Muje­res rebel­des del mun­do, La lucha den­tro de la lucha, por Des­in­for­mé­mo­nos

Son peque­ñas his­to­rias de rebel­día coti­dia­na. Son voces y ros­tros de muje­res. Son nom­bres, vere­das, ale­grías y no pocas angus­tias. Son la lucha den­tro de la lucha.

Ellas no sólo tie­nen doble jor­na­da, la del tra­ba­jo remu­ne­ra­do y la domés­ti­ca, sino que hacen un ter­cer turno en las mar­chas, los plan­to­nes, la resis­ten­cia, la orga­ni­za­ción autó­no­ma y la revuel­ta. Hay quie­nes tra­ba­jan para obte­ner un sala­rio para vivir, al mis­mo tiem­po que cui­dan a sus hijos y la casa, y le arre­ba­tan horas al sue­ño para pin­tar una man­ta, salir a la calle, enfren­tar­se a la poli­cía, orga­ni­zar­se jun­to a su barrio, fábri­ca o comu­ni­dad. Algu­nas han toma­do un arma por una cau­sa jus­ta; otras han ido a la cár­cel por defen­der su tie­rra; unas más se orga­ni­zan en el refu­gio al que han sido arras­tra­das fue­ra de su país. Otras viven la coti­dia­na rebel­día en su pro­pia casa o en la esqui­na de una calle cual­quie­ra en la que ofre­cen unas horas de pla­cer por unos pesos.

Son obre­ras, cam­pe­si­nas, indí­ge­nas, emplea­das, tra­ba­ja­do­ras sexua­les, refu­gia­das y gue­rri­lle­ras. Sus his­to­rias vie­nen de un cam­pa­men­to de refu­gia­dos saha­rauis en el desier­to de Arge­lia; de las fábri­cas recu­pe­ra­das de Bue­nos Aires, Argen­ti­na; de las rebel­des mon­ta­ñas de la Sel­va Lacan­do­na, en Chia­pas; de un barrio de Belén, en Pales­ti­na; de la coci­na de un res­tau­ran­te cual­quie­ra de Tur­quía; de la cár­cel de Ángol, en Chi­le; de las cru­das calles de Bahía, en Bra­sil; de los barrios mar­gi­na­dos de París, Fran­cia; de las comu­ni­da­des de migran­tes mexi­ca­nas en Chica­go, Esta­dos Uni­dos; y de las maqui­la­do­ras de la ciu­dad fron­te­ri­za de Tijua­na, Méxi­co.

Nos cono­ci­mos en dife­ren­tes momen­tos y espa­cios. Pla­ti­ca­mos duran­te horas, días e inclu­so duran­te años hemos man­te­ni­do una comu­ni­ca­ción abier­ta en la que inter­cam­bia­mos his­to­rias y sue­ños. De todas que­da la fir­me volun­tad de no ren­dir­se, de no con­for­mar­se, de jamás aga­char la cabe­za y, sobre todo, de orga­ni­zar­se.

Son Wafa, Ramo­na, Aysel, Mãe Pre­ta, Jadi­ye­tu, Mar­ga­ri­ta, Flor, Eva, Ali­cia, Patri­cia y Zina, quie­nes com­par­ten peda­ci­tos de su his­to­ria y rebel­día. Son ellas en su eman­ci­pa­do­ra coti­dia­ni­dad las que obli­gan a no ren­dir­se. Son ellas y millo­nes de lucha­do­ras más las fes­te­ja­das en este cen­te­na­rio del Día Inter­na­cio­nal de la Mujer.

Des­de Pales­ti­na: “Hay mucha pre­sión, pero sobre­vi­vi­mos”

Wafa Kha­tib es una mujer pales­ti­na que, como muchas otras en Cis­jor­da­nia, se enfren­ta todos los días a la ocu­pa­ción israe­lí, a los pun­tos de che­queo, a la dis­cri­mi­na­ción, a la fal­ta de tra­ba­jo y al muro que divi­de fami­lias y vidas. Wafa, sin embar­go, resis­te, cons­tru­ye y son­ríe.

Si para una mujer en cual­quier par­te del mun­do es difí­cil tra­ba­jar y orga­ni­zar­se en con­di­cio­nes de igual­dad y jus­ti­cia, para las pales­ti­nas la pre­sión se mul­ti­pli­ca. El pro­ble­ma mayor, expli­ca Wafa, es la ocu­pa­ción israe­lí (cár­cel, tor­tu­ras, muros, che­queos, deten­cio­nes y un lar­go etcé­te­ra de horro­res coti­dia­nos) , y a par­te, “enfren­ta­mos la pre­sión de la socie­dad en la que vivi­mos y lucha­mos”.

“En estos momen­tos hay mucha gen­te que vuel­ve a la reli­gión. La pobre­za for­ta­le­ce la fe reli­gio­sa y eso hace más difí­cil la situa­ción para las muje­res musul­ma­nas. Si no lle­vas el velo, es increí­ble cómo cam­bia la mira­da de los hom­bres hacia ti, te ven dife­ren­te. Mi espo­so tra­ba­ja en Hebrón. Yo estoy sola y debo ir todos los días a la escue­la a reco­ger a mis hijos, pero como no lle­vo el velo los niños ya no quie­ren que vaya por ellos, pues sus com­pa­ñe­ros les hacen bur­la. Hay una pre­sión más de la tra­di­ción que de la reli­gión mis­ma, aun­que a veces son las dos cosas. Des­pués del 2000, con la cons­truc­ción del muro y la fal­ta de tra­ba­jo, la gen­te empe­zó a ence­rrar­se en sí mis­ma. Todo esto pasa por la situa­ción que nos han impues­to”.

