años, tenía un papel deci­si­vo en la pro­duc­ción, con­cen­tra­da en las gran­des fábricas.

La his­to­ria de la revo­lu­ción, si bien no siem­pre es fácil encon­trar las citas, está reple­ta de ejem­plos sobre la abne­ga­ción, la garra y el cora­je demos­tra­dos por las obre­ras rusas en aque­llos días terri­bles y decisivos.

La revo­lu­ción de febre­ro de 1917 (ante­sa­la de la revo­lu­ción deci­si­va de octu­bre) se ini­ció el Día Inter­na­cio­nal de la Mujer, con mani­fes­ta­cio­nes masi­vas de muje­res en Petro­gra­do con­tra la mise­ria pro­vo­ca­da por la par­ti­ci­pa­ción de Rusia en la I Gue­rra Mun­dial. La gue­rra había empu­ja­do a la mujer rusa al mer­ca­do de tra­ba­jo y, en 1917, la ter­ce­ra par­te de los obre­ros indus­tria­les de Petro­gra­do eran muje­res. En las áreas de pro­duc­ción tex­til de la región indus­trial del cen­tro, el 50%, o más de la fuer­za de tra­ba­jo, esta­ba com­pues­ta por mujeres.

La mili­tan­cia feme­ni­na era dispu­tada pal­mo a pal­mo por las diver­sas ten­den­cias polí­ti­cas. Tan­to los bol­che­vi­ques como los men­che­vi­ques tenían perió­di­cos espe­cia­les para la mujer tra­ba­ja­do­ra, como el Rabot­nit­sa, publi­ca­do por los bol­che­vi­ques y el Golos Rabot­nitsy, por los men­che­vi­ques. Los lla­ma­dos social-revo­lu­cio­na­rios (SR), que lucha­ban por una demo­cra­cia bur­gue­sa en Rusia, por su par­te, pro­pu­sie­ron la crea­ción de una «unión de las orga­ni­za­cio­nes demo­crá­ti­cas de muje­res», que uni­ría los sin­di­ca­tos y los par­ti­dos bajo la ban­de­ra de una repú­bli­ca demo­crá­ti­ca. Fue en aque­llos días que sur­gió la Liga por los Dere­chos Igua­les para la Mujer, exi­gien­do el dere­cho de voto para las muje­res, acom­pa­ñan­do la bata­lla que ellas libra­ban en el mun­do ente­ro por sus dere­chos civiles.

Pero en Rusia, con la revo­lu­ción socia­lis­ta, ellas con­quis­ta­ron mucho más que dere­chos demo­crá­ti­cos. Por pri­me­ra vez, un país legis­ló que el sala­rio feme­nino sería igual al mas­cu­lino por el mis­mo tra­ba­jo. Tan­to que, al fina­li­zar la Segun­da Gue­rra, con­tra­ria­men­te a lo que ocu­rrió en los paí­ses capi­ta­lis­tas, en la URS se con­ser­vó la mano de obra feme­ni­na y se bus­ca­ron los medios para que éstas tuvie­sen mayor cali­fi­ca­ción. Había muje­res en todos los sec­to­res de la pro­duc­ción: en las minas, en la cons­truc­ción civil, en los puer­tos, en fin, en todas las ramas de la pro­duc­ción indus­trial e intelectual.

Sin embar­go, poco des­pués de la toma del poder por los soviets, la cues­tión de la mujer enfren­tó el duro emba­te con la reali­dad. De hecho, fue la pri­me­ra vez em la his­to­ria que pasó del plano de la dis­cu­sión para la práctica.

En un país atra­sa­do, como Rusia, con rela­ción a las cues­tio­nes mora­les e cul­tu­ra­les, con una enor­me car­ga de pre­con­cep­tos arrai­ga­dos hacía siglos, lo que carac­te­ri­za, en gene­ral, a los paí­ses pre­do­mi­nan­te­men­te cam­pe­si­nos, la cues­tión de la eman­ci­pa­ción de la mujer asu­mía, en aque­llos momen­tos difí­ci­les para el joven esta­do obre­ro, con­tor­nos tan com­ple­jos como muchos de los otros aspec­tos rela­ti­vos a la trans­for­ma­ción hacia el socialismo.

Por eso, Lenin y Trotsky, jun­ta­men­te con muchas diri­gen­tes muje­res, ade­más de dedi­car­se a «expli­car pacien­te­men­te» a las masas, sobre todo a las muje­res, cua­les era las tareas gene­ra­les del movi­mien­to obre­ro feme­nino de la Repú­bli­ca Sovié­ti­ca, no espe­ra­ron para tomar las pri­me­ras medi­das en ese terreno y rever­tir la situa­ción humi­llan­te a la cual esta­ba some­ti­da la mujer rusa hacía siglos.

Esta tarea tenía dos aspec­tos fundamentales:
1) la abo­li­ción de las vie­jas leyes que colo­ca­ban a la mujer en situa­ción de des­igual­dad con rela­ción al hom­bre y,
2) la libe­ra­ción de la mujer de las tareas domés­ti­cas, que exi­gía una eco­no­mía colec­ti­va en la cual ella par­ti­ci­pa­se en igual­dad de con­di­cio­nes con el hombre.

