Juz­gan al cri­mi­nal Astiz, mili­tar geno­ci­da Argen­tino de los años 70

Todo está guar­da­do en la memo­ria de nues­tras vidas, konpas

pertur--253x400jon

Lasa y Zaba­la Des­apa­re­ci­dos – Ase­si­na­dos, Per­tur, des­apa­re­ci­do, Napa­rra des­apa­re­ci­do, Popo Larre, des­apa­re­ci­do, Jon Anza, desaparecido.

Des­de Eus­kal Herria, pue­blo con des­apa­re­ci­dos por terror de esta­do hoy , nues­tro cari­ño (Boltxe).

La Arma­da me ense­ñó a des­truir. Sé poner minas y bom­bas, sé infil­trar­me, sé des­ar­mar una orga­ni­za­ción, sé matar. Soy el mejor pre­pa­ra­do para matar a un polí­ti­co o un perio­dis­ta. Yo siem­pre digo; soy bru­to, pero tuve un solo acto de luci­dez en mi vida, que fue meter­me en la Armada».

Así se defi­ne el ex tenien­te de Fra­ga­ta Alfre­do Astiz, uno de los per­so­na­jes más negros de la dic­ta­du­ra argen­ti­na, que a par­tir de maña­na se sien­ta en el ban­qui­llo de los acu­sa­dos jun­to a otros 18 ex jefes nava­les por los deli­tos come­ti­dos en la Escue­la de Mecá­ni­ca de la Arma­da (ESMA) en 1977. Entre ellos, la des­apa­ri­ción de las mon­jas fran­ce­sas Ali­ce Domon, más cono­ci­da como Caty, y Léo­nie Duquet. En el mis­mo ope­ra­ti­vo desa­rro­lla­do entre el 8 y el 10 de diciem­bre de 1977 y coman­da­do por Astiz fue­ron secues­tra­das tres fun­da­do­ras de las Madres de la Pla­za de Mayo, Azu­ce­na Villa­flor de De Vicen­ti, Esther Balles­trino de Carea­ga y María Euge­nia Pon­ce de Bian­co y otras sie­te per­so­nas entre fami­lia­res y acti­vis­tas de dere­chos huma­nos: Ange­la Aguad, Remo Car­los Berar­do, Hora­cio Aní­bal Elbert, Patri­cia Cris­ti­na Ovie­do, Raquel Bulit, Eduar­do Gabriel Hora­ne y José Julio Fondevilla.

Las deten­cio­nes se prac­ti­ca­ron prin­ci­pal­men­te el 8 de diciem­bre en la igle­sia de la San­ta Cruz, don­de las madres, Ali­ce Domon y varios acti­vis­tas esta­ban reco­gien­do el dine­ro para publi­car el día 10, en el dia­rio «La Nación», una soli­ci­tud con el lema «Por una Navi­dad en paz. Sólo pedi­mos la ver­dad». Era todo un desa­fío que la Jun­ta Mili­tar qui­so evi­tar. Para ello puso a uno de sus mejo­res agen­tes a tra­ba­jar, a Alfre­do Astiz, alias El rubio o El Ángel de la Muerte.

Duran­te mucho tiem­po se hizo pasar por Gus­ta­vo Niño, un joven rubio, con cara ange­li­cal, que bus­ca­ba a su her­mano des­apa­re­ci­do. Como su madre supues­ta­men­te esta­ba muy enfer­ma, él iba a las con­cen­tra­cio­nes en la Pla­za de Mayo, don­de las madres lo aco­gie­ron y cui­da­ron como a un hijo, como al hijo que esta­ban buscando.

Una de ellas fue Azu­ce­na Villa­flor de De Vicen­ti. Su vida cam­bió en noviem­bre de 1976. A par­tir de ese mes ya no sería más la ama de casa que sólo salía en com­pa­ñía de su espo­so o de sus hijos. El secues­tro de uno de ellos la lle­vó a reco­rrer mil cami­nos, a tocar en vano infi­ni­dad de puer­tas has­ta que com­pren­dió que la bús­que­da indi­vi­dual no tenía sen­ti­do. Estan­do en el Minis­te­rio de Inte­rior y har­ta de tan­ta men­ti­ra, pro­pu­so al gru­po de madres que esta­ban en su mis­ma situa­ción orga­ni­zar­se e ir a la Pla­za de Mayo para pedir una audien­cia al gobierno. Quie­nes la cono­cie­ron ala­ban su capa­ci­dad de lide­raz­go, deter­mi­na­ción y dinamismo.