Wafa cuen­ta que si las pales­ti­nas se orga­ni­zan con velo y con toda la tra­di­ción, es un poco más fácil, pero si se atre­ven a orga­ni­zar­se de otra mane­ra, sin velo y con mayor liber­tad, es mucho más difí­cil. “Hay mucha pre­sión, pero sobre­vi­vi­mos”, dice, son­rien­te, mien­tras se aco­mo­da el pelo roji­zo.

“La situa­ción labo­ral en Pales­ti­na es muy mala. No hay tra­ba­jo para hom­bres ni para muje­res. Las muje­res quie­ren apo­yar a sus fami­lias, a sus hijos, pero no hay nada qué hacer. Hace como 5 o 6 años yo tra­ba­ja­ba en un hos­pi­tal, pero des­de el 2000, con la cons­truc­ción del muro y los pun­tos de che­queo, la gen­te ya no pue­de salir de Belén para tra­ba­jar del otro lado, en Jeru­sa­lén, por ejem­plo”.

En este con­tex­to, un peque­ño gru­po de muje­res empe­zó a orga­ni­zar­se y sur­gió la idea de con­for­mar una coope­ra­ti­va pro­duc­to­ra de jabo­nes ela­bo­ra­dos con acei­te de oli­vas, con lo cual, ade­más, podrían tra­ba­jar direc­ta­men­te con los cam­pe­si­nos, quie­nes a su vez enfren­tan el pro­ble­ma de la comer­cia­li­za­ción. Así nació la Coope­ra­ti­va de Muje­res Asee­la que es, más que un lugar de tra­ba­jo, un espa­cio de orga­ni­za­ción feme­ni­na.

Empe­za­ron 12 muje­res de Belén, aho­ra son 15 y poco a poco van cre­cien­do. Todas per­te­ne­cen a la región de Belén y al cam­pa­men­to de refu­gia­dos de Dhseisheh. Muchas de ellas nun­ca habían tra­ba­ja­do fue­ra de su casa. Este pro­yec­to, seña­la Wafa, “no es sólo para ganar dine­ro, sino para dar­nos el sen­ti­mien­to de que pode­mos hacer algo. Esta coope­ra­ti­va es un modo de resis­ten­cia y de lucha con­tra la situa­ción actual. Tra­ba­jar en un pro­yec­to de muje­res te gene­ra, siem­pre, otra visión del mun­do”.

“No sé por qué me quie­ren”: Coman­dan­ta Ramo­na

Aque­lla noche de octu­bre de 1996 sus oji­tos se cerra­ban de can­san­cio. En su peque­ña y aus­te­ra habi­ta­ción den­tro de la cate­dral de San Cris­tó­bal de las Casas, la coman­dan­ta Ramo­na no enten­día por qué había tan­ta gen­te afue­ra vito­reán­do­la, lle­ván­do­le sere­na­tas y flo­res toda la noche. “No sé por qué me quie­ren”, dijo con un tími­da son­ri­sa, sen­ta­da a la ori­lla de una cama indi­vi­dual, apre­tan­do entre sus manos more­nas una rosa de papel cre­pé que por la maña­na le entre­ga­ra el sub­co­man­dan­te Mar­cos en la comu­ni­dad zapa­tis­ta de La Reali­dad, al des­pe­dir­la. Ramo­na luchó por más de vein­te años en las filas del Ejér­ci­to Zapa­tis­ta de Libe­ra­ción Nacio­nal (EZLN) como par­te del Comi­té Clan­des­tino Revo­lu­cio­na­rio Indí­ge­na (CCRI), órgano cole­gia­do y supre­mo de la orga­ni­za­ción zapa­tis­ta.

En febre­ro de 1994, dos meses des­pués del alza­mien­to del pri­me­ro de enero que con­mo­vió al mun­do ente­ro, en medio de la pri­me­ra ron­da de nego­cia­cio­nes entre los rebel­des del EZLN y el gobierno fede­ral, Ramo­na se impu­so con su peque­ñez y fir­me­za. Un gru­po de cua­tro perio­dis­tas la entre­vis­ta­mos en aque­lla oca­sión. Enfun­da­da en una enagua negra de lana y un gran hui­pil roji­ne­gro ori­gi­na­rio de San Andrés Sacamch’en, cubier­to su ros­tro por el pasa­mon­ta­ñas que deja­ba ver unos ojos negros y extre­ma­da­men­te tier­nos, la mujer tzotzil se apo­yó en el coman­dan­te Javier como tra­duc­tor para decir su pala­bra: “Las muje­res que esta­mos en esta lucha sen­ti­mos que nues­tra par­ti­ci­pa­ción es muy impor­tan­te, por­que lle­ga­mos a enten­der que para cam­biar esta mala situa­ción tene­mos que par­ti­ci­par. No todas en la lucha arma­da, sino tam­bién en dife­ren­tes tra­ba­jos en nues­tras comu­ni­da­des”.

Fue su ban­de­ra la lucha con­tra la dis­cri­mi­na­ción de las muje­res: “Una de nues­tras prin­ci­pa­les deman­das es pre­ci­sa­men­te de nues­tra situa­ción, por­que no somos toma­das en cuen­ta. Por eso exi­gi­mos que haya res­pe­to, demo­cra­cia y jus­ti­cia, por­que como somos muje­res y ade­más indí­ge­nas pues no hay nada de res­pe­to para noso­tras. Exi­gi­mos tam­bién que haya vivien­da dig­na, clí­ni­cas espe­cia­les para aten­der a las muje­res, por­que para aten­der a los niños no hay a dón­de acu­dir, ni hay hos­pi­ta­les ni doc­to­res. No hay edu­ca­ción para las muje­res, tam­po­co ali­men­tos, sobre todo para los niños… Hay una espe­ran­za de que algún día cam­bie nues­tra situa­ción. Es lo que exi­gi­mos”.