Con rela­ción al pri­mer aspec­to, des­de los pri­me­ros meses de su exis­ten­cia, el Esta­do Obre­ro con­cre­tó la mudan­za más radi­cal en la legis­la­ción refe­ren­te a la mujer. Todas las leyes que colo­ca­ban a la mujer en una situa­ción de des­igual­dad con rela­ción al hom­bre fue­ron abo­li­das. Entre ellas, las refe­ren­tes al divor­cio, a los hijos natu­ra­les y la pen­sión ali­men­ti­cia. Fue­ron abo­li­dos tam­bién todos los pri­vi­le­gios liga­dos a la pro­pie­dad que se man­te­nían en pro­ve­cho del hom­bre en el dere­cho fami­liar. De esta for­ma, la Rusia Sovié­ti­ca, sólo en los pri­me­ros meses de su exis­ten­cia, hizo más por la eman­ci­pa­ción de la mujer que el más avan­za­do de los paí­ses capi­ta­lis­tas en todos os tempos.

Fue­ron intro­du­ci­dos decre­tos esta­ble­cien­do la pro­tec­ción legal para las muje­res y los niños que tra­ba­ja­ban, el segu­ro social, igual­dad de dere­chos para las muje­res con rela­ción al matrimonio.

Con la acción polí­ti­ca del Zhe­not­del, el depar­ta­men­to feme­nino del Par­ti­do Bol­che­vi­que, las muje­res con­quis­ta­ron el dere­cho al abor­to legal y gra­tui­to en los hos­pi­ta­les del Esta­do. Pero no se incen­ti­va­ba la prác­ti­ca del abor­to y quien cobra­ba para prac­ti­car­lo era puni­do. La pros­ti­tu­ción y su uso eran des­cri­tos como «un cri­men con­tra los víncu­los de cama­ra­de­ría y soli­da­ri­dad», pero el Zhe­not­del pro­pu­so que no hubie­se penas lega­les para ese cri­men. Se inten­tó ata­car las cau­sas de la pros­ti­tu­ción mejo­ran­do las con­di­cio­nes de vida y tra­ba­jo de las muje­res y se dio ini­cio a una amplia cam­pa­ña con­tra los «res­qui­cios de la moral burguesa».

La pri­me­ra Cons­ti­tu­ción de la Repú­bli­ca Sovié­ti­ca, pro­mul­ga­da en julio de 1918, dio a la mujer el dere­cho de votar y ser elec­ta para car­gos públi­cos. Sin embar­go, igual­dad ante la ley aún no es igual­dad de hecho. Para la ple­na eman­ci­pa­ción de la mujer, para su igual­dad efec­ti­va con rela­ción al hom­bre es nece­sa­ria una eco­no­mía que la libre del tra­ba­jo domés­ti­co y en la cual ella par­ti­ci­pe de for­ma igua­li­ta­ria al hom­bre. La esen­cia del pro­gra­ma bol­che­vi­que para la eman­ci­pa­ción de la mujer era su libe­ra­ción final del tra­ba­jo domés­ti­co por medio de la socia­li­za­ción de estas tareas. Lenin insis­tía en que el papel de la mujer den­tro de la fami­lia era a lla­ve de su opresión:

Inde­pen­dien­te­men­te de todas las leyes que eman­ci­pan a la mujer, ésta con­ti­núa sien­do una escla­va, por­que el tra­ba­jo domés­ti­co opri­me, estran­gu­la, degra­da y la redu­ce a la coci­na y al cui­da­do de los hijos, y ella des­per­di­cia su fuer­za en tra­ba­jos impro­duc­ti­vos, intrans­cen­den­tes, que ago­tan sus ner­vios e la idio­ti­zan. Por eso, la eman­ci­pa­ción de la mujer, el comu­nis­mo ver­da­de­ro, comen­za­rá sola­men­te cuan­do y don­de se ini­cie una lucha sin cuar­tel, diri­gi­da por el pro­le­ta­ria­do, due­ño del poder del esta­do, con­tra esa natu­ra­le­za del tra­ba­jo domés­ti­co, o mejor, cuan­do se ini­cie su trans­for­ma­ción total, en una eco­no­mía a gran esca­la (jul.1919).

En las con­di­cio­nes de Rusia, esta era la par­te más difí­cil de la cons­truc­ción del socia­lis­mo y la que reque­ría más tiem­po para ser con­cre­ta­da. El Esta­do Obre­ro comen­zó por crear ins­ti­tu­cio­nes como come­do­res y guar­de­rías mode­lo para libe­rar a la mujer del tra­ba­jo domés­ti­co. Y eran jus­ta­men­te las muje­res quie­nes más se empe­ña­ban en su orga­ni­za­ción. Estas ins­ti­tu­cio­nes, ins­tru­men­tos de libe­ra­ción de la mujer de su con­di­ción de escla­va domés­ti­ca, sur­gían en todas las par­tes don­de era posi­ble, pero inclu­so así fue­ron pocas para las necesidades.

Rusia esta­ba en gue­rra civil, sien­do ata­ca­da por sus enemi­gos, y las muje­res tuvie­ron que asu­mir, jun­to con los hom­bres, las tareas de la gue­rra y de defen­sa del Esta­do Obre­ro. Muchas de esas ins­ti­tu­cio­nes fue­ron crea­das y fun­cio­na­ron per­fec­ta­men­te, mos­tran­do su acier­to y la nece­si­dad de su expan­sión y mantenimiento.

