Femi­nis­mo: Eta­pa supe­ra­da por Géne­ro con Clase

Apo­rrea Coin­ci­di­mos en gran medi­da con nues­tro ami­go Jeró­ni­mo Carre­ra cuan­do seña­la en recien­te artícu­lo que “la lucha por la ‘igual­dad de géne­ro’ es par­te de la mul­ti­se­cu­lar lucha de toda la huma­ni­dad por libe­rar­se de todas las for­mas de opre­sión” (La Razón, 7/​3/​2010).

Aho­ra bien, no con­si­de­ra­mos “un gra­ve error” man­te­ner esta lucha, pues sub­sis­ten des­igual­da­des que tras­cien­den el mar­co legal.

El femi­nis­mo tuvo su momento

Fue en 1936, cuan­do el país ven­cía las som­bras de la dic­ta­du­ra y todos los sec­to­res socia­les salían a la pales­tra para recla­mar sus dere­chos. Las muje­res no podían estar exclui­das. Deje­mos que sea Olga Luzar­do quien des­cri­be aque­lla etapa:

“Con el ascen­so refor­mis­ta de 1936 comien­za a estruc­tu­rar­se un nue­vo cua­dro de valo­res socia­les. En el prin­ci­pio de nues­tra bre­ga por con­quis­tas feme­ni­nas espe­cí­fi­cas estu­vi­mos uni­das muje­res de todos los sec­to­res eco­nó­mi­co-socia­les, gra­dos de cul­tu­ra y ten­den­cias filo­só­fi­cas. Pero per­te­ne­cía­mos a un mun­do divi­di­do en cla­ses, y nues­tro movi­mien­to fue influi­do por esta división (…)

“Aque­llo que un día cons­ti­tu­yó signo de pro­gre­so y de trans­for­ma­ción se con­vier­te, cuan­do no pue­de dar más de sí, en señal de estan­ca­mien­to y con­ser­va­du­ris­mo” (Escri­to en la Peni­ten­cia­ría de Muje­res. San Car­los de Coje­des, agos­to, 1951) 


¿Por qué de estan­ca­mien­to?, nos pre­gun­ta­ría­mos casi a sesen­ta años de tan acer­ta­do aná­li­sis. Obvia­men­te por­que si aque­llas bata­llas libra­das por las muje­res vene­zo­la­nas en la cuar­ta déca­da del pasa­do siglo die­ron fru­tos que hacen his­to­ria, resul­ta­ría ana­cró­ni­co con­ti­nuar ata­das a obje­ti­vos espe­cí­fi­cos cuan­do es con­jun­ta la lucha de cla­ses y por la trans­for­ma­ción de la socie­dad. Cada mujer, al igual que el hom­bre, defien­de los intere­ses de su pro­pia clase.

El movi­mien­to feme­nino ini­cia­do a par­tir de los años trein­ta con­du­jo al logro de impor­tan­tes dere­chos, entre ellos al voto y a la edu­ca­ción en todos los nive­les, y sobre todo, según seña­la Olga, per­mi­tió a la mujer “adqui­rir con­cien­cia de su valor social, de su posi­ción en la colec­ti­vi­dad y de su fuer­za poten­cial gru­pal”. Esta fuer­za sería lue­go cana­li­za­da hacia cada uno de los par­ti­dos polí­ti­cos en escena.

Pre­sen­cia en todos los campos

Con el acce­so a la edu­ca­ción, las con­quis­tas labo­ra­les y su volun­tad para ven­cer obs­tácu­los, la mujer vene­zo­la­na se ha hecho pre­sen­te tan­to en el cam­po pro­fe­sio­nal como en las luchas obre­ras y sin­di­ca­les, en el desem­pe­ño de ele­va­das fun­cio­nes, en las dis­tin­tas mani­fes­ta­cio­nes artís­ti­cas y cul­tu­ra­les e inclu­so en la lucha armada.

¿Sig­ni­fi­ca esto la igual­dad ple­na de dere­chos? De nue­vo vamos a res­pon­der con pala­bras de Olga Luzar­do, vigen­tes hoy, cuan­do rige la Cons­ti­tu­ción Bolivariana:

“Des­de la Cons­ti­tu­ción de 1811 has­ta la últi­ma Car­ta Mag­na nues­tros dere­chos –como aqué­llos de los hom­bres de esta­men­tos socia­les opri­mi­dos- han sido igua­les ante la Ley. Pero ¿exis­te de hecho esta ‘igual­dad’ en nues­tra sociedad?”