Ramo­na, bor­da­do­ra de tela­res y de sue­ños, murió doce años des­pués del levan­ta­mien­to arma­do, el 6 de enero del 2006, jus­to al ini­cio de una nue­va eta­pa polí­ti­ca (La Otra Cam­pa­ña) que ella ini­ció a prin­ci­pios de octu­bre de 1996. En ese enton­ces dijo, soñan­do, vati­ci­nan­do, advir­tien­do ante un zóca­lo reple­to: “Soy el pri­me­ro de muchos pasos de los zapa­tis­tas al Dis­tri­to fede­ral y a todos los luga­res de Méxi­co”.

Aysel: “Yo soy kur­da y defien­do mi iden­ti­dad”

Aysel es una mujer ale­gre, fuer­te, tra­ba­ja­do­ra y, sobre todo, con espe­ran­za a pesar de sus muer­tos, sus fami­lia­res pre­sos o dis­per­sos y, lo más gra­ve y sobre­co­ge­dor, a pesar de la polí­ti­ca de exter­mi­nio con­tra su pue­blo.

“Me lla­mo Aysel y soy kur­da. Nací en Malat­ya, en el sur­es­te, un pue­blo en el que com­par­ten la vida kur­dos y tur­cos. Más al este, hacia la fron­te­ra con Irak, se encuen­tran pue­blos ente­ros habi­ta­dos total­men­te por kur­dos. Soy kur­da y vivo en esta ciu­dad tur­ca. ¿Por qué estoy aquí? Encar­ce­la­ron a mi espo­so, un revo­lu­cio­na­rio de izquier­da, y yo tuve que salir huyen­do con mi hijo peque­ño. Lle­gué a Estam­bul sola, a bus­car tra­ba­jo y un lugar don­de vivir”.

La son­ri­sa no la aban­do­na, aun­que su ros­tro está pro­fun­da­men­te mar­ca­do: “El tra­ba­jo lo con­se­guí en el sótano de un res­tau­ran­te de la calle Tak­sim, como coci­ne­ra. Ahí tra­ba­jo 11 horas dia­rias. A las 10 de la noche tomo un auto­bús que reco­rre toda la ciu­dad para lle­var­me a la peri­fe­ria, don­de viven los migran­tes, la mayo­ría kur­dos, como yo”.

Aysel habla sen­ta­da en una de las peque­ñas sillas del Té Clan­des­tino, lla­ma­do así por­que en la déca­da de los 80 no se per­mi­tía el con­su­mo del té pro­ve­nien­te de Medio Orien­te. Hoy ya no es clan­des­tino, pero el nom­bre se con­ser­va. Des­pués de la ofen­si­va mili­tar de los ochen­tas con­tra todo el movi­mien­to radi­cal revo­lu­cio­na­rio, comu­ni­da­des kur­das ente­ras fue­ron arra­sa­das. El movi­mien­to inde­pen­den­tis­ta se radi­ca­li­zó y el pue­blo, en sus casas, resin­tió en car­ne pro­pia el exter­mi­nio.

Actual­men­te hay un alto al fue­go y se abre un espa­cio, o se pue­de abrir, para cons­truir otra cosa. “Yo soy kur­da y defien­do mi iden­ti­dad. Ten­go espe­ran­za de que algún día mi pue­blo sea reco­no­ci­do. Por un lado hay un Esta­do repre­sor y por el otro una orga­ni­za­ción arma­da en la que no me sien­to repre­sen­ta­da. Es una orga­ni­za­ción que no toca nues­tra vida coti­dia­na. Hay que bus­car, en medio de todo esto, otra alter­na­ti­va. El pro­pio movi­mien­to radi­cal ten­drá que cam­biar, trans­for­mar­se, o ten­drá que nacer algo nue­vo, dife­ren­te”.

Mãe Pre­ta, cua­tro déca­das de ofre­cer abri­go a niños, pros­ti­tu­tas y ancia­nos de Bahía

En la Lade­ra de la Mon­ta­ña, la mis­ma inmor­ta­li­za­da por Jor­ge Ama­do en sus tan­tos rela­tos bahia­nos, antes lle­na de bur­de­les y aún hoy reple­ta de mise­ria y antros deca­den­tes, vive y da vida Mãe Pre­ta, mujer de más de 80 años, de ofi­cio pros­ti­tu­ta, madre de 25 hijos, negra y fuer­te como nin­gu­na. Mãe Pre­ta cobi­ja a más de 150 indi­gen­tes que todos los días pasan por su casa a reci­bir algo de comi­da o un lugar para dor­mir. Ella es la madre y abue­la de todos.

Mãe Pre­ta es hija de Anda­raí, peque­ña y pobre ciu­dad del inte­rior de Bahía, en el nores­te de Bra­sil. En el pór­ti­co de su casa-alber­gue des­hil­va­na su vida. A ratos ríe y a ratos llo­ra. Por déca­das tra­ba­jó con el cuer­po en las calles y bur­de­les, con los repo­sos corres­pon­dien­tes a sus 25 emba­ra­zos. Lue­go, sin­tien­do en car­ne pro­pia el aban­dono de los hijos de quie­nes son arro­ja­das a la pros­ti­tu­ción, sin pedir nada a cam­bio, sin un real en el bol­si­llo y ella mis­ma bata­llan­do para comer, empe­zó a cui­dar de ellos y a ofre­cer­les algo para medio lle­nar el estó­ma­go.

“Per­dí la vir­gi­ni­dad a los 15 años. Enton­ces me dio mie­do que mi papá me dego­lla­ra y huí. Me subí a un camión, pedí aven­tón. Dor­mí en Sete Por­tas. Pasé mucha ham­bre. La gen­te que pasa­ba me daba ropa, algu­nos cen­ta­vos. Lo que hago aho­ra es por­que otros ya lo hicie­ron por mí”. Es, pues, el ejem­plo de quien nada tie­ne y todo lo ofre­ce. Es, tam­bién, el escom­bro que, sin com­pa­sión, arro­ja el sis­te­ma.

