El terror y la car­cel como para­dig­mas : ¿Non da Jon Anza? por Iña­ki Gil de San Vicente

La Inqui­si­ción nos reve­la lo bási­co del medioe­vo; la Ley de Par­ti­dos nos mues­tra la natu­ra­le­za de la demo­cra­cia, y ambas la his­to­ria de mie­do, cár­cel y exter­mi­nio sobre la que se asien­ta el pre­sen­te espa­ñol y su pro­yec­to de futu­ro. La matriz social espa­ño­la gira alre­de­dor del tor­men­to, la Igle­sia y el pre­si­dio, y de la pro­pie­dad pri­va­da. La polí­ti­ca car­ce­la­ria es la sín­te­sis pura de la polí­ti­ca esta­tal. Si que­re­mos com­pren­der el fas­cis­mo, por ejem­plo, debe­mos estu­diar su polí­ti­ca repre­si­va y car­ce­la­ria, cuá­les eran –y son– sus obje­ti­vos y qué estra­te­gias y tác­ti­cas apli­ca­ba para lograr­los. Si desea­mos des­cu­brir cómo fun­cio­na la crea­ción esta­tal de mie­do y terror hemos de estu­diar las des­apa­ri­cio­nes for­zo­sas, las tor­tu­ras y los perío­dos de “des­apa­ri­ción” duran­te las deten­cio­nes y los tras­la­dos. Del mis­mo modo en que el tiem­po asa­la­ria­do es la quin­tae­sen­cia del tiem­po bur­gués, tam­bién el tiem­po car­ce­la­rio es el con­cen­tra­do del tiem­po repre­si­vo que se pade­ce en la calle. Al igual que la sor­da coer­ción del capi­tal refle­ja y anun­cia de for­ma con­cen­tra­da la dis­ci­pli­na gene­ral del tiem­po asa­la­ria­do, y del mis­mo modo en que la coer­ción explí­ci­ta expo­ne y anun­cia la dis­ci­pli­na en el tiem­po bur­gués, tam­bién la vio­len­cia y coer­ción car­ce­la­ria anun­cia, expre­sa y con­cen­tra las res­tric­cio­nes a las liber­ta­des y a los dere­chos en la calle, su vio­len­cia. Una vez des­bor­da­dos los suce­si­vos medios de alie­na­ción e inti­mi­da­ción, lle­ga­dos a este nivel de anta­go­nis­mo, el pre­si­dio y el terror apa­re­cen como los para­dig­mas de la civi­li­za­ción en cuan­to ésta es la sín­te­sis social del orden basa­do en la explotación.

Cons­tre­ñi­dos por el poco espa­cio dis­po­ni­ble vamos a recu­rrir al bri­llan­te tex­to colec­ti­vo “Mie­dos y memo­rias en las socie­da­des con­tem­po­rá­neas” (Comu­niAr­te Argen­ti­na 2006) que reco­ge las inves­ti­ga­cio­nes sobre el terro­ris­mo de la dic­ta­du­ra de 1976 – 1983. Como vere­mos, apor­tan lec­cio­nes de una inquie­tan­te actua­li­dad para Eus­kal Herria. La pri­me­ra lec­ción es la más gene­ral, y tra­ta sobre la pro­duc­ción esta­tal de un cli­ma psi­co­ló­gi­co de mie­do de masas a deter­mi­na­das opcio­nes polí­ti­cas. La inves­ti­ga­do­ra Lud­mi­la Da Sil­va mues­tra en su ponen­cia –“Mie­do al comu­nis­mo en Tum­ba­ya”– la inter­ac­ción entre una pode­ro­sa empre­sa que con­tro­la­ba el pue­blo pese a las pri­me­ras resis­ten­cias obre­ras, la pro­pa­gan­da que exten­día el temor a los comu­nis­tas, la Igle­sia que chi­va­ba a los mili­ta­res las con­fe­sio­nes de niños y niñas en las que habla­ban de las ideas polí­ti­cas de sus padres, la gene­ra­li­za­ción del terror social y con él la pasi­vi­dad cobar­de, etc., y cómo a resul­tas de todo ello el Ejér­ci­to ter­mi­nó secues­tran­do a 19 per­so­nas hacien­do des­apa­re­cer a seis de una pobla­ción de entre 100 y 150 habi­tan­tes: “la des­apa­ri­ción pro­vo­có y pro­vo­ca mie­do por­que no pudo pre­ver­se. Fue y es oscu­ra, difu­sa, sin un locus o tiem­po defi­ni­do. Cada indi­vi­duo, cada gru­po social cons­tru­ye sus mie­dos con los mate­ria­les cul­tu­ra­les, polí­ti­cos, reli­gio­sos dis­po­ni­bles pre­via­men­te a los hechos con­cre­tos. Los mie­dos, sin embar­go, en los casos estu­dia­dos, se cons­tru­ye­ron en base a otros mie­dos cono­ci­dos y reco­no­ci­bles: la empre­sa, los mili­ta­res, el comu­nis­mo” (p.95). Leyen­do esta inves­ti­ga­ción de cam­po, uno recuer­da los méto­dos del fran­quis­mo y sus efec­tos aún vivos en los mie­dos de muchas per­so­nas mayo­res y en la man­se­dum­bre de muchos adul­tos que sufrie­ron la edu­ca­ción nacionalcatólica.

