Man­de­la, Ote­gi y la Audien­cia Nacio­nal por Jon Odriozola

La Audien­cia Nacio­nal ha con­de­na­do a prin­ci­pios de mar­zo al que fue­ra por­ta­voz de la izquier­da aber­tza­le, Arnal­do Ote­gi, a dos años de cár­cel y 16 de inha­bi­li­ta­ción por un deli­to de «enal­te­ci­mien­to del terro­ris­mo» en un acto cele­bra­do en Zor­notza en junio de 2005, don­de el líder aber­tza­le com­pa­ró al pre­so de ETA Joxe Mari Sagar­dui, Gatza, con Nel­son Man­de­la. El mili­tan­te vas­co enton­ces lle­va­ba la frio­le­ra de 25 años de cár­cel (hoy son ya 30), mien­tras que Man­de­la salió des­pués de haber esta­do 27 años en prisión.

El tri­bu­nal espe­cial, sin nin­gún rigor y menos rubor, lle­ga a decir que Nel­son Man­de­la «jamás uti­li­zó la vio­len­cia ni la apo­yó en pos de con­se­guir la supre­sión el apartheid en Sudá­fri­ca». En otro párra­fo, el ridícu­lo cre­ce en inve­re­cun­dia cuan­do se escri­be que Man­de­la es «un autén­ti­co héroe que per­ma­ne­ció en pri­sión por moti­vos ideo­ló­gi­cos, exclu­si­va­men­te por eso (sub­ra­ya­do mío), pero jamás uti­li­zó la vio­len­cia ni la apo­yó en pos de con­se­guir la supre­sión del apartheid». Hare­mos aquí un peque­ño inci­so para indi­car que el tér­mino apartheid pro­vie­ne de la unión del voca­blo inglés apart (apar­te) y la voz holan­de­sa heid (gana­do, reba­ño; en inglés sería herd).

Repa­sa­re­mos sucin­ta­men­te la his­to­ria de Sudá­fri­ca des­de los años 60 del siglo pasa­do y, par­ti­cu­lar­men­te, de Man­de­la para con­cluir que si, según la Audien­cia Nacio­nal, el líder negro es un «héroe», el mili­tan­te aber­tza­le ‑siguien­do la lógi­ca del tri­bu­nal espe­cial- no lo es menos. El des­co­no­ci­mien­to de la his­to­ria por par­te de los jue­ces demues­tra, de otro lado, que la sen­ten­cia ya esta­ba dic­ta­mi­na­da de ante­mano, es decir, no había caso sal­vo que Ote­gi fue­ra negro y suda­fri­cano y Man­de­la de Durango.

Al poco de ser pues­to en liber­tad (el 11 de febre­ro de 1990), Nel­son Man­de­la decla­ra­ba a pre­gun­tas de los perio­dis­tas que «el tema en Sudá­fri­ca no es la lucha arma­da, sino el apartheid». En otra inter­ven­ción mani­fes­tó que «la renun­cia a la vio­len­cia por par­te del Con­gre­so Nacio­nal Afri­cano (CNA) no debe­ría ser una pre­con­di­ción sino el resul­ta­do de la nego­cia­ción». A este res­pec­to, Oli­ver Tam­bo, diri­gen­te del CNA, decla­ró en 1968: «No cono­ce­mos pre­ce­den­te alguno de un cese uni­la­te­ral de hos­ti­li­da­des antes de que las nego­cia­cio­nes hayan empe­za­do». El pro­pio Man­de­la, toda­vía encar­ce­la­do, res­pon­dió en 1985 al enton­ces pre­si­den­te Pie­ter Botha que no renun­cia­ría a la vio­len­cia como ins­tru­men­to polí­ti­co a cam­bio de su liber­tad, como este últi­mo sugería.