“Parí 25 hijos. Ten­go 12 vivos: sar­gen­to, pro­fe­sor, elec­tri­cis­ta, sol­da­do, capi­tán, mari­ne­ro… de todo. Mis hijos están regis­tra­dos a mi nom­bre, por­que yo no sabía quién era su papá. Yo era mun­da­na (pros­ti­tu­ta) y lo mis­mo me iba con gatos y perros”.

Años de andar y de parir y hoy Mãe Pre­ta cum­ple cua­tro déca­das de ofre­cer abri­go a niños, pros­ti­tu­tas, ancia­nos y demen­tes que deam­bu­lan por las calles de esta legen­da­ria ciu­dad en la que no se pue­de ocul­tar la mise­ria, por más que los pro­gra­mas turís­ti­cos y los espe­cu­la­do­res de vivien­da lo inten­ten. Para encon­trar­la sólo hay que bajar la Lade­ra de la Mon­ta­ña, y ahí está, sen­ta­da siem­pre en el pór­ti­co, a veces llo­ran­do y otras más bai­lan­do y can­tan­do al rit­mo de los tam­bo­res, rodea­da de gen­te que le arran­ca un res­pi­ro a la vida.

“Lle­gó un día, cuan­do mis hijos ya esta­ban cria­dos, que me dije, mira, voy a salir de esta vida. Pero enton­ces vi que había mucha mise­ria y me metí en esto… Cuan­do paso por la calle y veo un niño, una vie­ja, me due­le el cora­zón”. ¿Y el gobierno? “Nada”, dice Mãe Pre­ta, “el gobierno no ayu­da nada. Aho­ra mis­mo lle­gó Lula, pero no hay nada”.

A la casa-alber­gue se entra por un peque­ño pasi­llo que con­du­ce a una habi­ta­ción con mon­ta­ñas de ropa usa­da. De su ven­ta y de otras dona­cio­nes sale el esca­so dine­ro para sos­te­ner la vivien­da. Una ini­cia­ti­va per­so­nal, un gra­ni­to de are­na que hoy, ade­más, está ame­na­za­do por la espe­cu­la­ción. Cuen­ta Mãe Pre­ta que ya ven­die­ron la Lade­ra de la Mon­ta­ña a gru­pos de extran­je­ros y que pron­to pue­de ser des­alo­ja­da…

Des­de el Saha­ra: “Que mis ojos vean de nue­vo mi tie­rra”

El sue­ño de Jadi­ye­tu es el de medio millón de saha­rauis que viven en los cam­pa­men­tos de refu­gia­dos del sur de Arge­lia, en el terri­to­rio ocu­pa­do por Marrue­cos o en la zona libe­ra­da de Tefa­ri­ti: “vol­ver a casa, libe­rar a mi pue­blo, vol­ver al país en que naci­mos”.

“Que mis ojos vean de nue­vo mi tie­rra es lo más gran­de, lo más her­mo­so. No es como mis hijos, que nacie­ron ya en los cam­pa­men­tos y no cono­cie­ron su tie­rra. Yo la recuer­do, la lle­vo en mi cora­zón. Ahí viví los pri­me­ros 16 años de mi vida, ahí ten­go que vol­ver”, dice, siem­pre son­rien­te, esta mujer saha­raui de 45 años, de los cua­les ha vivi­do 32 como refu­gia­da en uno de cua­tro cam­pa­men­tos que en medio del desier­to del Saha­ra, bajo tem­pe­ra­tu­ras que lle­gan a reba­sar los 50 gra­dos cen­tí­gra­dos, cobi­jan a más de 200 mil hom­bres, muje­res y niños de la des­po­ja­da Repú­bli­ca Saha­raui.

Jadi­ye­tu es fuer­te, como todas las saha­rahuis, pero reco­no­ce que más de tres déca­das la tie­nen “un poco can­sa­da”. Tie­ne la cer­te­za de que un día todo su pue­blo esta­rá de nue­vo jun­to, no como en las cir­cuns­tan­cias actua­les, que obli­gan a sus fami­lia­res a sobre­vi­vir en el terri­to­rio que les ha arre­ba­ta­do Marrue­cos, con un inacep­ta­ble e indig­nan­te muro de por medio; no como aho­ra, que ve repar­ti­dos a sus hijos, ya sea en Libia, Cuba, Arge­lia o Espa­ña, estu­dian­do o tra­ba­jan­do gra­cias a algún pro­gra­ma de coope­ra­ción inter­na­cio­nal.

Orgu­llo­sa, Jadi­ye­tu mues­tra la foto­gra­fía de su hijo de 13 años, quien ha ido a visi­tar la zona libe­ra­da de Tefa­ri­ti, un peda­zo de tie­rra que aún les per­te­ne­ce y se man­tie­ne bajo con­trol del Fren­te Poli­sa­rio, tre­gua de por medio pac­ta­da con la ONU y jamás res­pe­ta­da por Marrue­cos.

Jadi­ye­tu pone todos los días el cuer­po por delan­te. “Está cla­ro que la lucha prin­ci­pal es por la libe­ra­ción, pero tam­bién debe com­bi­nar­se con la lucha para que hom­bres y muje­res ten­ga­mos las mis­mas opor­tu­ni­da­des. Somos ára­bes y musul­ma­nas, pero esto no es sinó­ni­mo de dis­cri­mi­na­ción, como muchos dicen o como son los este­reo­ti­pos. Las muje­res saha­rauis somos ejem­plo con­cre­to de esta otra reali­dad”.

Sobre Jadi­ye­tu y todas las muje­res saha­rauis recae el polé­mi­co desa­fío de la sobre­vi­ven­cia de su pue­blo: asu­mir, expli­ca, que ten­drán que traer más hijos al mun­do, pues la exis­ten­cia de su pue­blo “está por enci­ma de todo”.