Por otro lado, los diri­gen­tes sovié­ti­cos, Lenin al fren­te, lla­ma­ban a las muje­res a tomar par­te cada vez mayor en la ges­tión de las empre­sas públi­cas y en la admi­nis­tra­ción del Esta­do, y que tam­bién fue­ran can­di­da­tas a dele­ga­das en los soviets. En un dis­cur­so de home­na­je al Día Inter­na­cio­nal de la Mujer, en mar­zo de 1920, Lenin se diri­gió así a las muje­res rusas:

«El capi­ta­lis­mo unió una igual­dad pura­men­te for­mal a la des­igual­dad eco­nó­mi­ca y, por con­se­cuen­cia, social. Y una de las mani­fes­ta­cio­nes más fuer­tes de esa incon­se­cuen­cia es la des­igual­dad de la mujer y del hom­bre. Nin­gún Esta­do bur­gués, por más demo­crá­ti­co, pro­gre­si­vo y repu­bli­cano que sea, reco­no­ce la ente­ra igual­dad de los dere­chos del hom­bre y de la mujer. La Repú­bli­ca de los Soviets, por el con­tra­rio, des­tru­yó de un sólo gol­pe, sin excep­ción, todos los tra­zos jurí­di­cos de la infe­rio­ri­dad de la mujer y tam­bién de un sólo gol­pe le ase­gu­ró, por ley, la igual­dad más com­ple­ta». (Obras Escogidas)

Él recuer­da que se acos­tum­bra decir que el nivel de un pue­blo se carac­te­ri­za mejor por la situa­ción jurí­di­ca de la mujer. Bajo este pun­to de vis­ta, sólo la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do, sólo el Esta­do socia­lis­ta, pue­den alcan­zar y alcan­zan el gra­do más alto de cul­tu­ra. Sin embar­go, esto no es sufi­cien­te. El movi­mien­to obre­ro feme­nino ruso no se con­ten­tó con una igual­dad pura­men­te for­mal y asu­mió una tarea ardua y lar­ga, por­que exi­ge una trans­for­ma­ción radi­cal de la téc­ni­ca social y de las cos­tum­bres, y luchar por la igual­dad eco­nó­mi­ca y social de la mujer, hacien­do que ella par­ti­ci­pa­se del tra­ba­jo pro­duc­ti­vo social, liber­tán­do­la de la escla­vi­tud domés­ti­ca, que es siem­pre impro­duc­ti­va e embrutecedora.

Las reso­lu­cio­nes de la III Inter­na­cio­nal sobre la cues­tión de la mujer (1919)

La Ter­ce­ra Inter­na­cio­nal sur­gió al calor de la Revo­lu­ción Rusa y su pro­gra­ma con rela­ción a la cues­tión de la mujer incor­po­ró las expe­rien­cias sovié­ti­cas. En el libro Recuer­dos de Lenin, Cla­ra Zet­kin des­cri­be las opi­nio­nes de Lenin sobre la cues­tión de la mujer, expre­sa­das en dos encuen­tros que ambos tuvie­ron en Mos­cú, en 1920. Ella esta­va encar­ga­da de ela­bo­rar la reso­lu­ción sobre el tra­ba­jo entre las muje­res para ser pre­sen­ta­da en el Ter­cer Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal, en 1921, y fue dis­cu­tir con Lenin.

En pri­mer lugar, Lenin insis­tió en que la reso­lu­ción debe­ría enfa­ti­zar «la cone­xión inque­bran­ta­ble entre la posi­ción huma­na y social de la mujer y la pro­pie­dad pri­va­da de los medios de pro­duc­ción». Para mudar las con­di­cio­nes de opre­sión de la mujer en el seno de la fami­lia, los comu­nis­tas se deben esfor­zar por unir el movi­mien­to de la mujer con «la lucha de la cla­se pro­le­ta­ria y la revolución».

Con rela­ción a las cues­tio­nes orga­ni­za­ti­vas, la polé­mi­ca que reco­rría el par­ti­do era si las muje­res debían o no orga­ni­zar­se de for­ma sepa­ra­da. Sobre esto, Lenin recor­da­ba que
«Noso­tros dedu­ci­mos nues­tras ideas orga­ni­za­ti­vas de nues­tras con­cep­cio­nes ideo­ló­gi­cas. No que­re­mos orga­ni­za­cio­nes sepa­ra­das de muje­res comu­nis­tas. Una comu­nis­ta es miem­bro del par­ti­do tan­to como el comu­nis­ta. Tie­nen los mis­mos dere­chos y debe­res. Sin embar­go, no debe­mos cerrar los ojos a los hechos. El par­ti­do debe con­tar con orga­nis­mos (gru­pos de tra­ba­jo, comi­sio­nes, comi­tés, sec­cio­nes o como se los quie­ra lla­mar) con el obje­ti­vo espe­cí­fi­co de des­per­tar a las amplias masas de mujeres…»