Sin duda, una gran bre­cha sepa­ra los enun­cia­dos de la prác­ti­ca. Por otra par­te, cier­tos dere­chos de la mujer, como la des­pe­na­li­za­ción del abor­to, se man­tie­nen con­cul­ca­dos, pese a la bata­lla que vie­nen libran­do acti­vis­tas feme­ni­nas, fren­te a la cual minis­tras y legis­la­do­res se hacen de oídos sordos.


Doble rémo­ra subsiste

Las fla­man­tes decla­ra­cio­nes de la Car­ta Mag­na no son óbi­ce para que hoy en Vene­zue­la la mujer con­ti­núe sufrien­do una doble opre­sión. La pri­me­ra es la opre­sión de cla­se, de la cual no esca­pan hom­bres ni muje­res ubi­ca­dos en la esca­la infe­rior de la pirá­mi­de social, cual­quie­ra sea su terreno de acción: pro­fe­sio­na­les, obre­ros, jor­na­le­ros agrí­co­las, tra­ba­ja­do­res y tra­ba­ja­do­ras domés­ti­cas, emplea­dos y sub­em­plea­dos, desocupados.

Abis­mal es el aba­ni­co de suel­dos y sala­rios entre éstos y los altos fun­cio­na­rios ofi­cia­les. ¿Podría com­pa­rar­se la retri­bu­ción men­sual de una minis­tra, de una par­la­men­ta­ria o de una rec­to­ra del Con­se­jo Nacio­nal Elec­to­ral con el suel­do de una maes­tra? Deje­mos la pala­bra a tan altas repre­sen­tan­tes del “Poder Popular”.

La otra rémo­ra es la opre­sión y exclu­sión fami­liar, impues­tas por la fuer­za de la cos­tum­bre y por la acti­tud pre­pon­de­ran­te del varón. De aquí nues­tra dis­cre­pan­cia con Jeró­ni­mo, para quien la dis­pa­ri­dad de géne­ro es ape­nas cues­tión de efi­cien­cia, sea del hom­bre o de la mujer.

Des­de nues­tra mili­tan­cia en el Par­ti­do Comu­nis­ta, ape­nas derro­ca­da la dic­ta­du­ra perez­ji­me­nis­ta, obser­vá­ba­mos con asom­bro cómo muchos de nues­tros cama­ra­das impe­dían a su espo­sa mili­tan­te par­ti­ci­par en mani­fes­ta­cio­nes y reunio­nes polí­ti­cas con el pre­tex­to de que debía per­ma­ne­cer en casa cui­dan­do de los hijos. Jamás pen­sar en tur­nar­se en las acti­vi­da­des polí­ti­cas y mucho menos en las labo­res domés­ti­cas. Nos tocó pre­sen­ciar en hoga­res de mili­tan­tes comu­nis­tas cómo el mari­do orde­na­ba a la mujer: “¡Sír­ve­me!”. Y ella, sumi­sa, obedecía.

Tal exclu­sión, táci­ta­men­te acep­ta­da, no cabe en cam­po alguno de equidad.

La suje­ción no se com­ba­te con Ministerios

¿Ser­vi­ría aca­so la féru­la de una minis­tra para poner fin a estas inve­te­ra­das cos­tum­bres? La pro­li­fe­ra­ción de Minis­te­rios y de ins­ti­tu­cio­nes abo­ca­das a defen­der los dere­chos feme­ni­nos sólo con­du­ce a agi­gan­tar la buro­cra­cia y el gas­to público.

El fla­ge­lo de a des­igual­dad de géne­ro sólo podrá ser extir­pa­do cuan­do cada mujer adop­te la deci­sión fir­me de no dejar­se achi­co­pa­lar –para decir­lo en tér­mi­nos crio­llos- por par­te del varón. Toda situa­ción de minus­va­lía está rela­cio­na­da con la tole­ran­cia, en el plano domés­ti­co o pro­fe­sio­nal, de cual­quier tipo de freno, exclu­sión, mani­pu­la­ción u opresión.

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