L a adop­ción de la lucha arma­da no fue un paso fácil para el CNA. Des­de que en 1948 el Par­ti­do Nacio­nal Afri­kan­der (de la mino­ría blan­ca y no angló­fo­na) subió al poder, se suce­die­ron toda una serie de leyes segre­ga­cio­nis­tas que codi­fi­ca­ron y «lega­li­za­ron» el sis­te­ma de apartheid. Fren­te al arse­nal jurí­di­co-repre­si­vo del racis­mo. como por ejem­plo el odio­so y odia­do sis­te­ma de pases o sal­vo­con­duc­tos que todo negro tenía que lle­var enci­ma para con­se­guir empleo o ir de via­je o salir por la noche des­pués del toque de que­da, o la Ley de Regis­tro de la Pobla­ción que cla­si­fi­ca­ba a cada indi­vi­duo según su raza, o el sis­te­ma de pros­crip­cio­nes (des­tie­rros) que, al ampa­ro de la Ley de Repre­sión del Comu­nis­mo, supo­nía una con­de­na no como con­se­cuen­cia de un jui­cio, sino de un «pre­jui­cio» sin ape­la­ción ni recur­so (1), el CNA vino impul­san­do una polí­ti­ca basa­da en méto­dos de lucha no vio­len­tos (no se olvi­de que el con­cep­to ahim­sa de Gandhi sur­gió aquí y cre­ció en la India) como el boi­cot a los pro­duc­tos suda­fri­ca­nos, huel­gas y cam­pa­ñas de des­obe­dien­cia civil y des­aca­to, etc. Se tra­ta­ba de com­ba­tir con­tra leyes injus­tas y no con­tra las razas (en 1959 apa­re­ció el Con­gre­so Pan­afri­ca­nis­ta bajo el lema «Afri­ca para los afri­ca­nos». No decía para los «negros» afri­ca­nos. Diga­mos tam­bién que el CNA se fun­dó en 1912 y el PN afri­kan­der dos años más tarde).

Fue en 1960, des­pués de la matan­za de Shar­pe­vi­lle, que el CNA, lue­go de deba­tes inter­nos, deci­dió emplear «otros méto­dos de lucha» más con­tun­den­tes. Se vio la nece­si­dad de orga­ni­zar una vio­len­cia de res­pues­ta y defen­si­va fren­te al inmen­so apa­ra­ta­je poli­cía­co-mili­tar del Esta­do. El CNA encar­gó a Man­de­la la crea­ción de una orga­ni­za­ción arma­da ‑la Umkhon­to we Siz­we (Lan­za de la Nación)- que emplea­ría como prin­ci­pal méto­do de lucha el sabo­ta­je con­tra sím­bo­los racis­tas tra­tan­do en todo momen­to de evi­tar el derra­ma­mien­to de san­gre. Man­de­la, ya clan­des­tino, salió del país para acu­dir a la Con­fe­ren­cia Pan­afri­ca­na en Addis Abe­ba (invi­ta­do nada menos que por Hai­le Selas­sie), don­de comu­ni­ca el expre­so aban­dono de las for­mas no vio­len­tas de lucha «por­que la situa­ción ha cam­bia­do radi­cal­men­te» y «se nos han cerra­do todas las opor­tu­ni­da­des para la agi­ta­ción y la lucha pací­fi­cas». A este res­pec­to, es sig­ni­fi­ca­ti­vo seña­lar cómo en 1961 se le entre­ga el pre­mio Nobel de la Paz a Albert Luthu­li (pre­si­den­te del CNA que fue prohi­bi­do a raíz de Shar­pe­vi­lle) en reco­no­ci­mien­to de su lucha «no vio­len­ta» y cómo, tam­bién, la Umkhon­to empie­za su acti­vi­dad arma­da colo­can­do bom­bas en obje­ti­vos sim­bó­li­cos en Dur­ban, Johan­nes­bur­go y Port Eli­sa­beth. Pién­se­se, por otra par­te, que no se podía luchar por un esta­do inde­pen­dien­te, como suce­día en otras par­tes de Áfri­ca, por­que Sudá­fri­ca… «ya era un esta­do independiente».