“Viví el des­pre­cio y la explo­ta­ción en cin­co maqui­la­do­ras de Tijua­na”: Mar­ga­ri­ta

Miles muje­res reco­rren todos los días el camino de la explo­ta­ción que en Tijua­na, ciu­dad fron­te­ri­za entre Méxi­co y Esta­dos Uni­dos, tie­ne tin­tes de escla­vi­tud. En el par­que indus­trial de Otay, uno de los dos más gran­des de Tijua­na, se obser­van filas de camio­nes que trans­por­tan a las tra­ba­ja­do­ras enfun­da­das en sus des­gas­ta­das batas de labor; pues­tos de comi­da calle­je­ros; gru­pos de hom­bres y muje­res, jóve­nes en su mayo­ría, espe­ran­do su turno.

Todas ellas, des­de que se levan­tan y has­ta que sus ojos se cie­rran de can­san­cio, acu­den a tra­ba­jar en algu­na de las más de 800 maqui­la­do­ras y talle­res que las gran­des empre­sas tras­na­cio­na­les han cons­trui­do aquí des­de 1965, año en el que se puso en mar­cha en Pro­gra­ma de Indus­tria­li­za­ción Fron­te­ri­za.

Mar­ga­ri­ta es una de tan­tas tra­ba­ja­do­ras de la maqui­la que lle­ga­ron a Tijua­na pro­ve­nien­tes del inte­rior del país, prin­ci­pal­men­te de Pue­bla, Oaxa­ca, Chia­pas, Gue­rre­ro, Michoa­cán e Hidal­go (se cal­cu­la que 80 por cien­to es del exte­rior, mien­tras el res­to es ori­gi­na­ria de Tijua­na o de ciu­da­des veci­nas). Mar­ga­ri­ta, como las demás, tra­ba­jó jor­na­das míni­mas de 10 horas dia­rias, aun­que en algu­nas maqui­la­do­ras, como en la mul­ti­na­cio­nal Sony, los hora­rios son de 12 horas, con media hora para el almuer­zo y media hora para la comi­da.

“Viví el des­pre­cio y la explo­ta­ción en cin­co maqui­la­do­ras”, rela­ta Mar­ga­ri­ta. Pro­ce­den­te de Pue­bla, don­de tra­ba­jó en el cam­po y lue­go como emplea­da domés­ti­ca, se tras­la­dó a Tijua­na en bus­ca del pro­gre­so. Con más de cin­co años de tra­ba­jo arduo, cubrien­do tur­nos en oca­sio­nes has­ta de 24 horas, “fui tes­ti­go en car­ne pro­pia, y por las expe­rien­cias de mis com­pa­ñe­ras, de los bajos sala­rios, la fal­ta de con­di­cio­nes de higie­ne y segu­ri­dad, las inhu­ma­nas jor­na­das de tra­ba­jo, las humi­lla­cio­nes, la expo­si­ción a sus­tan­cias tóxi­cas sin nin­gu­na segu­ri­dad y de las enfer­me­da­des que esto pro­vo­ca; de los con­tra­tos ile­ga­les de uno, dos o tres meses; de los exá­me­nes de emba­ra­zo (tam­bién ile­ga­les), de los cas­ti­gos irra­cio­na­les por lle­gar un minu­to tar­de y de una inter­mi­na­ble lis­ta de agra­vios coti­dia­nos”.

El sala­rio pro­me­dio en las maqui­las, cuen­ta Mar­ga­ri­ta, “es de 750 pesos la sema­na, can­ti­dad que no alcan­za para nada en una ciu­dad don­de las ren­tas míni­mas son de mil 500 pesos, y a esto hay que agre­gar­le trans­por­te, ali­men­ta­ción, ves­ti­do, edu­ca­ción y salud para la fami­lia”.

No han sido pocas las luchas pro­ta­go­ni­za­das aquí por la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Mar­ga­ri­ta y otras más se orga­ni­zan para defen­der sus dere­chos labo­ra­les y, sobre todo, para plan­tear­se otra vida, una más dig­na.

En el Cen­tro de Infor­ma­ción para Tra­ba­ja­do­ras y Tra­ba­ja­do­res (CITTAC) Mar­ga­ri­ta ya no es una maqui­la­do­ra, sino una defen­so­ra de los dere­chos de ella y de sus com­pa­ñe­ras.

Una zapo­te­ca en Chica­go: “Nun­ca fue un sue­ño lle­gar a los Esta­dos Uni­dos”

Flor Cri­sos­to­mo, zapo­te­ca, lle­gó a tra­ba­jar a Esta­dos Uni­dos hace 8 años. Su tes­ti­mo­nio es la his­to­ria colec­ti­va de más de 12 millo­nes de tra­ba­ja­do­res indo­cu­men­ta­dos en este país, muchos de ori­gen indí­ge­na y cam­pe­sino. El 19 de abril del 2006, agen­tes de inmi­gra­ción irrum­pie­ron vio­len­ta­men­te en la com­pa­ñía Ifco Sys­tem, en Chica­go, en la que tra­ba­jó Flor reci­clan­do made­ra duran­te más de 5 años. Era la pri­me­ra reda­da masi­va en este país, y en ella arres­ta­ron simul­tá­nea­men­te a mil 200 tra­ba­ja­do­res de 16 sucur­sa­les de la mis­ma com­pa­ñía.

Flor ape­ló legal­men­te la depor­ta­ción sin nin­gún resul­ta­do. El 28 de enero del 2008 el gobierno de Esta­dos Uni­dos le orde­nó salir inme­dia­ta­men­te del país. Ese mis­mo día ella deci­dió per­ma­ne­cer en resis­ten­cia median­te un acto de des­obe­dien­cia civil. “Tomé esta deci­sión para que el gobierno arre­gle las leyes des­com­pues­tas y aca­be con el sis­te­ma inhu­mano de mano de obra indo­cu­men­ta­da y de explo­ta­ción”.