Cla­ra Zet­kin comen­tó que muchos miem­bros del par­ti­do la acu­sa­ron, por hacer pro­pues­tas pare­ci­das, de come­ter un des­vío social­de­mó­cra­ta, ya que si los par­ti­dos comu­nis­tas con­ce­dían la igual­dad a las muje­res, ellas debían, por eso, desa­rro­llar su tra­ba­jo sin dife­ren­cias entre los obre­ros en gene­ral. Lenin argu­men­tó que la «pure­za de los prin­ci­pios» no pue­de entrar en cho­que con las nece­si­da­des his­tó­ri­cas de la polí­ti­ca revo­lu­cio­na­ria. Todo ese dis­cur­so cae por tie­rra delan­te de las nece­si­da­des impues­tas por la reali­dad. Inte­rro­gán­do­se por qué en nin­gún lugar hay igual núme­ro de hom­bres y de muje­res en el par­ti­do, inclu­so en la Rusia Sovié­ti­ca, y por que es tan bajo el núme­ro de muje­res en los sin­di­ca­tos, él defen­dió la nece­si­dad de levan­tar las rei­vin­di­ca­cio­nes espe­cia­les en favor de todas las muje­res, de las obre­ras y cam­po­si­nas e, inclu­si­ve, de las muje­res de las cla­ses posee­do­ras, que tam­bién sufren en la socie­dad burguesa.

Por últi­mo, Lenin cri­ti­có a las sec­cio­nes nacio­na­les de la Comin­tern que adop­ta­ban una acti­tud pasi­va, de espe­rar y ver, cuan­do lle­ga el momen­to de crear un movi­mien­to masi­vo de muje­res tra­ba­ja­do­ras bajo la direc­ción comu­nis­ta. Atri­buía la debi­li­dad del tra­ba­jo sobre la mujer en la Inter­na­cio­nal a la per­sis­ten­cia de ideas machis­tas que lle­va­ban a la sub­es­ti­ma­ción de la impor­tan­cia vital de cons­truir un movi­mien­to de masas de la mujer. Por eso, creaía que la reso­lu­ción para el Ter­cer Con­gre­so Mun­dial de la Comin­tern era muy importante.

La reso­lu­ción adop­ta­da en junio de 1921 tra­ta­ba dos aspec­tos polí­ti­cos e orga­ni­za­ti­vos de la orien­ta­ción da Inter­na­cio­nal. Con rela­ción a los aspec­tos polí­ti­cos, la «Tesis sobre el tra­ba­jo de pro­pa­gan­da entre las muje­res» des­ta­ca la nece­si­dad de la revo­lu­ción socia­lis­ta para con­se­guir a libe­ra­ción de la mujer, y la nece­si­dad de que los par­ti­dos comu­nis­tas con­quis­ta­ran el apo­yo de las masas de muje­res si que­rían con­du­cir la revo­lu­ción socia­lis­ta a la vic­to­ria. Nin­guno de los dos obje­ti­vos se pue­de con­se­guir sin el otro. Si los comu­nis­tas fra­ca­san en la tarea de movi­li­zar a las masas de muje­res del lado de la revo­lu­ción, las fuer­zas polí­ti­cas reac­cio­na­rias se esfor­za­rán por orga­ni­zar­las con­tra ellos.

Afir­ma tam­bién que «no exis­ten cues­tio­nes feme­ni­nas espe­cia­les». Con eso no que­rían decir que no hubie­sen pro­ble­mas que afec­ta­sen espe­cial­men­te a las muje­res o rei­vin­di­ca­cio­nes espe­cia­les en torno de las cua­les las muje­res pue­den ser movi­li­za­das; sig­ni­fi­ca sólo que no exis­te pro­ble­ma que afec­te a la mujer y no sea tam­bién una cues­tión social más amplia, de inte­rés vital para el movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio, por lo cual tan­to los hom­bres como las muje­res deben luchar. No se diri­gía con­tra la exi­gen­cia de levan­tar rei­vin­di­ca­cio­nes espe­cia­les para las muje­res, sino pre­ci­sa­men­te al con­tra­rio, para expli­car a los tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras más atra­sa­dos que tales rei­vin­di­ca­cio­nes no pue­den ser des­car­ta­das como «preo­cu­pa­cio­nes feme­ni­nas» sin importancia.

La reso­lu­ción tam­bién con­de­na­ba el femi­nis­mo bur­gués, refi­rién­do­se al sec­tor del movi­mien­to femi­nis­ta que pen­sa­ba que se podía alcan­zar la libe­ra­ción de la mujer refor­man­do el sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Exor­ta­ba a las muje­res a repu­diar esta orientación.

Sobre los aspec­tos orga­ni­za­ti­vos, expli­ca­ba por­que no podia exis­tir uma orga­ni­za­ción apar­te para las muje­res den­tro del par­ti­do y, por otro lado, por­que debe haber orga­nis­mos espe­cia­les del par­ti­do para tra­ba­jar entre las muje­res. Vol­vía obli­ga­to­rio, casi una con­di­ción para ser miem­bro de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta, que toda sec­ción orga­ni­za­se una comi­sión de muje­res, estruc­tu­ra que fun­cio­na­ría en todos los nive­les del par­ti­do, des­de la direc­ción nacio­nal has­ta las sec­cio­nes o célu­las. Ins­truía a los par­ti­dos para garan­ti­zar que por lo menos una cama­ra­da tuvie­se la tarea per­ma­nen­te de diri­gir ese tra­ba­jo a nivel nacio­nal. y crea­ba una Secre­ta­ría Inter­na­cio­nal de la mujer para super­vi­sar el tra­ba­jo y con­vo­car, cada seis meses, con­fe­ren­cias regu­la­res de repre­sen­tan­tes de todas las sec­cio­nes para dis­cu­tir y coor­di­nar su actividad.