Una len­ta y efi­caz infiltración

«Recuer­do per­fec­ta­men­te cómo Astiz venía a la pla­za y Azu­ce­na le decía “espé­ra­nos en la esqui­na de la muni­ci­pa­li­dad o de la cate­dral, por­que en la pla­za corres peli­gro”», rela­ta a GARA Nora Cor­ti­ñas, miem­bro de las Madres de Pla­za de Mayo-Línea Fundadora.

«Muy inge­nuas, creí­mos que era her­mano de un des­apa­re­ci­do. Venía a la pla­za y así fue cono­cien­do a las madres y pidien­do direc­cio­nes de algu­nas per­so­nas. Algu­na vez inclu­so fue a casa de Azu­ce­na y le pidió que le deja­ra dor­mir. Tam­bién inti­mó con el joven pin­tor Remo Berar­do, que tenía su estu­dio en la Boca y cuyo her­mano esta­ba des­apa­re­ci­do. Astiz se le pre­sen­ta­ba para ir a comer o que­dar­se char­lan­do», aña­de con impo­ten­cia por no haber intui­do que «ese mucha­cho atlé­ti­co y edu­ca­do fue­ra seme­jan­te traidor».

Gus­ta­vo Niño supo hacer bien su tra­ba­jo. No sólo se infil­tró en las mar­chas de la pla­za, tam­bién lo hizo en la igle­sia de la San­ta Cruz, que había cedi­do un espa­cio a un gru­po de madres, fami­lia­res y acti­vis­tas, entre los que esta­ba Ali­ce Domon.

«En Azu­ce­na vio a una líder natu­ral. Era una mujer muy valien­te, pre­dis­pues­ta para esta lucha a la que nos fue moti­van­do con su deter­mi­nan­te modo de ser. Nos decía que debía­mos estar en la pla­za y en todos los luga­res don­de nos vie­ran. Esther Carea­ga era mili­tan­te polí­ti­ca en su Para­guay natal y tenía a un yerno y a una hija des­apa­re­ci­da. María Pon­ce tenía una fuer­za de tra­ba­jo espe­cial. Él fue eli­gien­do y con­fi­gu­ran­do el per­fil de cada una para pla­ni­fi­car el atroz y sinies­tro secues­tro come­ti­do entre el 8 y 10 de diciem­bre», resal­ta Cortiñas.

Néli­da Chi­di­chi­mo y Rosa­rio Cerrut­ti fue­ron tes­ti­gos direc­tos del ope­ra­ti­vo. «Ese 8 de diciem­bre está­ba­mos reco­lec­tan­do dine­ro para la pri­me­ra soli­ci­tud que hacía­mos las madres con hijos des­apa­re­ci­dos. Era una pági­na ente­ra. Ya en la noche, la igle­sia esta­ba reple­ta por­que era la pri­me­ra comu­nión de los niños. Gus­ta­vo, que esta­ba ahí, se fue con la excu­sa de ir a casa a por más dine­ro. Antes del ope­ra­ti­vo, se me acer­có sor Ali­cia pre­gun­tán­do­me sobre la cruz que lle­va­ba en el cue­llo. Aga­rrán­do­me de la bar­bi­lla, me dijo “ya vas a ver que para el 24 los vamos a tener a todos”. “¡Ay, Dios te oiga!”, le con­tes­té. Lue­go se ale­jó. Cuan­do esta­ba bien oscu­ro, la vi for­ce­jean­do y cómo la aga­rra­ban del pelo, la lle­va­ban para afue­ra y la metían en un auto. “¡Se lle­van a sor Ali­cia!”, gri­té. Todo el mun­do empe­zó a correr. Rosa­rio Cerrut­ti, se aga­rró a las ver­jas. A ella tam­bién se la que­rían lle­var pero tenía una fuer­za bár­ba­ra y no hacía más que gri­tar “¿por qué me van a lle­var?”. Otra seño­ra se acer­có y, muy modo­si­ta, le pre­gun­tó al mili­tar por qué. “Por dro­gas”, dijo. El día 10 fue­ron al domi­ci­lio de Azu­ce­na. La aga­rra­ron en la calle. Aun­que luchó, la arras­tra­ron por el sue­lo y la metie­ron en un coche. Un auto­bús que esta­ba pre­sen­cian­do la esce­na se cru­zó. Al con­duc­tor le orde­na­ron que lo movie­ra por­que, si no, lo mata­ban. Ese día tam­bién aga­rra­ron a Duquet en la parro­quia San Pablo de Ramos Mejía», rela­ta Chi­di­chi­mo, a quien Astiz le dio un beso en la meji­lla antes del operativo.