Madre de tres hijos a los que no ve des­de hace 8 años, cuan­do tuvo que cru­zar la fron­te­ra en bus­ca de tra­ba­jo, Flor acla­ra: “Des­de que lle­gué a Esta­dos Uni­dos, en el en el año 2000, siem­pre he man­te­ni­do una posi­ción correc­ta, nun­ca he roba­do, nun­ca he pedi­do ayu­da al gobierno, he tra­ba­ja­do, paga­do mis impues­tos, he res­pe­ta­do las leyes… nun­ca fue un sue­ño lle­gar a los Esta­dos Uni­dos”.

Flor dis­tin­gue entre la pala­bra migra­ción, “que es el esta­do natu­ral de todo ser humano, por­que todos cami­na­mos por el mun­do”, y des­pla­za­mien­to for­za­do. “Des­afor­tu­na­da­men­te yo tuve que tomar la segun­da opción…Es muy difí­cil todo, des­de el momen­to en que atra­vie­sas la fron­te­ra sin docu­men­tos, bus­can­do el sus­ten­to para tu fami­lia, te encuen­tras con esa xeno­fo­bia con­tra noso­tras los mexi­ca­nas, las lati­nas, y sobre todo con­tra las indí­ge­nas”.

La reda­da con­tra los tra­ba­ja­do­res de Ifco Sys­tem le cam­bió la vida. La mayor par­te de los mil 200 tra­ba­ja­do­res dete­ni­dos fue­ron depor­ta­dos, per­ma­ne­cien­do úni­ca­men­te los 26 tra­ba­ja­do­res de Chica­go. “Des­de enton­ces empe­cé a tomar con­cien­cia y a empren­der una lucha para apo­yar al pue­blo indo­cu­men­ta­do. Des­afor­tu­na­da­men­te el día 4 de diciem­bre del 2006 un juez fede­ral de inmi­gra­ción man­dó una car­ta a mi abo­ga­do dicien­do que yo tenía que salir volun­ta­ria­men­te del país el 28 de enero, y que si yo no me pre­sen­ta­ba al ser­vi­cio de inmi­gra­ción con una male­ta de 40 libras y mi bole­to de avión, iba a que­dar como una pró­fu­ga. Era muy difí­cil dejar esta lucha a medias. Aho­ra soy una pró­fu­ga, según las leyes rotas de los Esta­dos Uni­dos, pero no me impor­ta, mien­tras pue­da segui­ré man­dan­do el men­sa­je a tra­vés de la cam­pa­ña Amé­ri­ca abre tus ojos”.

Ori­gi­na­ria de Ocotlán de More­los, Oaxa­ca, Flor ima­gi­na su futu­ro en Méxi­co “con mis hijos, tra­ba­jan­do igual, y con­cen­trán­do­me mucho más en nues­tros pue­blos indí­ge­nas. Pre­sio­nan­do al gobierno de Méxi­co para que tome una posi­ción fuer­te fren­te a la migra­ción y para que tome res­pon­sa­bi­li­dad de lo que él mis­mo crea…Que el gobierno cree tra­ba­jos, sub­si­dios al cam­po, para no tener que salir de Méxi­co”.

Eva y Ali­cia, tra­ba­ja­do­ras de fábri­cas recu­pe­ra­das en Bue­nos Aires: “No pue­den qui­tar­nos este sue­ño, sim­ple­men­te no pue­den”

Eva fue cama­re­ra del Hotel Bauen, ubi­ca­do en el cora­zón de Bue­nos Aires, has­ta el 28 de diciem­bre del 2001, es decir, has­ta que los due­ños lo decla­ra­ron en quie­bra frau­du­len­ta y lo cerra­ron. Hoy es socia de la coope­ra­ti­va que ope­ra en este hotel recu­pe­ra­do por los tra­ba­ja­do­res el 21 de mar­zo de 2003.

En ple­na lucha por lograr la expro­pia­ción de este inmue­ble, con la ame­na­za cons­tan­te de ser des­alo­ja­dos, los tra­ba­ja­do­res del Bauen man­tie­nen abier­tos los 19 pisos, el res­tau­ran­te bar, el tea­tro y los salo­nes de even­tos. Mil pro­ble­mas enfren­tan para sacar­lo ade­lan­te como coope­ra­ti­va, sin patro­nes y con deci­sio­nes de asam­blea, pero ese obje­ti­vo sigue sien­do su motor prin­ci­pal.

“No es fácil – dice Eva – man­te­ner un pro­yec­to de esta natu­ra­le­za y con este giro, pero en el Bauen la deci­sión es cla­ra: trans­for­mar lo que fue un nido de ratas en una fuen­te de tra­ba­jo, en una gran ins­ta­la­ción cul­tu­ral, un lugar don­de todas las orga­ni­za­cio­nes que sue­ñan con una Argen­ti­na más jus­ta encuen­tren espa­cio para deba­tir sus ideas”.

Las muje­res en este espa­cio recu­pe­ra­do han demos­tra­do valen­tía y esfuer­zo. Son ellas las que mar­chan a la cabe­za, las que ponen el cuer­po y el cora­zón para sacar ade­lan­te el tra­ba­jo, las que levan­tan el áni­mo cuan­do todo pare­ce per­der­se y el futu­ro se mira como des­pro­pó­si­to y locu­ra inal­can­za­ble. Son ellas, tam­bién, las que llo­ran cuan­do vie­ne la orden de alla­na­mien­to, se lim­pian las lágri­mas y se levan­tan para ir a la asam­blea. “No pue­den qui­tar­nos este sue­ño, sim­ple­men­te no pue­den”, repi­te Eva al tiem­po que recu­pe­ra el alien­to.

Eva rela­ta que en 2001, lue­go de meses de no pagar suel­dos ni pres­ta­cio­nes y de des­pe­dir a la mayor par­te de los tra­ba­ja­do­res, “la empre­sa Sola­ri S.A. pre­sen­tó la quie­bra y dejó en la calle a 70 tra­ba­ja­do­res. Un año des­pués 30 de ellos, con el apo­yo de otras empre­sas recu­pe­ra­das, toma­mos las ins­ta­la­cio­nes y poco a poco fui­mos abrien­do los ser­vi­cios”.