Por últi­mo, la reso­lu­ción tra­ta­ba dos tipos con­cre­tos de accio­nes que podían ayu­dar a movi­li­zar a las muje­res en todo el mun­do. Incluían mani­fes­ta­cio­nes y gre­ves, con­fe­ren­cias públi­cas que invo­lu­cra­sen a las muje­res sin par­ti­do, cur­sos, escue­las de cua­dros, envío de miem­bros del par­ti­do a las fábri­cas don­de tra­ba­ja­se un gran núme­ro de muje­res, uti­li­za­ción del perió­di­co del par­ti­do etc. Los sin­di­ca­tos y las aso­cia­cio­nes pro­fe­sio­na­les de muje­res eran seña­la­das como los terre­nos cen­tra­les de la acti­vi­dad. Esta reso­lu­ción fue apli­ca­da den­tro de la Inter­na­cio­nal de for­ma muy des­igual, debi­do a los dife­ren­tes nive­les de desa­rro­llo de las secciones.

En el Cuar­to Con­gre­so, a fina­les de 1922, se reafir­mó la línea esen­cial de la reso­lu­ción de 1921. El Con­gre­so lla­mó la aten­ción sobre el hecho de que algu­nas sec­cio­nes, no espe­ci­fi­ca­das, no hubie­sen apli­ca­do las deci­sio­nes del últi­mo con­gre­so. Se men­cio­nó espe­cial­men­te el tra­ba­jo efec­ti­vo entre las muje­res hecho por la sec­ción chi­na, que había orga­ni­za­do a las muje­res según la línea mar­ca­da por el Ter­cer Con­gre­so. La Comin­tern daba mucha impor­tan­cia al tra­ba­jo entre las muje­res más opri­mi­das de los paí­ses coloniales.
Las con­cep­cio­nes mar­xis­tas sobre la eman­ci­pa­ción de la mujer y su papel en la lucha por el socia­lis­mo fue­ron trans­for­ma­das en tesis y reso­lu­cio­nes duran­te el Ter­cer Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta, reu­ni­do en 1921, antes, por lo tan­to, del perío­do esta­li­nis­ta. Este even­to, de impor­tan­cia his­tó­ri­ca para el movi­mien­to socia­lis­ta mun­dial, tra­zó un pro­gra­ma y una orien­ta­ción para el tra­ba­jo entre las muje­res que, por su cla­ri­dad y cohe­ren­cia con los prin­ci­pios do mar­xis­mo, no fue­ron supe­ra­dos has­ta hoy por nin­gu­na otra orga­ni­za­ción obre­ra. Por eso, con­ti­núan sien­do válidos.

En pri­mer lugar, la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta deja bien defi­ni­da su posi­ción de que la libe­ra­ción de la mujer de la injus­ti­cia secu­lar, de la escla­vi­tud y de la fal­ta de igual­dad de la cual es víc­ti­ma en el capi­ta­lis­mo sólo será posi­ble con la vic­to­ria del comunismo.
Lo que el comu­nis­mo dará a la mujer, en nin­gún caso el movi­mien­to femi­nis­ta bur­gués podrá dar­lo. Mien­tras exis­ta a domi­na­ción del capi­tal y de la pro­pie­dad pri­va­da, la libe­ra­ción de la mujer no será posible.

La mujer aca­ba­ba de con­quis­tar el dere­cho de voto, y la Inter­na­cio­nal aler­ta­ba que esto, a pesar de ser impor­tan­te, no supri­mía la cau­sa pri­mor­dial de la ser­vi­dum­bre de la mujer en la fami­lia y en la socie­dad y no solu­cio­na­ba el pro­ble­ma de las rela­cio­nes entre los sexos.
La igual­dad no for­mal sino real de la mujer, sólo será posi­ble en un régi­men don­de la mujer de la cla­se obre­ra sea due­ña de sus ins­tru­men­tos de pro­duc­ción y dis­tri­bu­ción, par­ti­ci­pan­do de su admi­nis­tra­ción y tenien­do la obli­ga­ción del tra­ba­jo en las mis­mas con­di­cio­nes que todos los miem­bros de la socie­dad tra­ba­ja­do­ra; o sea, esa igual­dad sólo es rea­li­za­ble des­pués de la des­truc­ción del sis­te­ma capi­ta­lis­ta y su subs­ti­tu­ción por for­mas eco­nó­mi­cas comunistas.

Sobre a cues­tión de la mater­ni­dad, la Inter­na­cio­nal no deja dudas tam­bién de que sólo en el comu­nis­mo esta fun­ción natu­ral de la mujer no entra­rá en con­flic­to con las obli­ga­cio­nes socia­les y no impe­di­rá su tra­ba­jo pro­duc­ti­vo. Sin embar­go, acla­ra que el comu­nis­mo es el obje­ti­vo últi­mo de todo el pro­le­ta­ria­do, «por eso, la lucha de la mujer y del hom­bre debe ser diri­gi­da de for­ma inseparable».