La úni­ca que no lo veía con bue­nos ojos era la nue­ra de Chi­di­chi­mo, que un día le pre­gun­tó si esta­ban segu­ras del tal Gus­ta­vo Niño. «“Ay, nena, si es un teso­ro”, res­pon­dí. Enton­ces me dijo: “Mira, yo soy hija de mili­tar y el olor de los mili­cos lo ten­go acá. Para mí, es mili­co”, me comen­tó tocán­do­se la nariz. Cuan­do nos ente­ra­mos de su ver­da­de­ra iden­ti­dad, mi nue­ra excla­mó “ves, ¿qué te dije?”. Debía­mos haber sos­pe­cha­do de aquel rubio, con cara lin­da, pelo cor­ti­to, bien ves­ti­do y per­fu­ma­do. Era un dandy, pero con un alma negra. Nos hizo creer inclu­so que una chi­ca que iba con él a las con­cen­tra­cio­nes era su her­ma­na, cuan­do en reali­dad era una dete­ni­da-des­apa­re­ci­da de la ESMA. La lle­va­ba para ver si veía a algún conocido».

«Acá Astiz ‑aña­de- es una mala pala­bra. Duran­te un jui­cio le gri­té “Judas”. Ima­gí­na­te cómo se puso. Juró y per­ju­ró que no me había dado un beso aquel día en la San­ta Cruz. Des­pués de decir­le eso, me lla­ma­ron por telé­fono dicién­do­me de todo».

A Rosa­rio Cerrut­ti, de 82 años, le tocó pre­sen­ciar la deten­ción de Esther Balles­trino de Carea­ga. «En la puer­ta de la parro­quia, me encon­tré con la her­ma­na Ali­cia y María Pon­ce de Bian­co, con quien me veía casi a dia­rio por­que solía­mos ir jun­tas a la mor­gue, a los hos­pi­cios, a las comi­sa­rías y cuar­te­les. Me avi­san de que Esther salía con el dine­ro. Iba detrás de ella jun­to a María. Ali­cia se había ido para aden­tro. Cuan­do había­mos sali­do unos cin­co o seis metros, un hom­bre en man­gas de cami­sa aga­rró a Esther. “¿Qué pasa?”, pre­gun­té cuan­do otro hom­bre cogió a María y se la lle­vó. No pudi­mos ver más. No supi­mos a cuán­ta gen­te se habían llevado».

Al poco tiem­po, en otra arti­ma­ña de la Jun­ta Mili­tar, salió publi­ca­da una foto de las dos reli­gio­sas con una ban­de­ra de los mon­to­ne­ros detrás. A Domon le obli­ga­ron a escri­bir una car­ta atri­bu­yen­do su situa­ción a «un gru­po disi­den­te». La ima­gen que nadie cre­yó fue toma­da en los sóta­nos de la ESMA.