En otro lado de la ciu­dad de Bue­nos Aires, en San Mar­tín, den­tro en el pri­mer cor­dón indus­trial del conur­bano, se levan­ta la Coope­ra­ti­va Uni­dos por el Cal­za­do (CUC), fábri­ca recu­pe­ra­da por sus tra­ba­ja­do­res y auto­ges­tio­na­da por ellos des­de el 17 de octu­bre de 2003, fecha en la que los obre­ros y emplea­dos des­pe­di­dos rom­pie­ron las cade­nas de las puer­tas de la empre­sa decla­ra­da en quie­bra, entra­ron y se pusie­ron a tra­ba­jar.

Ali­cia, obre­ra y actual socia de la CUC, rela­ta que “un mes antes de la irrup­ción de los tra­ba­ja­do­res, la fábri­ca de cal­za­do e indu­men­ta­ria depor­ti­va, enton­ces lla­ma­da Gatic, pre­sen­tó una deu­da de acree­do­res y cerró las ins­ta­la­cio­nes, dejan­do en la calle a 250 tra­ba­ja­do­res, que se suma­ron a una lar­ga lis­ta de des­pi­dos ante­rio­res. Pero hubo quie­nes nos resig­na­mos y deci­di­mos tomar la empre­sa para for­mar una coope­ra­ti­va”.

A car­go del pues­to de ven­tas de zapa­tos que la coope­ra­ti­va tie­ne en el lobby del Hotel Bauen, Ali­cia cuen­ta que des­de que obtu­vie­ron la expro­pia­ción en 2004 “hemos pues­to todo nues­tro esfuer­zo y volun­tad para tra­ba­jar en equi­po, con demo­cra­cia direc­ta, sin jefes, sin emplea­dos, solo gen­te tra­ba­jan­do”.

Es real­men­te muy poco el tiem­po trans­cu­rri­do y muchos los logros. La coope­ra­ti­va man­tie­ne su inde­pen­den­cia y se nie­ga a per­te­ne­cer a nin­gún gru­po polí­ti­co. Pelean con­tra el mons­truo que repre­sen­ta la com­pe­ten­cia del gran capi­tal, con­tra sus pro­pias iner­cias y hábi­tos de pro­duc­ción, y enfren­tan mil pro­ble­mas coti­dia­nos por la fal­ta de insu­mos, pero, como dice Ali­cia, “apren­de­mos a cami­nar solas y demos­tra­mos que no hace fal­ta explo­tar a nadie para ser com­pe­ti­ti­vas”.

La Che­pa, pre­sa polí­ti­ca por defen­der el terri­to­rio mapu­che

Es junio de 2005 y la cár­cel Ángol, al sur de Chi­le, está hela­da. El área de visi­tas está res­trin­gi­da para “los comu­ne­ros”, como se les cono­ce en la peni­ten­cia­ría a los pre­sos mapu­che, por lo que el encuen­tro se da en los pasi­llos y, pos­te­rior­men­te, en un peque­ño cubícu­lo. Patri­cia Tron­co­so, mejor cono­ci­da como Che­pa, es la pri­me­ra en apa­re­cer. De tez blan­ca, cuer­po robus­to y cabe­lle­ra lar­ga y negra, al prin­ci­pio se mues­tra des­con­fia­da. “Han sido tan­tos los que han pasa­do por aquí y a nin­guno los vol­ve­mos a ver”, lamen­tó.

Patri­cia es par­te del movi­mien­to mapu­che autó­no­mo, “que lucha por la recons­truc­ción de su pue­blo-nación, con­cre­ta­men­te por la recu­pe­ra­ción de tie­rras y con­tra el avan­ce de los mega­pro­yec­tos fores­ta­les, ener­gé­ti­cos, via­les y turís­ti­cos ins­ta­la­dos o que pre­ten­den ins­ta­lar­se en terri­to­rio ori­gi­nal­men­te mapu­che”. La res­pues­ta del gobierno ha sido la repre­sión y la cár­cel. Por eso Patri­cia está pre­sa. “Nues­tra lucha –expli­ca La Che­pa- es por la dig­ni­dad huma­na, que se her­ma­na con la lucha del pobre, del obre­ro, de la mujer, del niño, del estu­dian­te, del pro­fe­sor, del pobla­dor, del eco­lo­gis­ta, del joven, del anciano, del cesan­te y todo aquel que anhe­la que sus dere­chos le sean reco­no­ci­dos”.

Patri­cia estu­dió teo­lo­gía en el Ins­ti­tu­to de Cien­cias Reli­gio­sas de la Uni­ver­si­dad Cató­li­ca de Val­pa­raí­so. A lo lar­go de los años fue apro­xi­mán­do­se de mane­ra soli­da­ria a las comu­ni­da­des mapu­che, y su com­pro­mi­so la lle­vó a ser par­te del movi­mien­to, a vivir con ellos y defen­der a su lado a la madre tie­rra.

Naci­da en 1969, Che­pa fue acu­sa­da en 2001 de pro­vo­car un incen­dio en una pro­pie­dad per­te­ne­cien­te a la Fores­tal Minin­co, empre­sa que cuen­ta con 609 mil hec­tá­reas en las regio­nes Sex­ta y Nove­na del país andino. La úni­ca mujer del gru­po de “comu­ne­ros” pre­sos, habla cla­ro y fuer­te des­de la cár­cel. Nun­ca pier­de la son­ri­sa, iró­ni­ca o abier­ta y dice, sin tapu­jos, que su lucha “es con­tra el des­pre­cio, el aban­dono y la explo­ta­ción”.