Y, lo más impor­tan­te, es que la que fue una de las orga­ni­za­cio­nes inter­na­cio­na­les más acti­vas de la cau­sa de los tra­ba­ja­do­res con­fir­ma los prin­ci­pios fun­da­men­ta­les del mar­xis­mo, según los cua­les no exis­ten pro­ble­mas espe­cí­fi­ca­men­te feme­ni­nos y que la mujer obre­ra tie­ne que man­te­ner­se jun­to a su cla­se, y no unir­se a la mujer burguesa.

Toda rela­ción de las obre­ras con el femi­nis­mo bur­gués y las alian­zas de cla­se debi­li­tan las fuer­zas del pro­le­ta­ria­do y retar­dan la revo­lu­ción social, impi­dien­do así la rea­li­za­ción del comu­nis­mo y la libe­ra­ción de la mujer.

Por fin, la Inter­na­cio­nal refuer­za el prin­ci­pio de que el comu­nis­mo sólo será alcan­za­do con la unión de todos los explo­ta­dos y no con la unión de las fuer­zas feme­ni­nas de las dos cla­ses opues­tas. Ter­mi­na lla­man­do a todas las muje­res tra­ba­ja­do­ras a tener una par­ti­ci­pa­ción acti­va y direc­ta en las accio­nes de masas, tan­to en el mar­co nacio­nal como a esca­la internacional.

La IV Inter­na­cio­nal (1938)

El pro­gra­ma y los méto­dos revo­lu­cio­na­rios de los pri­me­ros tiem­pos de la III no murie­ron con la esta­li­ni­za­ción de la III y la con­tra­rre­vo­lu­ción polí­ti­ca en la URS, a fina­les de la déca­da de 1920. Tuvie­ron con­ti­nui­dad en la Opo­si­ción de Izquier­da Sovié­ti­ca y des­pués en la Opo­si­ción de Izquier­da Inter­na­cio­nal, que die­ron ori­gen a la IV Inter­na­cio­nal, diri­gi­da por Leon Trotsky.

Con Sta­lin, la buro­cra­cia impu­so a la revo­lu­ción un régi­men de opre­sión cada vez más des­truc­ti­vo, en todas las esfe­ras, que resul­tó en un retro­ce­so enor­me de todas las con­quis­tas hechas por la mujer en la Revo­lu­ción de Octu­bre. La fami­lia fue reco­lo­ca­da en su pedes­tal, el abor­to vol­vió a ser ile­gal, el divor­cio se vol­vió cada vez más difí­cil, la pros­ti­tu­ción y la homo­se­xua­li­dad vol­vie­ron a ser con­si­de­ra­dos crí­me­nes, las guar­de­rías fue­ron cerra­das o fue­ron redu­ci­dos sus horarios.

En su libro La Revo­lu­ción Trai­cio­na­da, Trotsky dedi­có un capí­tu­lo ente­ro a las con­se­cuen­cias de la reac­ción esta­li­nis­ta sobre la mujer y la fami­lia, titu­la­do «La fami­lia, la juven­tud y la cul­tu­ra». Expli­ca las cau­sas mate­ria­les que impi­die­ron a la revo­lu­ción pro­por­cio­nar las alter­na­ti­vas nece­sa­rias al sis­te­ma fami­liar y por qué la buro­cra­cia se veía obli­ga­da, en su pro­pio inte­rés, a refor­zar la fami­lia y pro­fun­di­zar la opre­sión de la mujer. Des­pués de afir­mar que «la Revo­lu­ción de Octu­bre cum­plió hon­ra­da­men­te su pala­bra con rela­ción a la mujer», recuer­da que:

«No fue posi­ble tomar de asal­to la anti­gua fami­lia, y no por fal­ta de bue­na volun­tad; tam­po­co por­que la fami­lia estu­vie­se tan fir­me­men­te arrai­ga­da en los cora­zo­nes. Por el con­tra­rio, des­pués de un cor­to perío­do de des­con­fian­za en rela­ción al Esta­do y sus guar­de­ría, jar­di­nes de infan­cia y sus diver­sos esta­ble­ci­mien­tos, las obre­ras y, des­pués de ellas, las cam­pe­si­nas más avan­za­das, apre­cia­ron las inmen­sas ven­ta­jas de la edu­ca­ción colec­ti­va y de la socia­li­za­ción de la eco­no­mía familiar».

Pero recuer­da que todos estos avan­ces sufrie­ron un retro­ce­so con la buro­cra­ti­za­ción del Esta­do Obrero:

«Por des­gra­cia, la socie­dad fue dema­sia­do pobre y dema­sia­do poco civi­li­za­da. Los recur­sos reales del Esta­do no corres­pon­dían a los pla­nes y a las inten­cio­nes del par­ti­do comu­nis­ta. La fami­lia no pue­de ser abo­li­da: es pre­ci­so subs­ti­tuir­la. La ver­da­de­ra eman­ci­pa­ción de la mujer es impo­si­ble en el terreno de la ‘mise­ria socia­li­za­da’. La expe­rien­cia reve­ló muy rápi­da­men­te esta dura ver­dad, for­mu­la­da hace cer­ca de 80 años por Marx.»