Fue sin duda el sis­te­ma de apartheid lo que más repug­nó a la con­cien­cia y opi­nión públi­ca inter­na­cio­nal. Que hubie­ra auto­bu­ses, uri­na­rios para uso exclu­si­vo de «euro­peos» (como se lla­ma allí a los blan­cos) o la con­cen­tra­ción en las ciu­da­des de las masas negras de gue­tos o townships y sowe­tos que fue­ron des­apa­re­cien­do para dar paso a un «apartheid ama­ble». Un apartheid pen­sa­do como sis­te­ma de con­trol de la mano de obra negra. Las dis­cri­mi­na­cio­nes his­tó­ri­cas, cul­tu­ra­les y eco­nó­mi­cas entre blan­cos angló­fo­nos y afri­ká­ners (des­cen­dien­tes de los boers holan­de­ses) se diluían ante una volun­tad de uni­dad fun­da­da en la común preo­cu­pa­ción de pre­ser­var el mono­po­lio del poder y las ven­ta­jas mate­ria­les que les ase­gu­ra­ba el apartheid y lo que se vino en lla­mar «desa­rro­llo sepa­ra­do». Los no blan­cos (inclui­dos indios y mes­ti­zos) tienen/​tenían en común el ser unos exclui­dos den­tro de su pro­pio país. Los ban­tus­ta­nes, supues­tas «nacio­nes» como Trans­kei, Cis­kei, Ven­da, Kwa­Zu­lu, etc. o «esta­dos ban­túes», a pesar de su inde­pen­den­cia for­mal, no tie­nen otra fun­ción que la de ser­vir de mano de obra de reser­va para los afri­ca­nos que no hayan encon­tra­do un tra­ba­jo en las minas o en las indus­trias blan­cas. Tam­bién la mano de obra de los paí­ses veci­nos, has­ta su inde­pen­den­cia, como Zam­bia, Tan­za­nia o Afri­ca del Sudoes­te (hoy Nami­bia) o los anti­guos pro­tec­to­ra­dos bri­tá­ni­cos de Lesotho, Bost­wa­na y Suazilandia.

Sin embar­go, el apartheid limi­ta el mer­ca­do interno debi­do a las esca­sas remu­ne­ra­cio­nes que per­ci­ben los tra­ba­ja­do­res negros. Se tra­ta­ba de enmen­dar algu­nas prác­ti­cas racis­tas ya moles­tas y engo­rro­sas para crear nue­vas estra­ti­fi­ca­cio­nes en la socie­dad suda­fri­ca­na que no serían nece­sa­ria­men­te deter­mi­na­das por la per­te­nen­cia racial; es decir, se con­si­de­ra que la mejor mane­ra de pre­ser­var la eco­no­mía de libre empre­sa y los pri­vi­le­gios de la mino­ría blan­ca es per­mi­tir el acce­so de una par­te muy limi­ta­da de la pobla­ción negra a las ven­ta­jas del sis­te­ma de apartheid. Tra­tar de crear una cla­se media negra y la inte­gra­ción de una «aris­to­cra­cia obre­ra» de color para hacer aún más pro­fun­das las dife­ren­cias de cla­se. Ésta ha sido siem­pre la cla­ve de la super­vi­ven­cia del régi­men suda­fri­cano: divi­dir, sub­di­vi­dir en cla­ses, estra­tos, capas, sec­to­res. La barre­ra de color, con ser muy impor­tan­te, deja de ser­lo en tan­to en cuan­to las tasas de explo­ta­ción suben o bajan. Y la barre­ra de cla­ses siem­pre podrá ser miti­ga­da con la fala­cia de la movi­li­dad social, del des­cla­sa­mien­to, del acce­so de una cla­se infe­rior a otra supe­rior… Ya no hay tele­vi­so­res en «blan­co y negro», ya todos son en color, ergo: ya no hay apartheid.

(1) En este sen­ti­do, qui­zá no esté de más comen­tar el pare­ci­do entre esta vaga­ro­sa figu­ra anti­ju­rí­di­ca con lo suce­di­do con el pre­so polí­ti­co del PCE® Juan Gar­cía Mar­tín, al que se le con­de­na a 80 años ‑una cade­na per­pe­tua encu­bier­ta- por un 80% de «con­vic­ción moral», no del juez ‑que tam­bién supon­dría una abe­rra­ción- sino de una tes­ti­go pro­te­gi­da que ase­gu­ra que el mili­tan­te comu­nis­ta estu­vo en tal sitio. No cabe mayor arbi­tra­rie­dad. ¿O sí?

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