“Así es la lucha…así es la vida de los migran­tes en París”: Zina

En el barrio 18 de París sobre­vi­ven arge­li­nas, sene­ga­le­sas, marro­quíes, tune­sas y un lar­go etcé­te­ra de una lis­ta de des­po­seí­das del pla­ne­ta. En el 18 está el sec­tor cono­ci­do para­dó­ji­ca­men­te como La gota de oro, comu­ni­dad ais­la­da en pleno cora­zón de la “Ciu­dad de las Luces”.

Las calles de este sec­tor hue­len a pobre­za y a exclu­sión. La pin­tu­ra de los vie­jos edi­fi­cios está impreg­na­da de plo­mo y se ha com­pro­ba­do la alar­man­te pre­sen­cia de este ele­men­to en la san­gre de los niños, pro­du­cien­do una enfer­me­dad cono­ci­da como satur­nis­mo, la degra­da­ción del cere­bro.

Zina, del Colec­ti­vo sin Fron­te­ras, inte­gra­do por per­so­nas que sobre­vi­ven en inhu­ma­nas con­di­cio­nes de alo­ja­mien­to, se orga­ni­za y lucha. Cada mar­tes, cuen­ta, “este colec­ti­vo, en el que sobre­sa­le la par­ti­ci­pa­ción de muje­res de todos los colo­res, se reúne en un jar­dín públi­co para dis­cu­tir la pro­ble­má­ti­ca y pla­near las accio­nes con­cre­tas. Se tra­ta, por ejem­plo, de ocu­par ofi­ci­nas de admi­nis­tra­ción del ayun­ta­mien­to para exi­gir mejo­res con­di­cio­nes de vida: alo­ja­mien­to, segu­ri­dad social, fin de la repre­sión, ser­vi­cios, etcé­te­ra”.

Las y los migran­tes, en su mayo­ría del nor­te y sur de Áfri­ca, cru­zan el barrio y de inme­dia­to son dete­ni­dos por los con­tro­les de la poli­cía. Zina no duda: “Ser migran­te aquí es sinó­ni­mo de delin­cuen­te”. Por eso, afir­ma, “hay muje­res y muchos jóve­nes que no salen de La gota de oro, pues cru­zan la fron­te­ra, salen del gue­to y se encuen­tran en la inde­fen­sión total, aun­que aden­tro las cosas no son dis­tin­tas”.

Las muje­res de La gota de oro, dice Zina, “no piden sus dere­chos, los arre­ba­tan con orga­ni­za­ción y accio­nes ver­da­de­ras”. La res­pues­ta del gobierno, “muchas veces es la repre­sión y somos gol­pea­das o dete­ni­das; pero otras veces con­se­gui­mos los obje­ti­vos y se mejo­ran algu­nas con­di­cio­nes de nues­tros alo­ja­mien­tos. Así es la lucha…así es la vida”.

Zina, de ori­gen afri­cano, advier­te sin tapu­jos que “en un barrio en estas con­di­cio­nes cre­cen como hon­gos las aso­cia­cio­nes que jue­gan un doble papel: Por un lado hacen un tra­ba­jo de asis­ten­cia y por el otro con­tro­lan y divi­den a la pobla­ción”. No es casual, dice, “la exis­ten­cia de 650 aso­cia­cio­nes de este tipo en un solo sec­tor, como tam­po­co es coin­ci­den­cia que el nom­bre de nues­tro colec­ti­vo sea Sin Fron­te­ras, pues pre­ten­de­mos, ante todo, aca­bar con las dife­ren­cias racia­les que son ali­men­ta­das por las aso­cia­cio­nes para impe­dir la orga­ni­za­ción”.

Esta mujer de tez more­na y pelo riza­do no para de hablar. Su indig­na­ción se con­ta­gia, al igual que su incre­du­li­dad en los par­ti­dos polí­ti­cos: “Ya bas­ta de las men­ti­ras de la izquier­da y de la dere­cha. Exi­gi­mos lugar para vivir. Que­re­mos recur­sos no gol­pes”.

Se tra­ta, dice Zina, “de reapro­piar­se de la vida, que no es otra cosa que vivir con dig­ni­dad. La idea es gri­tar, moles­tar a los jefes una y otra vez has­ta can­sar­los. Hacer­les ver a todos que ellas y ellos exis­ten y están ahí para exi­gir sus dere­chos”. La lucha ya no sólo es de las y los migran­tes, se ha amplia­do a todas y todos los que quie­ren rebe­lar­se en bus­ca de una vida dig­na y, sobre todo, libre.

*Este 8 de mar­zo de 2010 se con­me­mo­ra el cen­te­na­rio de la decla­ra­ción del Día Inter­na­cio­nal de la Mujer Tra­ba­ja­do­ra, pro­pues­to en 1910 por Cla­ra Zet­kin duran­te la II Con­fe­ren­cia Inter­na­cio­nal de las muje­res socia­lis­tas, rea­li­za­da en Copenha­gue, Dina­mar­ca. Cla­ra se habría ins­pi­ra­do en el ejem­plo de las socia­lis­tas nor­te­ame­ri­ca­nas, quie­nes ya tenían un día de lucha que res­ca­ta­ba la capa­ci­dad y orga­ni­za­ción autó­no­ma de las muje­res.

El 8 de Mar­zo que­dó como fecha fija del Día Inter­na­cio­nal de las Muje­res a par­tir de 1922, en home­na­je a las ope­ra­rias rusas que en 1917 habían ini­cia­do una huel­ga gene­ral con­tra el ham­bre, la gue­rra y el zaris­mo. La acción fue una ini­cia­ti­va de las tra­ba­ja­do­ras más explo­ta­das y opri­mi­das – las ope­ra­rias tex­ti­les – que se lan­za­ron a las calles de Petro­gra­do sin apo­yo de las direc­cio­nes, movi­li­zan­do alre­de­dor de 90 mil per­so­nas.

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