Trotsky con­ti­núa expli­can­do por­que esos avan­ces sufrie­ron un retroceso:

«Duran­te los años de ham­bre, los obre­ros se ali­men­ta­ron tan­to como pudie­ron (con sus fami­lias en cier­tos casos) en los come­do­res de las fábri­cas o en los esta­ble­ci­mien­tos aná­lo­gos, y este hecho fue inter­pre­ta­do ofi­cial­men­te como el adve­ni­mien­to de las cos­tum­bres socia­lis­tas. No hay nece­si­dad de dete­ner­nos aquí en las par­ti­cu­la­ri­da­des de los diver­sos perío­dos (comu­nis­mo de gue­rra, NEP o pri­mer plan quin­que­nal) a este res­pec­to. El hecho es que des­de la supre­sión del racio­na­mien­to del pan, en 1935, los obre­ros mejor pagos comen­za­ron a vol­ver a la mesa fami­liar. Sería erró­neo ver em esta reti­ra­da una con­de­na del sis­te­ma socia­lis­ta que no había sido pues­to a prue­ba. Sin embar­go, los obre­ros y sus muje­res juz­ga­ron impla­ca­ble­men­te ‘la ali­men­ta­ción social’ orga­ni­za­da por la buro­cra­cia. La mis­ma con­clu­sión se impo­ne para las lavan­de­rías socia­li­za­das, en las cua­les se roba y se arrui­na la ropa más de lo que se lava. ¡De vuel­ta al hogar! Pero la coci­na y el lava­do de ropas en domi­ci­lio, actual­men­te defen­di­das de for­ma con­fu­sa por los ora­do­res y los perio­dis­tas sovié­ti­cos, sig­ni­fi­can el retorno de las muje­res a las ollas y tan­ques, o sea, a la vie­ja escla­vi­tud. Es muy dudo­so que la reso­lu­ción de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta sobre ‘la vic­to­ria com­ple­ta y sin retro­ce­so del socia­lis­mo en la URSS’ sea, des­pués de esto, muy con­vin­cen­te para las due­ñas de casa de los suburbios».

En 1938, en un artícu­lo titu­la­do «¿El gobierno sovié­ti­co aún sigue los prin­ci­pios adop­ta­dos hace vein­te años?», Trotsky resu­mía el pro­ce­so por el cual fue­ron anu­la­das las con­quis­tas obte­ni­das por la mujer des­pués de la revolución:

«La posi­ción de la mujer es el indi­ca­ti­vo más cla­ro y elo­cuen­te para eva­luar un régi­men social y la polí­ti­ca del Esta­do. La Revo­lu­ción de Octu­bre ins­cri­bió en su ban­de­ra la eman­ci­pa­ción de la mujer y creó la legis­la­ción más pro­gre­si­va de la his­to­ria sobre el casa­mien­to y la fami­lia. Esto no quie­re decir, cla­ro, que sólo eso bas­ta­se para que la mujer sovié­ti­ca tuvie­ra, inme­dia­ta­men­te, una ‘vida feliz’. La ver­da­de­ra eman­ci­pa­ción de la mujer es incon­ce­bi­ble sin un aumen­to gene­ral de la eco­no­mía y de la cul­tu­ra, sin la des­truc­ción de la uni­dad eco­nó­mi­ca fami­liar peque­ño-bur­gue­sa, sin la intro­duc­ción de la ela­bo­ra­ción socia­li­za­da de los ali­men­tos y sin la edu­ca­ción. Sobre esto, guia­da por su ins­tin­to de con­ser­va­ción, la buro­cra­cia se asus­tó con la ‘desin­te­gra­ción’ de la fami­lia. Comien­za a hacer elo­gios a la vida en fami­lia, o sea, a la escla­vi­tud domés­ti­ca de la mujer. Como si no bas­ta­se, la buro­cra­cia res­tau­ró la pena­li­za­ción cri­mi­nal del abor­to, hacien­do a la mujer retro­ce­der ofi­cial­men­te a la posi­ción de ani­mal de car­ga. En com­ple­ta con­tra­dic­ción con el ABC del comu­nis­mo, la cas­ta domi­nan­te res­ta­ble­ció de este modo el núcleo más reac­cio­na­rio y obs­cu­ran­tis­ta del régi­men cla­sis­ta, es decir, la fami­lia peque­ño-bur­gue­sa» (Escri­tos, 1937 – 38).

A fina­les de la déca­da de 1960 y duran­te la de 1970 se dio en Euro­pa y en los Esta­dos Uni­dos (con refle­jos en los paí­ses del Ter­cer Mun­do) una olea­da de luchas de las muje­res por sus dere­chos, que con­quis­tó en muchos paí­ses impor­tan­tes rei­vin­di­ca­cio­nes. Entre ellas, el dere­cho de divor­cio en Ita­lia y el dere­cho al abor­to en Fran­cia, Ita­lia, Ingla­te­rra y Esta­dos Uni­dos. Estas movi­li­za­cio­nes gene­ra­ron un inten­so deba­te den­tro del mar­xis­mo sobre el carác­ter de las luchas de las muje­res, las raí­ces de su opre­sión y el camino para eliminarla.