Cerrut­ti no tie­ne más que pala­bras de agra­de­ci­mien­to para sus com­pa­ñe­ras. «No pue­do expli­car el valor de esas muje­res. Esther tuvo un ges­to inol­vi­da­ble. Des­pués de huir con sus hijas, regre­só a la Pla­za. Cuan­do la vimos, le diji­mos “por favor, tu hija ha apa­re­ci­do, no ven­gas más”. “Hay que luchar por los otros”, fue su res­pues­ta. Ese ges­to en momen­tos de tan­to espan­to y mie­do es inva­lo­ra­ble», subraya.

A fina­les de diciem­bre de 1977, la corrien­te arro­jó varios cuer­pos a las cos­tas de San­ta Tere­si­ta y San Ber­nar­do. Un gru­po de madres, entre ellas, Nora Cor­ti­ñas, se des­pla­zó al lugar pero tuvie­ron que regre­sar con las manos vacías. En agos­to de 2005, el Equi­po de Antro­po­lo­gía Foren­se anun­ció la iden­ti­fi­ca­ción de los res­tos de sie­te per­so­nas ente­rra­das como NN. Cin­co corres­pon­dían a las tres madres, a Duquet y Aguad. La autop­sia reve­ló que las frac­tu­ras que pre­sen­ta­ban eran com­pa­ti­bles con las cau­sa­das por «una caí­da des­de cier­ta altura».

«Siem­pre sos­tu­ve que no que­ría reco­ger los res­tos de mi hijo, por­que muer­to no me ser­vía. Pero cuan­do tuve la opor­tu­ni­dad de abra­zar los res­tos de mis com­pa­ñe­ras, cam­bié de opi­nión, lo con­fie­so con total hones­ti­dad. Abra­zar­los fue una sen­sa­ción imbo­rra­ble. Pude dar­les la des­pe­di­da y el abra­zo que se mere­ce un ser humano. Com­pren­do a la gen­te que quie­re su due­lo. Yo pen­sa­ba que eso no exis­tía. Pero, poder abra­zar los hue­sos de mi hijo sería algo para morir en paz», mani­fies­ta con voz entre­cor­ta­da Cerrutti.

Los res­tos de Duquet, Pon­ce, Carea­ga y Aguad des­can­san en la parro­quia de la San­ta Cruz, mien­tras que los de Villa­flor fue­ron espar­ci­dos al pie de la pirá­mi­de en la Pla­za de Mayo. «Pusi­mos una pla­ca con dos azu­ce­nas. Entre todas tira­mos sus ceni­zas. Fue el mejor home­na­je que le podía­mos ren­dir», con­clu­ye con emo­ción Chidichimo.

De la igle­sia de la San­ta Cruz a infil­trar­se entre los exi­lia­dos en París y fir­mar la ren­di­ción de las georgias

A Gus­ta­vo Niño se le cayó la care­ta cuan­do meses des­pués del ope­ra­ti­vo de la San­ta Cruz fue des­cu­bier­to inten­tan­do infil­trar­se entre los exi­lia­dos argen­ti­nos en París, don­de, bajo la iden­ti­dad de Alber­to Escu­de­ro, tra­ba­ja­ba como agre­ga­do mili­tar en la emba­ja­da de Argen­ti­na. Aque­llas madres que tan­to se habían preo­cu­pa­do por él supie­ron quién era gra­cias a Fran­ce Press.

El nom­bre de Astiz vol­vió a apa­re­cer el 25 de abril de 1982, cuan­do fir­mó la ren­di­ción de las Islas Geor­gias. En mar­zo de 1990, fue con­de­na­do en ausen­cia a cade­na per­pe­tua en el Esta­do fran­cés por la des­apa­ri­ción de las mon­jas Ali­ce Domon y Léo­nie Duquet. En Ita­lia tam­bién fue con­de­na­do a per­pe­tui­dad por la des­apa­ri­ción de Gio­va­ni Pego­ra­ro y su hija Susa­na, emba­ra­za­da, y por la de Ange­la Aiet­ta, madre de un diri­gen­te pero­nis­ta. En Sue­cia tie­ne otra cau­sa pen­dien­te por el secues­tro en 1977 de la ciu­da­da­na sue­co-argen­ti­na Dag­mar Ingrid Hage­lin, de 17 años. A. L.

Aina­ra LERTXUNDI – Gara

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *