Esku­bi­de Guz­tiak por Anto­nio Alva­res Solis

segi2Aun­que Alva­rez-Solís no pudo estar pre­sen­te en la mani­fes­ta­ción que bajo el lema «Esku­bi­de guz­tiak» denun­ció la macro-reda­da con­tra la juven­tud inde­pen­den­tis­ta vas­ca, mani­fies­ta su iden­ti­fi­ca­ción ple­na con lo que miles de per­so­nas recla­ma­ron por las calles de Bil­bo: el res­pe­to de todos los dere­chos. Ese es, ade­más, el pun­to de par­ti­da del artículo.

Mi leja­nía geo­grá­fi­ca y el peso de los años me impi­die­ron estar físi­ca­men­te en la pasa­da y mul­ti­tu­di­na­ria mani­fes­ta­ción de Bil­bo para pro­tes­tar por la últi­ma ola de deten­cio­nes de jóve­nes nacio­na­lis­tas aber­tza­les. Pero a don­de no lle­gan pier­nas, alcan­za cora­zón. Esta­ba yo allí, tras la pan­car­ta que exi­gía todos los dere­chos. «Esku­bi­de Guz­tiak». Por­que el pre­sen­te polí­ti­co y social no pue­de limi­tar­se a la defen­sa de un dere­cho con­cre­to; no debe ence­rrar­se en el recua­dro de una peti­ción limi­ta­da y admi­nis­tra­ti­va. Es pre­ci­so lo fundamental.

Y lo fun­da­men­tal cons­ti­tu­ye el entra­ma­do de unos dere­chos muy rotun­dos, sig­ni­fi­ca­ti­vos y esca­sos en núme­ro que cons­ti­tu­yen el vene­ro de la liber­tad. La liber­tad se cons­tru­ye con esos dere­chos esen­cia­les que fun­cio­nan como la tabla perió­di­ca de los ele­men­tos, en la que, para que fun­cio­ne la vida mine­ral, no se pue­de pres­cin­dir de nin­gu­na sus­tan­cia en el orden gene­ral de de las valen­cias. Cuan­do se que­bran­ta o des­co­no­ce alguno de esos dere­chos ‑el de expre­sión, el de pen­sa­mien­to, el de res­pe­to per­so­nal, el de igual­dad…- toda la cons­truc­ción jurí­di­ca y huma­na se vie­ne aba­jo y deja tras sí el pol­vo asfi­xian­te de la ejer­ci­da bru­ta­li­dad. Y no vale ante esta reali­dad bási­ca aco­ger­se al con­cep­to de excep­ción en los momen­tos cali­fi­ca­dos como gra­ves. Como no vale tam­po­co adje­ti­var esos dere­chos con dis­tin­gos a fin de poner­los en pri­sión, con abu­so y escán­da­lo. Esos dere­chos son ple­nos y deter­mi­nan la total salud demo­crá­ti­ca del cuer­po social.

Siguien­do el orden de estas cavi­la­cio­nes se lle­ga a con­cluir que los dere­chos de que habla­mos, fun­da­men­ta­les y gene­sia­cos, no pue­den decla­rar­se como pro­pios sin con­ta­mi­nar­los de muer­te. Son dere­chos que fun­cio­nan como el aire, que es de todos en común aun­que cada cual lo res­pi­re a su mane­ra. Lle­ga­dos a este pun­to no es bala­dí con­de­nar una vez más esa des­crip­ción de la liber­tad que con­sis­te en defi­nir la liber­tad de cada cual como aque­lla que empie­za don­de aca­ba la liber­tad del otro. ¡Mons­truo­sa aña­ga­za para hacer de la liber­tad una herra­mien­ta del pode­ro­so fren­te al más débil o minoritario!

Por­que tro­cear la liber­tad sólo se le acu­de al que posee armas para que­dar­se con la por­ción más gran­de y deter­mi­nan­te. La liber­tad es una dimen­sión del naci­mien­to, momen­to en que se pro­du­ce la igual­dad ver­da­de­ra. Y la madu­rez no pue­de ges­tar­se aban­do­nan­do la impron­ta pri­me­ra que nos lle­va a ser. Quie­nes des­de su supues­ta madu­rez, demo­crá­ti­ca y polí­ti­ca, menos­pre­cian la liber­tad del con­jun­to o la anu­lan total­men­te saben que su pos­tu­ra está deter­mi­na­da por un exce­so de fuer­za que aca­ba siem­pre, siem­pre, en el recur­so inmi­se­ri­cor­de a la misma.

La mul­ti­tud ciu­da­da­na que lle­nó una vez más las calles de Bil­bo, en pro­tes­ta con­tra el per­ver­so hura­cán que hie­re a la juven­tud vas­ca, defen­día el lema «esku­bi­de guz­tiak» como la úni­ca pro­pues­ta para hablar seria­men­te de liber­tad y demo­cra­cia. ¿O aca­so hay liber­tad com­pa­ti­ble con las encar­ce­la­cio­nes y las tor­tu­ras ‑des­de las psi­co­ló­gi­cas a las físi­cas- que impi­den a unos jóve­nes luchar por su patria? Y no se ale­gue, lle­ga­dos a este pun­to, esa sal­mo­dia sobre la nece­si­dad de pro­ce­der polí­ti­ca­men­te y sin vio­len­cia algu­na. ¿Aca­so la vio­len­cia se ejer­ce con unas pan­car­tas o con unas mani­fes­ta­cio­nes ideo­ló­gi­cas? ¿Pue­de hablar­se seria­men­te de que un pen­sa­mien­to polí­ti­co, por mucho calor que con­ten­ga su mani­fes­ta­ción, equi­va­le a fuer­za arma­da? Y si sur­ge la irri­ta­ción díga­se­me, con la mano sobre los sagra­dos tex­tos, quién de ver­dad ejer­ce la vio­len­cia pri­me­ra y deter­mi­nan­te del res­to del pro­ce­so levan­tis­co. Hable­mos de ello sin fal­se­dad ni hipo­cre­sía, sin rus­ti­ci­dad en los com­por­ta­mien­tos ins­ti­tu­cio­na­les. Es dolo­ro­so, mejor aún, tris­te, con­tem­plar como la tri­bu­na ins­ti­tu­cio­nal se pue­bla de voces ele­men­ta­les en la expre­sión y naci­das de una vacío radi­cal de ideas.

He aquí a unos diri­gen­tes afi­nan­do las armas de su Poli­cía y fal­si­fi­can­do la balan­za de su pre­ten­di­da jus­ti­cia ante aque­llos que quie­ren hablar como pue­blo nece­si­ta­do de sobe­ra­nía para ser­lo. Esos diri­gen­tes que cali­fi­can sin aná­li­sis pre­vio y que deci­den sólo para la pro­tec­ción de unos intere­ses espu­rios. Ante ellos esta­mos sin más defen­sa que la voz abier­ta al cam­po, entre mil peli­gros que ace­chan su mani­fes­ta­ción. Y ante tal pano­ra­ma ¿se ha de acep­tar la balan­za con la que tales diri­gen­tes pre­ten­den pesar el alma vas­ca por ver si su peso exce­de el orden de sumi­sión? ¡Qui­ten allá quie­nes así pre­ten­den gober­nar de tal for­ma y con tales mane­ras un país vie­jo de liber­ta­des y joven siem­pre de conciencia!

«Hemen tor­tu­ratzen da». Aquí se tor­tu­ra, por­que es tor­tu­ra no sólo el inca­li­fi­ca­ble tra­to físi­co del apri­sio­na­do ‑de un tra­to con­de­na­do por ins­tan­cias inter­na­cio­na­les- y que doy por impro­ba­do al no ser debi­da­men­te inves­ti­ga­do, sino la fuer­za opre­so­ra sobre todo un pue­blo que lucha por algo tan sim­ple como ser él mis­mo. Leyes con­ver­ti­das en láti­go de sie­te colas, tri­bu­na­les de excep­ción al des­co­no­cer al juez natu­ral, par­la­men­tos que han vota­do ya antes de reu­nir­se, diri­gen­tes que vuel­can su som­bra des­de una volun­tad extran­je­ra… Y todo eso ¿en nom­bre de qué, si no es de un pro­pó­si­to des­pó­ti­co que al fin se con­su­me, para des­gra­cia de todos, en una hogue­ra de vani­da­des y domi­nio? Qué fácil es pro­ta­go­ni­zar el com­por­ta­mien­to con­tra­rio, la bue­na volun­tad, la ami­ga­ble con­si­de­ra­ción del vecino, el correc­to dis­cur­so del que quie­re enten­der­se. Qué mala diges­tión tie­ne esa vora­ci­dad de tie­rras y seres.

Si el siglo XXI ha de sacar­nos del seís­mo que pade­ce­mos habrán de seguir sus hom­bres públi­cos y quie­nes los diri­gen des­de la rique­za insi­dio­sa y el poder ocul­to la opues­ta polí­ti­ca de bajar a la calle, de com­pren­der el entorno y de enten­der de una vez que la socie­dad no pue­de seguir sien­do gober­na­da por unos man­dos elec­tró­ni­cos que fin­gen pano­ra­mas des­lum­bran­tes don­de no hay más que jue­gos ver­be­ne­ros de luces y retó­ri­cas fal­si­fi­ca­do­ras de la ver­da­de­ra reali­dad. Se tra­ta de regre­sar de los gran­des hori­zon­tes caren­tes de huma­ni­dad a los terri­to­rios de vecin­da­rio y modes­tos deseos de bien­es­tar. No se nos diga una y otra vez, con la con­cien­cia hecha unos zorros, que la glo­ba­li­za­ción, que hace inal­can­za­bles para el común el con­trol de su vida, sur­ge por sí mis­ma como una irre­pri­mi­ble mecá­ni­ca his­tó­ri­ca, como una con­se­cuen­cia de las cosas mis­mas. Ni glo­ba­li­za­ción social, ni glo­ba­li­za­ción polí­ti­ca, ni glo­ba­li­za­ción reli­gio­sa, ni glo­ba­li­za­ción del saber, ni esta­dos glo­ba­li­za­dos en sí mis­mos para ser pues­tos al ser­vi­cio de los gran­des glo­ba­li­za­do­res. O la vida regre­sa al cuen­co con­cre­to y modes­to de nues­tras manos o esas manos serán unci­das al ser­vi­cio de intere­ses bas­tar­dos, como ya lo son ahora.

E sku­bi­de guz­tiak». Pero esos dere­chos han de ser nues­tros dere­chos, los que dima­nan de nues­tras posi­bles fuer­zas y de nues­tras emo­cio­nes más ínti­mas. Los dere­chos no pue­den seguir bro­tan­do de las direc­tri­ces de quie­nes beben de la gran cas­ca­da del poder, des­de los que reci­ben el agua con fuer­za has­ta los que se con­for­man con poner­le ban­de­rín uni­ver­sal a una gota ridí­cu­la y pro­vin­cia­na. El gobierno o es auto­go­bierno o es opre­sión colo­nial. Creo ade­más que el con­jun­to de pue­blos que sean capa­ces de vivir para sí mis­mos serán muy capa­ces de cons­truir una gran estruc­tu­ra uni­ver­sal. No sé si hay que tener muchas cosas, lo que pare­ce pre­ci­so es tener­las. En eso con­sis­te la moder­ni­dad. En don­de cada hogar posea su pro­pia chi­me­nea para admi­nis­trar el calor que nece­si­ta ha de dar­se for­zo­sa­men­te el bien­es­tar colec­ti­vo. Per­te­ne­cer a un gran impe­rio es sumir la liber­tad en el cri­men que sos­tie­ne a los gran­des intere­ses, sobre todo si esos intere­ses están gober­na­dos por capa­ta­ces que mane­jan la man­gue­ra por don­de flu­ye el com­bus­ti­ble vital.

Gara

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