Mary-Ali­ce Waters, diri­gen­te del SWP (Socia­list Wor­kers Party), de los Esta­dos Uni­dos, ela­bo­ró un docu­men­to que fue, pos­te­rior­men­te, adop­ta­do por el Secre­ta­ria­do Uni­fi­ca­do de la IV Inter­na­cio­nal, enca­be­za­do por Ernest Man­del. En él, Waters pro­po­nía una uni­dad de todas las muje­res en un movi­mien­to autó­no­mo poli­cla­sis­ta e inde­pen­dien­te. Según ella, las muje­res de todas las cla­ses lucha­rán cada día más uni­das entre sí fren­te al capi­ta­lis­mo, que es el enemi­go común, en una diná­mi­ca que no para­rá has­ta derrotarlo.

Para reto­mar las posi­cio­nes del trots­kis­mo, la Frac­ción Bol­che­vi­que de la IV Inter­na­cio­nal, ante­ce­so­ra de la LIT-CI, lan­zó, en 1980, el docu­men­to titu­la­do «Las tareas del trots­kis­mo entre las muje­res», que no sólo res­pon­dió al docu­men­to de Waters sino que has­ta hoy sir­ve de orien­ta­ción para el tra­ba­jo y las posi­cio­nes mar­xis­tas sobre la cues­tión. Este docu­men­to afir­ma que la uni­dad de las muje­res por enci­ma de las cla­ses es impo­si­ble debi­do a las con­tra­dic­cio­nes polí­ti­cas y socia­les de la lucha entre la revo­lu­ción y la con­tra­rre­vo­lu­ción. Los trots­kis­tas deben apo­yar y hacer uni­dad de acción en las luchas por las rei­vin­di­ca­cio­nes demo­crá­ti­cas espe­cí­fi­cas de las muje­res, pero su par­ti­ci­pa­ción en tales movi­mien­tos tie­ne como obje­ti­vo ganar a las muje­res, prin­ci­pal­men­te a las obre­ras, a tra­vés de la movi­li­za­ción, para que rom­pan con la bur­gue­sía y el refor­mis­mo y se unan a su cla­se y al par­ti­do revo­lu­cio­na­rio. Reafir­ma que los trots­kis­tas están en la pri­me­ra fila de la lucha por las rei­vin­di­ca­cio­nes con­tra la opre­sión de la mujer y, para eso, su pro­gra­ma debe con­tem­plar las deman­das demo­crá­ti­cas como abor­to libre y gra­tui­to, divor­cio o ple­na igual­dad legal. Por las deman­das de las obre­ras y muje­res pobres, como sala­rio igual para tra­ba­jo igual, reduc­ción de la jor­na­da, guar­de­rías, res­tau­ran­tes y lavan­de­rías colec­ti­vas, por un sala­rio para el ama de casa y pleno empleo para la mujer. Exi­ge repre­sen­ta­ción de las muje­res en las direc­cio­nes sin­di­ca­les y la crea­ción de comi­sio­nes feme­ni­nas en los sin­di­ca­tos. Por la defen­sa de las con­di­cio­nes de vida de la fami­lia obre­ra y cam­pe­si­na; por ser­vi­cios públi­cos de salud, edu­ca­ción y recrea­ción gra­tui­tos, y por sub­si­dios para los hijos. Con­clu­ye afir­man­do que ese pro­gra­ma demo­crá­ti­co y tran­si­cio­nal tie­ne un úni­co obje­ti­vo: la movi­li­za­ción de las muje­res obre­ras y pobres jun­to a su cla­se, por la toma del poder por el pro­le­ta­ria­do y la revo­lu­ción socia­lis­ta mun­dial, que es la úni­ca que podrá garan­ti­zar la igual­dad ple­na y per­ma­nen­te de las muje­res y de todos los oprimidos.

Bajo nue­vas bases, el mis­mo com­ba­te que se libra­ba en la I Inter­na­cio­nal entre los mar­xis­tas revo­lu­cio­na­rios y los refor­mis­tas de todos los mati­ces, sobre el papel de la mujer en la socie­dad, si su lugar pre­des­ti­na­do es el hogar o el mun­do ente­ro, con­ti­núa has­ta hoy. Fir­mes en la defen­sa de la revo­lu­ción socia­lis­ta y la orga­ni­za­ción de las muje­res tra­ba­ja­do­ras y pobres en las filas revo­lu­cio­na­rias, al lado de su cla­se, los mar­xis­tas revo­lu­cio­na­rios man­tie­nen vivo el com­ba­te del movi­mien­to socia­lis­ta inter­na­cio­nal por la libe­ra­ción de la mujer. En con­tra­par­ti­da, al afir­mar que el pro­ble­ma de la mujer es un pro­ble­ma de géne­ro, que pue­de ser resuel­to den­tro del capi­ta­lis­mo, y que, por eso, las muje­res tra­ba­ja­do­ras y pobres deben estar jun­to con todas las muje­res, apar­ta­das de la lucha de cla­ses, el femi­nis­mo refor­mis­ta reto­ma lo más atra­sa­do del pasa­do de la lucha de los tra­ba­ja­do­res, de qué el lugar de la mujer es el hogar. Por­que, como dice Lenin, la úni­ca for­ma de eman­ci­par a la mujer es eman­ci­par al con­jun­to de la cla­se tra­ba­ja­do­ra por la revo­lu­ción socia­lis­ta y la cons­truc­ción de nue­vas bases socia­les, sin explo­ta­ción, sin opre­sión y con igual­dad ple­na entre hom­bres y mujeres.

Publi­ca­do por Géne­ro con Clase

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