La segun­da lec­ción hace refe­ren­cia al hecho de que los mie­dos no son idén­ti­cos a todos los colec­ti­vos. Las per­so­nas, cla­ses y los pue­blos explo­ta­dos sufren unos mie­dos dife­ren­tes a los de quie­nes les explo­tan. Es cues­tión de quién tie­ne el poder para dic­tar leyes y apli­car terror y vio­len­cia. Un gran bur­gués esta­fa­dor y corrup­to has­ta la médu­la sien­te muchí­si­mo menos temor a la cár­cel, si lle­ga a sen­tir­lo, que un obre­ro que par­ti­ci­pa en un pique­te de pro­tes­ta con­tra el cie­rre por ese gran bur­gués de una de sus empre­sas. Ceci­lia Per­na­set­ti ha inves­ti­ga­do estas dife­ren­cias en su ponen­cia “Víncu­los entre los con­cep­tos de mie­do y memo­ria”, en la que refuer­za sus con­clu­sio­nes sobre Argen­ti­na con las tesis de Delu­meau sobre cómo la Igle­sia y la noble­za pro­vo­ca­ban el mie­do para­li­zan­te en las cla­ses tra­ba­ja­do­ras euro­peas en los siglos XIV al XVI, y dice: “mie­dos y memo­rias son cons­truc­cio­nes socia­les e his­tó­ri­cas que no pue­den enten­der­se cabal­men­te si no es con­si­de­rán­do­las como par­te de la lucha de unos gru­pos por impo­ner­se a otros” (p. 268). En esta lucha, los gru­pos que poseen la pro­pie­dad y el Esta­do, bus­can cau­sar tal daño físi­co y moral a los explo­ta­dos que que­den trau­ma­ti­za­dos duran­te varias gene­ra­cio­nes. María Inés Mudrov­cic ha estu­dia­do esta estra­te­gia en “Trau­ma, mie­do y memo­ria” des­ti­na­da, ade­más de otros obje­ti­vos, tam­bién a des­tro­zar la memo­ria colec­ti­va impi­dien­do así recons­truir su iden­ti­dad pre­sen­te y su futu­ro: “La memo­ria colec­ti­va en tan­to repre­sen­ta­ción narra­ti­va no sólo inte­gra los even­tos en una his­to­ria sino que inclu­ye la cons­truc­ción de una futu­ra his­to­ria que con­ti­núa tenien­do como suje­to al gru­po. La comu­ni­dad de memo­ria gene­ra una comu­ni­dad de expec­ta­ti­vas” (pp. 215 – 216).

La ter­ce­ra y últi­ma lec­ción la extrae­mos de la ponen­cia “Mie­do y memo­ria” de D. Mun­do en la que sos­tie­ne pri­me­ro que: “El terror fun­da su fuer­za pre­ci­sa­men­te en la medi­da que logra impe­dir que los hom­bres se encuen­tren” (p. 199). La obse­sión del poder es impe­dir el encuen­tro, el deba­te y la auto­or­ga­ni­za­ción inde­pen­dien­te de los y las explo­ta­das para some­ter­los median­te el terror indi­vi­dua­li­za­do, sufri­do ais­la­da­men­te, en silen­cio. Obser­va­mos las leyes repre­si­vas que están dic­tan­do los Esta­dos espa­ñol y fran­cés con­tra Eus­kal Herria y vemos cómo se mate­ria­li­za dicha obse­sión por impe­dir el encuen­tro auto­or­ga­ni­za­do de nues­tro pue­blo. Des­pués, este inves­ti­ga­dor aña­de: “La figu­ra extre­ma de la polí­ti­ca terro­ris­ta lle­va­da ade­lan­te por el Esta­do es la del des­apa­re­ci­do. Se pue­de supo­ner que el mie­do bási­co del ser humano es el mie­do que nos des­pier­ta de la muer­te. La muer­te pro­pia, que nun­ca es de uno, y las del pró­ji­mo, que son las que uno vive y sufre y sien­te. El mie­do, aquí, ya no es por uno sino por el otro. La des­apa­ri­ción de per­so­nas, la sus­pen­sión de la exis­ten­cia de una per­so­na en ese lugar ilo­ca­li­za­ble que la sepa­ra de la muer­te, se con­vier­te en el signo dis­tin­ti­vo del terror. Uno de los modos en el que el mie­do se tro­ca en terror con­sis­te en no dejar apa­re­cer la muer­te, cuan­do se la sus­trae, se la ocul­ta o nie­ga: ni vivos ni muer­tos” (p. 205).

El empeo­ra­mien­to de las con­di­cio­nes car­ce­la­rias que sufren las pri­sio­ne­ras y pri­sio­ne­ros vas­cos se ins­cri­be de lleno den­tro de la pro­ble­má­ti­ca inves­ti­ga­da. La polí­ti­ca car­ce­la­ria es par­te de una polí­ti­ca gene­ral en la que la pro­duc­ción de mie­do va aumen­tan­do para has­ta abar­car al con­jun­to de la pobla­ción en la tota­li­dad de sus sen­ti­mien­tos y emo­cio­nes, de su afec­ti­vi­dad. Las con­de­nas por mos­trar fotos de las per­so­nas que­ri­das es un ejem­plo más de la fero­ci­dad del Esta­do en su obse­sión por impo­ner el ais­la­mien­to abso­lu­to y la inca­pa­ci­dad de mos­trar el míni­mo afec­to humano. Los cacheos a niños y niñas peque­ñas, a muje­res mayo­res bus­can, entre otros obje­ti­vos, humi­llar y deni­grar, rom­per la auto­es­ti­ma y des­truir la dig­ni­dad, recur­sos últi­mos con­tra el mie­do. Y las des­apa­ri­cio­nes tran­si­to­rias de las per­so­nas dete­ni­das, no comu­ni­can­do su para­de­ro, no avi­san­do de sus tras­la­dos y ocul­tan­do duran­te varios días los nue­vos des­ti­nos, son en reali­dad for­mas tran­si­to­rias de des­apa­ri­ción que bus­can mul­ti­pli­car la desa­zón y la angus­tia socia­les, y adver­tir de que el Esta­do pue­de hacer eso y mucho más. Las des­apa­ri­cio­nes de cua­tro vas­cos, una de ella muy recien­te, son la quin­tae­sen­cia del poder esta­ble­ci­do, su fría deter­mi­na­ción de pasar del mie­do al terror apli­ca­dos en diver­sas esca­las e inten­si­da­des. Como dice Susa­na Gri­sel­da en “Mie­do. Pers­pec­ti­vas sub­je­ti­vas y lazo social”: “En épo­cas de polí­ti­cas repre­si­vas y dis­cur­sos cen­tra­dos en el con­trol auto­ri­ta­rio, la vio­len­cia y sus estra­te­gias ame­na­zan­tes tie­nen entre sus obje­ti­vos frac­tu­rar al suje­to, rom­per con la capa­ci­dad crí­ti­ca y some­ter en mie­do y terror a la con­di­ción de pasi­vi­dad y vul­ne­ra­bi­li­dad” (p. 185). Por tan­to, la pre­gun­ta ¿non da Jon Anza? es vital­men­te revo­lu­cio­na­ria y humanista.

IÑAKI GIL DE SAN VICENTE

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